Fragmento:
Desde que el virus arrasó la ciudad, Gabriel había perdido todo: los sueños de arquitecto, el modesto apartamento en el Bronx, el grupo de amigos que ahora sólo existía en recuerdos que destilaban dolor. Solo le quedaba su hermana, o la esperanza de encontrarla viva. Había oído de su posible presencia en un refugio cerca de Midtown. Era el único motivo por el que se arriesgaba ahora, en pleno diciembre, cuando el Hudson arrojaba vientos árticos y la muerte acechaba en cada sombra alargada de la ciudad despoblada.
Duración: 10:14
14 de diciembre de 2020
El sol apenas logró abrirse paso entre las nubes, pálido y cansado, rasgando la mañana gris sobre Manhattan. La nieve cubría todo en un manto sucio, salpicado de restos de sangre y hollín. Los rascacielos, otrora símbolos de riqueza y poder, se alzaban como ruinas vetustas, bañados en ese silencio que sólo el fin del mundo puede procurar.
Eran las ocho de la mañana, y sólo el eco del viento se atrevía a rozar la Sexta Avenida. Entre los automóviles calcinados y los escombros, un hombre se abría paso. Tenía la barba crecida, los ojos hundidos y rojos, una parka forrada de piel y un cuchillo en la mano. Se llamaba Gabriel Ramos, aunque el nombre ya no era importante para casi nadie. En su cinto, sobresalía un crucifijo, tan sucio como su abrigo.
La ciudad era otra desde hacía meses. Las calles, otrora religiosas de gente y bullicio, parecían ahora las arterias de un animal moribundo. Los zombis, en su mayoría aletargados bajo el frío, deambulaban sólo cuando un sonido rompía el aire. Y aun así, bastaba un error, un reflejo, para que la muerte volviera a extender su reinado.
Gabriel avanzaba rápido, pero con cautela. Desde que la comida empezó a escasear en los refugios, muchos se lanzaban a saquear los últimos supermercados. A esas alturas, cualquier encuentro con un vivo era tan peligroso como con los muertos. No confiaba en nadie, pero se aferraba a un juramento imposible: encontrar a su hermana menor, Lucía, de la que sólo le quedaban vagas pistas.
El cuchillo, de hoja ancha y filo casi artesanal, era una prolongación de su brazo. Gabriel lo había fabricado en los primeros días del caos, cuando los supermercados aún parecían seguros y las noticias por radio anunciaban que todo estaría bajo control. Ahora lo había usado más veces de las que estaba dispuesto a recordar. No sólo sobre la carne corrupta de los zombis, sino también sobre manos humanas, presas del hambre y el miedo.
Se detuvo junto al escaparate de una panadería. El cristal estaba cubierto de escarcha y sangre, y tras él, un zombi dormitaba, entre panes endurecidos y bolsas abiertas de harina. Gabriel contempló su reflejo por un instante: los ojos brillando de fiebre, el crucifijo en el pecho, el cuchillo en la mano. Se preguntó si realmente quedaba algo de él, o si ese reflejo no era ya otro muerto en la ciudad de los cadáveres.
Continuó por la calle 34, girando hacia el sur. Debía llegar al antiguo hospital Bellevue. Había escuchado en la radio pirata, apenas unos zumbidos y voces rotas entre la estática, que aún quedaba penicilina y latas de comida en sus sótanos. Solo necesitaba no ser observado, no atraer la atención. Sabía que muchos de los supervivientes eran peores que los monstruos que acechaban en cada esquina.
Sintió el peso de la culpa en cada paso. Días atrás, en un refugio improvisado bajo una escuela, Gabriel había enfrentado a otro hombre que intentó apuñalarlo por un pedazo de pan. El cuchillo había hecho su trabajo, la hoja fácil y segura. Pero la imagen del hombre —un anciano de bigote encanecido, la mirada resignada, el corte rojo como un hilo de vida que se escurría— lo atormentaba desde entonces.
“Dios, ¿cómo me redimo de esto?”, murmuró mientras esquivaba una pila de cuerpos congelados, escondiendo su rostro tras la bufanda. El crucifijo rozó su cuello, ardiendo como un hierro al rojo.
Desde que el virus arrasó la ciudad, Gabriel había perdido todo: los sueños de arquitecto, el modesto apartamento en el Bronx, el grupo de amigos que ahora sólo existía en recuerdos que destilaban dolor. Solo le quedaba su hermana, o la esperanza de encontrarla viva. Había oído de su posible presencia en un refugio cerca de Midtown. Era el único motivo por el que se arriesgaba ahora, en pleno diciembre, cuando el Hudson arrojaba vientos árticos y la muerte acechaba en cada sombra alargada de la ciudad despoblada.
Avanzó algunos metros y giró en la esquina de Park Avenue. Un grupo de saqueadores, cubiertos con mantas y gorras de lana, escudriñaban el interior de un camión blindado volcado. Gabriel se pegó a la pared y aguardó. Podía ver las armas, los rostros desencajados, la ansiedad devorando sus facciones. No era la primera vez que veía ese grupo. Sabía que hacían tratos con lo peor de la ciudad, y que no dudarían en asesinar por un mísero paquete de galletas.
Optó por retroceder y meterse por un callejón lateral, una antigua vía de paso para repartidores de comida ahora convertida en cementerio improvisado. Había cadáveres en descomposición entre las bolsas de basura. El olor era insoportable, pero el frío ayudaba a mantener a raya la podredumbre.
Gabriel aceleró el paso. Pese al terror, mantenía la respiración contenida y el cuchillo listo. Llegó a la pared trasera del hospital justo cuando comenzaron a sonar algunos disparos a lo lejos. No se detuvo. Trepó rápidamente una reja oxidada, aterrizó de pie, y se introdujo entre los escombros de la sala de emergencias.
El interior era un laberinto de oscuridad y eco. Los hospitales, antes santuarios de vida y ciencia, eran ahora tumbas colectivas, palacios del fracaso humano en su máxima expresión. Avanzó por el corredor principal, esquivando camillas volcadas y charcos de un hielo rosado, mezcla de sangre y agua derretida. Su linterna recortaba figuras grotescas en las paredes: manchas, grafiti, avisos escritos a mano para alertar de peligros o prometer ayuda.
Finalmente, descendió por las escaleras hasta el sótano. Una puerta de hierro oxidada cedió ante el impulso de su hombro. Dentro, rodeado de estanterías desordenadas y cajas medio abiertas, halló lo que buscaba: latas de frijoles, paquetes de galletas rancias y dos cajas de penicilina. Los metió en su mochila con manos temblorosas, consciente de que cada segundo contaba.
Mientras recogía suministros, escuchó un sonido sordo detrás de unas cajas. Se giró, cuchillo al frente, el corazón golpeando las costillas. La linterna iluminó un rostro joven, petrificado por el miedo. Era una mujer, quizá veinte años, con el pelo enredado y la ropa hecha jirones. Sostenía una barra de metal a modo de defensa.
—Tranquila, no te haré daño —dijo Gabriel, bajando lentamente el cuchillo—. Solo busco medicina.
La joven titubeó. Sus ojos azules, hinchados por el llanto y la falta de sueño, lo atravesaron con suficiente fuerza como para hacerlo retroceder interiormente.
—Necesito antibióticos para mi hermano —susurró—. Está herido, febril. Si no le ayudas, morirá.
Gabriel pensó en la vulnerabilidad de esos ojos, en la promesa que le había hecho a Lucía, en el anciano de la escuela cuya vida había quitado tan sólo por un pedazo de pan. Quizá, pensó, ayudarla sería una forma de redención. O quizá era la locura hablando.
—Ven conmigo —sentenció—. Hay que salir rápido antes de que…
Un gruñido bajo interrumpió la frase. Desde la otra esquina, detrás de una pila de cajas, una figura encorvada emergía, tambaleante. El frío volvía torpes a los zombis, sí, pero el hambre les mantenía en movimiento. Gabriel dio un paso al frente, cuchillo en alto, mientras la joven retrocedía.
El zombi se abalanzó sobre él con un chillido gutural. Gabriel, con la precisión experta que sólo la supervivencia otorga, le hundió el cuchillo en el ojo, atravesando hueso y médula. La criatura se desplomó. Sangre negra, lenta y viscosa, se esparció por el suelo.
Sus respiraciones se mezclaron en la penumbra, el aire viciado por el miedo y la adrenalina.
—Vámonos —ordenó Gabriel, recuperando su cuchillo.
Salieron del hospital por una puerta trasera, sorteando escombros y cadáveres. El frío los azotó con brutalidad al regresar a la calle, pero la supervivencia jugaba aún a su favor. La mujer lo guió hacia un edificio de apartamentos medio derruido en la Tercera Avenida. Allí, en la oscuridad de un apartamento vacío, encontraron al hermano: un chiquillo de apenas siete u ocho años, ardiendo de fiebre, cubierto de mantas improvisadas.
Gabriel le administró la penicilina, usando solo la dosis que consideraba suficiente. Racionó el agua y compartió una lata de comida con los niños. Entonces, por primera vez en semanas, sintió algo parecido a paz.
La joven habló entonces, con voz rota pero esperanzada.
—No tenemos a nadie más. Todos han muerto o se han ido. ¿Puedes quedarte?
Gabriel la miró largamente. Vio el cuchillo entre sus manos, el crucifijo colgado de su cuello, la suciedad aferrada a sus ropas, y pensó en Lucía, en la niña que podría estar en cualquier lugar entre el Hudson y el East River. La redención, comprendió, no era una meta alcanzable, sino una batalla diaria.
—No puedo quedarme —susurró, con una ternura inusual—. Tengo una hermana ahí fuera. Prometí buscarla. Pero regresaré si puedo, traeré más medicina si la encuentro.
La joven asintió, lágrimas rodando por sus mejillas, aunque en ese gesto había algo más fuerte que el llanto: un destello de esperanza.
Gabriel se marchó de nuevo a las calles congeladas, con el cuchillo limpio y el corazón un poco menos sucio. La ciudad seguía siendo un infierno de fantasmas y muerte, pero, por un instante, el cuchillo había sido algo más que un instrumento de violencia; había sido la llave de una redención oscura y precaria.
El crepúsculo descendía sobre Nueva York, tiñendo de rojo las ruinas. Gabriel avanzó, la nuca erguida y el crucifijo reluciendo entre la nieve. Tal vez al día siguiente hallaría a Lucía. Tal vez no. Pero entre la sangre y la escarcha, entre el filo y la fe, había encontrado un motivo para no rendirse a la muerte, un motivo para que la esperanza sobreviviera un día más sobre los páramos de Manhattan.
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