Fragmento:
La ventisca comenzó poco antes del amanecer, tejiendo telas de nieve por los ventanales sucios de la biblioteca pública en la Quinta Avenida. Un viento gélido traía consigo el olor del río Hudson y la podredumbre omnipresente de los muertos. Apenas quedaba energía para encender una lámpara. La última batería portátil murió cuajando de rojo su testigo de carga en la pantalla, y todo quedó, por momentos, en la penumbra azul del alba. El mundo afuera —la humanidad entera, o lo que quedaba de ella— dormía a sobresaltos o no dormía en absoluto.
Duración: 11:08
14 de diciembre de 2020.
La ventisca comenzó poco antes del amanecer, tejiendo telas de nieve por los ventanales sucios de la biblioteca pública en la Quinta Avenida. Un viento gélido traía consigo el olor del río Hudson y la podredumbre omnipresente de los muertos. Apenas quedaba energía para encender una lámpara. La última batería portátil murió cuajando de rojo su testigo de carga en la pantalla, y todo quedó, por momentos, en la penumbra azul del alba. El mundo afuera —la humanidad entera, o lo que quedaba de ella— dormía a sobresaltos o no dormía en absoluto.
Eran cinco entre las estanterías convertidas en refugio: Mayra, que alguna vez fue enfermera en el Presbyterian; Liang, exconductor de Uber, omnipresente bajo una gorra de los Yankees siempre al borde de la ruina; Carter, adolescente y genio caótico de la electrónica; “Tía Lydia”, una septuagenaria con recuerdos de Vietnam y una escopeta recortada; y finalmente, Samir, que balanceaba la comida, la moral y el radio viejo como si todavía pudiera con todos los platillos a la vez.
Pasaba poco que pudiera considerarse una “mañana” en Nueva York aquel diciembre, salvo que el alba alteraba, apenas, la penumbra constante de la ciudad desierta. Mayra se desperezó, frotándose los dedos ateridos, y salió del rincón donde habían apilado mantas y libros recogidos. La propia biblioteca no había sido saqueada completamente —quién quiere libros en un apocalipsis zombie—, así que el aire era aún un poco más cálido, y el techo cerraba el paso al hielo.
La nieve traía consigo una extraña tranquilidad. Sabían desde las transmisiones militares fragmentarias de la última semana que los muertos andaban más despacio con frío, sus cuerpos entumecidos, sus mandíbulas perezosas. Algunos incluso perdían miembros, arrastrándose sin convicción. Había que temer más el hambre, el frío y, por supuesto, a los otros vivos.
Carter, con el gorro calado hasta las orejas y una radio en el regazo, murmuraba en voz baja, esforzándose por sintonizar algún destello de vida a través del chirrido estático. “Nada. Ni la señal de emergencia”, dijo, la voz gangosa por el sueño y el cansancio. Se habían resignado ya. Los mensajes de la Guardia Nacional se desvanecían desde hacía diez días; hace una semana que no escuchaban siquiera la voz de un predicador o de esos locos que prometían rescate aéreo “si tan solo usted dona sangre y fe”.
Lydia rascaba la escopeta una y otra vez. “Empieza el invierno y empiezan los problemas. Si no es por la escarcha, será por la gente. O los bichos”, masculló, y miró a Mayra. “¿Queda algo en la cocina?”
Samir asintió, resignado. “Hoy toca sopa de lentejas y una lata de atún más. Me jode abrirla, pero con este frío sirven las calorías.” Liang, siempre escueto, preguntó de reojo si todavía valía la pena guardar alguna lata para el año nuevo. Rieron, pero nadie contestó en serio.
El pasillo principal de la biblioteca parecía una catedral congelada, tapizada de polvo y nieve, iluminada apenas por la luz turbia de la mañana. Afuera, el silencio era absoluto salvo por los ocasionales aullidos lejanos, el crujido de la escarcha rompiendo bajo algún peso, los golpes secos que cada uno aprendía a distinguir. Cuando sonaban a madera, probablemente era el viento o algún cascote de ventanal. Cuando sonaban a carne, todos se tensaban.
“Fui al nivel superior anoche”, susurró Liang. “Hay dos cuerpos congelados en la escalera. Quizá intentaron subir y el clima los dejó tiesos. No se movían.” Carter se estremeció. “Vámonos de aquí. Deberíamos buscar el hospital Bellevue; decían que reforzaron el sótano.”
Samir negó con la cabeza. “Ya sabes que esas historias son trampa para los desesperados. Los únicos que encuentran hospitales son los que están dispuestos a morir.” Mayra, siempre práctica, preguntó: “¿Cuánto queda de leña? ¿Y de comida?”
No mucho, sabían todos. Las reservas menguaban a velocidad de vértigo desde que la nieve cayó sobre Manhattan, y el último grupo en explorar la zona norte no volvió. La consigna era sobrevivir el invierno. Si lo lograban, renegociarían la esperanza.
El plan para ese día era sencillo: exploración y leña. Necesitaban más mantas, algo de comida extra, y lo más importante, verificar que el sótano delantero seguía vacío de muertos y de ocupantes indeseados. Liang y Lydia saldrían —ella con la escopeta, él con un bate de aluminio— esperando que la nieve ralentizara todo lo que pudiera hacerles daño allá afuera. Carter les pasaría el auricular improvisado y Samir y Mayra quedarían en retaguardia. Mayra solía mirar con cuidado los botiquines saqueados semanas atrás; no por esperanza, sino por la vieja disciplina médica.
Salieron antes del mediodía, cuando el cielo plomizo cambiaba la nieve por una lluvia helada y la ciudad entera parecía un esqueleto de acero en descomposición. Cruzaron la Quinta con sigilo, moviéndose entre montículos de restos que alguna vez fueron taxis amarillos y buses escolares ahora medio consumidos por la herrumbre. Un par de muertos iban arrastrándose a veinte metros, moviéndose apenas, los ojos servohumedos de hielo. Lydia los apuntó un instante, pero el frío los anclaba tanto como a ellos. Siguieron adelante.
Buscaron primero en el Deli de la esquina —saqueado hacía meses— y entre las limosinas varadas descubrieron dos bolsas de arroz y una caja de cerillas, misteriosamente intacta. Liang revisó el maletero de un auto y maldijo: “Un cadáver todavía con abrigo. No es de los infectados. De lo contrario, estaría afuera.” Lydia abrió el abrigo y olfateó. “No huele mal. Igualmente, no lo toques.”
El viento arreció y la nevada ocultó casi por completo el contorno de las edificaciones. Lydia indicó regresar. Así, como espectros entre los fantasmas de la ciudad, volvieron al refugio.
Mayra había trepado, mientras tanto, los pisos intermedios de la biblioteca, buscando revistas, libros gruesos y todo lo que pudiera servir como leña improvisada. Cada piso era un recuerdo: los libros de arte, las estanterías para niños, los folletos perdidos de clases de inglés. Pensó, sin quererlo, en su madre en Santo Domingo, si el mundo allá estaría tan roto o si simplemente eso ya no importaba para nadie. En el silencio, escuchó abajo el rechinido de la puerta principal.
Samir avisó que los exploradores regresaban. La fogata improvisada los recibió como recibía todo aquél invierno—sin alegría, solo con la eficiencia de los sobrevivientes. Liang, siempre taciturno, dejó el arroz y Mayra lo repartió en bolsitas de tela. Carter preguntó, esperanzado, si encontraron baterías. “Solo cosas muertas”, contestó Lydia. “Y eso, por hoy, es buena señal.”
Aquella tarde, mientras la nieve cubría del todo las calles y los silbidos del viento silenciaban hasta los gritos del hambre, discutieron la posibilidad de mudarse. Samir opinaba que el sótano del museo Metropolitano podría ser más fácil de defender; Mayra pedía, simplemente, sobrevivir hasta fin de mes. “Esperemos a después de Navidad”, pidió, “el frío mata más zombies que nuestras armas.”
Esa noche, todos enfrentaron juntos las horas largas del hambre y el frío. A través del techo roto, aparecían las luces débiles de una aurora boreal. No era real, claro: simplemente era la neblina artificial brillando con reflejos azules y naranjas de los pocos incendios que seguían ardiendo, diez calles al sur en Chinatown. Nueva York ya no era ciudad de la esperanza, ni del metal, ni de la abundancia: era una ciudad que olía a hule quemado y a cadáveres entumecidos.
Mayra se quedó despierta, viendo a Carter modificar su radio con trozos de cobre rescatados. Carter, autodidacta de internet y huérfano desde la primera ola, armaba y desarmaba las tripas de cualquier aparato viejo. Se obstinó toda la noche en fabricar algo capaz de captar frecuencias militares o señales de socorro. “Algún día, si escuchamos algo, tal vez sepa a esperanza”, murmuró. Mayra, dulcemente, le dijo: “O a trampa.” Carter sonrió: “Todo sabe a trampa aquí.”
La mañana siguiente, un sobreviviente solitario golpeó las puertas laterales. Era una muchacha de unos veinte, temblando tanto por el frío como por el miedo. Media enamorada con sangre seca, cargando una mochila rota y los ojos abiertos a todo peligro. Lydia desconfió; Carter, menos desconfiado, le ofreció una manta. Dijo que venía del sur, de las ruinas de Battery Park, donde se habían refugiado docenas de personas en el ferry, antes de que los muertos cruzaran el Hudson en masa. Su grupo había caído hace dos semanas y había caminado, evitando hordas y humanos, hasta llegar a la Quinta.
La dejaron entrar, sin reverencias. Se llamaba Yara. Les habló de lo que vio: los túneles en Broadway infestados, la Torre de la Libertad consumida por el fuego, edificios enteros bloqueados por cadáveres, y la radio de la policía repitiendo sin cesar: “Zona roja. No hay evacuación posible.”
Hubo silencio. Liang preguntó de inmediato por recursos —comida, armas, información. Yara traía poca cosa: una linterna, tres pilas, una máscara quirúrgica y una navaja. Pero traía esperanza, aunque nadie lo llamase así en voz alta.
Esa noche, Lydia preparó la última lata de atún. “Una mujer nueva, un problema nuevo.” Pero Carter replicó: “Una radio menos rota. Y alguien que recuerda cómo se camina por Manhattan.”
La ciudad, bajo la nevada, parecía borrosa e irreal, como una postal antigua del fin del mundo. Samir se aferró a su radio. Mayra frotó las manos de Yara para devolverle calor. Afuera, el frío aullaba, los cadáveres crujían, y los vivos —contra toda lógica— seguían haciendo planes. Planeaban sobrevivir la siguiente semana, encontrar provisiones, aprender de los recién llegados. Planeaban aguantar juntos, aunque solo en la suma de sus miedos y pequeñas alegrías.
Las noches se hiceron largas y la ciudad fue, poco a poco, rindiéndose a la posibilidad de que los supervivientes pudieran, también, comenzar a vivir con algo que se acercara a esperanza. A falta de otra cosa, sobrevivir era ya su versión del heroísmo.
En el silencio solo quedaban el rumor del viento, el crujir lejano de los muertos y, a veces, un eco de música de otra época, perdido en el ancho vacío de la Quinta Avenida. Y por encima de todo, la certeza de que el frío, por un tiempo, era su mejor aliado.
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