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Portada del relato Ecos de Manhattan
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Fragmento:


De improviso, escuchó algo que iba contracorriente en ese reino de decadencia: voces humanas. Escondiéndose tras el quiosco de boletos, entre cierres enrollados y mapas mutilados del metro, María distinguió una pequeña luz al final de la plataforma. Voz masculina. Palabras rápidas. Una risa nerviosa, seguida del crujido seco de una bolsa. Arriesgó. Acercó la linterna y trató de ver: dos figuras, muy jóvenes, adolescentes armados con tubos de metal y lo que parecía un revólver sin percutor.

Duración: 11:51

Ecos de Manhattan
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Texto de ajuste de pausa.

15 de septiembre de 2021

El silencio en Nueva York nunca fue absoluto, ni siquiera ahora, en esta ciudad mutilada, rota, donde los rugidos del mundo antiguo se amortiguaron bajo capas de polvo y eco. María describía la metamorfosis cada día en su diario, un pequeño cuaderno forrado con dibujos de niños, rescatado de una escuela pública durante una de sus incursiones por la 5ta Avenida. Anotaba: “El zumbido de las luces de neón se cambió por el viento entre los cristales rotos. El tráfico desapareció; la amenaza ahora tiene otro ritmo, otro olor”. Ese 15 de septiembre de 2021, el otoño ya anunciaba su llegada con hojas muertas acumulándose sin barrenderos en las aceras despobladas.

Ya no eran turistas ni ejecutivos los que recorrían esos caminos. Ahora transitaban los que quedaban, los que habían logrado mantenerse vivos; pequeñas comunidades, bandas armadas, o los que, como María, intentaban olvidar lo que fue la normalidad entre los restos oxidados de la civilización. Dos años y medio atrás, Nueva York había sido una jaula de acero y cristal, incandescente e inmutable, imbuida de sueños y aspiraciones. Hoy, era otra cosa. Hoy, María movía los pies entre la basura y las sombras, la mochila al hombro, una escopeta vieja y una barra de hierro colgando en el costado.

Los zombis ya no eran la horda frenética y veloz de los primeros meses –al menos, no todos. Algunos cuerpos se habían deteriorado por el clima, por el tiempo, por la desesperación de existir en ruinas. Sin embargo, en sectores donde el sol no llegaba o la humedad los preservaba, aún se encontraban grupos peligrosos; especialmente dentro de viejas estaciones del metro y túneles oscuros. Fue precisamente ahí donde María debía ir esa mañana. El asentamiento de supervivientes donde vivía, en las cercanías de la Nueva Universidad de Columbia, necesitaba alimentos y medicina. Las partidas exploratorias se organizaban cada dos días, pero la escasez apretaba; hacía semanas que la comida enlatada escaseaba y la pequeña huerta de los jardines abandonados apenas sostenía a treinta bocas.

María revisó su inventario. Una linterna (pilas, sólo dos de repuesto). Dos navajas. Una cantimplora a la mitad. Algo de cuerda y una libreta con instrucciones escritas por Anna, la antigua enfermera del grupo. Aquella mañana, saldría sola, un privilegio y un riesgo. Los turnos solitarios se asignaban sólo a quiénes pudieran correr, pelear y, sobre todo, regresar. Ni niños ni ancianos podían darse ese lujo.

Bordeó el antiguo Hospital St. Luke’s. Las puertas estaban atrancadas desde dentro, con tablones y candados; nadie, excepto los locos, entraba ahí sin un grupo. Había rumores de familias enteras que se ocultaban en los subsuelos, en un mundo doblemente oscuro y peligroso; historias de grupos que encerraban zombis vivos para estudiar sus comportamientos, buscando, en la locura, una supuesta cura o inmunidad. María sólo quería latas de comida, material para curas, y, si era posible, un balón de oxígeno para el pequeño Kevin, asmático y febril en la comunidad.

El camino, siempre, era peligroso. En el cruce de la avenida Broadway, esquivó los carros destartalados y el esqueleto carbonizado de un autobús del MTA. Las sombras se movían bajo las marquesinas metálicas, como si la ciudad respirara aún a través de sus ruinas. De vez en cuando, chillidos animales –ratas, mapaches adaptados a la ruina, y, más temiblemente, los cloqueos secos y guturales de los zombis. Aprendieron a reconocerlos, endureciendo el corazón ante los gritos humanos ahogados por no ser rescatados, sonidos que servían de señuelo para otros, menos afortunados.

Llegó a la entrada del metro en la calle 116. El viento arrastraba panfletos amarillos, pegados en su día por agentes del ayuntamiento avisando de las primeras cuarentenas y de toques de queda que se rompían minutos después de ser impuestos. Sacó un tapabocas, ahora más para el polvo y el hedor que por miedo al COVID, y se preparó. Los sótanos del metro eran un hervidero potencial, pero también un tesoro. Por alguna razón —quizá los túneles habían ofrecido protección ante el saqueo masivo durante los primeros meses— aún allí se encontraban recursos.

Bajó los escalones con el arma preparada, pisando despacio. No había electricidad desde hacía años; la oscuridad era casi total, rota sólo por el haz tembloroso de su linterna. El olor era nauseabundo, una mezcla entre moho, humedad, y algo más antiguo y putrefacto. Se abrió paso entre escombros, saltando sobre las vías. Evitaba tocar el metal muerto; bastaba un resbalo para gritar de dolor y atraer a los muertos.

De improviso, escuchó algo que iba contracorriente en ese reino de decadencia: voces humanas. Escondiéndose tras el quiosco de boletos, entre cierres enrollados y mapas mutilados del metro, María distinguió una pequeña luz al final de la plataforma. Voz masculina. Palabras rápidas. Una risa nerviosa, seguida del crujido seco de una bolsa. Arriesgó. Acercó la linterna y trató de ver: dos figuras, muy jóvenes, adolescentes armados con tubos de metal y lo que parecía un revólver sin percutor.

Mientras ellos la divisaban, el silencio se hizo arma. Fue ella la que habló primero, voz trémula y baja:

—¿Comercio o pelea?

La respuesta fue un asentimiento cauteloso. Los muchachos estaban tan asustados como ella. Propusieron intercambiar cigarrillos furtivos (contrabando de los túneles) por una pastilla de paracetamol, y nadie preguntó por qué. María, resignada, entregó la medicina. Sabía que la solidaridad era un lujo, pero, a esas alturas, la supervivencia de uno no significaba la muerte de otro. Compartió un pan enmohecido. A cambio, los chicos le contaron que más adelante, junto a la estación Cathedral Parkway, un grupo pequeño había logrado encender generadores para mantener una ‘farmacia’ improvisada. Recomendaron cuidado: en los túneles, además de zombis, bandas humanas traficaban con todo tipo de botín, incluyendo personas.

Los chicos siguieron su camino, perdiéndose entre las columnas pintarrajeadas con grafitis fantasmas de la resistencia: “RESIST”, “VIVE O MUERE”, “NO HAY CIELO BAJO TIERRA”. María continuó, con más miedo que esperanza.

Al llegar a Cathedral Parkway, se encontró con un espectáculo inesperado. Manteniendo la linterna baja y la escopeta cerca, vio una pequeña barricada hecha con carros de supermercado y tablones saqueados de tiendas de comestibles. Una luz amarilla, eléctrica, emergía por la rendija de una valla: una lámpara LED, probablemente alimentada por baterías de coche reconfiguradas. Un hombre de unos treinta años, barba rubia y gafas rotas, se asomó con una linterna.

—¿Solitaria?

María no respondió. Mostró vacía la mano izquierda y levantó la derecha, la escopeta bajada. El hombre asintió y le indicó que pasara por la rendija. El interior era minúsculo y estaba concentrado todo tipo de objetos—muebles rotos, colchones húmedos, estuches de medicinas antiguas, botellas de agua a medio llenar. Al fondo, una mujer revisaba vendajes en el brazo de un niño.

—¿Buscas medicinas o refugio?

—Medicina —respondió María—. Para Kevin, en mi asentamiento en Columbia. Asma, fiebre alta.

La mujer, enfermera de acento caribeño, la miró de arriba abajo.

—Tienes que traer algo. Comida, ropa, metal para reparar el generador. Aquí nada es gratis.

María miró su mochila, llena sólo de esperanza y miseria. Les ofreció una navaja multiusos y un libro que llevaba por nostalgia—Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury—. Dudaron, pero aceptaron: una navaja podía salvar una vida, y los libros, contados y valiosos, servían para intercambios en la incipiente economía de supervivientes.

Intercambiaron pastillas de salbutamol por la navaja, y un pequeño frasco de ibuprofeno por el libro. María agradeció, recogió, y antes de marcharse, le ofrecieron un trozo de pan embolsado. Era el tipo de gesto que, fuera de contexto, parecía insignificante, pero que aquí podía significar salvar un día más de vida.

Volvió al túnel, su mente una mezcla de nostalgia y pragmatismo, deseando que la superficie no estuviera infestada o que la huida no la guiara al campo de caza de alguna banda. Subió por la salida de la calle 110, junto al parque Morningside. El viento la recibió con ese olor indefinible de la ciudad herida de muerte, mezcla de hojas, podrido y concreto húmedo.

La ruta de regreso fue silenciosa. Ni zombis ni humanos se interpusieron en su camino. Al llegar al asentamiento, uno de los vigías la identificó con un silbato, usando el código acordado: dos pitidos cortos y uno largo. Abrió la puerta metálica improvisada en la verja del campus. Detrás, los supervivientes—unos treinta y cinco en total—la recibieron con mezcla de esperanza y desesperación. Anna revisó las medicinas y preparó inmediatamente el salbutamol para Kevin. El niño, medio inconsciente bajo mantas, tosió débilmente antes de dormir, su respiración algo mejorada.

Esa noche, bajo las bóvedas de piedra de la antigua universidad, los del grupo se reunieron alrededor de una vela. Compartían lo que quedaba: latas de sopa de tomate, recuerdos, miedos. María contó de los chicos en el metro, de la pequeña farmacia, de la violencia que todavía pululaba tanto como la bondad escasa. Un joven, Antonio, preguntó cuántos más sobrevivían fuera. Nadie lo sabía: se calculaba que Nueva York, que alguna vez albergó ocho millones de almas, ahora apenas tendría unas decenas de miles desperdigadas, atrincheradas en torres, bodegas o túneles.

Hasta hacía pocos meses, moverse por Manhattan era seguro sólo de día, y sólo en grupos; ahora, las primeras comunidades se atrincheraban con muros y defensas. Se intercambiaban semillas, herramientas y, sobre todo, historias. Contar historias se había convertido en una forma de resistencia; una declaración de que un día, la ciudad podría volver a pertenecer a los vivos.

María cerró el día en la azotea, anotando su crónica en el diario. “Hoy sobrevivimos—otra vez. Mañana saldré de nuevo, con la esperanza de traer algo más que recuerdos. La ciudad cambia. Nosotros también”. Miró hacia el horizonte, hacia el perfil ya irreconocible de los rascacielos mutilados. Al sur, la silueta de la vieja torre One World Trade Center sobresalía como un dedo rompiendo un cielo herido, silencioso bajo la luna.

En la distancia, a veces, se veía el resplandor de pequeñas fogatas. Otras comunidades. Otros grupos. Humanos y no humanos, sombras moviéndose entre los restos. Entre ellos, María sabía que aún vibraba el eco de Nueva York, un eco que, con suerte, algún día dejaría de ser supervivencia para volver a ser vida. Pero por ahora, era resistencia. Era, simplemente, la memoria de los vivos entre las sombras de los muertos.

Y así, en la Gran Manzana, donde todo parecía imposible, la vida, testaruda, seguía.

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