Fragmento:
Pero el reto mayor no era la amenaza de los muertos, cada vez más desgastados y lentos, sino la presencia de grupos hostiles: saqueadores que recorrían la costa andaluza, forajidos sin patria que asaltaban caravanas y extorsionaban los mercados. En el entorno de Cádiz, la Resistencia – un consejo informal de líderes y milicianos – había urdido una red de señales. Viejas prendas amarillas ondeaban en los torreones: dos, silencio; tres, peligro; cuatro, hordas. Otras, sin saber bien por qué, aún colgaban en las fachadas como si la tradición del carnaval luchara por sobrevivir entre la miseria.
Duración: 12:47
15 de noviembre de 2025.
El puerto de Cádiz era una fortaleza improvisada. Las murallas y bastiones de piedra levantados siglos atrás, testigos en otro tiempo de invasiones y asedios, servían ahora para algo nuevo: detener la marea de muertos que había azotado la ciudad años atrás. Muchas cosas habían cambiado desde el comienzo de la plaga en 2020. Para el otoño de 2025, el mundo no era ni sombra de lo que fue, pero en las calles de la vieja Gadir, entre sabor a salitre y rumor de olas, sobrevivía una humanidad obstinada.
La brisa, teñida de yodo, arrastraba el olor metálico de sangre reseca y la fragancia rancia de los quemadores de grasa que, semana tras semana, intentaban controlar, por las noches, los despojos mutilados que se acumulaban al otro lado de las almenas. Cádiz había sido golpeada con dureza durante los primeros años: no solo por los infectados, que cruzaron la península como una riada infernal, sino también por bandas errantes que, a su paso, sembraron violencia y fuego. Sin embargo, el aislamiento natural de la ciudad y la determinación de sus gentes, curtidas tanto por el azote del hambre como por la pérdida, acabó forjando una comunidad resistente, desconfiada, capaz de soportar tempestades.
Ahora, en pleno noviembre de 2025, Cádiz era más un campamento militarizado que una ciudad. Varios miles de personas habitaban el núcleo amurallado, divididos en barrios fortificados conectados por pasillos vigilados y puertas reforzadas. El Faro de San Sebastián, símbolo de la ciudad, aún lucía como un dedo acusador señalando al mar, con su linterna alumbrando noche tras noche, no tanto para guiar barcos, sino para alertar a los vigías y los grupos de respuesta rápida sobre cualquier movimiento extraño en la playa de La Caleta.
Alba, hija de un pescador y una enfermera, caminaba por la empedrada calle del hospital de Mora, antigua joya de la Belle Époque transformada ahora en cuartel y centro de distribución de medicinas. A su lado, Samuel, un antiguo músico reconvertido en correo y guía, intercambiaba señales con los centinelas que custodiaban los accesos. Iban a entregar la última partida de antibióticos recuperada de un almacén farmacéutico saqueado al otro lado del Puente Carranza, cerca ya de la zona franca. Junto a ellos, siete voluntarios del grupo ‘Rota 15’ – sobrevivientes llegados de la Bahía que luchaban codo con codo con los gaditanos –, llevaban mochilas con botes de conservas y semillas, el bien más preciado que podía tejer el futuro.
El sonido de martillos y sierras resonaba en los talleres improvisados bajo la Plaza de San Juan de Dios. La ciudad, tras años de saqueos y asedios, vivía en un constante estado de alerta, pero ese otoño algo había empezado a cambiar: la segunda generación de niños nacidos tras la caída del mundo anterior jugaba bajo la vigilancia estricta de sus mayores, dibujando sobre viejos muros las siluetas deformes de los zombies, bestias de leyenda para esos pequeños que aprendían antes a cargar una ballesta que a leer. El hambre seguía siendo un enemigo feroz. Los barcos pesqueros reconstruidos salían cada madrugada en escuadra, protegidos por tiradores apostados en los tejados cercanos. Regresaban, si la corriente era benigna y la suerte los acompañaba, con pescado seco o con el botín de alguna bodega flotante conquistada tras duelo con bandidos del mar.
Pero el reto mayor no era la amenaza de los muertos, cada vez más desgastados y lentos, sino la presencia de grupos hostiles: saqueadores que recorrían la costa andaluza, forajidos sin patria que asaltaban caravanas y extorsionaban los mercados. En el entorno de Cádiz, la Resistencia – un consejo informal de líderes y milicianos – había urdido una red de señales. Viejas prendas amarillas ondeaban en los torreones: dos, silencio; tres, peligro; cuatro, hordas. Otras, sin saber bien por qué, aún colgaban en las fachadas como si la tradición del carnaval luchara por sobrevivir entre la miseria.
Aquel jueves de noviembre, el cielo plomizo presagiaba lluvia. En la plaza de la Catedral, bajo el arco despiezado de la Torre del Reloj, la rutina era la misma cada amanecer: revisión de víveres, reparto de tareas, lectura en voz alta de los avisos escritos en papel. Alba escuchó, junto a decenas de vecinos, la voz ronca de Jorge “el Sargento”, ex guardia civil convertido en máxima autoridad local, mientras leía el parte del día:
— El agua de los pozos sigue siendo segura. Los grupos de caza traerán tres cabras más antes del anochecer. Las caravanas desde Jerez y Puerto Real cruzarán el Puente José León antes de mediodía, con madera y grano. Se recuerda a todos que las salidas, salvo con escolta y permiso, están prohibidas desde anoche. Se han visto señales de fuegos en la carretera de San Fernando y un explorador desapareció durante la patrulla nocturna en la baluarte de Santa María.
Las palabras del Sargento nunca eran cálidas, pero despertaban una certeza: allí, en Cádiz, aún existía un nosotros. Ese día, Alba no tenía misión fuera de los muros, así que se unió al grupo encargado de la “monta”, como llamaban a la vigilancia de la muralla que daba al mar. Las antiguas baterías de cañones de la Puerta Tierra eran ahora nidos de francotiradores, y en la baranda de la Caleta dos viejos faroles encendidos de aceite marcaban el ritmo de los turnos.
El mar era un muro natural, pero siempre acechaba el miedo a los “vagos”, como llamaban a los zombies, que arrastrados por las corrientes podían emerger en la arena, a veces impulsados por tormentas. Los centinelas, con palos de hierro y lanzas largas, se ocupaban cada semana de revisar las defensas: trampas hechas con timones rotos, barricadas de carritos de supermercado y empalizadas de madera tallada, lienzos que recomendaban silencio absoluto. Sin embargo, hacía meses que los ataques nocturnos no superaban la docena de “vagos” juntos, y casi siempre se detenían en las redes enmarañadas o eran despachados antes de acercarse mucho.
La preocupación mayor, sin embargo, era otra. Las noticias llegadas a través de mensajeros y señales ópticas alertaban sobre bandas organizadas que avanzaban desde Sevilla y Huelva. Habían arrasado El Puerto y saqueado algunas granjas de Chiclana. Serían, según los informes, entre sesenta y cien hombres armados, curtidos en la guerra de la supervivencia, más peligrosos que cualquier horda. Los líderes sabían bien que, si los recursos menguaban, la violencia sería la regla y no la excepción.
Alba, tras su turno, se reunió con Samuel en el edificio donde se intentaba rehacer una escuela. Preparaban un espacio para que los más pequeños pudieran, al menos unas horas al día, aprender a leer y contar pedruscos, alejarse del clima de miedo perpetuo. En las paredes, con tizas rescatadas, los maestros improvisados recordaban los nombres antiguos de las calles y dibujaban animales para que los niños no olvidasen la palabra “salitre”, ni el color del atún ni el olor a pan. Samuel tocaba una vieja guitarra, e intentaba memorar canciones de otro tiempo entre los cuentos sobre la Caleta y los carnavales que, decían los viejos, alguna vez duraron varios días y noches.
Acercándose el mediodía, una columna de humo oscuro se alzó cerca de la avenida principal, en dirección a las ruinas del Hospital de San Juan de Dios. Los vigilantes tocaron las campanas. De inmediato, el barrio de El Pópulo se sumió en una actividad frenética: mujeres y hombres corrieron a los refugios; los niños, a los sótanos convertidos en trinchera. Alba se deslizó entre agrupaciones de vecinos armados. El humo se debía a un incendio sobrevenido en una de las panaderías, provocado por una chispa descuidada de los hornos de leña. Pero el sobresalto era prueba de otra cosa: en Cádiz, nadie podía confiase del todo, no cuando la amenaza podía surgir tanto de fuera como de dentro.
A media tarde, a las puertas de la muralla, una caravana llegó desde Puerto Real, cargada de leña y sacos de cereal. Los comerciantes, guiados por dos caballos famélicos, fueron recibidos en la Puerta de Tierra. Los tratos se hacían rápido: comida por pólvora, semillas por aceite, medicinas por queso añejo. El trueque era la ley suprema. Los más ricos no eran quienes poseían oro o billetes antiguos, sino los que almacenaban penicilina, herramientas, cables de cobre o, sobre todo, generadores manuales con los que encender las escasas bombillas que alumbraban las noches gaditanas.
Alba aguardaba su turno para intercambiar pequeñas dosis de aceite de oliva por vendas y jabón. Alzó la vista y vio que junto a la caravana había llegado un grupo de forasteros, hombres y mujeres, piel curtida y ojos exhaustos, identificados por brazaletes amarillos. Uno de ellos, un chaval de unos diecisiete años cuyo acento delataba raíces del interior de Andalucía, miraba fascinado el mar.
— ¿Eso es el Atlántico? —preguntó, casi sin moverse del sitio.
— Aquí lo llamamos “la mar” —respondió Alba, sonriendo por primera vez en el día—. Pero sí, enfrente no hay nada. Solo agua, olas y niebla.
Los extranjeros traían noticias inquietantes: dos días antes, habían visto el avance de una banda armada, portando banderas negras, en dirección a Sanlúcar. Confirmaron lo que ya temían los del consejo: pronto habría que organizar una partida para reforzar los bastiones del norte. Acordaron enviar exploradores esa misma noche, aunque el riesgo era alto.
En la asamblea que siguió al ocaso, bajo la luz parpadeante del faro, los veteranos más antiguos presionaron para que el consejo apurara la construcción de nuevas empalizadas y la formación de grupos de vigilancia nocturna. El Sargento, levantando la voz para sofocar la discusión, dictaminó que la prioridad era proteger las reservas de alimentos y evitar peleas internas. “Si caemos, será por hambre o por división. Los vagos ya no son muchos, pero los hombres sí”.
En privado, Samuel le confesó a Alba su temor: no a los “vagos”, sino al futuro, el que se entreveía ya distinto, no hecho de miedo de los muertos sino del renacer de la guerra entre vivos.
— Antes, Cádiz era un mundo pequeño, con un único peligro —murmuró Samuel, contemplando la línea púrpura del horizonte—. Ahora, cada vez que un forastero llega con la mirada destruida, me pregunto si esto tendrá otro final distinto.
— Todo el mundo tiene miedo —reconoció Alba—. Pero, aquí, seguimos juntos. Esta ciudad nació de la resistencia.
— ¿Y si esta vez no basta? —insistió él.
Alba guardó silencio, mirando cómo el faro giraba su luz sobre la Caleta y las sombras que reptaban allá abajo, incorpóreas, imágenes flotantes del hambre, la ruina y el miedo que definían el mundo actual.
Esa madrugada, con la lluvia golpeando el suelo y el viento sur azotando los tejados, el grupo de exploradores partió. La ciudad entera se apretujó en torno a sus murallas, aguardando noticias. El murmullo del mar ocultaba el eco lejano de disparos en la zona del puente. Alba, aferrada al hierro frío de la empalizada, pensó en su padre, en su madre, en los viejos relatos de carnavales y pescadores, en los niños que aún dormían sin saber, del todo, el mundo al que pertenecían. Había aprendido que el horror tenía muchas caras: lo mismo la de un muerto ambulante en la niebla que la de un hombre hambriento y desesperado con un cuchillo en la mano.
A la mañana siguiente, cuando los exploradores regresaron con noticias de una banda hostil merodeando cerca de Trebujena, la Resistencia decidió sellar todos los accesos y organizar los víveres para un posible asedio. Pero, entre el miedo y la necesidad, Cádiz contuvo la respiración y resistió, una vez más, mirando a la mar y apretando los dientes, consciente de que el mundo nuevo era duro, pero aún posible si había quien luchase por él.
La ciudad seguía viva. Entre el olor a sal, el rugido del viento y el fulgor de las fogatas, los supervivientes de Cádiz, convertidos en vigías y guardianes de un mundo fragmentado, se juraban a sí mismos que siempre habría amaneceres, que el miedo debía ser domado para no vivir encadenados a la sombra de lo que fue. En las piedras gastadas, entre risas de niños y el suspense de los adultos, vibraba un eco antiguo: Cádiz resistía.
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