Fragmento:
Las noticias, si es que puede llamárseles así, llegan desde radios militares portátiles que recogen señales de Huelva, Sevilla, e incluso alguna vez de Ceuta. Nos cuentan que en las grandes ciudades —Madrid, Barcelona, Sevilla—, una vez que los zombis tomaron el control, lo hicieron para siempre. Las grandes urbes son, desde hace años, verdaderos infiernos, ruinas custodiadas por manadas enormes de muertos errantes. En Cádiz tuvimos la fortuna y la desgracia de nuestro aislamiento natural. El mal llegó aquí tarde, por barco, por algún bote que cruzó la bahía acarreando la enfermedad. Recuerdo el primer brote, semanas después de la caída de Sevilla. Los vimos llegar, tambaleantes, por las aguas del puerto, arrastrados por la marea, algunos aún enfundados en uniformes de la policía portuaria. Aún tengo pesadillas con esas imágenes: un mar de cadáveres, literalmente, avanzando hacia la plaza de San Juan de Dios.
Duración: 10:31
13 de noviembre de 2024
Me llamo Lucía Berraquero y nunca pensé que viviría suficiente para escribir algo como esto. Estoy sentada en la antigua biblioteca de la plaza Mina, un lugar que fue refugio de lectores y estudiantes, ahora convertido en centro de mando, enfermería y almacén. Es curioso pensar que cuando la gente decía que Cádiz era una isla, realmente nunca se imaginaron que un día lo sería en el sentido literal. Rodeados de agua y barricadas, sitiados por la muerte y la desesperación, resistimos porque no sabemos hacer otra cosa.
Hoy hace exactamente cuatro años y siete meses desde que todo empezó. La memoria se me enreda y se me confunde con demasiada facilidad, pero no olvido el día en que los informativos dejaron de hablar de Covid-19 y comenzaron a mostrar imágenes tan violentas, tan extrañas, que parecían sacadas de una película de serie B. Cuerpos caminando tambaleantes por las calles de Madrid, enfermeros atacados en hospitales de Sevilla. Hubo bromas, claro, los primeros días. Memes, risas nerviosas… Ahora las recordarían como las carcajadas amargas del preludio de la gran caída mundial.
Cádiz tuvo suerte al principio, o eso pensamos. Estábamos lejos, separados por la bahía y el canto desmoronado de Puente Carranza. Aquí los rumores llegaban como oleadas: primero como susurros de miedo desde los informativos que aún resistían, después como gritos de terror a través de los walkies y radios de emergencia. Las carreteras pronto se volvieron imposibles, y las playas, durante años reclamadas por turistas, se poblaron de carpas, barricadas y trampas improvisadas. Durante el primer invierno tras la caída del gobierno, las olas barrió más cuerpos al puerto que todo el braker del viento que habíamos soportado juntos.
Solo quedamos unos pocos cientos en la ciudad. Repartidos en lo que una vez fueron barrios: algunos en La Viña, protegidos por las estrechas callejas; otros en extramuros, atrincherados en pisos altos. Nosotros, un grupo de unas doscientas personas, hemos hecho del centro una fortaleza. A veces el humor negro nos lleva a proclamar que vivimos en la “República Independiente de Cádiz”, aunque nadie se atreve ya a erigir banderas. Un simple pañuelo blanco a la ventana indica rendición o súplica, pero pocos pueden permitirse tal debilidad. Aquí solo sobrevive quien sabe luchar, cosechar y callar.
Las noticias, si es que puede llamárseles así, llegan desde radios militares portátiles que recogen señales de Huelva, Sevilla, e incluso alguna vez de Ceuta. Nos cuentan que en las grandes ciudades —Madrid, Barcelona, Sevilla—, una vez que los zombis tomaron el control, lo hicieron para siempre. Las grandes urbes son, desde hace años, verdaderos infiernos, ruinas custodiadas por manadas enormes de muertos errantes. En Cádiz tuvimos la fortuna y la desgracia de nuestro aislamiento natural. El mal llegó aquí tarde, por barco, por algún bote que cruzó la bahía acarreando la enfermedad. Recuerdo el primer brote, semanas después de la caída de Sevilla. Los vimos llegar, tambaleantes, por las aguas del puerto, arrastrados por la marea, algunos aún enfundados en uniformes de la policía portuaria. Aún tengo pesadillas con esas imágenes: un mar de cadáveres, literalmente, avanzando hacia la plaza de San Juan de Dios.
Nuestro primer comandante fue el “capitán” Arias —supongo que los títulos militares ahora son una especie de juego cruel—, ex guardia civil con aspecto de sargento de película. Un hombre duro, obsesionado con la disciplina, pero también con la vida. Él organizó los turnos de guardia, patrullas de limpieza de zombis, el cierre del acceso por el Puente Carranza y la construcción del muro improvisado en la avenida Andalucía. Durante los dos primeros años, mantuvo la ciudad relativamente limpia y segura, aunque a costa de un régimen casi tiránico. Muchos odiaban sus órdenes, pero todos sabíamos que sin ellas estaríamos muertos.
Sin embargo, en unos meses las cosas cambiaron. La comida escaseaba cada vez más. Los saqueos iniciales vaciaron supermercados y farmacias. Aprendimos que el mar era nuestra fuente inagotable, pero también un peligro: cribar pescado entre los cadáveres que a menudo traía la pleamar se convirtió en misión de riesgo. A veces, las olas traen muertos y a veces traen alimento. La marea es nuestra única aliada e implacable enemiga. Rápidamente entendimos que salir más allá de la puerta Tierra era pedirle a la muerte que nos señalara.
Hoy, 13 de noviembre de 2024, la vida es menos una cuestión de sobrevivir a los zombis y más una lucha contra la crueldad de otros humanos. Bandas nómadas de saqueadores llegan a la ciudad cada luna nueva, probando nuestra defensa, buscando grietas en nuestras barricadas. Vienen desde Chiclana, Jerez, San Fernando. Sabemos que el dique de la Carraca cayó hace dos veranos. Nadie ha vuelto de allí. Los Marinos que resistían, incluso su radio militar, están en silencio. Nos llegan rumores de que algunas partidas humanas se unen a las hordas de los muertos para atacar a los vivos, como si la desesperación hubiera borrado la diferencia entre vida y podredumbre.
Por las noches, nos reunimos en la biblioteca, la vieja catedral y la azotea del Hotel Atlántico (ahora base principal y torre de vigilancia). No hay electricidad, salvo la que producen algunos paneles solares robados de la Universidad de Cádiz y dinamos que los niños hacen funcionar con bicicletas reconvertidas. Funciona para encender un puñado de bombillas y la radio militar, la que me permite cada noche escribir este diario.
El invierno se acerca y con él la desesperación de la gente. Apenas quedan medicinas en las farmacias. La penicilina que logramos fermentar sirve solo para rasguños y fiebres menores. La mayoría de nuestros mayores no sobrevivieron al primer invierno; los que quedan están curtidos y endurecidos, como el cuero de los viejos marineros. Los niños jóvenes (han nacido casi cuarenta desde que empezó la plaga, algunos ya hablan con ese acento gaditano irrepetible), no conocen otra cosa que esta guerra perpetua. Y aunque parezca mentira, aún juegan en la azotea, entre sacos de arena y campanas de alarma, inventando juegos de combate y escondite donde antes había columpios y piscinas hinchables.
Hoy hemos tenido una reunión de consejo. A falta de un gobierno central —el último encabezado por Arias cayó tras lo que aquí llamamos la “Gran Revuelta del Puerto”—, la ciudad se rige por un pequeño colectivo: algunos exmilitares, el cura de Santiago, dos maestras, el jefe de pescadores y una doctora, la última con experiencia en infecciones. Estamos divididos, pero solo lo justo para no matarnos entre nosotros. La ciudad está cercada de barricadas, el acceso desde la bahía se controla desde la antigua comandancia del puerto, la viña y Santa María se comunican con señales de bandera y barriles con brasas por la noche. Algunos proponen abrir un canal seguro hacia San Fernando; otros, atrincherarse y rechazar cualquier intento de comunicación exterior.
El principal problema ahora es la comida. Nuestro banco de alimentos apenas sobrevive. Los acuíferos siguen dando agua, aunque la salinidad aumenta cada mes. Hoy Fede, el joven de la lonja, propuso intentar cultivar algas y mejillones en los viejos pilotes del muelle. La idea fue recibida con más esperanza que escepticismo. Hemos acordado empezar con una pequeña prueba. Si funciona, puede que incluso soñemos con exportar alimento a los grupos que aún resisten en Sanlúcar y El Puerto.
La noche es tranquila, pero nunca silenciosa. El mar trae consigo el rumor de vientos y los crujidos de las barcas chocando contra los restos de los cruceros encallados hace años. No hablamos de ellos, pero todos recordamos la llegada del Costa Concordia, convertido en ataúd flotante. Si hay infierno, se parece mucho al interior de ese barco durante los días del primer brote aquí.
Al anochecer, subo a la azotea del Atlántico con Pablo, el jefe de vigías. Con prismáticos, inspeccionamos las entradas de la ciudad: la plaza de las Flores, la calle Sagasta, el faro de San Sebastián. Vemos luces temblorosas a lo lejos —podrían ser supervivientes, podrían ser enemigos—, pero no nos arriesgamos. La consigna es no disparar si no es imprescindible. Las municiones son oro, y la sangre humana, más aún. A veces me pregunto cuántos quedamos realmente vivos, cuántos somos humanos todavía en este mundo podrido.
Hoy escribo estas líneas sabiendo que el tiempo de Cádiz como refugio puede estar acabando. Los muros se desgastan, la moral flaquea, y el enemigo —ya sea hambriento de carne o de poder— se acerca siempre un poco más. Y, sin embargo, cada amanecer, desde la muralla de Campo del Sur, contemplamos la bahía como si nunca hubiera cambiado: azul y hermosa, prometiendo vida, recordándonos que, aunque la noche es larga, Cádiz sigue esperando, como un faro paciente, a que regrese la marea y nos traiga la esperanza.
A veces, cuando el viento sopla desde el océano, se escuchan ecos del pasado: el bullicio de las chirigotas, los tambores de Semana Santa, los besos robados en la Caleta. Pienso en mis padres, en mis hermanos, en los que se marcharon buscando vida y solo encontraron muerte. Pienso en mí, en Lucía Berraquero, la que escribe relatos como quien lanza botellas al mar. Este diario, estas palabras, pueden que nunca sean leídas. Pero son mi ancla. Son la prueba de que, aunque todo esté sumido en ruinas, sobrevivimos, seguimos aquí, resistimos.
Y mañana, cuando el sol despunte sobre el Atlántico y las sirenas callen por unas horas, volveré a escribir. No porque crea que el mundo alguna vez volverá a ser igual. No porque piense que Cádiz será de nuevo la joya del mar que fue. Sino porque la historia merece ser contada, aunque se pierda entre las olas que nos cercan, aunque se hunda bajo toneladas de silencio. Porque alguien, algún día, necesitará saber que aquí, en este rincón barrido por la brisa y la muerte, supimos amar la vida y pelearla hasta el final.
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