Fragmento:
Desde hace unos meses, la peste zombi es una plaga residual. Escasos, torpes, derrengados, los que nos quedan parecen espectros de lo que una vez fueron. La mayoría están arrinconados en la Isla –como llamamos a la antigua San Fernando–, en Puerto Real o en las ruinas de Jerez. En el casco antiguo de Cádiz quedan tan pocos que algunos jóvenes se aventuran fuera de las murallas para buscar tesoros en los edificios derruidos y vuelven con chismes que me recuerdan a los contrabandistas de otros siglos.
Duración: 11:00
19 de noviembre de 2029
Querido diario,
Llevo tiempo resistiéndome a la costumbre de escribir mis pensamientos, pero estos días siento la necesidad de conservar, aunque sea para la posteridad, la memoria de lo que nos está aconteciendo. Como si, en algún futuro incierto, alguien descubriese esta libreta y pudiese reconstruir la naturaleza de nuestra lucha. Cádiz, mi ciudad natal, tan cantada y soleada, es hoy una fortaleza áspera, pero dentro de la catástrofe mundial somos uno de los lugares más vivos y organizados de Andalucía. Dicen que eso es motivo de orgullo. Yo no sé si llamarlo fortuna o condena.
Hace casi diez años que comenzó la plaga, y desde entonces cada mes parece un siglo. Hoy se cumplen casi diez inviernos desde aquellos días en los que los zombis lo eran todo: el terror, el enemigo y la obsesión. Ahora, como tantas veces bromean en la Plaza de San Juan de Dios, lo peor suele venir de otros seres humanos. Me estremezco al escribirlo, aunque también es cierto que esta certeza nos ha ayudado a sobrevivir, a organizarnos y a no bajar nunca la guardia.
Desde hace unos meses, la peste zombi es una plaga residual. Escasos, torpes, derrengados, los que nos quedan parecen espectros de lo que una vez fueron. La mayoría están arrinconados en la Isla –como llamamos a la antigua San Fernando–, en Puerto Real o en las ruinas de Jerez. En el casco antiguo de Cádiz quedan tan pocos que algunos jóvenes se aventuran fuera de las murallas para buscar tesoros en los edificios derruidos y vuelven con chismes que me recuerdan a los contrabandistas de otros siglos.
La ciudad se ha reinventado en torno a su perímetro histórico. Aquellas murallas y baluartes que alguna vez solo fueron decorativas, hoy limitan nuestra vida y marcan la diferencia entre la vida y la muerte. Los comerciantes y las autoridades han fortalecido las defensas; las puertas de Tierra, que una vez sólo servían de monumento, resisten como barricada viva y poderosa, siempre vigilada. Las garitas están ocupadas por centinelas armados. Detrás de la catedral resisten los mayores grupos de producción: molinos, secaderos de pescado, y pequeños talleres donde se reparan herramientas y, de vez en cuando, alguna escopeta antigua.
Las viejas centralitas del Puerto se esfuerzan por activar de forma intermitente algo de energía eléctrica. Hoy, el Consejo anunció que, gracias a una colaboración con asentamientos del Guadalete, la generación hidroeléctrica en Bornos podría llegar a Cádiz si todo sale bien. La noticia ha encendido esperanza y recelo a partes iguales. La electricidad significa luz, frío, radios, acceso a archivos digitales. Pero también puede atraer a bandidos de la campiña y reclamaciones de los antiguos propietarios.
Recuerdo mi infancia, cuando el Carnaval llenaba la plaza y los coros se repartían por las calles. Ahora, las fiestas son otra cosa: veladas sobrias, clandestinas, donde la música se toca baja y el ritmo de los tambores es más bien un código para transmitir noticias sobre el movimiento de supervivientes y animales. No hay miedo a los zombis, solo precaución frente a las bandas humanas que a veces merodean desde Chiclana o los campos de Sanlúcar, hambrientos y desesperados.
Hoy ha habido asamblea en la cúpula de la Catedral (aprovechando que sólo hay dos zombis en las criptas y están prácticamente inmóviles). Los representantes del casco antiguo y del barrio La Viña debatieron sobre cómo distribuir la última llegada de sal y azúcar, traída en una caravana desde Algeciras, escoltada por los Ecuestres: la milicia montada que lleva dos años protegiendo la bahía y mantiene a raya a los bandidos. Se ha decidido reducir la ración de azúcar para todos, excepto ancianos y niños pequeños. Ojalá mi madre siga sin enterarse, aunque sé que lo hará: en esta ciudad las noticias corren más rápido que el levante.
Mi hermano Vicente, al que veo cada día más envejecido y endurecido, se encarga de la vigilancia de la Puerta de la Caleta. Me cuenta que cada vez llegan más forasteros, gente de pueblos arrasados, buscando cobijo detrás de nuestras murallas. La política de acogida está muy limitada: sólo se aceptan familias con talento útil. Carniceros, herreros, albañiles. El resto es redirigido a los campamentos flotantes en la playa de Cortadura, pequeños reinos de chabolas y tiendas, a la espera de que Cádiz pueda asumirlos.
Hoy también llegaron de San Fernando dos muchachos con un burro, los primeros desde marzo. Dicen que el agua del caño ya no huele mal y que en las tierras que rodean el viejo Arsenal hay menos cuerpos infectados y más aves vivas. Llevaban pescado seco y, a cambio de unas balas, obtendrán sal para conservar lo poco que obtienen del mar. Se rumorea que en la Isla hay un hombre que ha logrado domar a dos caballos y está preparando un viaje hacia el norte, a Sevilla. Nos miramos perplejos: ¿qué quedará en Sevilla, más que ruinas y ratas? Desde 2027 nadie vuelve de allí.
Por las noches, la bahía es un silencio profundo, roto solo por los pasos de la ronda y, a veces, algún balido suelto de cabra. Ciudades tan cercanas como Puerto Real y El Puerto de Santa María parecen olvidadas, luces apagadas más allá del horizonte de agua negra. A veces, en esas madrugadas tan densas, me parece recordar la ciudad de antes, la luz artificial titilando en la autopista y el eco de las procesiones en Semana Santa. Ahora, el único eco que llega desde la Península son ráfagas lejanas de disparos o, en días húmedos, ráfagas de viento con el olor de la podredumbre de la costa norte.
Hoy participé en la escuela improvisada que han abierto en la iglesia de San Antonio. Hay 12 niños y solo dos libros de lectura. Pasan la mayor parte del tiempo aprendiendo oficios: costura, mecánica, preparación de plantas medicinales. El pasado se estudia a la manera de las leyendas: para los niños, el carnaval es tan mítico como la epidemia de zombis. Les conté cómo era salir a la playa en los veranos antiguos, notando que mis palabras les suenan tan remotas como la Atlántida.
El mayor problema es el agua potable. Los aljibes sufren falta de mantenimiento y la desalinización es costosa. En verano, incluso, algunos arriesgados cruzan hacia Puerto Real por la vieja vía de tren para recuperar bidones de agua mineral hallados en supermercados saqueados y en ruinas. Muchos no vuelven. Entre los supervivientes hay supersticiones sobre los "Muertos Azules", como llaman a los zombis hinchados por el salitre del mar que a veces llegan flotando hasta la playa de la Victoria.
Con la electricidad limitada y la pólvora produciéndose casi artesanalmente en extramuros, cada disparo de arma de fuego es controlado y anotado por el armamento del Consejo. Por fortuna, hay menos necesidad de usarlas contra zombis; la verdadera amenaza se esconde entre los vivos. No puedo olvidar la masacre de mayo, cuando una banda de saqueadores de Sanlúcar logró escalar el baluarte de Candelaria y, durante la madrugada, mataron a tres centinelas e intentaron secuestrar a una decena de niños. La reacción fue brutal y ejemplarizante: ahorcaron a los capturados en la plaza del ayuntamiento, mientras el resto de los habitantes bajábamos la mirada. La justicia es aquí más dura que nunca —es ley de hierro—. Triste es pensar que los zombis, al menos, no tienen moral.
He aprendido a valorar la soledad y el silencio. Me refugio muchas noches en la azotea de la casa de mi abuela, observando las estrellas, preguntándome si en América viven algo parecido, si en África sobreviven ciudades como la nuestra. En la radio a manivela, a veces captamos voces en francés, incluso un saludo en italiano. Más allá del estrecho, dicen, Melilla está casi desierta y Ceuta convertida en fortaleza.
Cuando el viento del sur sopla fuerte, oímos rumores desde el mar: a veces una lancha llega hasta la playa, con refugiados que huyen de las Alpujarras o Marruecos. La ciudad solo puede aceptar a unos pocos, a cambio de que se integren como granjeros o soldados. El Consejo teme que una llegada masiva destruya el frágil equilibrio. Aun así, es difícil rechazar a quienes llegan desesperados y lo han perdido todo.
A pesar de todo, la gente sigue encontrando motivos para celebrar la vida. Hoy, en la plaza de las Flores, una joven tocó una guitarra y varios niños bailaron, movidos más por el hambre que por la alegría verdadera, pero ahí estaban, recordándonos que seguimos siendo humanos. Quizá en eso resida la clave de la supervivencia. No en las murallas, ni en las armas, sino en la obstinación de celebrar algo, aunque solo sea el fin de un día largo.
Más tarde, viene Vicente con malas noticias: han detenido a dos espías en Puerta de Tierra, al parecer enviados por una alianza de "ciudades libres" hacia la Mancha, que buscan rutas hacia el mar. El miedo a nuevas guerras, ahora que los zombis ya no son el principal enemigo, se palpa en cada conversación. Los asentamientos con excedente de comida o energía eléctrica corren el riesgo de ser invadidos, o de verse arrastrados a alianzas militares frágiles. El Consejo ha decidido reforzar turnos de guardia, restringir el paso a los forasteros y aplazar la siguiente caravana hacia Medina Sidonia.
Por la noche, en la vigilancia de las murallas, veo el horizonte del Atlántico, ensombrecido por nubes densas. Pienso en los barcos hundidos, en las historias de buques varados frente a la Caleta que nadie se atreve a explorar, llenos quizá de suministros, quizá de podredumbre. Nadie se arriesga a navegar mar adentro; la isla del Castillo de San Sebastián, defendida por veinte hombres armados, no deja pasar a ningún desconocido.
Vuelvo a preguntarme por la esperanza. ¿Será cierto, como cuentan los más viejos, que la vida se abrirá paso? Mis hijos, que nacieron tras el colapso, creen que el mundo ha sido siempre así: murallas, vigilancia, racionamiento, miedo y días fugaces de alegría. Me estremece la idea de que nunca conozcan otro horizonte que no sea el muro de San Carlos o la baliza de la Caleta.
Anoto esta reflexión como promesa, por si alguien encuentra este diario dentro de años, o siglos: Cádiz sigue viva. Hemos defendido esta tierra contra muertos y vivos, contra la desesperación y el olvido. Seguimos tejiendo la red de la supervivencia a base de trueque, trabajo y voluntad feroz. Cuando la tribulación de esta época acabe, y la plaga solo sea un eco lejano, tal vez nuestros descendientes aprendan que la memoria es lo que salva a los pueblos.
Mañana será otro día de guardia, de subsistencia, de temor y de esperanza.
Firmo: Josefina Álvarez, vecina del barrio del Mentidero, superviviente, hija de esta ciudad que se resiste a morir.
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