Fragmento:
Las guardias, al caer la noche, son las más tensas. En las esquinas del colegio, un par de rifles antiguos que alguien recuperó de la casa de un jubilado de caza, y palos con clavos que han fabricado entre todos, sirven de adorno y consuelo. En la primera semana de diciembre, los más jóvenes encontraron una pistola bajo la arena de la playa de Cortadura, envuelta en una bolsa sellada. Un milagro, dijeron todos, y la colocaron como talismán encima del armario de la enfermería.
Duración: 11:30
16 de diciembre de 2020
Los cristales empañados del ventanal apenas permitían ver más allá de la sala de profesores; en algún momento alguien había pegado folios cubriendo los recuadros, y las marcas de manos sucias se acumulaban en las esquinas. Siempre que Santiago caminaba entre esas sombras, rodeado de pupitres y pizarras que olían a polvo, pensaba que la escuela era ahora una fortaleza y una cárcel. Solo el eco de los disparos y algún que otro grito lejano, desde la plaza colmada de coches volcados y charcos de barro, recordaba que Cádiz seguía viva. Si “viva” era palabra justa.
Desde el verano, cuando la ciudad se había visto desbordada por los hambrientos que cruzaron toda Andalucía, el colegio Gadir, en extramuros, alberga a casi sesenta personas. La mayoría son gaditanos, pero a la muchedumbre se les han ido sumando un puñado supervivientes llegados de Chiclana, San Fernando y pueblos del interior. Los reconocía por los tonos del habla: a los niños isleños, que nunca parecen asustarse del viento, y a los chiclaneros, expertos en colarse sin ser vistos por los pasillos del supermercado abandonado.
Ese diciembre, el frío no respetaba ni la fachada encalada. Las mantas, casi vestigios antiguos en el sur, empezaron a cotizarse antes que el pan duro. Santiago se despertaba con el cuerpo entumecido. No podía ver la Bahía desde ningún lado, salvo cuando subía al tejado en la última guardia del día, y entonces las gaviotas le parecían fantasmas, deambular de una orilla a otra en busca de algo que ya no existía.
El invierno ralentizó a los muertos. Nadie entendía del todo por qué, pero las hordas que meses antes habían asolado Jerez y Sevilla parecían estancadas, aletargadas, agrupadas en los descampados o las avenidas principales de Cádiz. Sin embargo, cuando subía la temperatura con algún viento de Levante, volvían los sustos: ramalazos de cuerpos arrastrándose por las calles silenciosas, degustando un rastro apenas sospechado de vida tras el olor salado y el humo de algún barril improvisado.
En las aulas, transformadas en dormitorios y despensas, los mayores se turnaban para racionar comida. Las conservas que rebuscaron antes del cierre ya se acabaron. Entre la última planta del Corte Inglés de la Avenida y la nave de salazones ocupada por refugiados armados, ya no queda apenas nada rico para comer o cambiar: se reparte sopa de arroz con huesos, patatas tan arrugadas que parecen piedras, y alguna cabeza de pescado encontrada en la lonja.
Javier, el antiguo director, se autoerigió líder del grupo. Cuando todo empezó, siguió abriendo puntualmente cada mañana, como si esperara alumnos y no hordas. A estas alturas, todos le agradecen aquella costumbre; desde la declaración de la ley marcial, las radios sólo cuentan muertos, y ningún mando militar ha llegado hasta aquí. Santiago lo comprende: Cádiz está demasiado al sur, es una península al borde de África, casi una isla extraviada. Nadie vendría a rescatarlos. Nadie vendría a asaltarlos, al menos por ahora.
Las guardias, al caer la noche, son las más tensas. En las esquinas del colegio, un par de rifles antiguos que alguien recuperó de la casa de un jubilado de caza, y palos con clavos que han fabricado entre todos, sirven de adorno y consuelo. En la primera semana de diciembre, los más jóvenes encontraron una pistola bajo la arena de la playa de Cortadura, envuelta en una bolsa sellada. Un milagro, dijeron todos, y la colocaron como talismán encima del armario de la enfermería.
Santiago recuerda con nostalgia esa tarde: fue uno de los pocos momentos de alegría del invierno. Pero cuando esa noche un grupo de hambrientos, vivos y bien armados, intentó forzar la verja con una camioneta destartalada, se dieron cuenta de que la pistola era una broma ante el miedo verdadero. No lograron entrar, los ahuyentaron encendiendo aceite frito y arrojándolo sobre la verja torcida. Al amanecer, encontraron manchas extrañas y una soga con nudos: alguien volvió a intentarlo.
A medio día, en el comedor pequeño, se reparte la comida mientras el sol barre los patios. Antonia, la madre de tres hijos pequeños que lleva semanas acurrucada en el aula de infantil, toma las riendas: —Hoy hemos recibido un trueque. Dos viejos de La Laguna han traído media caja de medicamentos —explica—. Dicen que viene una epidemia de pulmonía.
Los mayores se miran inquietos. Más allá del virus de los muertos y la fiebre que trajo la plaga original, ahora asustan las enfermedades viejas: cualquier tos puede matarte cuando el calor apenas existe y la comida es escasa.
Por la tarde, Santiago sale al patio. Allí improvisaron una pequeña barricada de bancos y mesas, donde se encarga de enseñar a los críos a no tener miedo, como si las horas de clase sirvieran aún de algo. A su lado, Lucía, de 12 años, observa a los otros jugar. Se le nota flaca y ojerosa, pero aún sonríe cuando saca la baraja: —Vamos a hacer una partida, profe, si ganas te toca limpiar la letrina de la azotea. —Santiago se deja vencer, y el resto ríe. Necesitan esas risas, aunque suenen raras en mitad del miedo.
Al anochecer, el viento trae noticias: las antenas de la azotea han captado una señal débil, una vieja radio militar que sigue emitiendo desde la Base de Rota. Es la primera vez en días que escuchan algo distinto al ruido blanco. Nada concreto, apenas unas palabras sueltas: “Tormenta... Comando Delta... San Fernando... Raciones...”. Pero suficiente para que el ánimo cambie.
—Si hay alguien cerca, pueden ayudar— dice Javier.
—¿Y si traen problemas?— pregunta alguien desde la esquina oscura, cubierto con una manta.
Santiago piensa en la responsabilidad que tienen. Dejar señales, encender luces, puede atraer tanto la esperanza como la destrucción: no todos los vivos son aliados. Recuerda la historia que le contó Esteban, el panadero, acerca de una banda de saqueadores llegados de Jerez que arrasaron un refugio de ancianos por una caja de galletas.
Toman la decisión: activan una hoguera controlada en la azotea, una luz discreta pero visible desde el mar. Si hay patrullas operando, la verán. Si hay enemigos, se arriesgan. El silencio se rompe con el chisporroteo de la leña húmeda.
La noche avanza. El frío se cuela hasta los huecos de los huesos. Por el ventanal, se escucha de vez en cuando un golpe seco. Santiago reza para que no sean los muertos; a veces, por la mañana, aparecen cuerpos congelados en las esquinas, como muñecos rotos, y los más pequeños no dejan de mirarlos de reojo. Aun así, peor es encontrar vivos hambrientos.
El día siguiente, 17 de diciembre, amanece con una bruma helada. Hay un alboroto en los pasillos: en la playa de Santa María, a cien metros del muro más próximo, han encontrado una pequeña balsa entre las algas y los detritus. No hay señales de tripulantes, pero sí restos recientes: redes, una navaja oxidada, dos peces ya en descomposición.
Javier, Santiago y dos adultos más se acercan con cautela. El borde de la playa está infestado de restos humanos: no saben si los brazos rotos y las piernas hinchadas pertenecen a vivos o muertos, pero el olor les confirma que no han visto la luz desde hace semanas. Usan palos para apartar la balsa, examinan de lejos. Santiago descubre una linterna, aún húmeda.
—Esto es señal de que alguien nos observa —murmura Javier.
Lucía, que los ha seguido desde la distancia rompiendo la prohibición, observa atenta—. ¿Y si intentan ayudarnos? ¿Y si es gente buena?
Santiago conoce la respuesta, pero calla. Tras meses de horror, la bondad es un lujo raro. Sin embargo, esa misma tarde, desde el patio se ven dos figuras aproximarse por la orilla: una es alta, delgada, la otra parece casi una sombra, con el rostro cubierto y pasos titubeantes. No llevan armas visibles. Los vigilan, les hacen señales, y después de mucho avisar por la radio interna que han montado con cables robados y walkies, deciden acercarlos para identificar a los recién llegados.
El protocolo es sencillo: los encierran en el aula de plástica, sin posibilidad de escapar, y les ofrecen agua y un mendrugo de pan. Hablan poco: se llaman Ahmed y Nour, son padre e hija, han llegado desde Tánger en una barca improvisada. La fiebre de Nour preocupa: Santiago ve el temblor en sus manos, la tos persistente. Consulta a Antonia, la improvisada médica, y juntos deciden que es mejor aislarles del resto.
Aquella noche, Santiago no duerme. En la oscuridad del techo, rodeado por el rumor lejano del mar, piensa en la memoria de Cádiz. Una ciudad acostumbrada al asedio, asomada siempre a lo desconocido, sitiada una vez más por monstruos que no comprende. Pero es en esas noches, cuando el viento levanta los tejados y el mar escupe sus podridos, cuando la esperanza se cuela como el salitre: poco a poco, los vivos encuentran la manera de resistir.
Pasan los días. Nour mejora levemente. Ahmed, agradecido, fabrica con cuerda una especie de trampa para cazar ratas, que después comparten en una sopa improvisada. La comunidad aprende a integrar al forastero; aunque la mayoría recela, hay quien recuerda los tiempos en que los inmigrantes llegaban cada día y se mezclaban entre turistas apenas preocupados por el sol.
Día tras día, el humo de las hogueras les afirma: Cádiz no ha muerto todavía. De la radio no llegan noticias nuevas, salvo la certeza de que Rota aún resiste y que tal vez San Fernando sigue en pie. Los más optimistas sueñan con llegar un día, en primavera, al puente Carranza y cruzar la Bahía en busca de aliados. Por ahora, la consigna es clara: resistir el invierno, mantener el colegio en pie. Las reglas del trueque se refinan. Se establecen turnos de guardia estrictos al caer la noche.
Un día cualquiera, Santiago camina con Lucía por el patio, mirando cómo crece la pila de leña para la hoguera nocturna. La niña le cuenta que sueña con ver la catedral llena, con los antiguos pasacalles de carnaval y las chirigotas. Santiago sonríe, imaginando una ciudad llena de colores y alegría, no el amasijo gris y callado que es ahora. —¿Volverá el carnaval algún día? —pregunta Lucía. Santiago mira la barandilla oxidada, el patio manchado de ceniza, la calle vacía más allá del muro, y dice, seguro: —Sí, volveremos a cantar. Si esta ciudad ha soportado asedios y tempestades, sobrevivirá a esto también.
La noche parece más larga cada día, pero, entre el rumor de un oleaje denso y la respiración de sesenta personas refugiadas bajo la misma azotea, el pulso de Cádiz no se detiene. Los últimos barcos navegan aún en sueños por la Bahía, y tal vez, en otra primavera, las escolleras se llenarán de rostros nuevos, de niños que nunca conocieron el mundo anterior y que, sin saberlo, se conviertan en la primera generación de supervivientes dispuestos a reconstruir la Tacita de Plata sobre el filo de la esperanza.
Porque entre la bruma y el frío, entre muertos y vivos, Cádiz resiste un día más.
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