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Portada del relato El aroma del Mar Podrido
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Fragmento:


El plan era claro: dirigirse al mercado central, en la esperanza de encontrar latas y conservas olvidadas entre las ruinas de los puestos. Pese al frío, la zona estaba infestada. El año había dejado tal cantidad de cadáveres que los parásitos vivían ahora sobre los propios zombis, cubriéndolos como mantas de insectos. Sabíamos que los “lentos”, así los llamábamos, eran en igual medida un obstáculo y una advertencia: cuando caían bajo cero y era fácil rodearlos, era porque los “rápidos” —recién infectados, aún frescos y peligrosos— acechaban al abrigo de los portales y sótanos.

Duración: 10:18

El aroma del Mar Podrido
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Texto de ajuste de pausa.

15 de diciembre de 2020

El Mar se había vuelto un cementerio silencioso, apenas un reflejo gris en la tarde encapotada de diciembre. Cádiz, mi Cádiz, era irreconocible, y lo que quedaba de la ciudad era solo un caótico amasijo de ruinas, cuerpos y supervivientes. La niebla afilaba la humedad y las ambulancias, esas reliquias varadas en las esquinas, ya solo servían de barricadas improvisadas.

Me llamo Pedro Martínez, y para entonces solo tenía una certeza: el invierno sería la última frontera, tanto para los vivos como para los muertos. Llevaba horas acechando tras un ventanal destrozado en una vieja vivienda de la calle Ancha. El frío mordía a través de las ropas, pero supe desde el primer día de diciembre que el frío era un aliado; los zombis, especialmente los más antiguos, se movían lento y torpe, encadenados por su rigidez cadavérica. En las noches de escarcha, se quedaban tirados en los portales, como si no encontrasen sentido alguno a esa insistente búsqueda de carne.

Recorría a diario el centro, esa espina dorsal entre la Catedral y la Puerta de Tierra, buscando señales de los míos. En las primeras semanas del brote, mi abuelo fue uno de los voluntarios que intentaron coordinar las evacuaciones junto al puerto. Era pescador jubilado, hombre rebozado de salitre y sabiduría, y en marzo nadie sospechaba que la mayor amenaza vendría de los propios rescatados. Las crónicas de ataques en hospitales y comisarías parecían tan lejanas, propias del telediario y no de Cádiz. Hasta que una mañana, encontramos a la Tía Loli, amiga de la familia y bandera de nuestra peña flamenca, deambulando por la plaza Mina… con los ojos ausentes y la boca desencajada.

Ahora, en diciembre, a Loli la imaginaba congelada en alguna bocacalle, junto a docenas de cuerpos amontonados y destripados, vestidos aún con disfraces de Carnaval, con la purpurina de la última alegría brillando bajo la escarcha. Pese a las pérdidas, la muerte de la ciudad no era completa ni absoluta: grupos de supervivientes se organizaban como podían. Había escuchado las transmisiones tenues de la banda ciudadana, apenas un carraspeo de código Morse entrecortado entre las interferencias. “Mercado en La Viña, intercambio de víveres por medicamentos”. “La Caleta, acceso cortado, hay nidos”.

Cádiz era entonces una ruina asediada internamente tanto por el hambre como por la amenaza incesante de los caminantes. Cada edificio, cada calle, era un pulso entre la esperanza y la resignación. Algunos se refugiaron en el Gran Teatro Falla, donde la madera crujía sin cesar y aún resistían los ecos de una última chirigota, burlándose del miedo con la única pólvora que no escaseaba: la risa.

Yo formaba parte de un pequeño grupo. Nos reuníamos en lo que fue una antigua tienda de ultramarinos en la calle Sagasta. Éramos seis: Ángel y María, pareja de médicos jóvenes que no lograron salir cuando la cuarentena se decretó; Marta, mi hermana; el viejo Carmelo, sargento retirado; y Damián, un chaval que perdió a su familia en los primeros saqueos. Nuestro refugio era sencillo, pero seguro: la tienda tenía una trastienda fortificada y acceso a las azoteas contiguas. Habíamos aprendido a movernos a través de los tejados, saltando de terraza en terraza como gatos salvajes, lejos del bullicio de las calles.

—Hoy toca buscar algo de comer —anunció Carmelo la mañana del quince, tan pronto la neblina empezó a disiparse—. No nos queda ni para unos avíos de puchero.

Repartimos tareas rápidamente. María y el chaval se quedaban fortificando la entrada y manteniendo la estufa de gas, mientras Ángel, Marta y yo preparábamos mochilas ligeras, hachas cortas y cuchillos de carnicero, armas improvisadas que habíamos aprendido a manejar con trágica eficiencia.

El plan era claro: dirigirse al mercado central, en la esperanza de encontrar latas y conservas olvidadas entre las ruinas de los puestos. Pese al frío, la zona estaba infestada. El año había dejado tal cantidad de cadáveres que los parásitos vivían ahora sobre los propios zombis, cubriéndolos como mantas de insectos. Sabíamos que los “lentos”, así los llamábamos, eran en igual medida un obstáculo y una advertencia: cuando caían bajo cero y era fácil rodearlos, era porque los “rápidos” —recién infectados, aún frescos y peligrosos— acechaban al abrigo de los portales y sótanos.

Salimos en fila india, atentos a los sonidos y sombras. Todo Cádiz olía a yodo, hierro y ceniza. El viento venía del mar y traía consigo el rumor de miles de historias apagadas.

Una vez en el Zoco, sentimos el silencio vibrar como algo extraño y espeso. No había ni gaviotas: todas habían huido, sin duda atraídas más allá de la Bahía, lejos de los carroñeros. Pero entre la niebla, se coló el chirrido de un carrito. Ángel me miró de reojo y me hizo una seña para que me agachara tras una columna rota.

Al otro lado, ocultos entre los destrozos del mercado, escuchamos un intercambio rápido: voces humanas. Otras personas. Y en el Cádiz de diciembre de 2020, eso era tan peligroso como una estampida de zombis.

Dejamos que la conversación prosiguiera. Distinguí dos hombres y una mujer, todos armados con escopetas recortadas oxidadas, discutiendo airadamente sobre la propiedad de un saco de patatas. El hambre había convertido la solidaridad en leyenda, y el trueque en violencia.

Decidimos evitarles, rodeando el mercado por la parte trasera. Oímos, sin mirar, cómo el conflicto estallaba en un breve, brutal estallido de disparos. La pólvora, estéril en los meses anteriores, se había vuelto un lujo letal. Nos pegamos a la pared, deslizándonos hacia el antiguo muelle pesquero, donde a veces los supervivientes más desesperados intentaban cebar la pesca.

Fue ahí donde vimos a los primeros en todo el día: un grupo de infectados, encajados en una maraña de redes, luchaban por salir. Sus movimientos eran lentos, costrosos. Marta blandió el hacha y acabó con el primero de dos golpes. Tratábamos a los zombis como el mar trataba a las barcas viejas: con pragmatismo, sin asomo de compasión.

A la vuelta del muelle, divisamos lo que parecía un bulto cubierto con lonas y varias cajas apiladas. Ángel se adelantó y, tras examinar la carga, sonrió apenas. Dos sacos de arroz, un tarro de naranjas confitadas y un par de botellas de vino amargo de Chiclana. Un festín navideño, en medio del apocalipsis.

Recogimos los víveres y emprendimos el regreso a la tienda. El sol, pálido y tenue, apenas calentaba nada; el frío y el cansancio nos calaban los huesos. Pasamos por la Plaza de San Antonio y vimos varios cuerpos tendidos, congelados en posiciones grotescas, como estatuas de sal. En el cruce con la calle Valverde, una figura humana se nos acercó precipitadamente.

Era una anciana pequeña, envuelta en mantas raídas y sosteniendo una bandera de Carnaval a modo de bastón.

—¿Sois del grupo del Falla? —preguntó, la voz temblorosa, pero decidida.

Negamos. Explicamos que nos refugiábamos en Sagasta, y la invitamos a venir. Ella aceptó tras mirarnos largamente, y durante la caminata nos relató cómo el teatro se había convertido en un santuario improvisado. Allí, decenas de supervivientes mantenían viva la esperanza a través del humor: cantaban coplas y chirigotas, aunque apenas quedaba público para aplaudirles. Entre bromas amargas, intentaban sobreponerse al horror.

Ya cerca de la tienda, la anciana nos miró con tristeza.

—No hay futuro sin reír, chavales —musitó—. Ni aunque el mundo se caiga.

El regreso fue peligroso: un grupo de merodeadores, armados, bloqueaba las inmediaciones de la plaza de las Flores. Ocultos bajo la penumbra de las marquesinas, evitamos cruzarnos con ellos. La ciudad era tierra de nadie. Cuando finalmente entramos al refugio y cerramos el portón tras nosotros, el aire se sintió más cálido, como si el peligro quedase, por un instante, fuera.

Esa noche, hicimos inventario. El arroz y las conservas previstas para repartir en raciones, el vino para brindar entre nosotros en Nochebuena, un remanente de humanidad en medio del desastre. Damián, el chaval, preguntó si quedaba papel para dibujar; la abuela le enseñó cómo recortar un cartón y hacer máscaras de Carnaval. Marta y yo reímos por primera vez en meses. Nos sentamos junto a la estufa, compartiendo historias del Cádiz de antes: el Cádiz de la playa Victoria en verano, de los partidos de fútbol improvisados entre las olas, de los churros con chocolate de la Alameda.

Fuera, los zombis seguían congelándose junto a las antiguas murallas. El ruido de sus movimientos era similar al roce de las redes de pesca. El invierno era cruel, pero nos daba una tregua. En la noche, escuché el eco de una chirigota lejana, el rumor de algún valiente tocando la guitarra en el Falla. Me aferré a ese eco como a una cuerda tendida sobre el abismo.

Habíamos sobrevivido otro día. El mar, antes azul y ahora convertido en fosa, era testigo de nuestra resistencia. Sabía que vendría el hambre, que el frío sería peor, pero también que Cádiz seguía latiendo, diminuto y testarudo, entre las piedras frías y los susurros del viento.

Aquella Nochebuena, no hubo campanas, ni alumbrados, ni cabalgatas. Solo el crepitar de la leña y el olor áspero del arroz medio quemado. Pero, por primera vez en meses, sentimos que resistir también era una forma de vencer. Y que, mientras el Atlántico lamiese nuestros muros y siguiera habiendo alguien capaz de cantar una copla, Cádiz nunca, jamás, terminaría de morir.

La anciana se durmió junto a nosotros, sonriente. Y, desde el ventanuco, juré que si algún día el mundo volvía a comenzar, serían los que reían en la tiniebla los encargados de reconstruirlo.

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