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Fragmento:


—¿Madrugas o trasnochas? —le preguntó mientras acortaba el paso para alcanzarle.

Duración: 10:53

Las murallas de la bahía
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Texto de ajuste de pausa.

17 de noviembre de 2027

La niebla se arremolinaba sobre las aguas tranquilosas de la bahía de Cádiz, envolviendo la cúpula dorada de la Catedral en un halo blanquecino y borroso. El sonido de las olas contra el rompeolas llegaba claro hasta la base de las murallas centenarias que separaban la ciudad vieja del resto del mundo. La brisa salina, que durante siglos solo había llevado la promesa de pesca fresca y el olor animoso de la mar, ahora arrastraba el perfume acre de la pólvora y el cuero mojado, y un fondo leve de miedo persistente.

Habían pasado más de siete años desde que la ciudad, como el resto del mundo, vio sepultada su normalidad bajo una ola de muerte, locura y sangre. Pero aquella mañana de noviembre de 2027, la ciudad resistía, amurallada y decidida, como en su historia más antigua.

La Plaza San Juan de Dios bulleba antes del amanecer con un tráfico atípico: carros, mulas, bicicletas reparadas con partes de otros tiempos, carretillas impulsadas por hombres de brazos fuertes y miradas hastiadas. Mujeres envueltas en mantas, con niños abrigados y callados, se arracimaban bajo la bóveda de la plaza, a la espera de la ración de pan del día.

Javier, antiguo profesor de historia y ahora jefe de la Milicia Ciudadana del Barrio del Pópulo, caminaba veloz por la Calle Nueva, su silueta robusta recortada por la luz naranja de los candiles de aceite. Llevaba consigo un maletín de cuero, costurones evidentes, y un rifle artesanal colgado a la espalda.

—¡Javi! —llamó una voz entre las sombras.

Era Sole, la delegada del Consejo de Recursos y una de las pocas personas que aún sonreía en la ciudad.

—¿Madrugas o trasnochas? —le preguntó mientras acortaba el paso para alcanzarle.

—Las dos cosas, Sole. El turno de vigilancia nocturna detectó movimiento al otro lado de Puntales. Vienen de la vieja Carraca —respondió con voz grave—. ¿Hay algo que repartir hoy?

Sole asintió con un gesto resignado.

—Pan negro y algo de queso curado, de la última rueda que conseguimos. Harina queda poca; espero que los de Chiclana traigan más en la próxima feria.

A Javier siempre le admiraba la capacidad de Sole de memorizar stock, repartir equitativo y todavía ser dulce con los niños cuando les entregaba media barra tibia envuelta en papel reciclado.

—Tengo que irme a la muralla, los de la torre esperan informe— murmuró él.

La separación que las murallas de Cádiz representaban ahora era brutal, simbólica; adentro, una organización de supervivientes que se habían autoimpuesto reglas férreas y una rutina casi monacal. Afuera, las ruinas del antiguo barrio de San Severiano, donde ni los más valientes patrulleros entraban sin refuerzos. Las rutas peatonales por Puertas de Tierra estaban estrictamente vigiladas, más por riesgo humano que por los zombis, que comenzaban a deambular más despacio, descompuestos y torpes, pero aún capaces de llevar la muerte.

Al llegar al puesto en la muralla, Javier saludó a los dos guardias apostados con arcos y ballestas.

—¿Vistos? —preguntó.

El más joven, un muchacho de aspecto desnutrido pero ojos de halcón, señaló hacia la carretera sumida en la bruma.

—Dos figuras. Una se apoya mucho en la otra. No parecen horda, pero no nos fiamos.

Javier asintió y cargó el rifle. Nadie daba la bienvenida en aquel mundo —la desconfianza era lo que les mantenía vivos. Sin embargo, en la nueva Cádiz, tenían la regla de no disparar a humanos salvo amenaza manifiesta. Había demasiados enemigos: la enfermedad, la escasez y el clima se sumaban a los hambrientos zombis y a las bandas de saqueadores.

Ordenó a uno de los guardias tocar la campana: un tañido largo y dos cortos. Señal de “posible superviviente acercándose”. Desde la cúpula del Ayuntamiento, un vigía devolvió la señal, y a los pocos minutos, tres miembros de la Milicia, entre los que iba Lucía, experta en combate cuerpo a cuerpo, bajaron por la escalera de la muralla.

Cruzaron la puerta reforzada. Javier fue adelante.

Salieron a la calzada, cubriendo el flanco izquierdo entre autos calcinados y farolas fundidas. El viento traía un quejido del canal y el gorjeo de las gaviotas, indiferentes al paso de la humanidad.

A veinte metros, la pareja se detuvo. Una mujer de unos cuarenta sostenía a un niño de seis, ambos sucios, harapientos y con los ojos abiertos en una súplica muda.

—¡Alto ahí! —ordenó Javier, firme.

—No estamos infectados… por favor, venimos de El Puerto —gimió la mujer —. No quedan médicos, nos dijeron que en Cádiz hay sitio…

Lucía se adelantó despacio. Revisó los brazos y el cuello del niño, buscó mordeduras, heridas, fiebre. Nada fuera de lo común salvo la desnutrición y el miedo.

—Pueden entrar bajo custodia por cuarentena —dijo Lucía—. Si mienten, todos pagaremos.

Javier sintió el vértigo de la responsabilidad pero asintió. No era la primera vez que acogían refugiados; la mayoría traía historias peores que las que dejaban atrás: saqueos, asesinatos, sectas. La madre llevaba un atadillo que entregó en la revisión: una bolsita de sal, una medalla de San Judas, una barra de jabón. Para muchos, verdaderos tesoros.

Regresaron por la puerta. Javier ordenó preparar la sala de aislamiento en el antiguo Instituto Columela, donde disponían de catres y, si la suerte ayudaba, una sopa caliente esperándoles.

Al dispersarse la situación, Javier subió a la muralla y miró la bahía. Barcos viejos, algunos transformados en viviendas, flotaban anclados, formando un anillo de viviendas precarias para quienes preferían la endeble seguridad del mar a las callejuelas de una ciudad sitiada.

Recordó como, apenas cuatro años atrás, Cádiz casi sucumbió en un invierno interminable; los canales de agua potable se congelaron, los zombis se amontonaban en los barrios vacíos y solo el tesón de los supervivientes consiguió mantener vivas las comunidades. Entonces eran solo un puñado, defendiendo un pequeño radio alrededor de la Catedral y la Plaza Mina; hoy, con muros reforzados y un gobierno rudimentario, superaban los dos mil habitantes.

Al despuntar el sol tras la pantalla de nubes, Javier recibió a Tomás, el maestro herrero, con un saco de herramientas improvisadas.

—La presa improvisada en el canal está perdiendo presión —informó Tomás sin florituras—. Si no conseguimos más piezas, toda la zona del Mentidero se va a quedar sin agua otra vez.

Javier tomó nota mental. El comercio con las comunidades cercanas, como San Fernando y Chiclana, aún era peligroso, pero vital para la supervivencia: agua, harina, medicinas, hierros, semillas, animales. Semanas atrás, incluso habían conseguido intercambiar tres balas originales por un bote de insulina.

—Convoca al Consejo para mediodía —ordenó—. Tenemos que decidir qué enviar a la próxima caravana.

Tomás asintió y se perdió entre la neblina de la plaza.

El Consejo de Cádiz se reunía en la antigua Casa de las Cadenas, donde un mapa confeccionado a mano mostraba territorios seguros, rutas conocidas y puntos de riesgo máximo; allí, junto al viejo escudo de la ciudad, cada líder de sección tenía voz y voto: Sole para Recursos, Tomás para Técnicos, Lucía para Defensa, una anciana apodada “la Doctora” como responsable de Salud, y la pequeña, silenciosa Adelina para Educación, la guardiana de los pocos libros y cuadernos que aún sobrevivían.

La discusión esa mañana giró en torno a la escasez de medicinas y a la inminente llegada del primer mercado común de la bahía en más de dos años. Se trataba de una feria protegida por acuerdos armados, donde se intercambiaba con otras ciudades amuralladas y, más tarde, con comunidades extranjeras a través de radios de baja frecuencia y señales codificadas.

—Si queremos enviar una caravana —intervino Sole—, debemos ofrecer algo más que sal y pan. Necesitamos metal y herramientas. Los nómadas del norte han mantenido la zona de Puerto Real más limpia de zombis, pero exigen pólvora y ballestas.

Lucía se echó atrás en su silla.

—Pólvora poca, y la que hay la necesitamos. Las hordas son menos y más lentas, pero una vez al mes intentan cruzar por San Severiano; no aguantaríamos otro ataque sin munición decente.

Javier propuso enviar un pequeño lote de herramientas de Tomás, un par de panes de hierro forjado y una docena de anzuelos fabricados con viejos aros de barril. Era poco, pero suficiente para mostrar intención de alianza.

Al término del consejo, se asignaron tareas: la caravana saldría al día siguiente al amanecer. Javier decidió acompañarla, junto con dos escoltas y el joven aprendiz de herrero, que debería negociar repuestos. Sole les entregó dos cestas de pan negro y una presilla de queso envuelta en una tela ancestral, con la advertencia de que no se fiaran de nadie, ni siquiera de las caras conocidas.

Durante el resto del día, la ciudad se preparó para la noche, que traía consigo el peligro de infiltraciones o ataques imprevistos. Bajo la luz temblorosa de los candiles, madres y padres instruían a sus hijos en la tarea de fortificar puertas, reforzar ventanas, mantener el silencio si sonaban las alarmas. La vida era dura, sí, pero vibraba con una fuerza obstinada.

Al caer la tarde del 17 de noviembre, Javier se detuvo frente a la iglesia de San Antonio. Allí, un grupo de niños recogía cáscaras de naranja entre las piedrecillas de la plaza, jugando a imaginar que eran monedas de oro. La escena le devolvió la esperanza. A pesar del miedo, la muerte y el caos, la vida seguía. El olor a sal, la brisa constante, el vaivén de las mareas: Cádiz era una ciudad que había resistido a asedios, hambrunas, guerras y peste. No sería esta vez diferente.

Esa noche, mientras apagaba la lámpara de aceite en su pequeño cuarto bajo la cúpula inclinada de la Catedral Vieja, Javier escribió en un cuaderno de tapas desgastadas:

“Resistimos porque amamos. Porque recordamos. Porque los muros que nos protegen no solo son de piedra, sino de historias, de valentía y de dolor compartido. Hoy hemos acogido dos más. Tal vez mañana seamos miles. Tal vez solo quedemos unos pocos… Pero mientras haya un candil encendido, Cádiz no caerá.”

Mañana, cuando el sol escale el horizonte sobre las aguas calmas de la bahía, la caravana partirá hacia la esperanza. Y sobre las murallas, las campanas seguirán sonando, recordando a los vivientes y a los muertos que Cádiz, ciudad de refugio, sigue en pie.

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