Fragmento:
El padre apareció a su lado con su chamarra de lana raída. Ya no era aquel hombre que relataba chistes en la barra de la Taberna La Manzanilla. Ahora callaba, fruncía el ceño y escuchaba. En el exterior, entre los edificios color ocre de la plaza, las ventanas siguieron apagadas.
Duración: 12:09
22 de diciembre de 2020
El frío llegó antes que la Navidad, y con él, un silencio inusual descendió sobre las calles de Cádiz. Nada parecía reconocible en el débil amanecer; ni el murmullo de las olas que rompen la playa de La Caleta, ni el revoltijo de turistas bordeando la catedral, ni el aroma de café y leche que antes llenaba la Plaza Mina. El aroma, hoy, era mezcla de leña húmeda y de miedo, de hambre contenida y carne quemada en los bidones que los supervivientes mantenían encendidos junto a los portones cerrados de los comercios.
Lucía se asomó al ventanuco tapado con maderas que su padre había preparado con ayuda de la abuela. El improvisado refugio —un antiguo almacén de herramientas junto al Mercado Central— se mantenía caliente a duras penas. Fuera, la bahía dormía bajo una bruma plomiza. En las últimas semanas, la ciudad se había vuelto una trampa: ni los zombis ni las bandas llegaban tan fácil con el frío y las calles resbaladizas, pero tampoco se podía salir; si salías, no regresabas.
Al fondo de la plaza, una silueta pesada arrastraba consigo una bolsa. Era Álvaro, el carnicero, cargando comida para un puñado de familias atrincheradas en la calle Libertad. El hombre tenía ese caminar nervioso que te dan muchos meses evitando las sombras, y un machete colgado del cinturón. Lucía lo saludó en silencio, con los ojos. Nadie se saludaba en voz alta. Los zombis los oían; los hombres al acecho, también.
—Padre, Álvaro está de vuelta —susurró Lucía.
El padre apareció a su lado con su chamarra de lana raída. Ya no era aquel hombre que relataba chistes en la barra de la Taberna La Manzanilla. Ahora callaba, fruncía el ceño y escuchaba. En el exterior, entre los edificios color ocre de la plaza, las ventanas siguieron apagadas.
Desde la llegada del frío en diciembre, los zombis en Cádiz se habían vuelto lentos, casi torpes. Bastaba con atrincherar puertas y mantener el calor para sobrevivir a los ataques nocturnos; los muertos no soportaban bien el viento glaciar que barría el Puente de la Constitución y atravesaba las callejuelas en espiral. Eso decían los viejos, y todos querían creerlo. Era verdad a medias: a veces, de noche, se veían siluetas tambaleantes entre el humo de las hogueras, y sus gemidos sonaban a lo lejos, como un mal presagio o una maldición flotando entre las palmas.
Había más amenazas que los muertos. Desde septiembre, las bandas de saqueadores venían del puerto, cruzando la ciudad vieja para buscar comida, baterías, gasolina, cualquier cosa de valor. Eran hombres desesperados, algunos de otras regiones, forasteros llegados en barcazas desde El Puerto o San Fernando, sin más brújula que el hambre. La Guardia Civil desertó o desapareció. La policía, armada apenas con pistolas, se refugió en la Comisaría, luego, cuando cayeron las últimas barreras en Puertas de Tierra, todos huyeron hacia los caseríos de las afueras.
Lo único que mantenía a los vivos juntos en el corazón de la ciudad era la promesa de calor y pan, de pescado seco del último cargamento perdido en los bloques del muelle, y algo de medicina rescatada de la farmacia de la Avenida Ana de Viya. Lo demás era supervivencia, pura y dura.
***
Esa mañana, Lucía decidió arriesgarse y salir. Tenía apenas diecisiete años y la voz grave de quienes envejecen aprisa. El padre la miró largamente; la necesitaba para el futuro, pero la comida escaseaba y Víctor, el niño pequeño del refugio, agonizaba de fiebre desde hacía dos días. No podían arriesgar a los ancianos ni esperar mucho: el jarabe de la farmacia era lo único que podía salvarlo. Ella tenía piernas rápidas, y la ruta por el callejón de San Francisco la había recorrido muchas veces cuando aún iba al instituto.
Se enfundó dos anoraks superpuestos, tapó su rostro con un pañuelo y apretó el mango de la navaja artesanal que llevaba al cinto. El padre le hizo un gesto de bendición en la frente.
—No tardes, hija. Al toque de campanas, todos dentro.
Lucía caminó rápido, evitando los charcos helados y manteniéndose pegada a las sombras. Era una mañana extrañamente blanca, el sol apenas era un disco pálido sobre los tejados de azulejos. En las paredes, pintadas ya desvaídas marcaban los lugares donde antes repartieron comida: "Aquí pan, 8-dic" o "Agua, urgente, local A". La memoria de la ciudad estaba escrita en esas señales, pero nadie respondía ya a los mensajes.
Al doblar por la calle Rosario, se detuvo. Un grupo de cuerpos desayunaba en círculo, los zombis más recientes, con ropas de hospital y batas sucias, hurgaban un cadáver destrozado. Lucía contuvo la respiración y retrocedió, buscó una ruta alterna. Atravesó el patio interior de una casa abandonada, evitó vidrios rotos y bajó por las escaleras de piedra de la Plaza España.
En la farmacia, la puerta estaba desmoronada. Dentro olía a productos químicos y a carne podrida. Había charcos de sangre seca mezclados con paquetes tirados por el suelo. Lucía avanzó, con pasos de ratón, y tanteó los estantes. Encontró una caja de jarabe infantil, y unos cuantos medicamentos viejos que aún podrían ayudar. En la penumbra, una figura tendida despertó.
Era una anciana, con la cara inflamada y los ojos turbios. No era un zombi todavía, pero casi: las mejillas hundidas, las manos crispadas. Lucía se inclinó rápido, sacó de su bolsillo una chocolatina y la extendió. La mujer la miró, balbuceó palabras sin sentido y se aferró al dulce con una gratitud que dolía.
Salió sin hacer ruido. En su pecho, un martilleo de pánico. No le quedaba tiempo antes de que el sol cayese y la brisa pudiese empujar a los muertos más cerca del Mercado.
***
Cádiz estaba dividida en pequeños feudos. En el barrio de La Viña, la gente se agrupaba por familias, defendiendo los pocos edificios con comida y generadores que aún funcionaban. En San Juan, varias bandas menores se disputaban los túneles del tranvía, donde almacenaban agua y refugios improvisados. A veces, por la noche, entre el viento y los tablones rotos, se escuchaban disparos secos o gritos lejanos. Nadie salía a mirar. Cada grupo desconfiaba del otro. El miedo era una pared más.
El viaje de vuelta fue aún más peligroso. Pasó junto al oratorio de la Santa Cueva. Frente a la puerta, tres figuras embutidas en abrigo, armadas con bates y palos, discutían entre sí. No la vieron. Lucía decidió arriesgarse por la antigua judería, una maraña de corredores estrechos que solo los gaditanos de toda la vida conocían. Corría el riesgo de cruzarse con algún muerto, pero prefería eso a los vivos; los vivos, ahora, eran más rápidos y no dudaban al atacar.
Tardó casi una hora en volver al Mercado Central. Al llegar, tocó la puerta de hierro de una manera peculiar, tres golpes cortos y dos largos. El padre abrió, la abrazó y ella le entregó la caja de medicina.
—Víctor aún respira, —dijo la abuela, desde el fondo—. Bueno que trajiste eso, niña, pero el invierno… ay, el invierno se lo lleva todo.
Encerrados en el refugio, compartieron el poco pan duro, un trozo de pescado ahumado y esperaron. Las noticias llegaban por la radio militar, una caja oxidada captando apenas murmullos. Se hablaba de que en Sevilla, muchos habían huido a los pueblos de la Sierra de Grazalema. En Jerez, la última fábrica de luz había caído. En Chiclana, algunas familias resistían tras barricadas hechas con coches volcados. El campo era igual de peligroso: bandas de forasteros saqueaban las fincas de Medina Sidonia y Barbate. Sólo el frío mantenía a los zombis lejos.
Por la noche, Lucía subió a la azotea, abrigada hasta las cejas. El firmamento era una manta gris, tapando estrellas. Miró la bahía, las luces de los barcos naufragados y las sombras largas del Puente Carranza. Más lejos, el resplandor de una fogata en la playa de Cortadura. Debían ser otros como ellos, refugiados improvisando un poco de calor.
Pensó en cuando iba al colegio y quedaba con sus amigos para comer churros frente a la Playa Victoria. Era un recuerdo vago y triste, como el eco de una canción olvidada. Ahora, la vida era otra: aguantar el frío, tapar los olores que podrían atraer a los muertos, mantener las ventanas cerradas, aprovechar los días de sol para secar la ropa y dormir con cuchillos bajo la almohada.
***
Una madrugada, unos golpes secos despertaron a los del refugio. Álvaro, la abuela y el padre cogieron palos, la madre agarró el cuchillo de pan. Eran tres hombres, encapuchados, que exigían entrar. Uno llevaba una escopeta, los otros dos bates. Querían comida, pilas, medicinas.
—Abrid, o quemamos el sitio, —amenazaron.
La abuela, con coraje desigual, se les enfrentó tras la puerta.
—¡Aquí solo queda hambre y niños! Largaos al mismísimo infierno, malnacidos.
—Solo queremos sobrevivir —gruñó el de la escopeta—. Dais algo o lo tomaremos.
De fondo, un estruendo: los zombis llegaban atraídos por el alboroto. Lucía cogió la linterna y alumbró las marquesinas del mercado. Las figuras tambaleantes se agitaban entre la bruma, arrastrando pies, tropezando con los charcos. Los atacantes, viendo el peligro, se batieron en retirada.
El grupo del refugio reforzó la puerta. El miedo fue peor que nunca. Pero cuando el silencio regresó, Lucía tuvo una certeza: pronto no quedarían más refugios seguros en la ciudad.
***
El invierno era su mejor aliado y también su peor enemigo. Los muertos se movían menos, pero el frío les iba arrebatando la energía a los vivos. Cada día había que buscar nueva leña, pescar a la intemperie, colar agua de lluvia para beber. La Navidad se celebró apenas con un trozo de pan y la promesa fatalista de un año mejor.
Nadie esperaba ayuda. Las rutas estaban cortadas. El puente levadizo de la Constitución permanecía alzado: una línea de defensa improvisada. Nadie sabía si en el otro lado quedaban supervivientes. El mar era tan traicionero como el asfalto: patrullas de botes se hundían al menor contacto con los muertos a la deriva.
De noche, la ciudad respiraba como una bestia herida. Los bramidos del viento traían ecos de música perdida, risas antiguas. Lucía y su familia, junto a otros en el Mercado Central, resistían. La ciudad vieja de Cádiz, amurallada, era territorio de fantasmas. Pero allí, entre los restos de una civilización desplomada, aún brillaba la diminuta esperanza de sobrevivir un invierno más.
Una noche, alguien encendió en la cúpula de la catedral una linterna potente. Los supervivientes salieron, envueltos en mantas, y la señal iluminó la bahía. Era un código: "Hay refugio cerca, seguid la luz".
Algunos se arriesgaron y cruzaron la plaza helada. Otros se quedaron, esperando un milagro más tangible, una señal de días mejores. Nadie sabía si el invierno les daría el respiro necesario para aguantar, si la peste aflojaría su puño helado sobre Cádiz. Pero allí estaban: seres humanos, luchando en la última frontera blanca, abrazados al calor escaso de sus fogatas, soñando con regresar algún día a la playa, y volver a escuchar, no muy lejos, el bullicio de la vida.
Ese era el verdadero regalo de la Navidad: la esperanza, inquebrantable, bajo el techo invisible de la ruina. Y la certeza de que, mientras hubiera una luz encendida en cualquier rincón de Cádiz, ni los zombis, ni el hambre, ni el frío lograrían arrebatársela del todo.
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