Fragmento:
Dentro, media docena de supervivientes dormían apiñados. Había más niños que adultos, y ninguno hablaba del mundo de antes. Sara buscó a su hija, Marta, en el rincón donde los cuerpos se amontonaban bajo mantas desiguales, y la encontró soñando un sueño sin pesadillas. Se agachó y acarició su pelo. Nadie podía saber qué pasaría al amanecer.
Duración: 09:45
23 de diciembre de 2021
Era el penúltimo solsticio antes de que el mar y la tierra se convirtieran en fronteras de miedo. Nada del antiguo Cádiz quedaba salvo el viento, duro y salado, colándose por las callejuelas antiguas. El resto, desde los caracoles de la plaza hasta los barcos del puerto, era un eco ahogado: nadie tocaba ya los muros de piedra, nadie reía en los tablaos, nadie miraba hacia África.
Sara se levantó ese día antes de que el sol despuntara, cuando el cielo era apenas una franja morada sobre la bahía y la Catedral, hace poco baluarte de fe, ahora era sólo una fortaleza improvisada. Desde la caída del hospital Puerta del Mar a manos de las hordas y la aparición de los grupos armados en los barrios altos, la vida valía lo que uno estuviera dispuesto a perder para mantenerse humano. Las casas de la Viña y el Mentidero estaban selladas, convertidas en refugios de piedra y madera: nadie bajaba sin motivo, y cuando lo hacían, evitaban mirar a los ojos a los desconocidos.
Sara alcanzó el portón de la antigua sede de la Peña Flamenca. Cruzó la mirada con Juanillo, el vigilante de la noche, quien no era más que un muchacho seco, curtido, con más años de hambre que de escuela. Ella le tendió dos conserva de atún sin decir nada. Pagos así salvaban más que la vida. Él asintió y le dejó pasar.
Dentro, media docena de supervivientes dormían apiñados. Había más niños que adultos, y ninguno hablaba del mundo de antes. Sara buscó a su hija, Marta, en el rincón donde los cuerpos se amontonaban bajo mantas desiguales, y la encontró soñando un sueño sin pesadillas. Se agachó y acarició su pelo. Nadie podía saber qué pasaría al amanecer.
Sara tenía una misión. Esa noche, Verónica —la madre superiora de la comunidad— le había deslizado un papel bajo la puerta: “Hoy, Solsticio. Se requiere ofrenda”. Había arreglado el cabello y elegido el chal de encaje negro que guardaba desde los Carnavales de 2020. El resto de la ropa era la de todos: funcional, gastada, cortada en mangas cortas por la escasez de tela.
Al salir al patio, notó el rumor. Los más viejos cuchicheaban en torno a la estufa de latón. “Van a hacerlo otra vez,” murmuró Antonia la Chanca. “Esta vez será verdad.” Los rumores de sacrificio habían crecido desde el primer invierno infernal, cuando la comida se acabó y los muertos fueron más que los vivos. Cádiz, convertida en una pequeña isla de supervivencia tras la destrucción de los puentes y el cierre del puerto, había sobrevivido a costa de pactos impensables antes de la plaga: soledad por seguridad, disciplina por comida y, desde el año pasado, sacrificios rituales para aplacar el miedo.
No era religión, explicaban los ancianos. No eran brujas, ni demonios, ni locura. Era la necesidad de poner sentido al horror, de elegir perder a uno para salvar a muchos. Se sorteaban nombres en noches de luna nueva, y nadie discutía. El fuego de la Caleta era testigo. Las cenizas corrían, tal vez, hacia el Atlántico, tal vez hacia los dioses de los que ya nadie hablaba.
Sara recogió la cesta con los últimos víveres de la semana: media hogaza, un poco de queso, dos rábanos en salmuera. Al fondo del cesto descansaba la pequeña navaja, por si todo se torcía, aunque no era para los zombis: esos ya entraban menos en invierno, atraídos por otros lugares, menos defendidos. El miedo ahora venía de los de dentro.
Fuera, un viento helado hacía vibrar los cristales. Se internó por el callejón del Tinte, sintiendo la ciudad muerta bajo sus pies. No era la primera vez que caminaba así, pero nunca tan cerca de una ceremonia. Recordó los tambores de la Semana Santa, la fiesta, los desfiles: ahora, los pasos eran mudos, sólo el eco de los sacrificios.
La Caleta era el lugar elegido. Bajo los arcos derruidos del antiguo balneario, una veintena de personas esperaba, candelas en mano, rostros marcados por el miedo y la resignación. Verónica, erguida y decidida, los recibió con palabras mudas y gestos precisos. Nadie lloraba, nadie protestaba.
“El nombre fue elegido,” anunció Verónica, su voz firme y antigua como una plegaria. “Pero el sacrificio no será sangre esta vez. Daremos las provisiones más valiosas a los caminantes del otro lado. Descubrimos ayer que algunos, los que quedan, son movidos por sonido y luz. Prenderemos la barca encallada con lo poco que nos queda. Que sirva de faro y alejamiento, de ofrenda y protección.”
Los murmullos crecieron. Alivio mezclado con temor; el hambre sería peor, pero la vida continuaría. Sara entregó su cesta y su navaja. Otros hicieron lo mismo. Una niña de rostro encallecido —la pequeña Rocío, sin padres desde mayo— se abrazó al mástil de la barca. Ella, sin nada que dar, se ofrecía a sí misma. Un gesto antiguo, casi prehistórico, de humanidad sin más para ofrecer que su cuerpo cansado.
Verónica torció el gesto y separó a la niña. “No hoy,” murmuró, y esa decisión fue recibida con alivio sordo y vergüenza colectiva.
Comenzó la procesión. Sara caminó entre los presentes, llevando la cesta hacia la proa carcomida de la barca. Sobre la madera, otros habían dejado pequeños recuerdos: una radio estropeada, un rosario, una fotografía doblada. Nadie creía ya en la salvación, pero la costumbre de pedir milagros era más antigua que la plaga misma.
La barca se convertiría pronto en pira. Con lentitud, los supervivientes rodearon la hoguera improvisada. El abuelo Sebastián, que había sido farero en otra vida, vertió el resto de gasolina sobre los víveres, extendiendo el olor agrio bajo la brisa salina. Cuando la chispa prendió, la llama subió alta y rápida: la luz iluminó los rostros, sacando lágrimas antiguas y cicatrices frescas.
Uno a uno, dirigieron plegarias a los muertos, a los héroes, a quienes cruzaron la bahía y nunca volvieron. El fuego era la única palabra aún capaz de atravesar la noche. Sara sintió el calor y el miedo mezclarse dentro de su pecho: miedo a perderlo todo, miedo a ser la siguiente en entregar a los suyos. El sacrificio era real. Era carne y pan, era el hambre que sabría mañana y el frío que vendría esta noche. Y era, sobre todo, el miedo de ver a Marta dormir y no saber si despertarían al día siguiente.
Por un momento, pensó en huir. Como en los días en que la infección acababa de empezar, y la gente se lanzaba por carreteras cortadas, buscando un lugar menos feroz. Cádiz fue refugio porque era fácil de aislar, pero también una trampa perfecta. Donde más seguro se estaba, mayor era el precio.
La ceremonia terminó al alba, cuando sólo quedaban brasas y promesas por cumplir. La comunidad se dispersó, recogiendo cenizas, mirando con recelo el mar y el horizonte. Ya nadie soñaba con barcos: la bahía guardaba cuerpos y secretos, y aquellos que se aventuraban más allá de la muralla rara vez regresaban.
Sara regresó por las callejuelas, sintiendo los músculos tensos, el estómago vacío, la cabeza llena de preguntas. Dónde estaba el límite entre la supervivencia y la barbarie, entre el sacrificio voluntario y el crimen. Sabía, como todos, que algún día sería ella o su hija quien llevaría el lastre de la elección. Y sin embargo, también aquella noche tenía un amargor de triunfo: mientras hubiera ceremonia, mientras el fuego marcara un antes y un después, la ciudad era todavía una comunidad. El sacrificio forjaba lazos y recordaba a todos que seguían vivos, juntos, aunque apenas quedasen.
Al alcanzar el refugio, encontró a Marta despierta, acurrucada junto a los más pequeños. La niña se alzó, buscando en el rostro de su madre algún resto de esperanza.
—¿Todo bien? —preguntó con una voz que parecía mayor.
Sara la abrazó, conteniendo las lágrimas.
—Hemos dado lo que teníamos. Eso significa que mañana estaremos aquí, las dos.
No celebraron. No hubo cánticos ni bailes de júbilo, sólo un suspiro lento y resignado. Los sobrevivientes se arropaban en el mutismo de los exhaustos, los cuerpos apretados como si la proximidad humana bastara contra la noche.
Cádiz, la vieja ciudad, resistía. Cada noche, cada sacrificio, reescribía sus leyendas. Ya no eran dioses ni mártires ni santos los homenajeados en los altares de la catedral; eran los nombres anónimos de quienes daban un poco más de sí para que el resto siguiera adelante.
Unas horas más tarde, mientras el sol tímido acariciaba la muralla, un chillido rompió la quietud: un grupo de caminantes, atraídos por el resplandor de la pira, se amontonaba en la orilla. Los vigías dispararon a uno, dos, tres, pero ya no eran tantos como el año anterior. El sacrificio había funcionado. Quizás sólo por una noche, aquella ofrenda de pan y luz había desviado la perdición hacia el océano.
Sara y el resto lo comprendieron en silencio. Los rituales que preservan la vida no siempre están hechos de sabiduría sino de miedo, de costumbre y de pérdidas aceptadas. El sacrificio era el hilo que tejía la comunidad, una razón para resistir mientras el hambre y la muerte rondaban.
Cádiz, en la penumbra del nuevo año, permanecía en pie. Y aunque la llama moría y el sacrificio se llevaba un poco más de cada uno, el mar seguía allí, esperando, mientras sobre las ruinas la vida se obstinaba en su lento amanecer.
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