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Fragmento:


La guardia comunitaria patrullaba desde el Castillo de San Sebastián hasta el Campo del Sur; los fuertes improvisados, con puertas soldadas a partir de viejos portones, latas reforzadas y vigas de madera, salpicaban la ciudad. En la plaza de Mina, las reuniones del consejo de barrios eran cada vez más tensas: se discutía el racionamiento de pan, el trueque de medicinas, la defensa del pozo artesiano que mantenía en pie a decenas de familias. El viejo hospital Puerta del Mar servía como almacén de alimentos y punto de control de entrada. La electricidad, por ahora, era privilegio de algunos: motores rescatados y generadores de combustible fabricados a partir de restos de gasolineras saqueadas.

Duración: 10:35

Ecos de la Bahía
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Texto de ajuste de pausa.

18 de diciembre de 2022

Hacía semanas que no nevaba, pero el frío se sentía afilado como los cuchillos con los que la familia de Marta cortaba el pan duro cada mañana. Su madre miraba el cielo sin nubes desde la azotea, con el abrigo grande del abuelo y la gorra tirada hacia atrás. La ciudad de Cádiz, orgullosa y vieja, resistía a duras penas el peso de la ruina y el miedo, envuelta en su propio aislamiento. No se oían motores, sólo el eco distante de los martillos y el rumor bajo del océano.

Aquel 18 de diciembre, Marta tenía dieciséis años. Su cumpleaños había pasado desapercibido —como tantas otras cosas desde que el mundo se partió por la muerte y el hambre— pero ella seguía contando los días, marcando en la pared de su dormitorio cada noche cerrada, cada jornada sobrevivida.

La ciudad era ahora un conjunto de pequeñas islas dentro de la propia isla. Vivían en el Barrio de la Viña, que, gracias a las barricadas, la vigilante organización comunal y la ‘Banda del Faro’, había resistido los peores saqueos de los meses anteriores. Todos sabían que el verdadero peligro no eran ya los muertos —caminando a la deriva por la Caleta o apiñados en galpones sellados— sino los humanos, los ajenos a la comunidad, los que venían del otro lado del Puente Carranza o de barriadas en ruinas: bandas dispersas, saqueadores, desesperados.

La guardia comunitaria patrullaba desde el Castillo de San Sebastián hasta el Campo del Sur; los fuertes improvisados, con puertas soldadas a partir de viejos portones, latas reforzadas y vigas de madera, salpicaban la ciudad. En la plaza de Mina, las reuniones del consejo de barrios eran cada vez más tensas: se discutía el racionamiento de pan, el trueque de medicinas, la defensa del pozo artesiano que mantenía en pie a decenas de familias. El viejo hospital Puerta del Mar servía como almacén de alimentos y punto de control de entrada. La electricidad, por ahora, era privilegio de algunos: motores rescatados y generadores de combustible fabricados a partir de restos de gasolineras saqueadas.

Aquella mañana, Marta quiso acompañar a su hermano menor, Javi, en la ronda del mercado improvisado. Desde el ataque de los saqueadores del mes pasado, la vigilancia se había duplicado. La amenaza de los zombis era más visible con las olas del Atlántico, que de vez en cuando acercaban cuerpos hinchados y apenas andantes hacia la playa, donde quedaban atrapados hasta que las cuadrillas, armadas con lanzas y garfios de pescador, se encargaban de quemarlos o arrojarlos de vuelta al mar.

Marta no recordaba ya su última clase en el instituto; las pizarras y los libros de texto los empleaban ahora para tapar ventanas o encender fogatas. “Lo importante es sobrevivir”, repetía su madre, mientras la abuela le insistía en que rezara un Padre Nuestro antes de salir a la calle. Pero Marta también sentía curiosidad: sobre las viejas murallas, se había convertido en experta vigilante, o “centinela” según la llamaba Javi.

Recién salía el sol y ya se veía actividad en el improvisado mercado situado en la plaza de abastos. Esparcidos entre cajas de tomates casi podridos y garrafas viejas, los comerciantes —sobrevivientes casi todos— exponían su mercancía: un poco de arroz negro, un bidón de agua, cartuchos caseros, lo que quedaba de los botines saqueados años antes. El trueque era feroz: una pastilla de paracetamol equivalía a tres días de pan; una navaja defectuosa podía conseguirte media barra de jabón. El mercado era también el centro de las noticias. Allí se compartían rumores: que en San Fernando quedaban refugiados fieles; que más allá de Chiclana había una comunidad de pescadores próspera; que el ejército, si aún existía, no cruzaría la bahía.

Marta ayudaba a Javi a vender unas cestas de erizos que habían recolectado de madrugada. Los trataban igual que a mercenarios, pues salir a la roca era ahora asunto de valientes: aún quedaban zombis que, cuando la marea subía, flotaban entre las aguas, y nadie quería cargar con una mordedura. Pero la recompensa merecía el riesgo: los erizos se cotizaban caros entre los mayores.

A media mañana, escucharon una señal que ninguno quería oír. Era el estruendo del cuerno, una bocina vieja de barco que los centinelas utilizaban para alertar de proximidad: ni zombi, ni bestias, ni incendio, sino humanos... forasteros en los límites de la ciudad. Todos corrieron a los puestos de vigilancia en las murallas. Marta y su hermano siguieron el tumulto hasta el antiguo baluarte de la Candelaria, donde desde el mirador podía verse el Puente Carranza. A lo lejos, una columna de humo anunciaba problemas en el puente viejo, la frontera entre lo que quedaba de Cádiz y las marismas devastadas.

El capitán del barrio, un tal Don Rafael —en otro tiempo, pescador; ahora caudillo y juez riguroso— pidió voluntarios para investigar. Marta, sin mirar a su madre, dio un paso al frente. Sabía utilizar la ballesta casera, fabricada con piezas de bicicleta. Javi quiso imitarla, pero Don Rafael lo mandó de vuelta con una palmada. “Tú, aún no”, le dijo, “pero tu hermana, que tiene buen ojo, sí puede venir.” El grupo reunido era una decena: tres hombres curtidos, dos mujeres fuertes y Marta, unida a la expedición por su decisión y la mirada de fiera joven.

Caminaron en silencio por la avenida, atravesando calles semi vacías, evitaban hacer ruido para no atraer ni a muertos ni a desesperados. Pasaron frente a la catedral, donde todavía pendían banderas improvisadas: “Resiste”, decía una, pintada sobre una sábana vieja; en otra, leía: “Cádiz no morirá”. El sol rasgaba las estatuas y, aunque la ciudad parecía, a simple vista, tranquila, todos sabían que una chispa podría incendiar el polvorín de necesidades, odios y miedos.

Al llegar al acceso del puente, encontraron la causa del humo: un camión cruzaba el tablero, arrastrando tras él una docena de refugiados, cubiertos con mantas y arrastrando carretas, niños y perros. El camión, visiblemente averiado y bajo mínimos, estaba cubierto de tablas —una fortaleza rodante improvisada—. Al volante, un hombre de semblante aterrado; asomada por la ventanilla, una mujer gritaba “¡No dispareis! ¡Somos de Puerto Real! ¡Venimos en paz!” Dos hombres armados con lo que parecían ser fusiles artesanales abrían paso al grupo, que avanzaba lentamente.

Don Rafael, con la serenidad de quien se sabe piedra angular de una comunidad, pidió silencio. Hizo una señal a los centinelas de las murallas: nadie dispararía, nadie se movería hasta entender de qué iba aquello. Bajaron hacia el camión. Marta, con el corazón en el puño, sentía sobre los hombros la responsabilidad de decidir rápido: ayudar, arriesgarlo todo, o dejar morir a inocentes. El dilema era recurrente en esos tiempos: entre la compasión y el miedo, se jugaba el futuro.

Para suerte de todos, la mujer del camión alzó una insignia improvisada: era una bandera blanca con una cruz azul. Había oído rumores sobre Cádiz y su resistencia, sobre la manera cómo la ciudad cerrada no caía ni en saqueos, ni en la barbarie total. En voz temblorosa, pidió refugio: “Solo queremos comida, un sitio y agua. Mi hijo está enfermo”. El capitán Rafael, después de un instante de vacilación, aceptó: “No pasarán a la ciudad, pero pueden quedarse en las afueras, en la vieja nave del muelle. Nosotros mismo les llevaremos provisiones. Si traen problemas, volverán por donde vinieron”.

Aquel acuerdo, sencillo y cruel, salvó la vida de los forasteros esa mañana y evitó un enfrentamiento directo. Cuando el grupo volvió al barrio, el rumor corrió por toda Cádiz: “Han llegado del otro lado”, murmuraban. Hubo quien habló de posibles alianzas con otras comunidades dispersas por la provincia; otros, más pesimistas, vaticinaban traiciones, atentados en la noche o la llegada furtiva de hordas de muertos junto con los vivos.

La tarde cayó y Marta, con los hombros tensos y los ojos cansados, regresó a la azotea de casa. Allí, el mar golpeaba las piedras con su rumor salado, y el viento de levante barría el horizonte. Javi, que había estado esperando a su hermana, le mostró una ráfaga de dibujos infantiles: en uno de ellos, la ciudad estaba rodeada de muros altísimos; en otro, la catedral brillaba bajo un sol imposible, y en el centro, ellos dos tenían alas.

En la noche, la radio militar —apenas un murmullo, a veces interrumpido por interferencias— transmitió una noticia inesperada: en la sierra, cerca de Medina Sidonia, una comunidad campesina acababa de rechazar un ataque de saqueadores. Las pequeñas victorias se celebraban con sonrisas discretas y un poco de gazpacho frío, preparado con las últimas hortalizas del huerto, vestigio del mundo anterior.

Marta se tumbó en la azotea, observando las estrellas frías. Aunque todavía había miedo en la ciudad, miedo a los muertos, al hambre, a los vivos desesperados y a los traidores, también se sentía una extraña esperanza. Aquellos refugiados del camión eran, en cierto modo, versiones posibles de sí mismos, duplicados en desgracia y valor. Tal vez, en ese diciembre congelado, Cádiz aprendía a construir algo más que muros: puentes. No solo de hierro, sino de voluntad y memoria.

“Resistimos, mamá”, susurró Marta antes de dormirse. “Resistimos, como el mar.” Y, esa noche, en medio del gran silencio, Cádiz soñó con el día en que las murallas se llenaran, otra vez, de risas y niños, en vez de centinelas armados. El relato de la ciudad sitiada, de las familias unidas por el miedo y el coraje, se repetía en todos los rincones del mundo caído. Pero allí, en la punta más al sur de la vieja Europa, mientras el levante sacudía las ventanas y el mar devolvía a la orilla otro cuerpo olvidado, sobrevivía —contra toda lógica y toda muerte— la esperanza.

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