Fragmento:
Hoy, como cada día, comienzo mi ronda en la azotea. Desde aquí se ven los barcos herrumbrosos en el puerto, las casas blancas que resisten aún el paso del tiempo y, más allá, la línea azul donde empieza el Atlántico y parece que nada malo puede existir tan lejos del desastre. Es mentira, claro. El mar está tan vacío como estas aulas.
Duración: 09:41
20 de Septiembre de 2021
A veces, cuando la luz cruza la puerta rota del aula, parece como si en el polvo se dibujaran letras antiguas; palabras olvidadas lanzadas por generaciones de estudiantes, atadas para siempre a las esquinas del colegio Antonio Machado, un edificio que observa la Bahía de Cádiz como un centinela dormido. Nunca pensé que sería yo quien caminaría por estos pasillos vacíos, recogiendo migajas de un mundo que terminó y de otro que balbucea.
Quedamos pocos. Menos de treinta personas, entre adultos y niños, nos hemos defendido aquí desde que la huida de las calles se volvió cosa de vida o muerte. Cádiz, con su aire salado y sus plazas bañadas de sol, está irreconocible. Las hordas, como grumos de olvido, cruzan el Puente Carranza de vez en cuando y marchan hacia el interior persiguiendo ruido, olor, cualquier cosa viva. Pero aquí, parapetados en la escuela, la vida se ha encogido como la marea baja que revela las rocas del fondo.
Me llamo Sole, tengo 27 años y antes de todo esto era monitora de comedor. Solía pensar que soportaba a los niños por necesidad, pero ahora cuido de ellos como si conservar su esperanza fuera lo único que queda para salvarnos del derrumbe total. Han pasado dieciocho meses desde que la radio militar nos dijo que el gobierno se marchaba, que el mundo estaba enfermo, que la fiebre no era solo fiebre, y los gritos venían después. Desde entonces, Cádiz es un rumor fragmentado: el viento arrastra historias de supervivientes y de monstruos en la misma bocanada.
Hoy, como cada día, comienzo mi ronda en la azotea. Desde aquí se ven los barcos herrumbrosos en el puerto, las casas blancas que resisten aún el paso del tiempo y, más allá, la línea azul donde empieza el Atlántico y parece que nada malo puede existir tan lejos del desastre. Es mentira, claro. El mar está tan vacío como estas aulas.
El patio, cubierto de hierbas altas, es ahora nuestro campo de cultivo. Patatas, remolachas y alguna tomatera raquítica. Vivimos gracias a estos parches de vida y a los trueques: el grupo de la calle Sagasta nos cambia cada semana algo de harina por pilas. Todo esto lo organizamos con reglas estrictas. Nadie sale solo. Si sales, llevas la radio de mano y el silbato. Nadie hace ruido innecesario en la calle: los zombis, aunque más lentos que antes, reaccionan a cualquier vibración.
A las diez en punto, repaso la lista del día. Todos presentes salvo Damián y Enrique, que han salido la noche anterior en busca de agua a la fuente del parque Genovés. Miro a los tres niños más pequeños —Álvaro, Rocío, la pequeña Nico— y me pregunto cómo se acuñan los recuerdos en ellos, si la vida les sabrá siempre a miedo.
Recorro los pasillos. Las pizarras siguen marcadas con fórmulas de matemáticas y juegos de palabras. Me paro frente a la biblioteca; su puerta lleva un mes atrancada por mesas. Dentro guardamos las reservas de harina y la linterna grande. A veces, cuando la noche aprieta, traigo aquí a los niños y les leo cuentos. Sé que son mayores para cuentos, pero nadie es mayor para olvidarse del miedo cuando el edificio cruje y retumba por fuera algún choque de huesos.
Me detengo, escucho. El eco de mis botas es lo único que responde. Entre las paredes, la historia de la escuela se mezcla con la memoria de un mundo que ya no existe. Hay un olor persistente a humedad y queroseno, pero también a algo más: un rastro de infancia que se resiste a ser barrido.
A mediodía, regreso al comedor —ahora centro de mando y sala de reuniones— con los demás. Entre nosotros está Doña Elena, ex directora, que sostiene el orden como un cabo de madera resquebrajado. Tiene más años que nadie y menos miedo, o eso parece. Nos coloca en un semicírculo y comienza a repartir las tareas. La voz le tiembla al principio, como si aún no creyera que es la única autoridad aquí dentro.
- Esta tarde revisamos las barricadas del ala de infantil —dice—. Los del taller tendrán que reforzar las ventanas con las planchas de los pupitres.
Asiento. Sabemos que los zombis se agrupan cuando llueve. Es previsible que hoy, con el cielo encapotado por poniente, pululen más cerca. Nadie sabe por qué la lluvia les hace salir, pero prefiero no pensar en ello.
Después de la asamblea, salgo con Luz, mi compañera más cercana. No hablamos mucho. Aquí las palabras sobran, la compañía es la única seguridad. Bajamos al sótano, donde antes dormían los balones y la cuerda para saltar. Ahora, el lugar está lleno de víveres, herramientas y varias cajas de ropa sin dueño. El aire es denso y me recuerda, de manera dolorosa, los atardeceres de mi adolescencia en las playas de Cortadura. Era un tiempo lento, sin urgencia, con promesas de futuro. Hoy, solo existe el presente contenido en la tensión entre un instante en calma y el siguiente de pura alarma.
De tarde, tras revisar barricadas, subimos a la segunda planta, donde habilitamos dormitorios. Aquí duermo yo, junto a Luz y dos niños. La ventana da hacia la plaza pintada de grafitis. Algunos de esos dibujos han sido retocados por los niños, que colorean zombis felices o gatos salvadores. Me recuesto y cierro los ojos. El sonido del viento golpeando los postigos me lleva al aula donde, hace dos años, repartía los platos de lentejas y escuchaba los gritos de recreo. Un lujo sin precio.
El día termina siempre igual: con la reunión en la azotea. Velas encendidas, los adultos sentados en círculo. A veces, alguno recuerda un chiste o cuenta un sueño raro. Otras, Doña Elena nos lee fragmentos de un viejo libro de becquer, de esos que se salvan porque el mundo necesita poesía incluso en el desastre. Luego, se hace silencio y miramos las estrellas entre nubes, preguntándonos si alguien, en cualquier ciudad, mira también y espera.
Esa noche la vigilia es mía. Subo a la torre del reloj con mi linterna y el rifle —sin munición, pero disuade a los saqueadores humanos más que a los zombis—. Escucho el rumor del mar, el leve chapoteo de algún bote a la deriva. Abajo, la plaza vacía. En un rincón, algo se mueve. Me tenso. Pero es solo un gato, el mismo que nos visita todas las noches buscando restos. Los gatos han proliferado, mientras los perros han desaparecido casi por completo en estos meses.
El sueño me vence poco a poco. El reloj, parado desde hace un año, marca siempre las seis en punto. Pienso en las cajas de lápices de colores que conservamos para los niños, en las libretas donde les hago escribir cada día tres cosas por las que sienten alegría —aunque sea mentira, aunque sea forzada—. Un día, me gustaría que una generación lea estas páginas y sepa que, en medio del caos zombi, Cádiz no se hundió sin pelear, y que la última barricada fue una escuela, no un cuartel.
De repente, el silbato. Fuerte, agudo. Salto del asiento y apunto la linterna. Doña Elena sube corriendo. “Fuera, la calle ancha, hay movimiento. No es horda; parecen tres personas saltando la verja.” Corro hasta la ventana y desde mi ángulo los veo: dos adultos, uno cojeando, y un niño pequeño. Están desnutridos, temblorosos. Claramente humanos.
Discusión breve. Algunos adultos quieren negarles entrada: más bocas que alimentar, más riesgo de contagio. Pero el niño llora llamando a su madre, que lleva a cuestas una mochila demasiado grande para su cuerpo. Doña Elena decide. Se abren las puertas tras un protocolo minucioso: revisión de heridas, cuarentena en el aula de música, sopa de patata, y, sobre todo, silencio.
Durante la madrugada, mientras la madre descansa y el niño sueña, me siento cerca del aula de cuarentena y escucho el canto sordo de los muertos en el horizonte. El colegio sigue en pie. Cádiz está rota, sí, pero aquí dentro aún cunden los ecos de la infancia y la vida. Me digo que no permitiré que estos ecos mueran.
Al día siguiente salimos al patio, siempre en pareja, siempre atentos. Los nuevos cuentan historias de otros lugares: Jerez tomado por bandas de saqueadores, San Fernando reducido a ruinas, la frontera de la provincia casi imposible de cruzar por la población de infectados. Yo pienso en esa línea azul del Atlántico y me sorprende que, pese a todo, aún podamos plantar remolachas, leer cuentos, reír a escondidas detrás de los pupitres.
Con cada jornada, Cádiz renace despacio en esta escuela vacía, reconvirtiéndose en trinchera, hogar y espacio para una infancia robada. La pizarra, con sus ecuaciones casi borradas, es testigo mudo del empeño de los niños por entender un mundo donde cada día puede ser el último. Los dibujos se multiplican en las paredes: niños con espadas de palo, zombis derrotados, barcos cruzando el horizonte con promesas de otros continentes.
Y en las tardes más tibias, cuando el sol rebota en las ventanas rotas y el olor a tierra mojada empuja los recuerdos tristes, me detengo a escuchar las voces de los niños. Entonces, por un instante fugaz, el colegio vuelve a ser escuela, Cádiz recupera su música y, pese a todo, la humanidad resiste: armada de tizas, cuentos y semillas, contra la marea infinita del olvido y la oscuridad.
Porque aquí, donde las aulas están vacías, aún puede nacer futuro.
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