Fragmento:
Esa tarde recibimos en la radio un mensaje extraño, la voz rota de alguien al otro lado de la Bahía, en lo que quedaba de San Fernando. Decía: “Somos supervivientes. Tenemos medicinas. Negociamos comida y leña. Responded.” Hacía meses que no llegaba una transmisión tan clara y, aunque todos sabíamos que las trampas abundaban y que la mano de quien da puede ser la que mata, la esperanza era más tenaz que la cautela.
Duración: 11:02
24 de diciembre de 2022
El amanecer tenía un color diferente; un tono de luz que no recordaba de los días previos al final del mundo. Cádiz, la antigua ciudad entre brisas de Poniente y salinas de cristal, sobrevivía ahora como un vestigio fortificado amarrado entre ruinas, campos abandonados y aguas turquesa que ya no invitaban a nadar. Desde la azotea de la antigua Escuela Náutica, donde me encontraba vigilando junto a otros tres compañeros, se divisaban las murallas improvisadas cubriendo el acceso por Puerta Tierra y el débil humo blanco que salía de decenas de pequeñas hogueras repartidas entre los escombros del Campo del Sur y los acantilados de la Caleta.
Me llamo Manuel, huérfano de profesión desde el Mayo negro de 2020 y superviviente a fuerza de nunca tener un plan ni querer aferrarme a un sueño concreto. Llegué a Cádiz con mi hermana Sonia tras huir del infierno sevillano: una última autopista bloqueada por vehículos carbonizados y carros de caballos improvisados, donde la presencia zombi era tan constante como el olor a muerte. Elegimos Cádiz porque los rumores decían que allí la comida y el agua serían tan abundantes como el salobre calcio incrustado en cada esquina. Nadie hablaba de la soledad ni del eco de los disparos durante las noches.
Era Nochebuena y el viento soplaba fuerte desde el Atlántico, trayendo olor a algas secas y, a veces, a carne en putrefacción. Desde la torre donde vigilábamos, Eva, la artillera del grupo, oteaba con unos prismáticos rescatados del club de vela, mientras Carlos afinaba una ballesta casera. Yo, simplemente repasaba el ritual de todos los turnos: comprobar el estado del muro, contar los bultos que se movían entre los bloques de pisos inundados, escuchar los crujidos en la madera vieja. La pandemia ya quedaba tan atrás que apenas era un recuerdo: ahora solo existía la enfermedad de los vivos, el hambre, y el deterioro lento de nuestros propios cuerpos y espíritus.
Los zombis de Cádiz no se parecían a los de las películas. Muchos ya andaban torcidos, perdiendo dedos y dientes, y sus ojos eran vidrios velados por el salitre y los días al sol. Pero seguían siendo letales en número. Si bien la comunidad que habitaba la Cádiz amurallada aprendió a limpiar sistemáticamente los barrios exteriores, algunos siempre se infiltraban en la noche, atraídos por algún ruido o por el olor de los últimos cerdos vivos del corral de las antiguas bodegas.
Esa tarde recibimos en la radio un mensaje extraño, la voz rota de alguien al otro lado de la Bahía, en lo que quedaba de San Fernando. Decía: “Somos supervivientes. Tenemos medicinas. Negociamos comida y leña. Responded.” Hacía meses que no llegaba una transmisión tan clara y, aunque todos sabíamos que las trampas abundaban y que la mano de quien da puede ser la que mata, la esperanza era más tenaz que la cautela.
—¿Y si es de verdad? —preguntó Sonia mientras compartíamos el último trozo de pan duro.
—Si lo es, podemos intercambiar pescado seco. Hay gente enferma en el campamento del Baluarte —respondí.
Pero otros, los viejos milicianos de la Caleta, dudaban. Sabían que por cada trato honesto llegaban dos traiciones. Había bandas que usaban transmisiones para atraer incautos y convertirlos en esclavos o carne fresca para sus propias trampas. Aquella paranoia era el nuevo compás moral.
Mientras la asamblea discutía si establecer contacto, Sonia y yo bajamos hacia la playa de la Victoria, donde algunas familias trataban de reparar redes para pescar con la marea baja. El antiguo Paseo Marítimo, ahora cortado por barricadas de contenedores volcados y pilas de arena de obra, era un lugar de vigilancia constante. Había niños, hijos del invierno, con la piel sucia y la mirada inquieta. Jugaban a saltar de piedra en piedra fingiendo que los zombis eran monstruos imaginarios.
Aún recuerdo cómo era Cádiz en Diciembre, cuando el centro brillaba con luces festivas, la catedral recibía villancicos y el aire tenía promesas de turrón y risas. Ahora, solo nos quedaba la memoria y el presentimiento de que cualquier descuido podía traicionar nuestra supervivencia.
A medianoche, en la antigua iglesia de Santa Cruz (convertida en almacén de leña y sala común), compartimos una sopa aguada y el poco vino que quedaba, todavía fermentando en una vieja barrica de las bodegas del puerto. Allí, los relatos se mezclaban con viejas canciones y la voz de Lucía, una de las pocas maestras supervivientes, leyó fragmentos de El Quijote a la luz de una vela. Era la forma de recordar lo que fuimos para aferrar una pizca de cordura entre tanta violencia.
Esa noche, el viento trajo nuevas amenazas. A lo lejos, en la desembocadura del puente Carranza, divisamos luces, algo así como antorchas. Era inusual: los zombis no usaban fuego, y ningún humano alumbrado se acercaba sin un propósito peligroso. Jamás bajábamos la guardia.
Eva propuso mandar una patrulla antes del amanecer, aunque, sinceramente, temblábamos más por el miedo al engaño que a las hordas. Elegimos cuatro: Eva, mi hermana Sonia, un pescador curtido llamado Andrés y yo. Armados con lanzas, ballestas, un machete herrumbroso y una pistola con dos balas, nos deslizamos entre las sombras hacia el extremo de la ciudad.
El sonido del agua rompía contra el cemento y el olor a algas podridas invadía todo. Cuando alcanzamos las inmediaciones del puente Carranza, nos escondimos tras unos coches protegidos con chapas de acero. Las antorchas titilaban sobre barcas pequeñas donde, efectivamente, hombres armados observaban la ciudad.
Bajamos a la orilla con una bandera improvisada: un trapo blanco atado a una caña de pescar. Nos vieron, pero nadie disparó.
—¿De Cádiz? —gritó uno, apoyándose con una escopeta sobre la borda.
—Sí, busquéis intercambio —respondió Eva en voz baja pero firme.
La conversación fue torpe: ellos necesitaban conservas, pescado seco, sal, leña. Ofrecían antibióticos, un bidón de gasolina y algo de pan de barco infame pero valioso. Pactamos silencio y cautela: mañana, al atardecer, un encuentro junto a las viejas grúas del puerto. No más de cinco por bando, armas visibles pero bajas.
Regresamos antes del amanecer, nerviosos y exhaustos. No sabíamos si volvíamos a una emboscada o a una oportunidad de salvar vidas.
Fue esa noche cuando recordé por qué luchábamos, por qué todos en Cádiz nos habíamos mantenido juntos: el mar nunca se va y la memoria de lo que fuimos persistía, aunque solo quedara en miradas o en canciones murmuradas junto al fuego.
Durante las horas siguientes, prepararon la zona de intercambio. Escudriñamos el muelle en busca de posibles emboscadas y reforzamos las barricadas junto al mar. Los niños, por primera vez desde hacía meses, parecían expectantes. Había quien se asomaba entre las rendijas de las persianas, mirando hacia las ruinas del puerto.
La ciudad era, en ese invierno de 2022, un mosaico de supervivientes: antiguos músicos indigentes convertidos en curtidores, camareras de tabernas ahora cocineras colectivas, exmilitares al frente de los grupos de vigilancia, pescadores expertos, mercaderes capaces de regatear hasta con una lata oxidada de atún, y, por supuesto, niñas y niños que no conocían otro mundo.
Al llegar el atardecer, nos agrupamos junto a la grúa oxidada de la terminal. Cuatro del comité de Cádiz, cinco de la otra banda de la Bahía. Trajeron las medicinas y gasolina, nosotros la comida y leña. Todo era rápido y frío, sin dejarse engañar por gestos aparentemente amables. Un hombre mayor de San Fernando, acento del Sur arrastrado por el miedo, nos comentó que había otros grupos intentando formar alianzas, conectando con radios y estableciendo códigos con hogueras encendidas en líneas concretas por la costa. Nadie estaba a salvo, pero, juntos, tal vez podíamos tener una oportunidad de pasar el invierno.
Volvimos a la ciudad tras el trato, la carga a hombros y el miedo latiendo en la costilla. Nada había salido mal, pero la ansiedad era una prenda más que nunca nos quitábamos.
Esa noche, Sonia y yo recorrimos la ciudad palmo a palmo, comprobando los puestos de vigilancia y saludando a los conocidos. En la Caleta, el mar bramaba y la luna desenredaba reflejos plateados sobre los botes encallados. Unos jóvenes jugaban a inventar villancicos con letras sobre zombis, muertos y supervivencia. Sus voces eran débiles, pero sonaban a desafío.
Con las medicinas nuevas, se pudo tratar a dos niños con infecciones respiratorias que habrían muerto en días. El acto desencadenó una oleada de agradecimientos y, aunque no confiábamos en dar las gracias por nada en voz alta, sentíamos el rumor de que hoy la suerte, tras tanto sufrimiento, había balanceado la balanza.
El día 25, amanecimos sin ataques. Solo a media mañana, desde las torres de la catedral, una figura delgada fue divisada saliendo del agua, quizás un zombi arrastrado por la marea. Lo abatimos desde lejos y lo dejamos sobre las rocas como advertencia. Era el recordatorio de que, aunque la civilización titilaba en las brasas, el peligro siempre estaría atento, rondando en la espuma o entre las sombras de la ciudad vieja.
Al atardecer, mientras el sol teñía de oro la piedra de Santa Catalina, Lucía nos reunió a todos para leer un texto rescatado de una vieja revista: hablaba de la importancia de reinventar la vida, no solo sobrevivir sino reconstruir. La gente aplaudió. Era un aplauso sincero, de esos que nacen de la certeza de que, aunque la Historia nos ha arrojado a un infierno absurdo, podremos encontrar sentido a cada jornada si plantamos semillas nuevas con cada segundo de calma.
Pensé en mi hermana, en los niños de la Caleta, en los supervivientes que habíamos encontrado en la Bahía. Pensé en la ciudad dormida bajo la amenaza de la marea interminable, en las nuevas alianzas y las viejas heridas que no cerrarían nunca del todo. Pensé, por un instante, que la Navidad no se había ido del todo, que sobrevivía aferrada no a luces ni regalos, sino al simple acto de proteger la vida de los que amamos.
En Cádiz, aquel invierno de 2022, seguimos siendo humanos. No sabíamos si la primavera nos traería más esperanza o más guerra. Pero, por unas horas, fuimos una comunidad reunida bajo las mismas estrellas que nuestros antepasados, recordando que incluso el mundo más arrasado guarda su chispa de luz.
Me sorprendí sonriendo, atizando la última brasa de la hoguera común, y comprendí que esa llamarada, aunque pequeña, era el verdadero corazón de la resistencia.
Aguardamos la madrugada. Cádiz era nuestra casa y nunca habíamos estado tan lejos, ni tan cerca, de la esperanza.
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