Fragmento:
Alex contempló la línea del horizonte y recordó historias que le contaba su abuelo sobre barcos trasatlánticos y atascos de turismo. Él y muchos de su generación nunca vieron la Cádiz de los cruceros, la Cádiz llena de terrazas, guiris, ferias con música hasta amanecer. Las generaciones de niños nacidos tras el desastre ya habitaban una realidad completamente distinta, donde la sirena del toque de queda y el murmullo de los transmisores radiales eran la banda sonora del día a día.
Duración: 12:13
11 de septiembre de 2027
El relente de la madrugada flotaba denso sobre la muralla de San Carlos, ese viejo baluarte frente al Atlántico que en otros tiempos protegía la ciudad de invasores de otro calibre. Ahora, en septiembre de 2027, Cádiz había sido amurallada de nuevo. No contra piratas ni imperios, sino contra esa horda interminable que durante años se había movido como marea negra sobre el continente. Aquí, sin embargo, la ciudad se había resistido a morir. De todas las ciudades costeras del sur, Cádiz era la que mejor había conservado su pulso, su obstinada voluntad de perdurar.
Alejandro apenas dormía. Era uno de los oficiales más jóvenes de la Milicia de Cádiz, un grupo que había dejado atrás las viejas rivalidades –las del fútbol, las del carnaval, las ideológicas incluso– para afianzarse en la hermandad forjada bajo asedios y noches de vigilia. Revisaba como cada noche la seguridad en las puertas reforzadas: Puertas de Tierra era el feudo de acceso principal, un corredor fortificado donde los grupos de patrullas se alternaban media docena de veces al día. El nivel del mar, curiosamente, había subido apenas unos centímetros en todos estos años –el frío del parón tecnológico había desacelerado el cambio climático–, pero nunca lo suficiente para borrar la ciudad.
Alex contempló la línea del horizonte y recordó historias que le contaba su abuelo sobre barcos trasatlánticos y atascos de turismo. Él y muchos de su generación nunca vieron la Cádiz de los cruceros, la Cádiz llena de terrazas, guiris, ferias con música hasta amanecer. Las generaciones de niños nacidos tras el desastre ya habitaban una realidad completamente distinta, donde la sirena del toque de queda y el murmullo de los transmisores radiales eran la banda sonora del día a día.
Una brisa fría le erizó la piel. Desde la muralla se divisaban los tejados abigarrados, algunos con placas solares improvisadas, otros forrados de lonas multicolores para repeler la lluvia persistente del otoño. Dentro de la ciudad, de vez en cuando, la vida parecía casi normal: los muros pesados y patrullas constantes ahuyentaban a los zombis, cada vez menos activos, y campos de cultivo comenzaban a extenderse en solares abandonados y patios de escuelas. Sevilla, Sevilla era sólo un rumor de ruinas y carroña, pero Cádiz resistía.
Bajó del parapeto, comprobando su radio de mano y el fusil. El sargento Morales le aguardaba abajo, bajo una farola de luz débil alimentada por una batería reciclada.
—¿Alguna novedad, Alex? —preguntó el veterano mientras le pasaba una taza de café caliente, un lujo destilado por los comerciantes locales con granos encontrados en antiguas despensas.
—Nada hoy, jurao. Solo la marea y el viento.
Morales asintió. Su pelo cano y su rostro surcado de arrugas eran el reflejo de lo que el liderazgo exigía en esta época: firmeza, dulzura para los niños y dureza para los que amenazaban la paz que tanto costaba mantener.
—Van a llegar mercaderes de Rota esta mañana. Tráete a tu gente y prepara la Puerta del Mar. Dicen que traen semillas y pólvora.
La vida en Cádiz, como en otros reductos supervivientes, dependía del comercio a poca y media distancia. Aunque la pólvora era cada vez más asequible desde que algunos talleres la producían en San Fernando y Chiclana, las semillas buenas eran tesoro de reyes. El hambre había matado casi tanto como los zombies en los primeros años, pero ahora la nutrición era cosa de planificación y diplomacia.
Alex asintió y marchó a su barracón. Por las calles de piedra, niños con camisetas raídas empujaban carritos de madera hechos con piezas recicladas. Gente de todas las edades llevaba herramientas a los campos urbanos improvisados o al pequeño taller mecánico junto a la catedral, donde se desmontaban motores viejos para fabricar molinos de viento y bombas de agua. Ocasionalmente, sonaba una campana: era señal para que los habitantes se reunieran en la plaza, bien para mercadillos de intercambio o para informarse de los avances del Consejo.
El Consejo… una invención local nacida por necesidad y enormemente pragmática: cinco miembros elegidos por voto directo, cada uno de un barrio diferente, asistidos por los jefes de las patrullas. El Consejo no era democrático al uso; la supervivencia no tenía paciencia con formalidades del pasado, pero lo importante era la consulta y la transparencia. Desde hacía meses, los consejos de Cádiz y de otras localidades andaluzas mantenían una red de señales por faros costeros y convoyes armados.
Alex reunió a su equipo: Dolores, una joven menuda pero de puntería legendaria; Raúl, antiguo mecánico de Astilleros; y Antonio, un chaval apenas adolescente que había demostrado ser más valioso que muchos adultos a la hora de escabullirse o moverse entre los tejados. Los cuatro bajaron hacia la Puerta del Mar, siguiendo la procesión cotidiana de porteadores que cargaban sacos de verduras, bidones de agua del aljibe del castillo y cestas de conchas recolectadas por los niños en la playa.
La llegada de la caravana de Rota fue un acontecimiento. Unos quince hombres y mujeres, armados y vigilantes, tiraban de un par de caballos cansados y una decena de burros cargados con sacos y cajas. El jefe de la caravana, Andrés, era un tipo enorme y sonriente, curtido por el sol y la ruta. Abrazó a Morales y, con cierta ceremonia, presentó las mercancías: sacos de trigo, paquetes de semillas de patata y girasol, botes de pólvora, tabletas de jabón y hasta algunas botellas de aguardiente de elaboración propia.
Enseguida se estableció el círculo de intercambio. Las familias de Cádiz habían traído sal recolectada en las salinas, garrafas de aceite extraído de olivares cercanos, paquetes de algas comestibles y dos barriles de caracoles grandes, preparados con una receta que nadie quería revelar pero que todos codiciaban. No había dinero, solo trueque y promesas selladas entre testigos. Cada negociación era tensa pero cordial, porque todos sabían que la supervivencia dependía de la cooperación.
En las primeras horas de la tarde, Rafael, el médico más reputado de la ciudad, regresaba de La Caleta después de auscultar a una anciana con fiebre. Había algunos brotes de infecciones típicas pero nada grave; los zombies ya no ocupaban su mente tanto como el riesgo de epidemias humanas. En su apestoso maletín, hecho con retales y piezas reforzadas, llevaba medicinas producidas a partir de plantas recolectadas en la orilla, un par de jeringuillas esterilizadas una y otra vez y algunos comprimidos que sobrevivieron a la Gran Caída.
Era parte de la rutina de las tardes sentarse en la plaza y preguntar a la gente cómo se sentía, intercambiar historias, asegurarse que nadie tenía señales de infección. Los protocolos de cuarentena seguían siendo sagrados: cualquiera que mostrase síntomas sospechosos era aislado en una antigua aula de colegio, vigilado día y noche.
Por la radio de manos, llegó un aviso: movimiento extraño por la zona norte, cerca de la antigua estación de Renfe. Alex se adelantó con Dolores y se dirigieron por las calles antiguas, sus pasos amortiguados sobre el adoquinado húmedo. Deslizarse por la ciudad era como recorrer la historia, con las casas bajas y los balcones repletos de macetas, pero ahora cubiertos de lonas y reforzados con tablones y vallas.
Al llegar, descubrieron a dos figuras tambaleantes entre los andenes abandonados. Al principio, el pulso se aceleró: podía tratarse de infectados. Pero cuando se acercaron, vieron que eran humanos: dos niños hambrientos y desorientados, probablemente huidos de alguna escaramuza en la periferia, donde bandas nómadas saqueadoras aún cruzaban los campos en busca de botín. Dolores les ofreció agua y pan, y Alex habló por radio: Llegaron dos pequeños, parecen asustados; no portan heridas.
Rescatar a los niños era intervención casi diaria, el resultado de un mundo donde la protección de la infancia se había vuelto tan esencial como el blindaje de los almacenes de alimentos. De vuelta a la ciudad, los acogieron en uno de los hogares colectivos de la plaza Santa María, donde otras familias adoptaban a niños huérfanos o perdidos. Para muchos de los más pequeños, la palabra ‘zombi’ era parte de los cuentos de miedo, no una amenaza diaria, y algunos adolescentes comenzaban a desafiar el toque de queda para ir a nadar a escondidas al mar por la noche.
En la sobremesa, las historias se hacían siempre alrededor del fuego. Aquella tarde, los comerciantes de Rota compartieron rumores sobre un laboratorio en algún lugar de la sierra, donde antiguos científicos supuestamente buscaban una vacuna definitiva o, al menos, una cura parcial que impidiera renacer a los muertos. La mayoría lo tomó como leyenda, pero la esperanza era, aún, un recurso tan potente como la pólvora o el trigo.
La noche caía sobre la ciudad cuando volvieron a cerrarse las puertas. Las patrullas caminaban por el adarve, pisando fuerte y saludando en silencio a los otros grupos de guardia apostados en el faro. El cartel de “Ciudad Segura” colgaba en grandes letras pintadas y cada tanto se prendía una lámpara de aceite, gesto de desafío mudo a la oscuridad circundante de fuera.
Alex dormía junto a su fusil y la carpeta de registros diarios: un cuaderno cubierto de cuentas, turnos y una lista de nuevos nacimientos. Los inicios de escuela, tan rudimentaria como flexible, enseñaban tanto a leer y a escribir como a identificar frutos comestibles, montar trampas y entender los patrones de movimiento de los zombis residuales, cada vez menos numerosos y peligrosos pero aún inquietantes por las noches de luna llena.
A la mañana siguiente, un grupo de artesanos locales abrió el proyecto más ambicioso desde hacía años: reconstruir una imprenta con planchas rescatadas del Teatro Falla y piezas de una biblioteca escolar. Pronto, los consejos empezarían a circular manuales de supervivencia y carteles de advertencia por las paredes: educación en autodefensa, cultivo de nuevas especies y hasta páginas de relatos ilustrados para los pequeños, porque la necesidad por imaginar otro mundo era tanto o más importante que la comida diaria.
El mar, omnipresente, era testigo y frontera. La pesca aún era peligrosa por los restos de barcos fantasmas y boyas oxidadas, pero algunos atrevidos salían en botes reparados a buscar pulpos, corvinas y atunes. Era el sonido de las olas, más que las sirenas de alarma, lo que marcaba el corazón de la supervivencia: prueba de que la vida seguía fluyendo, lenta pero imparable, entre los resquicios de la ruina.
Los zombis, ahora una plaga rezagada, se avistaban de vez en cuando por la periferia. Cuando caía el sol, alguna alarma levantaba a la comunidad y los milicianos salían a eliminarlos, quemando cuidadosamente los cadáveres para evitar atraer a carroñeros. La mayoría apenas podía arrastrarse; su lento deterioro era señal de que, quizás, la humanidad finalmente estaría recobrando el control.
Las alianzas con otras ciudades eran vitales. Cada tanto, una caravana partía a Puerto Real o a Sanlúcar de Barrameda, llevando sal, aceite y algún cuento nuevo. Era imposible recuperar la red de trenes, los tranvías de la bahía o el esplendor de otras épocas, pero cada día surgían nuevas rutas, nuevas historias. Cádiz era faro y refugio, relucía al caer la luz del oeste, cuando los tambores de la vigilancia cesaban por unos minutos y se podía escuchar a alguien cantar, muy bajo, una copla del pasado.
Así transcurría la vida en Cádiz aquel septiembre de 2027: bajo los muros levantados con los escombros del ayer y la esperanza del mañana, entre el rugido constante del Atlántico y el eco cada vez más débil de la plaga. La ciudad vivía, amaba y recordaba. Perseveraba entre las ruinas, aferrada a la memoria y la posibilidad. Porque había aprendido, en carne propia, que la resistencia empieza cada día.
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