Fragmento:
Lucía bordea el patio principal del Hospital, zigzagueando entre sacos de arena, buscando con la mirada señales de sus hermanos. Clara, la mediana, regordeta y siempre presa de una tos seca, y Jaime, el pequeño de apenas nueve años que nunca recordaba haber dormido sin escuchar los alaridos lejanos de los zombis. Ya los divisaba junto a la vieja fuente, esperando el pan diario repartido por los elotes de la guardia de cocina, dos mujeres siempre harapientas de grasa y olor a ajo.
Duración: 11:33
18 de noviembre de 2026
El cielo de Cádiz ardía en un naranja apagado mientras los últimos rayos de la tarde caían sobre la muralla de San Carlos, tiñendo de oro las aguas quietas de la bahía. Desde la azotea del antiguo Hospital de Mora, Lucía apretaba los prismáticos entre sus manos enguantadas, escudriñando con paciencia los barrios bajos que comenzaban a sumirse en la penumbra. El mar, calmo, traía apenas el susurro de una brisa salina —un respiro fugaz en la tregua artificial que habían conseguido quienes aún habitaban Cádiz. Bajo sus pies, el hospital se había convertido en fortaleza; puertas acorazadas, pasillos sellados y pupitres amontonados tras los ventanales creando muros improvisados contra el frío y los horrores que a veces, de noche, se arrastraban hasta la misma orilla de la ciudad.
Habían pasado más de seis años desde el colapso, y aun así cada ocaso contenía la promesa —o la amenaza— del desastre. Lucía tenía dieciocho años, era gaditana nacida en el patio de la Caleta, y nunca había cruzado el puente hacia San Fernando. No desde la caída: primero los cortes de luz, luego la llegada de los hambrientos —los vivos al principio, después los otros. La ciudad se encogió sobre sí misma, encerrada entre el Atlántico y las murallas de piedra.
Bajo, muy abajo, el sonido de la campana improvisada que colgaba cerca del acceso principal le llegó amortiguado. Era la señal de vuelta; en Cádiz, tras el atardecer, no se estaba en ningún sitio salvo bien resguardado detrás de doble cerrojo. Se acomodó la bufanda y descendió deprisa las escaleras exteriores. A su paso, saludó con una inclinación de cabeza a Petri, la mujer que mantenía a raya a todos con su escopeta vieja desde la entrada principal. Nadie tenía armas nuevas; las que quedaban se compartían, se reparaban y se mimaban como si fueran reliquias del Santo.
Lucía bordea el patio principal del Hospital, zigzagueando entre sacos de arena, buscando con la mirada señales de sus hermanos. Clara, la mediana, regordeta y siempre presa de una tos seca, y Jaime, el pequeño de apenas nueve años que nunca recordaba haber dormido sin escuchar los alaridos lejanos de los zombis. Ya los divisaba junto a la vieja fuente, esperando el pan diario repartido por los elotes de la guardia de cocina, dos mujeres siempre harapientas de grasa y olor a ajo.
La vida en Cádiz, para los que quedaban, era una combinación extraña de rutina y tensión. Despertaban al alba —incluso en los amaneceres grises y fríos de noviembre— para reforzar barricadas, supervisar las defensas eléctricas montadas a base de gatos hidráulicos y herramientas recicladas en talleres de mecánica de la antigua Zona Franca. A media mañana, se repartía alimento, recolectado de pequeñas huertas levantadas en patios y terrazas, o pescado traído por valientes como Simón, uno de los últimos que se atrevía a salir con su barquita al canal, anudado a la vida con hilos de ingenio, miedo y esperanza.
Por las tardes, los patrulleros de la alianza regional hacían su aparición. Cádiz había sido incluida en la coalición de la bahía junto con El Puerto y algunas aldeas de San Fernando. Los acuerdos habían costado vidas y no poco plomo: las primeras alianzas fueron traicioneras, cuando no mortales. Pero ahora —y desde hacía apenas un par de meses— las comunicaciones entre asentamientos se mantenían a base de señales visuales, códigos lumínicos y emisoras de radio de baja potencia, que bullían de rumores y alertas. De vez en cuando, alguna cornetilla de la antigua torre Tavira emitía tres toques cortos, seguidos de uno largo: todo despejado.
Aquella noche, Lucía compartía mesa de madera con el médico, el anciano capellán y dos jóvenes del grupo de defensa que regresaban de recorrer el barrio del Mentidero. Los relatos eran siempre iguales: ningún ataque, sólo carroñeros, apenas zombis visibles en las calles bajo el paseo marítimo. Parecía que, tras años de deterioro, la plaga retrocedía. Pero todos sabían que era un espejismo cruel; la muerte no se había ido, avanzaba merodeando, paciente, esperando que el hombre cometiera un descuido.
Pero Cádiz se mantenía unida contra la noche. El pan era magro y el potaje más agua que legumbre, pero las sonrisas se multiplicaban en los pocos niños que aún jugaban entre muros grafiteados de viejas consignas. De vez en cuando, las guitarras surgían; alguien tocaba tímidos acordes de viejas chirigotas que aún arrancaban lágrimas y risas —casi siempre ambas, entremezcladas.
Aquella noche, sin embargo, un rumor corrió por los corredores como viento de levante: la guardia sureña había detectado movimiento en la entrada del puente José León de Carranza. Era imposible saber si se trataba de zombis rezagados, de saqueadores del Campo de Gibraltar o de algún grupo de nómadas en busca de refugio. Una de las primeras normas del consejo era clara: cuando la oscuridad caía, las puertas ni se abrían ni se arriesgaban visitas. La mayoría de los problemas en la bahía se habían dado por la compasión, o por el descuido.
Víctor, el jefe de defensa, se reunió en el antiguo laboratorio de química —ahora convertido en sala de control— junto con dos lanzadores de petardos, un walkie-talkie oxidado y una escuadra de cuatro personas armadas con ballestas. Lucía, que había aprendido a ganarse la confianza de Víctor con determinación y nervios de acero, fue invitada a acompañarlos sólo como exploradora.
El aire de la noche era espeso y la niebla comenzaba a enroscarse en los brazos de las farolas apagadas. Sin luna clara, la visión era escasa. Avanzaron pegados contra la muralla, respirando el aroma salado y el leve tufo de podredumbre que a veces el viento traía desde la otra orilla. Desde la altura de Puertas de Tierra, la ciudad parecía un fantasma de sí misma: silenciosa, expectante, como si la piedra misma temblase bajo el peso de los recuerdos.
Lucía trepó a la torre de la catedral vieja, donde se mantenía uno de los puestos de observación. Desde allí, se divisaba todo el acceso sur, las vías casi intactas del antiguo tren costero y, entre brumas, la silueta negra de algo moviéndose a la entrada del puente. Al enfocar los prismáticos, divisó una veintena de figuras: muchas torpes, tambaleantes —claramente zombis en las últimas— y otras cinco o seis armadas, escurridizas, que se ocultaban tras los cadáveres vivientes como si quisieran usarlos de escudo.
Lucía avisó por radio. Las reglas no podían ser más tajantes: los vivos armados eran la amenaza más grande, pues los zombis solo buscaban alimentarse, pero los humanos podían ser metódicos y despiadados. Víctor ordenó no disparar; en su lugar, activaron una bengala que iluminó fugazmente la carretera —y de inmediato, los extraños se batieron en retirada, dejando a las criaturas retorcidas de la plaga vagar a ciegas por el asfalto.
A veces, la mejor defensa era sólo demostrar fuerza.
Esa noche, tras volver, Lucía observó cómo el cansancio pesaba sobre los hombros de sus compañeros. En la cocina, Clara la esperaba con un tazón de caldo caliente. Jaime dormía abrazado a su mochila. El frío de noviembre era seco y punzante, pero el hospital, con todas sus carencias, ofrecía refugio y calor humano. Era el hogar de ciento ochenta almas —ni una más, lo sabían porque faltaba espacio y comida para alguien más.
A la mañana siguiente, un equipo partió hacia el mercado de la plaza de las Flores, que ahora no era plaza ni flores, sino un punto de intercambio vigilado por dos escuadras armadas. Allí acudían, bajo grupos de estandartes improvisados, campesinos del interior y pescadores bravos del Coto de Doñana, trayendo pescado, sal, limones y semillas rescatadas de los bancos genéticos hallados meses atrás en la facultad de Biología de la Universidad. El comercio era ritual, vigilado y casi militar. Ningún trato se hacía sin garantías, cada trueque quedaba anotado en pergaminos de cuero preservado con aceites.
A medio día, el consejo de Cádiz se reunió. Había que responder a dos cuestiones: el avance de una horda de zombis —avistada la semana anterior entre Chiclana y la barriada de Cortadura— y el rumor de que una caravana proveniente de Sevilla buscaba entrada en la coalición. Un hombre, de voz rasgada y manos callosas, hablaba: "Una vez, Cádiz resistió el asedio de los ingleses y el cólera; aguantó guerras y hambre. Podemos aguantar esto si no dejamos entrar el miedo ni el desánimo", dijo, y la asamblea asintió. Se asignaron tareas: comunicación con El Puerto, vigilancia reforzada en el canal de acceso y patrullaje nocturno.
Lucía, asignada al turno de mañana en la vigilancia, compartía su tiempo patrullando entre los tejados y los cultivos improvisados en la caleta. Allí, entre surcos de patatas y zanahorias, los niños jugaban entre aromas de composta y sal, su risa ensordeciendo —aunque por sólo unos segundos— el recuerdo del miedo.
Algo cambió ese día: el olor, el ánimo… Quizá era sólo el alivio de haber sobrevivido otra noche. Pero la esperanza, como los granos rescatados que ahora crecían en los patios, germinaba en tierra de nadie. Había rumores de que en Francia, en Italia, incluso más allá del mar, otras ciudades reclamaban sectores grandes, y comenzaba a circular el mapa de lo que llamaban el Nuevo Orden de Europa. Cádiz, aunque desfigurada, luchaba por mantenerse autónoma, libre. Cada jornada de calma era un triunfo; cada reencuentro tras una patrulla nocturna, una celebración muda.
Tiempo después, Lucía recordaría aquel noviembre como el de la cosecha tardía y del primer acuerdo de defensa común firmado por tinta y sangre con la comunidad de El Puerto —sus gentes llegaban en pequeñas embarcaciones, cargadas de sal y promesas. Ese pacto —sencillo, jurado por todos ante la Virgen del Rosario— cambió la historia de los ciento ochenta gaditanos del Hospital de Mora. Por primera vez, consideró que podían construir algo más duradero que barricadas: una alianza, un futuro donde los niños no tuvieran que mirar de reojo al escuchar un grito al caer la noche.
Las tardes se volvieron más largas, la vigilancia menos tensa. Lucía, una tarde, subió de nuevo a la azotea, dejando atrás la mirada atenta de Petri, la guardiana. Al oeste, el sol se hundía tras los restos oxidados del puente Carranza. Con los prismáticos, buscó lejos, buscando señales de vida más allá del gris de los escombros. No las hubo. No aún. Pero en el horizonte, allá donde la bahía se fundía con el cielo, una bandada de pájaros surcaba el aire. Y Lucía, con la esperanza iluminando sus ojos cansados, supo que quedarse en Cádiz no era sólo una cuestión de supervivencia, sino de dignidad. De memoria.
En esa azotea solitaria, prometió —en voz baja, apenas un susurro— cuidar de los suyos, mantener vivo el recuerdo de una ciudad que renacía, a pesar de todo, abrazada aún al mar, aguardando el próximo y prometedor atardecer dorado.
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