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Fragmento:


Suspiraron aliviados. Teresa bajó la escopeta.

Duración: 12:36

Refugio en Puertas de Tierra
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Texto de ajuste de pausa.

14 de diciembre de 2020

Hacía semanas que no veían ni un alma por la avenida principal. El eco de los pasos sobre los adoquines helados de la plaza San Juan de Dios parecía multiplicarse en las paredes encaladas, como si las piedras recordaran todavía el gentío de los veranos y las chirigotas del carnaval que apenas lograron celebrarse aquel febrero maldito, antes de que todo cambiara. Ahora, sólo frecuentaban esas calles los pocos vivos lo suficientemente locos —o desesperados— como para abandonar su refugio un día de diciembre como ese. El mar agitaba su oleaje, levantando brumas y salitre que hacía arder las gargantas y los ojos; el frío de levante era tan afilado como el hambre, colándose por todos los resquicios de los edificios.

Miguel no recordaba exactamente cuántos eran cuando llegaron a Puertas de Tierra. Diez, tal vez doce; pelearon por los últimos sacos de lentejas en un supermercado frente a la playa de la Victoria antes de decidir que era mejor fortificarse en la ciudad vieja. La teoría era sencilla: con las murallas de la ciudad como escudo, el mar a ambos lados y los pocos accesos restringidos, Cádiz podía ser defendible. En la práctica, era como intentar tapar una grieta en la presa con las manos desnudas.

Hoy el turno de Miguel y Teresa era patrullar el dintel suroeste de las murallas, por si alguno de los “podridos” —como se referían a los zombis, evitando nombrar una palabra que a todos les sonaba a cine barato— había conseguido seguir la brisa marina o husmear comida. Los gritos, las explosiones lejanas y, sobre todo, el familiar arrastrar de pies sobre piedra, se habían convertido en banda sonora intermitente del nuevo mundo. Ya quedaban muy pocos zombis móviles en Cádiz, pero con las temperaturas por debajo de los diez grados, las criaturas que aún sobrevivían buscaban todos los rincones cálidos; los sótanos, las entrañas de la Catedral, los vestíbulos del Gran Teatro Falla. Nadie podía estar seguro de qué encontraría tras una esquina.

—No han vuelto desde que limpió la lluvia la semana pasada —musitó Teresa, ajustando la bufanda que quedó empapada del sudor y la lluvia de un noviembre de locos—. Quizá este frío les frene del todo.

Miguel se frotó las manos rojas, sacudidas por el viento.

—O los esconde en alguna cloaca. Nunca hay que fiarse. Si los muertos pueden levantarse, nada es peor que confiarse.

Recordaba perfectamente la primera vez que vio a uno. Había sido en la Calle Ancha, a principios de mayo. Era una turista, probablemente varada después que cancelaran los trenes, que deambulaba en pijama ensangrentado, los ojos completamente vacíos y las uñas rotas. Se movía en línea recta, empujando cualquier cosa que se interpusiera en su camino. Inmune al dolor, a la razón. El horror no era sólo la muerte sino lo que venía después, el modo en que la identidad se deshilachaba y quedaba solo un hambre insaciable.

Escucharon el crujido de una persiana moviéndose más abajo, en la calle Sacramento. Un viejo truco: abrir cerraduras ajenas pese al peligro, jugándose la vida para intentar conseguir algo de comida, medicinas, cualquier cosa. Miguel asomó el cañón del revólver por el hueco y susurró:

—¡Eh! ¡No hagas tonterías! Si no eres uno de ellos, sal despacio y muestra las manos.

Apareció una figura demacrada, un hombre de unos cincuenta y pico, con las mejillas hundidas y el cuerpo encorvado, ropa raída y una bufanda que alguna vez fue amarilla fosforito.

—No tengo nada —susurró con voz rota—. Busco ayuda.

Suspiraron aliviados. Teresa bajó la escopeta.

—¿De dónde vienes? —preguntó ella.

—Del barrio de Santa María... O lo que queda. Hace cuatro días éramos cinco. Anoche sólo quedaba yo.

Miguel intercambió una mirada con Teresa. A esas alturas, añadir a alguien nuevo era casi tan arriesgado como toparse con zombis. Había quienes fingían debilidad para colarse en los refugios y arramplar con lo poco que quedara. Sin embargo, la mirada del hombre no era la de un saqueador. Era la de quien lo ha perdido todo y ni siquiera espera ser acogido.

—Síguenos. Si lo intentas, te mato antes de que termines de pestañear —anunció Miguel. El hombre asintió, mostrando las palmas.

Volvieron a pie por la calle Pelota, sorteando charcos de agua turbia y escombros. La mayoría de los comercios estaban destrozados, con cristales rotos y persianas achicharradas, producto de incendios espontáneos o de la rabia. Algunos balcones mostraban aún banderas o sábanas blancas, recuerdo de las primeras semanas del confinamiento, cuando la esperanza —y la ingenuidad— aún sobrevivían. Ahora, en cambio, no quedaba nada en las ventanas.

La base de operaciones estaba en la Biblioteca Provincial, cerca de la Plaza Mina. Habían apilado muebles, estanterías y cajas, bloqueando todas las puertas menos una, custodiada las veinticuatro horas. Dentro, el aire era espeso, con olor a moho y humanidad confinada, pero estaba caliente gracias a una vieja estufa que funcionaba quemando libros con tapas duras y muebles rotos. Allí se reunían los seis que quedaban en el grupo original, más dos niños rescatados, una pareja de ancianos y ahora este desconocido.

El recién llegado, que dijo llamarse Álvaro, contó su historia mientras le ofrecían un trozo de pan duro y un cuenco de sopa hecha a base de agua, col lombarda y una pizca del último hueso de jamón. Había sido operario de Renfe toda su vida y se refugió al inicio con varios compañeros en la estación de tren de Cádiz, pero un ataque a finales de noviembre destrozó su grupo.

—Era medianoche —recordó—. El viento arrastraba el olor de los podridos. Pensamos que podríamos resistir otro asalto, pero eran demasiados. Mi hijo... —la voz se le quebró—. Era sólo un crío.

Teresa apartó la mirada. Nadie preguntaba cómo había conseguido sobrevivir sin un arma ni munición. En esos tiempos, un poco de suerte valía más que cualquier entrenamiento.

Esa tarde, un silencio siniestro se abatió sobre Cádiz. Las gaviotas eran apenas un recuerdo. El océano rugía, inmunizado frente a la miseria de los humanos y sus monstruos. Miguel se asomó al ventanuco de la biblioteca, espiando la carretera desde San Severiano, esperando alguna señal de movimiento. Pronto se uniría a la ronda nocturna. Todos iban de dos en dos, por seguridad, y desde hacía semanas nadie patrullaba más lejos del Campo del Sur.

Se repartieron tres linternas, una vieja radio militar que sólo captaba estática y un mapa de Cádiz donde iban marcando, con lápiz, las últimas localizaciones vistas de zombis, cadáveres humanos, lugares donde quedaba algo de comida, almacenes, farmacias, tapas de alcantarilla por donde se podían colar los podridos. Desde hacía un mes, habían notado que muchos zombis se movían más despacio, adormecidos por el frío o por el desgaste de sus cuerpos, pero igual de letales si atrapaban a algún rezagado. Más preocupante aún era el hambre: escaseaban las reservas, y la pesca sin botes era casi imposible, pues los zombies se arrastraban a veces por la arena de la Caleta, arruinando cualquier intento de buscar percebes o mariscos.

El peligro de morir congelado era equiparable al de encontrarse atrapado entre una esquina sin salida y una horda de podridos atraídos por un estornudo o un sollozo. Por eso, cada noche, una lista de guardias recorría a turnos las bocacalles, el Mercado Central y la Plaza España, encendiendo brevemente la linterna para delatar a cualquier ser en movimiento. Dos noches antes, vieron a quince zombis empujando un destartalado Seat León contra la muralla, atraídos por un olor imposible; Teresa pensó que olieron la sangre de un herido, pero sólo hallaron un perro muerto.

La Navidad estaba próxima; los murmullos de los niños, que pedían chocolate y dulces de Reyes, resultaban tan estériles y absurdos como las viejas canciones de villancicos. Nadie conservaba ya nada que ofrecer excepto, a veces, un poco de cariño o historias a media voz junto al brasero. Ni siquiera la radio militar traía noticias del mundo más allá del puente Carranza: la última vez que captaron una señal de Sevilla fue en noviembre, y era un mensaje automático de alerta: “Evacúen las zonas urbanas… El Estado Mayor ha caído...”

Miguel pensó en la infancia que los niños allí jamás conocerían. El bullicio, los anuncios de pescaíto frito, los atascos antes de la playa, el olor a churros y a algas en los portalones, la Semana Santa, el Cádiz Club de Fútbol jugando en Carranza. Todo parecía una letanía de otro planeta.

Aquella noche, la ronda fue distinta. Álvaro, decidido a recuperar algo del coraje que creía perdido, pidió acompañarles. Ningún adulto lo negó. Caminaban en grupo, dos delante—Teresa con la escopeta—, Miguel en el centro y Álvaro cerrando la fila con una barra de hierro. Llegaron así hasta el Castillo de Santa Catalina, cuyas murallas exteriores daban al mar embravecido. Allí, notaron huellas frescas, profundas, arrastradas, y manchas de sangre seca. No de los podridos, sino humanas. Y entonces, entre la bruma, surgieron dos figuras: adolescentes, probablemente de algún grupo extraviado. Les hicieron señas, temblando de frío.

—Somos de la Viña —gritaron entre dientes castañeteando—. ¿Tenéis refugio?

Miguel sintió una mezcla de compasión y desconfianza, la nueva norma de todo superviviente. Decidieron no dejarles solos; cuatro asustados podían ser más útiles, y suponían una boca más, pero también dos pares de ojos. Volvieron a la biblioteca, acordando en silencio que, esa noche, todos los vivos serían acogidos porque, quizás, unidos resistirían el invierno.

La madrugada fue densa y oscura. Miguel apenas pudo dormir, alternando sueños de miedo con el dolor punzante de un estómago vacío y un mundo que ya no existía. A la mañana siguiente, el rugido del mar devolvió un acontecimiento inesperado: en la playa de la Caleta, la marea arrastró los restos de un bote hinchable, y sobre la arena, cinco cuerpos de zombis arrojados por las olas. Miguel y Teresa acudieron a arrastrarlos lejos, usando una cuerda y gasolina robada de viejas motos, prendiendo fuego a la carne corrompida pese al hedor nauseabundo. Era el nuevo rito funerario de Cádiz, despedir a los muertos en hogueras discretas, lejos de posibles miradas de atracadores o cheiros.

Al mediodía, lloviznaba con fuerza. Teresa y los adolescentes recogieron agua en cubos, improvisando lonas con chamarras viejas. Álvaro limpió su barra de hierro y la apoyó junto a la entrada. Los niños rebuscaban entre los libros algún cuento infantil, y una de las ancianas, Mercedes, empezó a contar historias del carnaval. Por un instante, en la biblioteca, el tiempo pareció suspenderse: había risas, relatos de chirigotas pasadas, canciones tarareadas apenas; solo faltaba el pulso de la ciudad viva.

Por la noche, desde la azotea, Miguel miró hacia el horizonte: las luces de la bahía eran apenas un recuerdo, pero allá lejos, más allá del muelle, creyó ver un resplandor débil y amarillento, como si en otra parte del mundo alguien más hubiera sobrevivido. Como si todavía hubiera esperanza, aunque se mantuviera, débil, bajo la piel de la oscuridad más larga del año.

La supervivencia en Cádiz dependía de cosas simples. La red tejida entre desconocidos, la vigilancia perenne y la voluntad inquebrantable de seguir adelante, incluso cuando la ciudad parecía un cementerio sin nombre. Miguel no sabía qué depararía el futuro, pero esa noche, en la biblioteca, junto al fuego y bajo la amenaza interminable del frío y los podridos, supo que, al menos por ese día, la pequeña comunidad resistía. Y en tiempos donde la esperanza era la mercancía más escasa, eso era todo lo que podían permitirse.

Aferrados a las ruinas de un mundo muerto, reinventaban rituales nuevos para huir de la desesperación. Y así, Cádiz seguía viva—callada, asustada, malherida—pero viva. Como el mar.

Y eso, Miguel lo supo mientras escuchaba los ecos de los cánticos de Mercedes, portadora de memorias, era suficiente motivo para no rendirse jamás.

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