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Fragmento:


El ayuntamiento había sido uno de los primeros edificios fortificados por los supervivientes del centro. Durante los primeros meses, los soldados y policías intentaron crear un perímetro protegido alrededor de la plaza, pero con el colapso del suministro y las comunicaciones, la disciplina se quebró rápido. Ahora el edificio era un refugio improvisado donde se reunían al atardecer para repartir escasas provisiones, intercambiar información y escuchar cualquier noticia de la resistencia en otras ciudades. Que sobrevivían en otros puntos era un rumor ambiguo, alimentado por sueños y radiofrecuencia.

Duración: 10:00

Los días de la niebla muerta
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Texto de ajuste de pausa.

15 de diciembre de 2020

Había pasado casi un año desde que las primeras noticias del colapso se deslizaron por los televisores y teléfonos móviles de Cádiz. El invierno, ese aliado inesperado, cubría la ciudad con una mezcla de salitre y frío que traía consigo un hedor nuevo, diferente al de la humedad y el mar: olía a cuerpos apilados, a muerte detenida en los rincones de las calles estrechas tras las murallas. En el centro antiguo, el frío empañaba los ventanales de los pocos edificios aún habitados y hacía que el silencio se instalara como un huésped invisible. Cádiz, la ciudad que siempre había mirado al Atlántico, soportaba ahora una tormenta distinta, persistente, que no podía aplacarse ni con costumbres ni con fe.

Mateo había pasado la noche en la azotea del viejo edificio junto a la plaza de San Juan de Dios. Al principio, la idea de dormir al aire libre era para vigilar posibles intrusos, humanos o no. Pero ahora se había vuelto un ritual: observar las luces mortecinas, los fuegos lejanos de otros refugiados, los movimientos erráticos en las calles, el gotear lento del tiempo. En la madrugada, el sonido del viento se mezclaba con el crujido ocasional de madera y metal, y una vez, solo una vez, había oído los acordes apagados de una guitarra. Alguien resistía, aunque fuese solo aferrándose a una melodía.

Al incorporarse, sintió el cuerpo protestar con todos los signos del hambre y el agotamiento. Había adelgazado, perdido cabello y se había vuelto tan pálido como los viejos estucos de las casas gaditanas. Llevaba un abrigo demasiado ancho y raído, una bufanda de lana enrollada hasta cubrir la barbilla y un cuchillo atado al antebrazo. Su mochila apenas pesaba nada: unas latas, una linterna de manivela, cerillas, un mechero casi vacío. Sobre la azotea, protegida por bloques de cemento y una plancha de metal, una radio militar pequeña era la única conexión posible con el resto del mundo. Cuando la noche era clara y el mar estaba en calma, todavía podía oír fragmentos de noticias dispersas. A veces en inglés, en ruso, francés. Muchas veces solo estática y el sonido del mar.

El sol no salía de verdad en diciembre, pero sí lo suficiente para que las sombras mutaran en la piedra mojada de las calles. Mateo bajó silenciosamente por la escalera. En el piso tercero, Marcela dormía aún, envuelta en mantas junto a su hija Lucía. Ambas apenas respiraban, silenciosas y quietas como si temieran despertar a la propia ciudad y sus muertos. Mateo abrió la puerta con cautela y descendió hasta la calle.

El ayuntamiento había sido uno de los primeros edificios fortificados por los supervivientes del centro. Durante los primeros meses, los soldados y policías intentaron crear un perímetro protegido alrededor de la plaza, pero con el colapso del suministro y las comunicaciones, la disciplina se quebró rápido. Ahora el edificio era un refugio improvisado donde se reunían al atardecer para repartir escasas provisiones, intercambiar información y escuchar cualquier noticia de la resistencia en otras ciudades. Que sobrevivían en otros puntos era un rumor ambiguo, alimentado por sueños y radiofrecuencia.

Mateo recorrió la plaza esquivando los cuerpos congelados, algunos en los bancos, otros tirados en el suelo, medio cubiertos por mantas, bolsas u hojas arrastradas por el viento. Desde la primavera, los zombis se movían menos en el frío, pero todavía podían sorprenderte con reflejos animales y una ferocidad incansable. Los muertos no sentían el frío, pero la descomposición les robaba movilidad; sus movimientos eran erráticos, a veces violentamente rápidos, a veces lentos tropezones. Lo peor era su silencio: no gritaban, sólo emitían gemidos graves, a veces apenas gruñidos, pero nunca el alboroto vulgar de las películas.

Se detuvo a mirar la catedral, ese esqueleto de piedra recortado sobre la bahía. El mar seguía siendo la frontera y el faro del puerto seguía encendido, gracias al grupo del astillero que había logrado poner en funcionamiento un generador manual. No era una señal para los vivos, sino un aviso para los muertos: aquí, aún hay humanos, aquí resistimos, al menos por un día más.

En la plaza, tres hombres hacían guardia armados con palas y maderas reforzadas con clavos. Eran la milicia improvisada, vecinos que habían sobrevivido a la caída de la policía local y la llegada del invierno. Alejandro, el más joven de ellos, saludó a Mateo con un leve movimiento de cabeza.

—¿Noche tranquila? —preguntó.

—Sí. Han pasado dos por la calle Ancha justo antes del amanecer. No estaban frescos. No creo que vean otra semana —dijo Mateo.

Alejandro asintió, y entre los dos compartieron una lata de sardinas. Hablaban poco; el hambre y el miedo convertían las palabras en un lujo. Una discusión innecesaria podía llevar a una pelea que, en estos días, resultaba aún más letal.

Un rato después se reunieron los demás en la entrada del ayuntamiento. La “reunión” consistía en repartir tareas para el día: búsqueda de leña en las casas abandonadas, recolección de agua en la fuente de los jardines de Alameda, vigilancia de los accesos y, si era posible, la exploración de la iglesia del Carmen, donde supuestamente quedaba un botiquín intacto. Mateo, sabiendo que era uno de los más rápidos, se ofreció voluntario junto a Lucía, que ya había cumplido los dieciséis años y era más hábil que muchos adultos.

La expedición a la iglesia fue lenta y tensa. El crujido de los pasos sobre las baldosas y el sonido del viento entre los campanarios eran solo una parte del peligro. La Reanimación, como la llamaban casi en broma, se manifestaba de maneras imprevisibles. A veces, un cuerpo aparentemente inmóvil podía levantarse de pronto y atacar con furia renovada, como si la infección hubiese encontrado una chispa ocultadísima para devolver un destello de movimiento.

El primer obstáculo fue un grupo de cadáveres tumbados en la escalinata de la iglesia. Mateo y Lucía rodearon la entrada por un callejón y forzaron una puerta trasera. Dentro, olía a encierro y cera apagada. La luz entraba oblicua por un ventanuco. Las estatuas de los santos, llenas de polvo, parecían espectadores mudos del derrumbe. Lucía se adelantó, siguiendo las instrucciones de Mateo: pasos cortos, escucha siempre los susurros, nunca ignores el roce de una tela o el crujido de un banco.

El altar mayor estaba revuelto y las gavetas abiertas. No había rastro del supuesto botiquín, pero en la sacristía encontraron vendas, ungüentos viejos y, lo más valioso, un rollo de bolsas de basura industrial. Ahora, más que nunca, la limpieza era una defensa vital contra la infección.

En ese momento, un ruido seco atravesó la nave central. Mateo se tensó y señaló a Lucía que retrocediera. Algo se movía cerca del confesionario. Un pie descalzo sobresalía de la cortina; el olor era ácido, penetrante, una mezcla de amoníaco y carne corrompida. Se asomó con precaución y vio a un zombi sentado, el torso ladeado, las manos aún aferradas a un rosario. Debía de ser el viejo sacerdote. A diferencia de otros, parecía más perdido que hostil, pero no se podía confiar en la quietud. Mateo le clavo el cuchillo en la frente e intentó no mirar los ojos vidriosos, aún húmedos, fijos en el crucifijo caído.

Salieron con las provisiones y la promesa de no volver a ese lugar. Afuera, el aire parecía más frío que nunca. Pasaron corriendo junto a dos zombis apoyados en la reja de la Plaza Mina, ya inofensivos por el deterioro; el invierno había hecho su trabajo, pero sabían que en primavera volvería el peligro con más fuerza.

Por la tarde, en el refugio, la tensión se palpaba bajo la capa de compostura. Junto a la hoguera, donde cocían restos de legumbres y patatas congeladas, Marcela les contaba historias a los más pequeños. Relatos del mar y del carnaval de Cadiz, como si jamás hubiese existido el virus, la plaga o la Reanimación. Lucía escuchaba absorta, mientras los adultos se turnaban con los cubos de agua y las bolsas recogidas. Las tareas más banales se tornaban en ceremonias de supervivencia: limpiar, cocinar, revisar las ventanas, sacar a los muertos para que el frío los mantuviera lejos de los vivos.

En la noche, la radio volvió a chisporrotear señales. Breves mensajes de otras ciudades: algunos reportes de Sevilla, una señal débil de Valencia, alguien pidiendo ayuda en francés. Mateo giró la manivela hasta que la batería permitió una última frase, perdida entre la estática: “El invierno pasa. Resistid. Cádiz responde”.

Mateo no era creyente, pero se permitió cerrar los ojos y, por una vez, sentir esperanza. Porque pese a la miseria, la violencia y la muerte, el corazón de Cádiz seguía latiendo. Tal vez la próxima primavera traería aún más horrores, tal vez la Reanimación tendría nuevas formas. Pero mientras siguiera un solo faro encendido, mientras las voces se alzaran junto al murmullo del mar, la ciudad resistiría.

Afuera, el viento salado barría las calles. El campanario de la catedral, mutilado pero aún en pie, parecía vigilar a los vivos y a los muertos por igual. Y cuando Mateo subió de nuevo a la azotea y vio el resplandor trémulo del faro, pensó que quizá la luz era suficiente para vencer una noche más. Vio a Marcela abrazar a Lucía, la niña que cada día preguntaba si volverían los carnavales. Y pensó entonces que cada historia contada en voz baja era, también, una forma de reanimación. Una chispa en medio de la desolación. Una promesa incierta, pero suficiente para sobrevivir hasta mañana.

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