Fragmento:
Marina apretaba la bufanda de lana—una reliquia tejida por su abuela en los primeros inviernos fríos del apocalipsis—al pasar junto al Baluarte de la Candelaria. En la entrada principal, una puerta reforzada por planchas metálicas y vigas soldadas la custodiaban, flanqueada por varios miembros de la milicia local con uniformes improvisados y escopetas de fabricación casera. Un graffiti hecho con pintura roja, desvaído por la sal y la lluvia, recordaba a todos el nuevo lema de la ciudad: “Los muertos fuera, los vivos dentro”.
Duración: 11:02
15 de noviembre de 2027
El viento de levante golpeaba las murallas restauradas del casco antiguo de Cádiz con una fuerza tan familiar como desesperanzadora. Habían pasado siete largos años desde el colapso, desde que los vivos dejaron de ser mayoría y sobrevivir se convirtió en el objetivo fundamental de cada día. Tras la caída de las telecomunicaciones, la sucesión de horrores en las ciudades, el caos y el abandono, ahora Cádiz, contra todo pronóstico, renacía como una de las nuevas ciudades amuralladas, su escudo no ya el océano sino el trabajo incesante de los supervivientes.
Marina apretaba la bufanda de lana—una reliquia tejida por su abuela en los primeros inviernos fríos del apocalipsis—al pasar junto al Baluarte de la Candelaria. En la entrada principal, una puerta reforzada por planchas metálicas y vigas soldadas la custodiaban, flanqueada por varios miembros de la milicia local con uniformes improvisados y escopetas de fabricación casera. Un graffiti hecho con pintura roja, desvaído por la sal y la lluvia, recordaba a todos el nuevo lema de la ciudad: “Los muertos fuera, los vivos dentro”.
A esas alturas del año, los zombis eran pocos y de movimiento lento. Con el paso del tiempo, la mayoría de los antiguos infectados habían devenido en “relicarios”, como les llamaban, bolsas de piel huesuda e inerte que casi no suponían peligro salvo que se subestimaran en una callejuela oscura. Pero aún había recién convertidos, sobre todo cuando caravanas nómadas eran sorprendidas afuera, o algún idiota bajaba la guardia en las ruinas del barrio del Mentidero buscando comida.
La ciudadela gaditana era un milagro de organización a pequeña escala. En estos últimos meses, la coalición de barrios—San Sebastián, la Viña, el Pópulo—había firmado un pacto de defensa común. Los líderes, elegidos en asambleas en el desvencijado Gran Teatro Falla, habían logrado coordinar milicias, agricultores y artesanos que devolvieron algo parecido al orden.
Marina se dirigía al Mercado Central. Había un bullicio extraño y reconfortante en la plaza, imposible de asociar con el silencio sepulcral de los primeros tiempos tras el brote. Puestos de madera protegidos por lonas mostraban contextos impensables antes de la plaga: cestas rebosantes de verduras cultivadas en los antiguos jardines de la Alameda, bolsas de grano traídas por caravana desde el interior de la provincia, salazones de pescado recuperados tras largos trabajos en las salinas y almadrabas improvisadas. Incluso un par de gruesos caballos, de mirada apática y pelaje lleno de polvo, aguardaban atados bajo la sombra de la vieja cúpula del mercado.
El trueque estaba en pleno auge. Un segundo cerca de la entrada, Marina examinó su botín: dos cartuchos de munición, un pequeño frasco de penicilina sobrante, y un libro de poemas de Rafael Alberti; este último, un bien de lujo que a veces podía abrir incluso puertas ajenas a las de la gastronomía. Sabía que Valerio, el encargado del puesto de hortalizas, era aficionado al viejo poeta y tal vez podría obtener más tomates de lo habitual.
Pero el recuerdo del hambre nunca quedaba lejos. Su hermana pequeña, Lucía, había muerto de neumonía dos inviernos atrás. La escasez ya no era tan cruel como antes, pero aún pesaba como una losa en la conciencia de todos los supervivientes. Nadie olvidaba.
De repente, un zumbido sordo llenó el aire, cortando el murmullo del mercado. Todos miraron hacia arriba, hacia la torre de vigilancia construida sobre uno de los extremos de la catedral. Era la vieja sirena naval, ahora adaptada como alarma antizombies y, en muchas ocasiones recientes, como aviso de amenazas humanas: saqueadores, nómadas armados, bandas menores. Nadie se movió al principio, la costumbre había enseñado a no entrar en pánico, pero sí a prepararse.
En segundos, los milicianos desplegaron señales—banderas rojas, luego verdes—que informaban de la localización del incidente. Marina dejó sus compras para otro momento y se dirigió, junto con otros voluntarios, hacia la zona designada cerca del Campo del Sur.
Mientras corría, escuchó pasos tras de sí. Se giró para ver a Pepe “el Loco”, apodado así porque, según decían, había perseguido hasta tres zombis a la vez armado solo con un palo. Pepe la saludó con una sonrisa nerviosa, mostrando la encía vacía que le faltaba de uno de los golpes de hace tiempo.
-- ¿Has visto algo, niña? -- preguntó entre jadeos.
-- Nada, pero si han sonado la sirena, será serio -- respondió Marina, ajustando la correa de la vieja escopeta de caza que colgaba de su hombro.
Al llegar al malecón, el panorama era el de siempre después de un incidente: un grupo de exploradores de una caravana recién llegada estaba arrinconado junto a la muralla interna. Uno tenía la manga empapada de sangre, otro temblaba con convulsiones, y el tercero, que parecía el líder, negaba con ferocidad mientras un médico voluntario intentaba revisarlo.
-- ¡Juro que no ha sido una mordedura! ¡Fue una trampa de pesca, lo juro! -- gritaba, la voz rota, el tipo lisiado.
Pero nadie se arriesgaba fácilmente. La ley local era clara: toda herida “sospechosa” se aislaba durante 48 horas en la prisión restaurada del antiguo baluarte. Las reglas eran duras, pero la memoria de los brotes descontrolados seguía fresca. Una vez, una sola mordedura no declarada había costado 17 vidas.
La decisión fue rápida. Con marcialidad, la milicia separó a los exploradores. Marina miró al líder a los ojos, tratando de discernir dónde acababa el miedo y comenzaba la mentira. No pudo saberlo. Se sintió culpable al apartar la vista mientras los llevaban bajo guardia a la enfermería improvisada.
Pepe, a su lado, murmuró: -- Hace ocho años, un corte era solo un corte.
Marina asintió en silencio.
Con el incidente controlado, volvió al mercado. Personas de estómago fuerte reanudaron los intercambios, aunque la tensión pesaba en el ambiente. El mercado era algo más que un centro de trueque; era el núcleo de interacción social, la forma de recordar que, pese a todo, seguían siendo humanos y no animales refugiados solo por el instinto.
Al mediodía, Marina cruzó la calle hasta la plaza de la Catedral. Un grupo de niños jugaba, vigilancia mediante, al escondite entre los escombros. Sus risas—al principio un eco discordante en la ciudad del horror—ahora eran aceptadas con una mezcla de nostalgia y esperanza. Eran los hijos del nuevo Cádiz, la generación que nunca conoció el Carnaval tal y como fue, ni la Semana Santa con sus pasos, ni los atascos interminables de turistas en verano.
Una anciana paseaba con esfuerzo. Era Doña Rosario, una superviviente oceánica, antigua profesora jubilada ahora encargada de la pequeña biblioteca improvisada en el Falla. La saludó con respeto, recordando cómo, hacía unos años, le ayudó a aprender a leer a su sobrina, cuando la ciudad vivía aún en la penumbra y el frío.
Doña Rosario la llamó, agitó un libro.
-- Marina, ven, tengo algo para ti.
Se acercó, curiosa.
-- Es una copia de “La Odisea”, traducida y reencuadernada, hermosa como las historias antiguas. Hazla circular entre los jóvenes. La necesitamos tanto como el pan, ya lo sabes.
Marina sonrió, emocionada. Estaban recuperando palabras, además de tierra. Y ese día tenía algo de especial, porque por la tarde habría reunión en el Falla. Los representantes de los barrios fortificados y delegados de otras ciudades del “cinturón limpio” —el triángulo imaginario de Cádiz vieja, San Fernando y Puerto Real—venían a discutir un pacto de defensa conjunta. Asuntos internos eran tan apremiantes como los zombis: había rumores de saqueadores desplazados por la limpieza de Rota, y de que una banda especialmente cruel, “Las Urracas”, había atacado un convoy acuático en la Bahía.
El Gran Teatro Falla se había convertido en el nuevo ayuntamiento, la sede de la asamblea y, de vez en cuando, de improvisadas chirigotas formadas por jóvenes que jamás habían conocido una fiesta real. Al entrar, el olor a vela y madera vieja mezclándose con la sal era penetrante. Tomó asiento junto a la delegación de La Viña.
El debate comenzó con la voz firme de Ramírez, antiguo policía local y ahora jefe de la milicia electoral.
-- Hay que aumentar la vigilancia en las puertas del puente, y levantar barricadas móviles en el Puente de la Constitución. Si una horda se acerca desde el Este, no habrá tiempo de evacuación para el Ceniza.
-- Y eso sin contar los saqueadores. No son zombis, pero matan igual —aportó Teresa, una líder menuda, rápida con el recolector y aún más con la lengua.
Marina pidió la palabra.
-- Propongo mejorar las señales de aviso nocturno. Muchos asentamientos no tienen visión directa. Podemos montar espejos en las azoteas para lanzar luz hacia los vigías de San Fernando y mantener una línea de alerta continua.
La propuesta fue recibida con comentarios de aprobación y alguno de escepticismo—había escasez de vidrios enteros. Pero era claro que debían hacer más por reforzar la cooperación. Aquellas alianzas regionales, aún imperfectas y plagadas de recelos, eran la única razón por la que Cádiz seguía existiendo.
La asamblea terminó al anochecer. Al salir, la ciudad relucía con un centenar de faroles de aceite repartidos en las murallas y sobre los viejos postes de la avenida. Un detalle que durante los viejos carnavales habría pasado inadvertido, pero ahora era símbolo de resistencia y esperanza.
Antes de volver a casa, Marina se detuvo frente a la plaza de San Juan de Dios. Allí, donde antes bullía el turismo, un pequeño grupo entonaba una chirigota escrita durante el encierro. Risas apagadas, acordes de guitarra desafinada, juegos de palabras sobre cómo los muertos “no tienen arte para el compás”—y un juramento solemne al final: no dejar que la última carcajada la tengan los zombis.
El viento de levante seguía soplando, trayendo consigo las promesas y peligros del invierno, pero esa noche Cádiz era una ciudad viva. Y entre murallas, mientras los muertos quedaban fuera y los vivos dentro, la humanidad seguía resistiendo—palabra a palabra, semilla a semilla, verso a verso.
Allí, entre la brisa salada, el miedo y la determinación, Marina entendió que reconstruir el mundo no era solo cuestión de paredes o fusiles. Era defender, una y otra vez, ese instante tan frágil que era la risa de los niños, la esperanza en los ojos cansados de los mayores, y el futuro que aún —a pesar de todo— podían imaginar.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.