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Fragmento:


El sonido de los propios pasos la aterrorizaba. Los pasillos —viejos reinos de refrigerados y dulces— eran ahora corredores de eco y polvo. Usó una linterna de dinamo, girando rápido la manivela un par de veces. La luz titilante mostró las primeras cajas: papel higiénico destrozado, paquetes de cereales reventados, caparazones vacíos de yogur y cajas de leche en polvo arrancadas a manotazos.

Duración: 10:53

Ecos en los pasillos: Silencio entre estantes
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Texto de ajuste de pausa.

27 de noviembre de 2020.

Ventura, California. El mar rompía a lo lejos, pero en la ciudad ya nadie soñaba con la playa bajo la niebla de noviembre. Aquella brisa salina, antes fresco presagio de paseos domingueros y tablas de surf, era ahora un portador incómodo del hedor agrio de podredumbre y desastre. La vida se había agazapado entre los huecos de una civilización que, meses antes, no aparentaba conjurar aún la ruina. Pero ya era imposible negar el zarpazo del invierno y del hambre, imposible ignorar los estantes vacíos bajo la última luz mortecina de un neón moribundo.

Chloe contempló la fachada del supermercado Vons desde detrás de una pick-up volcada y carbonizada. Cuatro días atrás, alguien había tratado de prenderle fuego a ese local. El incendio, breve y caótico, no consumió el edificio, pero había tiznado las paredes y destrozado el techo sobre la entrada. Sin embargo, seguía siendo un punto de encuentro obligado para quienes, como Chloe, apostaban cada día su vida por una lata de judías o un paquete de arroz.

Iba sola. En las bandas, nadie confiaba en nadie, y el instinto se había impuesto a toda nostalgia de pactos o camaradería. Era una muchacha de veinticinco años, menuda y astuta, con ojos azules como el hielo recién quebrado. Se movía en silencio, con la chaqueta de cuero embadurnada de ceniza y una mochila casi vacía. No portaba arma de fuego; prefería el cuchillo largo que pendía de su cinturón, herencia de un padre que nunca volvió del estallido inicial.

El sonido de los propios pasos la aterrorizaba. Los pasillos —viejos reinos de refrigerados y dulces— eran ahora corredores de eco y polvo. Usó una linterna de dinamo, girando rápido la manivela un par de veces. La luz titilante mostró las primeras cajas: papel higiénico destrozado, paquetes de cereales reventados, caparazones vacíos de yogur y cajas de leche en polvo arrancadas a manotazos.

En las sombras, a veces, más que miedo sentía soledad. El supermercado era el último altar de lo que fue, y aún distinguía la tipografía familiar de las ofertas: “Ahorre hoy — segunda unidad al 50%”. Ridículo mensaje, allí donde la escasez era la única oferta vigente.

A su izquierda, el pasillo de conservas. Los estantes presentaban largos vacíos, pero Chloe había aprendido a buscar en lo imposible. A veces una lata caía en los rincones oscuros, detrás de pilas de cartón, o entre torres de cajas arrumbadas. Caminó arrastrando los pies para no hacer ruido, atenta al menor cambio de temperatura, al más leve chasquido.

Aquella noche era diferente. Igual que la noche anterior, y la otra, y la otra, el supermercado olía a mezcla de moho y miedo. Pero había huellas frescas en el suelo de baldosas rotas. Polvo levantado, marcas de zapatillas baratas. Chloe se agachó y tocó la huella. Calzaba pequeño. Podría ser una mujer, un niño... o alguien más desesperado que ella.

Deslizó su mochila cerca de la estantería más baja y rebuscó. El chirrido de una lata rodando la sobresaltó. No era la suya. Apagó la linterna y contuvo el aliento. Silencio. Solo eso. Respiraciones sostenidas por la necesidad. Entonces, un estornudo sordo, muy lejos, hacia la sección de panadería.

Chloe dudó. Si era otra persona, cualquier encuentro podía sellar su destino, para bien o para siempre. Sopesó su cuchillo, decidió avanzar. Si era un niño hambriento, alguien hijo de la ruina, tal vez compartiría. Pero si era un carroñero violento, o peor, una de esas figuras que de día parecen humanas y de noche algo menos... Intentó no pensar.

Sorteó el esqueleto de un carrito y torció por el pasillo de productos de limpieza. Aquí el saqueo había sido absoluto. Solo envoltorios plásticos, cajas de detergente vacías, polvo de jabón perfumando la derrota. Silencio.

El estornudo, ahora un suspiro largo. Cayó una caja, una sombra se movió fugaz al fondo. Chloe apuntó la linterna: destellos de cabello oscuro, rostro muy pálido, ojos grandes y animalescos atrapados como un ciervo en faros. Por un instante, ambas temblaron.

“Soy humana”, susurró Chloe, voz firme para acallar el latido desbocado en su garganta. “No voy a hacerte daño.”

La otra figura retrocedió otro paso. Era una chica. No llegaba a los veinte. Llevaba una camiseta de béisbol mugrienta y pantalones de pijama con dibujos infantiles. Entre las manos, una barra energética abierta a mordiscos. No parecía armada.

“¿Tienes comida?”, balbuceó. En inglés; la voz era seca, ronca de sed.

Quizá en otra época, Chloe habría sentido lástima. Ahora solo sentía la punzada de la competencia por la supervivencia. Pulsó un instante su mochila. Algo de arroz, media botella de agua, una lata a medio comer. Dudó.

“Muy poca”, reconoció. “Busco más. Si compartimos la búsqueda, podemos no matarnos. ¿De acuerdo?”

La muchacha pareció calibrar posibilidades. Sus ojos parpadearon el miedo aprendido. Finalmente asintió con un gesto triste, demasiado adulto para alguien tan niño.

Se llamaba Fern. Llevaba tres días viviendo entre los estantes del supermercado, escondiéndose de todo y de todos. Había visto pasar a varios, algunos solitarios, otros en pequeños grupos armados que arrasaron lo que quedó de los refrigerados. “Pero en el estante de productos asiáticos, a veces quedan paquetes de ramen rotos”, susurró, como si revelara un secreto atroz.

Durante la media hora siguiente, ambas recorrieron el supermercado con máximo sigilo. Chloe se sorprendió de lo rápido que había vuelto a confiar en otra persona. La urgencia del hambre es poderosa, pero la urgencia de compañía lo es, a veces, más. Incorrecto, en un mundo donde la traición es moneda corriente. Pero inevitable, pensó, mientras Fern escarbaba tras los anaqueles, logrando rescatar un paquete incompleto de tallarines y una bolsa de maní que alguien tiró en un saqueo anterior.

El silencio era un tercer miembro de la expedición. Solo roto por el rumor lejano del viento metiéndose por el techo quebrado, y cuando el lejano grito de algún pájaro marino, confundido en la desolación de las calles.

Solo quedaba una zona por explorar: el almacén trasero. Chloe nunca se había atrevido a entrar allí; el rumor era que en esos lugares podían haber caído cadáveres desde los primeros días, tal vez incluso aquellos zombis que por el frío ahora se arrastraban, letárgicos, esperando calor.

A Fern le temblaban las manos, pero su hambre era mayor que su terror. Juntas, empujaron la puerta del almacén: una explosión de olores rancios las golpeó como una ola enfermiza. Allí, la luz era aún más escasa, y la linterna de Chloe rozó, danzando, las siluetas de palets destruidos, montones de cajas húmedas y, aquí y allá, la silueta de algo que podía ser humano... pero no se movía.

“Nadie vive ahí. Ni siquiera los muertos”, murmuró Fern, con el asomo de una sonrisa fatalista.

Avanzaron entre charcos pegajosos y estantes desplomados. En la esquina tras una cortina de bolsas de plástico rotas, hallaron la recompensa: una caja de latas abolladas de tomate, todavía cerrada. Chloe rió de alivio, pero enseguida tapó su boca. Fern pescó dos latas y las abrazó fuerte, como si fueran peluches sagrados.

Salieron de allí con el botín. De vuelta en la tienda, recularon hasta la zona de baños públicos, cerraron la puerta al máximo y, apagando la linterna, se sentaron en un rincón, el cuchillo a mano, abriendo una de las latas. El líquido ácido les supo a manjar celestial.

Comieron en silencio. La ciudad, afuera, era una sucesión de distorsiones: disparos lejanos y, a intervalos irregulares, el ulular retumbante de alguna criatura extraviada en la noche. Las avenidas estaban llenas de coches abandonados, cuerpos tapados por mantas de consuelo, y a intervalos, el eco de pasos rápidos por las calles desiertas. Chloe llevaba días preguntándose si no sería mejor largarse al norte, hacia Sacramento o más allá, pero el viaje era casi suicida. Entre bandas armadas y hordas errantes, la distancia era infinita.

“¿Tienes a alguien?” preguntó Fern, de pronto.

Chloe negó con la cabeza. “No. Solo a mí.”

Fern asintió. “Yo tampoco.”

Por un instante, fueron dos islas en el naufragio. El supermercado vacío era su balsa precaria; los estantes vacíos, las murallas. Aceptaron, sin palabras, que compartirían ese refugio por una noche. O por las que hicieran falta. Afuera, los sonidos beligerantes del mundo retraído confirmaban: la soledad podía ser una sentencia peor que el hambre.

La madrugada se arrastró despacio. Chloe apenas dormía. Mantenía una oreja atenta a cualquier sonido: el estallido de una botella, un portazo, el choque fortuito de un cuerpo contra los carritos. Pero esa noche, el supermercado guardó para ellas el silencio imparcial de lo extinto.

Al amanecer, Fern se asomó por la puerta de carga. Observó el este, donde el sol apenas derramaba luz hienosa sobre las montañas, y por un segundo, Chloe vio en su rostro el temblor de recordar otra vida. “Una vez vine aquí con mi madre”, susurró. “Ella se enfadaba porque yo metía chocolates a escondidas en el carrito.”

Chloe no pudo sonreír, pero entendió. El supermercado, incluso vacío, era una tumba de recuerdos comunes, una catedral del mundo anterior. Junto a los cuerpos barricados en el almacén y las latas de tomate oxidado, habitaba todavía la memoria de las peleas por caramelos, de los dedos infantiles recorriendo pasillos coloridos.

“Ven conmigo,” dijo Chloe, y no fue una pregunta. Juntas, recogerían lo poco que quedaba, buscarían otro refugio al caer la noche. Porque ni el invierno, ni los muertos, ni los hambrientos podían tomarles de un tirón la última migaja de humanidad.

Salieron del supermercado mientras la neblina se alzaba lenta sobre Ventura. Detrás de ellas, el eco de los pasos fallecía entre estantes huecos, y el supermercado volvía a ser lo que el hambre no termina de romper: posible promesa de un reencuentro, o el último refugio antes de la noche total. Afuera, entre los coches abandonados y los anuncios ajados, avanzaron silenciosas, sabiendo que sobrevivir sería, siempre, encontrar juntos un rincón donde el hambre fuese un poco menos feroz y la soledad, menos absoluta.

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