Fragmento:
Hoy escribo porque siento que si no pongo estas palabras sobre el papel, mi mente caerá presa del miedo. Aquí, en medio de este edificio fortificado, rodeada de amigos y extraños convertidos en familia, cada día se parece menos a lo que una vez llamamos "vida". Es diciembre y el frío ha mordido de verdad en este invierno. Los días soleados de California quedan lejos, tan irreales como la última vez que me senté a comer con mi madre en la terraza de casa.
Duración: 09:42
15 de diciembre de 2020
Diario de Regina López, Fortificación Escolar "Abrigo", Valle Central, California
Hoy escribo porque siento que si no pongo estas palabras sobre el papel, mi mente caerá presa del miedo. Aquí, en medio de este edificio fortificado, rodeada de amigos y extraños convertidos en familia, cada día se parece menos a lo que una vez llamamos "vida". Es diciembre y el frío ha mordido de verdad en este invierno. Los días soleados de California quedan lejos, tan irreales como la última vez que me senté a comer con mi madre en la terraza de casa.
Al despertar, la escarcha cubría los cristales rotos en la ventana de la sala principal. Es difícil mantener el calor aquí; la calefacción nunca volvió desde agosto, cuando la última de las cuadrillas eléctricas abandonó la subestación. Ahora dependemos del fuego —maderas recogidas de casas abandonadas, restos de pupitres, cualquier cosa que arda. A veces el humo se mete en los pulmones y entonces cierras los ojos, recordando cómo olía el desayuno en los viejos tiempos, y deseas por un instante que el humo sea de tocino, de pan, y no de la mitad de la biblioteca reducida a cenizas.
Hace una semana hallaron a la Sra. Bustamante congelada en el pequeño despacho donde dormía. Murió plácidamente, al parecer; afortunada ella, dicen algunos. El mismo día la adolescente Milena murió afuera, buscando leña, devorada antes de que nadie pudiera socorrerla. Desde entonces cerramos todas las puertas al anochecer y nadie sale hasta que vuelve a amanecer.
La escasez de alimentos es más real que nunca. Cada grupo se encarga de racionar los restos de lo que había en la cafetería escolar, ahora agotados. Las conservas se acabaron en noviembre. Los pequeños huertos, defendidos con angustia, han rendido poco: algunos tubérculos y coles malogradas. Hoy repartieron media lata de duraznos por persona en “el desayuno de invierno”, como Paul lo llama con amarga ironía. Vi lágrimas en los ojos de Samuel, un hombre al que nunca vi derrumbarse en las noches de asedio, pero sí hoy, frente a media lata de duraznos. Los niños miraban la fruta como miraban los regalos de Navidad en otros años.
Me pidieron que diera clases esta mañana. Dijo Elisa, la enfermera, que los niños necesitan normalidad. ¿Cómo enseñarles a conjugar verbos en inglés cuando la lección realmente importante es cómo prender un fuego sin humo, cómo permanecer en silencio cuando tiemblan los muros y los ruidos de afuera se acercan? Aun así, me planté ante ellos, tizas en mano, y les conté cómo el maíz llegó a California, cómo los pueblos antiguos sabían sobrevivir a lluvias, sequías, temblores y guerra. Vi ojos grandes y atentos, y por unos instantes, sentí alivio. No duró: los sollozos de la pequeña Camila, recordando a su abuelita perdida, me devolvieron al presente. Les abracé a todos. Ya no importa la distancia, ni el riesgo, cuando el alma pesa de soledad.
Afuera, las calles vacías. El sol apenas calienta, y más allá de las rejas, algunos de ellos —los que aún caminan— tropiezan con el hielo como borrachos. No puedo acostumbrarme a sus gritos, a su forma de apiñarse contra los portones, esperando algún descuido. A veces se quedan inmóviles durante horas, congelados en posturas torpes, como si esperaran una señal. Cuando llega el crepúsculo se agitan, como si el hambre cobrara vida con la ausencia de luz. Han aprendido a rodear cualquier ruido, a seguirlo como jaurías. Hace poco divisamos una horda cruzando la autopista 99, lento y pesado, haciendo vibrar el aire de miedo y podredumbre. Corrimos a escondernos, y horas después vimos que uno llevaba el uniforme azul de los carteros; los símbolos del viejo mundo aparecen en las formas más extrañas.
Nos organizamos en turnos para custodiar los accesos. Cada noche, a las dos, alguien revisa que los tablones y barricadas sigan en pie. El último reporte dice que los cristales rotos del ala sur permitieron que un “vagabundo” —como ahora llamamos a los infectados solitarios— se colara al patio. Afortunadamente lo descubrió Ricardo antes de que alcanzara el portón cerrado, y lo abatió con un viejo fusil de caza. No quedan muchas balas. Guardamos cada cartucho vacío como un tesoro, esperando poder recargarlos algún día. Al levantar el cadáver esta mañana, notamos el deterioro: carne congelada y tiesa, la mirada vacía en un cráneo casi sin pelo. La gente dice que el frío los ralentiza, que tal vez podríamos sobrevivir el invierno si resistimos unos meses más.
Isabella —nuestra matriarca improvisada— organiza las reuniones diurnas. Hoy habló sobre la necesidad de buscar alianzas: “En el norte, en Modesto, dicen que existe otra fortificación en un club deportivo, y en Stockton, han visto señales de vida cerca de la universidad.” Algunos se miraron recelosos. Una excursión a esas ciudades sería suicidio. O quizás esa es la esperanza: estar lo suficientemente desesperados como para arriesgarlo todo. Mi hermano Andrés se ofreció para ir en la próxima expedición. Me abrazó por la noche y me prometió que volvería, que traería algo de arroz, o medicinas. He visto a muchos prometerlo, y pocos regresar.
La salud aquí es un problema que nadie puede ignorar. Dos casos recientes de fiebre, que la enfermera Elisa intenta impedir que sean conocidos por todos, nos ponen en alerta. Siguen pensando que pueden controlar nuevos brotes, pero todos sabemos que basta una mordida, una sola, para condenar a todos. Cada tos es sospechosa. Cada fiebre, un miedo mudo. Mantenemos a los dos enfermos aislados en la sala de música. Quizá sea refriado, gripe, un resfriado común. Nadie duerme tranquilo.
Por la noche mantenemos la radio militar encendida, ese viejo aparato que consume más baterías de las que podemos conseguir. Escuchamos murmullos en el canal siete anoche, voces rápidas y fragmentadas: “Stockton… vivos… refuerzos… fallo en… alimentos… por favor…” Luego ruido blanco. Ana, que alguna vez fue DJ en una emisora local, intenta modular la antena, aunque los cables están reparados con alambres y cinta adhesiva. Nos aferramos a los rumores: un convoy de alimentos cruzó la I-5; en Fresno, un grupo logró forzar un supermercado fortificado; en Sacramento se dice que el ejército aún patrulla las afueras.
Escribir esto me ayuda a no perder la cabeza. Mis dedos están entumecidos y sé que gasté demasiadas hojas hoy. El papel escasea casi tanto como el pan. Pero si pierdo este diario, temo olvidar quién era antes, olvidar que fuimos otra cosa además de carne temblorosa al acecho de la muerte.
A veces, mientras cruzo los pasillos helados o veo las manos de los niños en torno a la fogata clandestina del aula 6, me convenzo de que sobreviviremos. Veo esperanza en el coraje de los que siguen aquí, día tras día, sin abandonar, sin ceder ante el invierno —ni ante los muertos. Hoy mismo, después de la cena improvisada (una sopa obtenida con los últimos huesos de pollo, cebollines y algo de arroz fermentado), el pequeño Tom cantó para todos una melodía sobre caballos salvajes. No hubo risas, pero sí sonrisas; recordé a mi padre tarareando junto a la radio de nuestro viejo Honda Civic, y sentí las lágrimas saladas en la boca.
Vivir se ha vuelto un acto político. Decidir cada día no rendirse, no lanzarse en el último ataque o no abandonar a los enfermos. A menudo me pregunto por qué lo seguimos intentando. Quizá la respuesta está en los niños, en sus preguntas, en su manera de asirse a la vida como si toda la tragedia fuera solo un cuento antiguo. O quizás la respuesta es el puro miedo a dejarse llevar, a entregarse a los brazos helados del invierno y de los monstruos exteriores.
Esta tarde, a las seis, subí al techo para cortar unas ramas caídas; necesitábamos leña seca para la última hoguera. Desde allí vi el Valle Central extendiéndose como una sábana de oro y sombra. Humo salía de un par de techos a kilómetros, lo que indica que no estamos solos. Ojalá sean más como nosotros, gente dispuesta a compartir un pedazo de pan, a tender una mano, incluso en este infierno congelado. A lo lejos, siguen visibles los reflejos anaranjados de un incendio prendido semanas atrás en un edificio de apartamentos. Nadie apagó ese fuego; tal vez aún hay alguien ahí dentro, resistiendo, temblando.
Mañana seguiré registrando lo que vea, lo que escuche y sienta. Es la única manera de conservar algo de cordura. Y si alguna vez alguien lee esto, si hay un futuro donde los muertos ya no nos persigan ni el frío ni el hambre sean realidades cotidianas, espero que entiendan que no nos rendimos fácilmente.
No sé si habrá primavera otra vez en California. Pero me niego a creer que así terminará nuestra historia. Si algo hemos aprendido en este infierno helado, es que mientras uno solo respire y resista junto a quienes ama, incluso el mundo perdido deja una semilla para el futuro.
Mañana, buscaré leña otra vez. Y si vuelve el sol, me dejaré bañar por sus rayos. Si vuelven los muertos a la puerta, los enfrentaremos juntos. Si alguien logra regresar de Stockton, tal vez celebremos otra vez. Si me fallan las fuerzas, prometo al menos seguir escribiendo, hasta el último día.
Que la memoria no muera, aunque todo lo demás ya haya sido devorado.
Regina
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