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Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Portada del relato El Último Invierno Dorado
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Fragmento:


Pamela avanzó un paso, mostrando las credenciales selladas por la confederación y el estandarte de tela con la estrella negra y el arrozal dorado.

Duración: 12:24

El Último Invierno Dorado
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Texto de ajuste de pausa.

15 de noviembre de 2028

Pamela se detuvo a mitad de la autopista 99, sobre el puente derruido que cruzaba el antiguo canal del río Sacramento. Había llovido la noche anterior y el aire se percibía limpio y frío, portando esa extraña sensación de esperanza que el agua fresca todavía podía suscitar en un mundo tan cicatrizado por el miedo. Frente a ella, la ciudad de Sacramento se extendía como una cicatriz, con edificios parcialmente derruidos y manchones verdes donde el bosque había empezado a reclamar la urbe.

El grupo que acompañaba a Pamela avanzaba en silencio, siguiendo la carretera despejada hasta el puesto de control. Eran comerciantes de Stockton, una caravana escoltada por milicianos armados y guiada, más que nada, por la costumbre y la necesidad. Eran once en total: tres carretas tiradas por caballos, dos ciclistas y seis a pie, todos abrigados contra el frío del alba y cargando sacos de trigo, bolsas de almendras y cajas polvorientas que alguna vez habían contenido municiones de la Guardia Nacional. En ese noviembre, la próspera California agrícola de antaño era apenas un mito compartido en las noches sin luz.

Al acercarse al control, tres personas salieron de la sombra que proyectaba un bus escolar volcado. Llevaban uniformes rotos, parches de distintas facciones cosidos al azar, pero en los brazos portaban brazaletes verdes: el símbolo de la Confederación del Valle Central, el acuerdo más reciente entre los asentamientos de la región para resistir juntos los embates de bandas y, aún, de las manadas de zombis malgastados.

—Alto, identifíquense —ordenó la voz firme de la guardia principal, una mujer morena con el pelo trenzado y el rifle colgado al pecho.

Pamela avanzó un paso, mostrando las credenciales selladas por la confederación y el estandarte de tela con la estrella negra y el arrozal dorado.

—Comercio desde Stockton. Pasamos por Tracy la semana pasada. Traemos grano, almendras y aceite. Llevamos pólvora y herramientas.

La guardia observó el grupo largamente, escudriñando cada rostro antes de asentir. Era el protocolo, siempre protocolar hasta la obsesión. Había tenido noticias de bandas que se disfrazaban de comerciantes y asaltaban los controles, secuestrando cuanto encontraban útil.

Un zumbido lejano llamó la atención de todos. Era una de esas bicicletas eléctricas adaptadas, de las pocas que aún funcionaban gracias a baterías rescatadas de viejos Tesla. Transportaba a un mensajero adolescente, con la cara tiznada y un brazalete naranja, el color de los mensajeros de Sacramento.

—¡Hay movimiento al sur! —alertó, jadeando—. Un grupo de saqueadores salieron de Lathrop anoche. Veinte o treinta, bien armados. Dicen que tienen un lanzallamas.

El silencio se hizo espeso, cortado solo por el temblor en la voz del más joven del grupo de Pamela.

—¿Volvemos? —susurró, mirando a la líder.

Pamela negó con la cabeza.

—Seguimos. Si nos detenemos aquí, somos presa fácil. Llegaremos a la muralla antes de que oscurezca.

***

La muralla de Sacramento, erigida con chatarra y ladrillos de viejos almacenes, se elevaba varios metros por encima del antiguo Distrito Industrial. Las puertas sur eran una doble puerta de acero, protegida por plataformas elevadas y dos nidos de ametralladora montados sobre techos de buses escolares. Grupos de centinelas patrullaban los muros, intercambiando señales de linterna con los grupos apostados en las torres.

Durante la inspección, Pamela observó a su alrededor. Hacía años que no veía tanto movimiento: gente descargando carros, niños corriendo entre los puestos, viejos sentados junto a bidones de agua potable compartiendo historias y cacahuetes secos. A su izquierda, una muchacha de piel tostada ofrecía un puñado de monedas de cobre a cambio de cordeles tejidos a mano; a la derecha, un viejo charlaba con dos jóvenes sobre la mejor forma de ahumar pescado para el invierno. Los comerciantes como Pamela eran bienvenidos —pero solo hasta cierto punto; la paranoia seguía siendo la savia del mundo.

Un hombre mayor, enjuto y nervioso, se acercó al grupo. Se hacía llamar “Tomás el Mapero”, y era conocido por su habilidad para intercambiar rutas seguras y mapas rudimentarios a cambio de semillas o medicinas.

—¿Es cierto lo de los saqueadores? —preguntó en voz baja.

—Sí, van hacia el norte —respondió Pamela—. ¿Algún sitio seguro para pasar la noche?

Tomás asintió, dibujando en el aire una cuadra hacia el este.

—El viejo depósito de FedEx. Lo reforzaron con sacos de arena y barriles de aceite. Hay varias familias adentro, pero siempre aceptan forasteros que traigan novedades. Mitad noche fuera y los zombis vuelven a aparecer; prefiero el rugido humano al gemido de esos monstruos.

***

El depósito era oscuro y olía a pólvora vieja y humedad, pero estaba limpio y pulcro dentro de lo posible. Era un caos ordenado: mantas tendidas sobre el piso, lámparas de aceite colgando de tubos, y un fuego pequeño rodeado de cajas de herramientas. Dos perros se paseaban, alertas ante cualquier sonido. Pamela nunca había sentido tal alivio: la última vez que durmió bajo techo seguro fue en Los Baños, hacía casi seis meses.

Mientras comía una sopa aguada con trozos de zanahoria y carne de rata, Pamela escuchó el rumor de los otros refugiados: la plaga zombie remitía, decían; las últimas grandes hordas se mantenían errantes alrededor del viejo San Francisco y San José, como nubes negras esperando el viento. Pero el peligro real eran los humanos; cada semana llegaban noticias de pueblos arrasados, almacenes incendiados, mujeres y niños robados para trabajo o tributo.

—Al menos en Sacramento tienen códigos, patrullas —dijo un joven alto, con cicatrices en la mejilla—. En Fresno, el año pasado, una facción tomada por fanáticos ahorcaba a cualquiera que no supiera recitar sus himnos.

Pamela enarcó una ceja.

—¿Aún quedan religiosos de esos que creen que el Apocalipsis los salvará?

—Sí, y también los otros: los que solo creen en ellos mismos y su fusil.

La conversación fue interrumpida por el sonido de un silbato: dos pitidos largos y uno corto, la señal de peligro inminente. El depósito se sumió en un caos silencioso: cada quien corrió a ocultarse entre cajas, algunos revisando sus machetes, otros recargando balas en revolveres viejos. Afuera, los rugidos de motores de motocicleta mezclados con voceos en español y en inglés: los saqueadores.

Pamela se agazapó junto a una familia de tres, apretando con fuerza la vieja pistola que había heredado de su hermano. “No dispares a menos que sea necesario”, le había dicho su madre. Ahora, solo quedaban fragmentos de esas lecciones, retazos de un mundo desaparecido.

Los disparos sonaron a lo lejos, seguidos por un zumbido familiar: el lanzallamas. Varios aseguraron las puertas con vigas y hierros retorcidos, mientras los niños eran arrastrados hacia una cámara interna, protegida por dobles enganches de hierro.

Entonces, el estruendo cesó tan rápido como había comenzado. Desde fuera, el ulular de cuernos de guerra: la señal de que la guardia había repelido el ataque, al menos por ahora. Del otro lado de la puerta, dos centinelas arrastraban a un hombre ensangrentado, con el uniforme rasgado y una rodilla quemada.

Pamela se atrevió a asomar la cabeza. A través de un ventanuco, vio los restos del combate: hombres yacían en el asfalto, heridos o muertos, y algunos saqueadores aún corrían, perseguidos por una patrulla montada a caballo.

Una brisa ligera trajo un olor antiguo, a tierra húmeda y sangre: el perfume tóxico de la supervivencia.

***

A la mañana siguiente, la ciudad amurallada parecía haberse despertado de una pesadilla. Pamela salió del refugio con el resto de los comerciantes y, tras negociar con los encargados del mercado, logró intercambiar media bolsa de arroz por una partida de munición artesanal: balas fabricadas en pequeños talleres, con pólvora que olía a azufre y ceniza.

Mientras tanto, una multitud se reunía en la plaza del ayuntamiento, una explanada cercada donde, según decían, usaban libros de derecho antiguos para arbitrar conflictos.

Una mujer de unos cuarenta años, de piel morena y mirada firme, subió a una caja y habló a la multitud:

—¡Debemos organizarnos mejor! ¡Por cada horda zombie que desaparece, surgen cinco grupos de saqueadores! Propongo que cada comerciante deje víveres de emergencia para los refugios, a cambio de protección extendida en ruta.

Varios refunfuñaron; algunos recordaban los viejos tiempos de la burocracia, pero la mayoría alzó la mano en señal de acuerdo.

Pamela entregó dos sacos de almendra y, a cambio, obtuvo un pase que le permitiría moverse por los caminos principales protegidos, de vuelta al sur.

En la esquina de la plaza, un anciano tocaba el banjo y una niña intentaba bailar. La mezcla era conmovedora, agridulce; aquel intento de normalidad insolente, de alegría hurtada al propio desastre.

Se acercó Tomás el Mapero.

—Dices que vas a volver a Stockton. Llevo semanas queriendo cruzar hasta Modesto, pero dicen que el puente sigue tomado por zombis. ¿Me llevas al menos hasta Oakdale? Puedo pagarte con mapas y, si eso no te sirve, con historias.

Pamela no necesitó pensarlo mucho. En este nuevo mundo, los favores valían más que el oro, y las historias eran la única herencia que ningún bandido podía robar del todo.

***

El viaje de regreso comenzó al amanecer. Había nubes bajas y corría un aire helado; ningún zombi a la vista, pero las señales de alerta estaban por todo el campo: cadáveres recientes, montículos de piedra indicando tumbas improvisadas, árboles con tiras rojas que marcaban zonas contaminadas.

Los campos del Valle Central se abrían a ambos lados, más verdes de lo que Pamela recordaba. Habían sido limpiados en los últimos años: las comunidades unidas habían despejado zonas de zombis, cultivando maíz, algodón, y algunos viñedos en miniatura protegidos por vallas eléctricas improvisadas.

Cabalgaban durante horas, atentos al crujir de la maleza, pero apenas vieron a dos zombis tambaleándose al borde del canal. No se acercaron; parecían ya reliquias, harapientas, apenas con energías para moverse.

En el camino, Tomás le fue contando del descubrimiento de viejos reservorios de semillas en las colinas, de pequeños talleres de pólvora en los márgenes del río Stanislaus, de un molino de viento reparado en Lodi para abastecer de energía a tres familias. Pamela compartió sus propias historias: de cómo, en Stockton, habían restaurado una imprenta y empezado a producir manuales de agricultura y hojas con los nombres de los muertos, para que nadie fuera olvidado.

Al llegar a Oakdale, bajo el sol naranja del crepúsculo, Tomás descendió del carro y sacó un mapa enrollado y aceitoso.

—Aquí tienes —dijo—. La ruta más segura hacia el este, bordeando el antiguo rancho Lee. No olvides las señales de humo: una columna al norte es bienvenida; dos cortas, peligro; tres, ayuda.

Pamela asintió, guardando el mapa junto a la pistola de su hermano.

Cuando partió hacia el sur, vio un grupo de niños jugando sobre un campo, lanzándose un balón hecho de telas viejas. En un poste de telégrafo, alguien había colgado una bandera tejida con retazos verdes y dorados: la señal de la Confederación, el signo de que aún había esperanza de que el mañana fuera algo más que una lucha sin fin.

Supo entonces, por primera vez en mucho tiempo, que no viajaba solo por mercancías o promesas, sino por la certeza de que, a pesar de todo, aún era posible sembrar algo bueno sobre las cenizas. Y así, con la espalda recta y el futuro incierto brillando en el horizonte, Pamela siguió su ruta bajo el frío amable del otoño californiano, jurando volver con más historias y algún día, quizá, nunca más tener que huir.

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