Fragmento:
He salido a patrullar el límite este, que da al antiguo Highway 12. El asfalto está cuarteado, las líneas amarillas apenas visibles. Es la ruta por la que más zombis nos atacaron en los dos primeros años. Ahora, sólo coyoteando a lo lejos, se aparecen de vez en vez. Al recorrer la senda encuentro un par de cuerpos resecos, casi harapos sobre huesos. Ver a los zombis tan consumidos, incapaces de levantarse, me da una extraña mezcla de triunfo y miedo: triunfo porque confirmamos que resisten menos con cada estación, miedo por recordar que basta un despiste, un ruido fuerte, y te puedes unir a ellos en segundos.
Duración: 11:33
12 de Noviembre de 2025
Querido diario,
Nunca pensé en escribir un diario. La costumbre la tomé de mamá, ella decía que cuando el mundo se volvía gris, las palabras son un faro. Hoy, mientras vigilo el portón norte de la fortificación “Sonoma Refuge”, me decido a comenzar. Llevo casi cinco años sobreviviendo a los muertos y los vivos y siento que mi cabeza puede estallar si no pongo tinta sobre papel.
El día nació con una niebla espesa cubriendo los restos del Valle de Sonoma. Viejos álamos y viñas retorcidas aún aparecen, pero cultivos nuevos ocupan las antiguas hileras de uva. Vino ya no existe, ni cosechadoras zumbando, solo pequeñas parcelas de maíz, cebada y las hortalizas que aún podemos proteger. Ya casi no hay zombis merodeando entre las viñas, pero nadie baja la guardia. Todos recordamos cómo eran antes. “No subestimen nunca a los rezagados”, gruñó Santiago, el jefe de guarda, antes del amanecer.
A las seis el silbato largo de la torre avisó el cambio de turno. Yo tengo la guardia con Ruth, la hija del antiguo terrateniente, y con Ezequiel —un chico que apenas sobrevive a punta de suerte, buen ojo y ese modo silencioso de andar que tienen los que han perdido demasiado. Mientras reviso el perímetro con ellos, me asombra -todavía después de tantos meses aquí- la tranquilidad de nuestras paredes de tablones, alambre y viejos tractores volcados. Uno creería que las tierras del vino serían un paraíso de fácil defensa, pero cada metro de cerca levanta recuerdos: carreras nocturnas en autos, tiendas gourmet repletas de turistas, los domingos en el mercado campesino… Ahora solo quedan algunos esqueletos de autos quemados y letreros con la pintura despintada por el sol feroz, la pintura roja chorreando “PELIGRO: INFESTACIÓN”.
Hoy cumple Maeve cinco años. Es una de las niñas nacidas tras la caída. No recuerda internet, ni iPads, ni Frozen. Ayer le confesé que, cuando era pequeño, el agua salía de la llave y se podía abrir la nevera a cualquier hora y encontrar leche fría. Me miró, fascinada. “¿Como magia?” preguntó. Dejé el tema. No hay lugar para cuentos de hadas, aunque a veces son lo único que sostiene el ánimo de todos.
He salido a patrullar el límite este, que da al antiguo Highway 12. El asfalto está cuarteado, las líneas amarillas apenas visibles. Es la ruta por la que más zombis nos atacaron en los dos primeros años. Ahora, sólo coyoteando a lo lejos, se aparecen de vez en vez. Al recorrer la senda encuentro un par de cuerpos resecos, casi harapos sobre huesos. Ver a los zombis tan consumidos, incapaces de levantarse, me da una extraña mezcla de triunfo y miedo: triunfo porque confirmamos que resisten menos con cada estación, miedo por recordar que basta un despiste, un ruido fuerte, y te puedes unir a ellos en segundos.
La vida en Sonoma Refuge gira en torno a la defensa y la producción. Somos cerca de trescientas personas, distribuidas entre seis “barrios” improvisados: Todos los nombres quedaron de los primeros meses —Paris Valley, Towne Center, Grange, The Ridge… barrios que fueron alguna vez zonas de bodegas, escuelas, centros de eventos— y que ahora son casas arregladas, contenedores de metal, tiendas de campaña, e incluso unos few buses escolares convertidos en dormitorios. El antiguo gimnasio es ahora la Casa Común, donde se reparten las raciones y se anuncian las advertencias del día. Al mediodía, mientras hacía fila para una sopa aguada (nabo, agua, un poco de arroz, algunas hojas verdes… sin carne, la mayoría del año), la voz raspada de la radio nos puso sobre alerta: “Alerta de movimiento inusual al sur del valle, cerca de Kenwood. Podría tratarse de saqueadores”.
Los saqueadores son una pesadilla tan real como los zombis. Nunca confío en ellos. Son grupos de gente quebrada, que no pudieron formar comunidad, o que eligieron el otro camino: la violencia y el robo. Algunos vienen de las ruinas de Santa Rosa, buscando provisiones. Hace unos meses, uno de estos grupos intentó asaltar la estación de bombeo. Perdimos a Jenny y a su hermano menor. Siempre que llega una alerta, siento hielo en la espalda y tomo mi machete. Sigo por la costumbre, aunque mi pulso se acelera con cada recuerdo.
La tarde transcurre sin sobresaltos, pero todos estamos tensos. Nunca faltan voluntarios para armar los sacos de defensa extra o limpiar armas. Las reparaciones no cesan nunca: encontrar un generador viejo, un nuevo filtro para el pozo, arreglar una puerta semi podrida. Nuestros recursos principales son el agua del arroyo, las cosechas modestas, la energía de un mini-molino eólico y unas líneas solares peleadas a los elementos. Por las noches, solo la Casa Común enciende una bombilla, porque cada vatio es oro líquido.
Hoy fui a ver a mi padre —vive en el sector más alejado, donde al abrir la ventana (una verdadera novedad) se puede ver el antiguo campo de golf. Antes trabajaba en la planta solar de Petaluma; ahora, es uno de los encargados de mantenimiento y el “reparador” oficial de radios. Ha logrado que al menos dos funcionen: una de onda corta, para comunicarnos con Glen Ellen y Healdsburg, y otra que solo sirve como receptor de señales cifradas. Siempre está buscando piezas nuevas. En su vivienda, entre vástagos de cebollas y frascos con semillas secas, todavía guarda un portar-retratos de mamá y de mi hermano. Nos los arrebataron los primeros meses del desastre, cuando intentábamos cruzar el Golden Gate. De eso no se habla. Está prohibido llorar por los caídos delante de los niños.
Mantenemos un pacto de silencio –lo llaman “el Acuerdo de Fortalezas”– entre las comunidades rurales del Valle de Napa, parte de la costa y algunos asentamientos hacia el norte, cerca de Mendocino. Anoche llegaron noticias por la radio codificada: una caravana fue emboscada por saqueadores en la subida al Mount St. Helena. Una docena de muertos, dos desaparecidos, gasolina y medicinas robadas. Ruth lloró en silencio. Tenían amigos en esa caravana.
Me preguntan a menudo cómo me las arreglo para dormir después de tanto horror. La respuesta es simple: uno se acostumbra. El miedo es parte del día. El cuerpo se adapta, la mente nunca. Cada noche cierro los ojos sabiendo que el muro podría romperse, que los disparos pueden resonar en cualquier momento. Cualquier sonido inusual es una alarma. Sólo las noches frías traen algo de paz: los zombis no aguantarán mucho frío, son más lentos y vulnerables. Siempre estamos atentos al cambio de estaciones, al pronóstico de las primeras heladas.
Hoy fue un día de vigilancia especial: reunimos a todos los adolescentes y niños para una sesión en la Casa Común sobre señales y protocolos de emergencia. Yo tengo 20 años, pero para los menores soy ya un “antiguo”. Les enseñamos las señales de humo, los toques de campana y los patrones de banderas codificadas que usamos entre refugios: negro para saqueadores, rojo para zombis, azul para ayuda médica. Los niños asimilan rápido; la mayoría ya es mejor disparando arcos y ballestas que cocinando. Algunos nunca han visto un celular. Cuando Ruth les mostró uno viejo sin batería, lo tocaron con reverencia, como si tocaban un relicario del pasado.
Por la tarde, se presentó ante la asamblea de líderes Don Cormac, uno de los nuevos jefes del refugio de Point Reyes. Habían traído harina y sal a cambio de semillas de frijol y acceso al pozo. Las caravanas, hoy en día, son eventos monumentales y peligrosos. Los viajeros cruzan rutas antes bajo control de las hordas zombie; ahora que las ciudades están desiertas, las únicas amenazas son los grupos humanos y los rezagos de infectados. En ocasiones, durante las noches tranquilas, se pueden ver las luces de sus linternas, brincando distantes entre los árboles —como luciérnagas protegiendo secretos. Empecé a escribir sobre esto porque esa visión me recuerda que aún hay humanidad.
Hoy, tras la asamblea, acordamos enviar dos vigías extra al sector sur, por las noticias de saqueadores. Ruth y yo revisamos trampas y reorganizamos las barricadas. Mientras cruzo el antiguo viñedo de St. Francis, escucho los grillos y el sonido de mi respiración. El ocaso pinta los montes de tonos granate y naranja, pero yo sólo pienso en lo mucho que necesitaremos la oscuridad para protegernos si los forasteros intentan acercarse.
La vida, aún con su ruina, muestra destellos de comunidad. Hace unas semanas logramos montar un pequeño molino hidráulico en el arroyo. Gracias a ello podemos cargar una radio, un walkie y una rudimentaria lámpara en la Casa Común. Hay celebraciones cuando llegan objetos insospechados: un libro de medicina, una bobina de hilo, una batería recargable. La comida sigue siendo escasa, pero la tierra es fértil y, con suerte, el próximo año habrá lo suficiente para todos.
Mi rincón favorito en el refugio es una vieja caseta de bomberos. Allí, entre fotos sepia, mantengo ocultas unas páginas arrancadas de libros, notas y mapas. He ido armando, con recortes y lo que recuerdo de la vieja California, una lista de lugares que podrían ser útiles: una represa abandonada, una antigua sala de servidores, un almacén de herramientas. Es mi tesoro secreto, una promesa de que un día, quizás, nos expandiremos más allá del muro y recuperaremos algo del viejo mundo. No es esperanza tonta, es rabia canalizada en proyectos.
Esta noche, nos toca reunión de vigías. Santiago (el jefe de guarda) nos recuerda la necesidad de estar listos. Han reforzado los códigos, entrenan a los niños mayores en el uso de armas caseras, y preparan rutas de escape en caso de asedio. Esas conversaciones me hacen pensar si alguna vez podremos vivir sin miedo. Pero los niños corren y juegan, persiguen luciérnagas mientras los adultos, entre susurros, planean estrategias de defensa y trueque. Respirar, amar, confiar, todo se ha vuelto una estrategia. Antes, lo hacíamos sin pensar. Ahora, cada emoción cuesta.
Con la luna asomando tras las montañas, reviso mis notas y espero la señal de relevo. Escribir me ha devuelto un aire de cordura. Quizás, si alguien encuentra estos papeles en el futuro, entenderá por qué seguimos luchando. No lo hacemos solo por nosotros. Lo hacemos por los que vienen y por los que quedaron atrás.
Termino esta primera entrada con el sonido de disparos lejanos, un eco tenue, amortiguado por la niebla y la distancia. No sé si fueron para ahuyentar una horda, una bestia hambrienta o una patrulla de saqueadores. Ruth entra y me pide que apague la linterna. Las sombras bailan en la pared, y por un instante imagino cómo sería ver el sol nacer sin miedo. Ojalá, algún día, volvamos a reír despreocupados entre las viñas. Hasta entonces, seguiré escribiendo, aunque sea solo para recordarme —y recordarnos— que aún somos humanos.
Álvaro, guardián del portón norte,
Sonoma Refuge, California
12 de noviembre de 2025
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