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Fragmento:


—No es mi elección —respondo—. Los viales son para la chica de Watson.

Duración: 11:05

El Reino del Silicio
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Texto de ajuste de pausa.

7 de mayo de 2024

El humo avanzaba sobre el Valle como una sombra densa, serpenteando lento entre los campos de fresa y almendros, cubriendo los tejados de chalets arruinados y las ruinas chamuscadas del complejo Googleplex, ahora seco y silencioso como los huesos de una gran bestia. El sol no era más que una luciérnaga pálida entre nubes de polvo y cenizas, y la brisa arrastraba un olor agrio que era, a la vez, familiar y ajeno: carne putrefacta, plástico quemado, pólvora gastada, y el eco de una enfermedad que ya nadie intentaba nombrar.

Mi nombre es Elia Rivas y nadie sabe mi edad exacta, ni importa; los nacidos antes del Ruido ya somos espectros de un mundo que sólo existe en los cuentos de los niños asustados. Nací en Fresno, pero ahora decir “California” es casi tan impreciso como decir “América”. Hoy sólo hay valles cercados, rutas patrulladas por hombres con armas desiguales, y ciudades-fortaleza cuyos nombres se pronuncian con superstición. Hoy avanzo entre campos devastados, negándome a olvidar quién fui.

Iban tres días desde que había salido del refugio cerca de Lodi, uno de esos bunkers agrícolas improvisados, donde la gente aún intentaba criar pollos y sobrevivir sin pensar demasiado en lo que hacían al anochecer afuera. Me pusieron una misión simple: llevar dos viales de antiviral hasta la colonia Watson, cerca del antiguo Silicon Valley. No eran antivirales como los de antes, ni vacunas, ni cura: eran exóticas mezclas de interferón, extractos antivirales de tabaco genéticamente modificado y nanotubos en suspensión, extraídos y purificados con métodos casi mágicos a partir de las pocas farmacias supervivientes en Davis y residuos de laboratorios clandestinos.

A nadie le importaba ya la “plaga zombie” por sí misma. Lo que mataba, en el fondo, era la segunda ola de virus, las infecciones colaterales y las bacterias multirresistentes que aprovechaban cada mordida, cada herida. Y esos viales tenían un valor que excedía el oro, la munición, incluso los últimos gramos de droga dura trocados entre sobrevivientes: el antiviral podía comprar días de vida, a veces semanas, y si la fiebre bajaba en las primeras horas podía convertir a un moribundo en alguien útil. O, al menos, en alguien que no se convirtiera demasiado rápido.

Hay leyes aquí, incluso ahora. Leyes de trueque y sangre. La principal: quien porta medicina no puede ser tocado hasta entregar su carga. Por eso, mientras camino por la Ruta 99, el cuello rígido por la tensión y la carabina al pecho, veo a tres criaturas salir de entre los almendros: no humanas —no del todo—, vestidos andrajosos, ojos secos y piel pegada a los huesos. Caminan arrastrando los pies, pero en sus miradas vacías aún persiste un brillo de hambre feroz. Un toque de humanidad retorcida.

No disparo. La pólvora —ese milagro casero— es demasiado preciosa. Corro, pues la velocidad es todo, y sólo un zombi joven puede superarte corriendo. Éstos son viejos, los de la segunda y tercera generación, hinchados pero lentos. Caen unos segundos detrás de mis pasos. Corre, respira, no mires atrás. Así es siempre en la California de 2024.

El antiviral pesa en mi mochila como si llevara el corazón de un dios muerto.

Llegar a Watson no implica simplemente sobrevivir la caminata. Primero es cruzar las tierras infestadas de saqueadores: ranchos ocupados por bandas nómadas apodadas “Coyotes Grises”, grupos que apenas saben leer pero reconocen el sello azul-verde de los viales. Los Coyotes matan por medicina, pero respetan el ritual. Si te encuentran portando el antiviral, te rodean y esperan; si lo entregas según el código, te escoltan hasta la cerca y aceptan lo que sobre del trueque: una tableta solar, una radio, un buen cuchillo.

Cuando anochece, me junto a un grupo de ellos para proteger el paso. Entre todos, sólo yo y un viejo llamado Basir sabemos para qué sirve la medicina. Él fue enfermero antes y habla de metódicos procedimientos quirúrgicos, aunque a nadie le interesan ya. Esa noche, su hijo, Amir, un muchacho de unos dieciséis años, me mira con los ojos rojos de desvelo y dice, apretando los labios: —¿Por qué los traes a la ciudad?

—No es mi elección —respondo—. Los viales son para la chica de Watson.

Su padre responde por él: “No podemos curarlos. Sólo retrasar lo inevitable”.

Eso es cierto. Vi demasiados casos en Fresno: la fiebre baja, la agresividad remite un día, después regresan los temblores y, tarde o temprano, el muerto regresa a la puerta.

Dormimos en una estación de servicio convertida en refugio. No hay fuegos: no por miedo a los zombis, que buscan ruido, sino por miedo a otros humanos. Las noches aquí aún huelen a tierra mojada, y el viento susurra nombres y fechas perdidas. A veces, juro que oigo la música de cuando las radios aún transmitían.

Al amanecer, Basir y los Coyotes se despiden. “Buena suerte, portadora”. Sigo sola entre las ruinas del valle, bajo el sol pálido.

A medio trayecto hacia Watson, me encuentro con la primera señal de un laboratorio militar: un dron, de los viejos modelos camuflados, colapsado en medio de un campo de maíz quemado. En él, el logo desvaído de DARPA aún es visible entre la suciedad. Recojo lo que puedo; un microchip, una pequeña batería de iones de litio, insignificante, pero todo es útil aquí. Casi puedo oír voces fantasmas llamando a través de la estática.

La ciudad de Watson está rodeada de una empalizada de chatarra y madera. En las afueras pastan caballos flacos y los carromatos de las caravanas comerciales descansan después de su viaje de cien millas. Los vigilantes abren paso. Todo aquí huele a sudor, a esfuerzo humano, a miedo canalizado en rutina diaria.

Me reciben con la fórmula: armas abajo, manos arriba. Verifican el antiviral: dos viales, intactos. Sus líderes me conducen cerca del núcleo, donde el centro comunitario es mitad clínica, mitad iglesia. Allí yace la destinataria de los viales: Nina, una niña de seis años, con ojos enormes y expresión ausente. Han atado sus manos y pies, aunque no muestra agresividad.

La madre, Lina, es una figura desgastada, mirada salvaje. Me abraza, me suplica entre sollozos: “¿funcionará?”

Le respondo con la verdad que nadie quiere escuchar: “Le dará unos días. Quizá una semana. Si tiene suerte”.

El médico improvisado de la colonia, Jamie, me pide que lo ayude. Él es quien administra la inyección, siguiendo el ritual de bata estéril y máscara, aunque sabemos que la mayoría de las bacterias ya son inmunes a los cuidados que conocemos.

Uno de los ancianos de Watson, el autoproclamado “alcalde” Murdoch, toma mi brazo antes de irme: —¿Has visto caravanas militares por el sur?

No sé si debo mentir. “Vi lo que parece ser un dron derribado cerca de Atwater. Quizá aún están por aquí”.

Murmullos corren entre los supervivientes. Hay rumores de laboratorios secretos en las sierras, de científicos trabajando para revertir la plaga, de vacunas en jeringuillas de oro. Algunos creen que existe una cura, custodiada por generales locos o sectas de Silicon Valley convertidas en fortaleza.

Esa noche me invitan a cenar. Una fiesta de hospitalidad miserable: sopa de lentejas, pan duro, cerveza aguada. En una esquina, niños juegan a “infectar” a sus compañeros, simulando torpes ataques de zombis con risas ahogadas en miedo verdadero. El médico Jamie toma del brazo a la madre de Nina. Le habla bajo, casi con ternura, y veo en sus ojos la resignación de quien ha visto cientos de casos derrumbarse igual frente a él.

Duermo en un camastro junto a las ventanas, rifle en el regazo. La paranoia es la ley. Recuerdo a mi familia, seguramente muerta o desperdigada entre las ruinas de Sacramento. Antes de dormir, apunto en mi libreta: “Hoy, la medicina es símbolo. Más poderosa que la pólvora. Pero igual de efímera”.

Al amanecer, la fiebre de Nina ha bajado. Lina llora. Jamie sonríe con cansancio, manos temblorosas. Pero todos sabemos la verdad del antiviral: es una tregua, nunca una victoria.

Me preparo para irme. El código dicta que reciba pago: cinco raciones de comida, media garrafa de combustible, un paquete de semillas y quince cápsulas de munición reciclada. Todo cambia de dueño bajo las nuevas leyes del Valle.

Cuando cruzo la empalizada, una caravana de comerciantes de Ventura prepara salida hacia el este. Los rumores crecen: en las montañas del norte han capturado científicos; en Stockton una comunidad cultiva hongos antibióticos a partir de laboratorios de vieja universidad. Alguien dice que la red de Watson recibió una transmisión radial en clave, una promesa de más antiviral “purificado”, procedente de un laboratorio oculto bajo las ruinas de Cupertino.

Todo es cuento y nadie quiere creerlo. Pero yo ya he visto suficiente para saber que en California, cada rumor, cada leyenda, carga un atisbo de verdad recubierto de locura.

Camino hacia el sur, atravesando campos que renacen a cada primavera, pese a los muertos y a la guerra constante. El humo aún ondula sobre el horizonte, pero en el aire hay una determinación tozuda: vivir un día más, aunque todo apeste a derrota. Mientras ajusto la mochila en mi espalda y espío, cada tanto, el contenido de los viales restantes —hojas verdes de tabaco mutante, polvo de interferón, antiviral que quizás, con suerte y fe, compre una semana de esperanza—, recuerdo la última mirada de Nina: ni humana, ni bestia; simplemente viva, por unas horas más.

Aquí, la vida es un pacto diario con la muerte y la ciencia es brujería para quienes no han olvidado el tiempo de los avances, los cohetes, las pantallas de luz y las vacunas genuinas. Pero aún así, alguien tiene que cruzar los campos y las ciudades rezumantes de podredumbre para portar la esperanza precaria del antiviral, y si no es por humanidad, es por el pacto feroz de no dejarse convertir del todo en bestia o en zombi.

En los polvorientos caminos de California, yo soy una portadora. Quizá la última que aún cree en la medicina, aún más que en el cañón de la carabina. Aferrada a mi propia sombra, avanzo, porque todavía hay un futuro por el que intercambiar lo poco que queda de los milagros antiguos.

Y así, en el corazón infectado del Valle, la guerra por sobrevivir se libra igual que siempre: con sangre, sudor, y un puñado de esperanza en un frasco.

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