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Portada del relato El Invierno de los Olvidados
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Fragmento:


El interior era una mezcolanza de suelo helado, sacos de fertilizante rotos y un puñado de latas vencidas. Mara buscó lo que les interesaba realmente: bolsas de semillas. El hambre era una condena para todos, pero la esperanza residía en el próximo ciclo de cultivo. Su abuelo había sobrevivido a la guerra civil en Guatemala sembrando en clandestinidad, y ahí estaba su herencia. Buscó entre el polvo hasta que encontró lo que buscaba: semillas de acelga, calabaza y repollo, aún viables si se conservaban secas. También halló unos sobres hinchados y viejos marcados como “maíz dulce híbrido”.

Duración: 11:14

El Invierno de los Olvidados
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Texto de ajuste de pausa.

19 de diciembre de 2020

El viento gélido descendía desde las colinas quemadas del norte hacia la Bahía de San Francisco. Era un invierno cruel, más frío de lo habitual, y ni los que llevaban años en California recordaban haber visto tantas noches heladas desde la sequía de los setenta. Debajo de la línea del BART, casi a la altura donde alguna vez respiró el bullicioso centro de Oakland, un pequeño grupo de sobrevivientes encendía una fogata en el interior de un obsoleto refugio de transeúntes—aquel que un tiempo fue parque para bicicletas, convertido ahora en bastión improvisado.

Para Mara, que hasta hace apenas siete meses era estudiante de posgrado en ingeniería ambiental en Berkeley, cada día era un recordatorio de cuán rápido se desmoronan las estructuras de la civilización cuando el miedo supera a la esperanza. El grupo compuesto por tres familias, dos veteranos del ejército y una anciana bibliotecaria hispana, Rosario, era una comunidad surgida por azar y necesidad. No tenían más en común que la geografía, el hambre y la decisión de seguir vivos.

El invierno había hecho lo que las balas y dientes nunca pudieron. Las noches gélidas doblegaban la voluntad de los infectados, reduciendo sus movimientos hasta convertirlos en sombras torpes y lentas. Pero los cadáveres seguían allí, amontonándose en los cruces y plazas. Había que cruzar las calles sorteando montículos humanos, algunos aún con un temblor detrás de los ojos opacos, otros sin más amenaza que la peste que exudaban bajo la escarcha.

La mañana había sido dedicada a buscar alimentos. El grupo rotaba en turnos de expediciones cortas, evitando las ciudades densas como San Francisco y San José, convertidas en mausoleos flotantes de muerte y silencio. El objetivo de ese día era una pequeña tienda agrícola en las afueras de Castro Valley, un viaje arriesgado por la distancia y los caminos intransitables. Mara había insistido en ir; su conocimiento de plantas y su perseverancia la volvieron indispensable. La acompañaba Jules, un exinfante de marina que arrastraba una herida en la pierna derecha desde los primeros saqueos. Entre los dos llevaban una vieja escopeta y un hacha de leñador; las balas escaseaban tanto como la insulina para la madre de uno de los niños.

El trayecto era una sucesión de horizontes rotos: casas saqueadas, coches apilados en autopistas vacías, campos donde los brotes de lechuga y tomate se congelaron a la mitad de la temporada. Por radio de corto alcance, Mara y Jules recibieron informes de Rosario. La anciana solo emitía dos veces al día, lo justo para ahorrar baterías y evitar reservar el canal demasiado tiempo. Desde la colina, Mara divisó la tienda agrícola. Había señales de movimiento; tal vez era una familia buscando lo mismo que ellos, o quizás una pareja de vagabundos desesperados.

“Mara, tenemos poco tiempo”, murmuró Jules observando los restos escalofriantes de la neblina matutina arremolinarse entre la vegetación helada.

“Lo sé. Si hay otros, intentemos negociar antes de disparar,” respondió ella. Los gritos atraían a los muertos, y la pólvora era un lujo que pocos podían derrochar.

Cuando llegaron finalmente a la tienda, encontraron sólo soledad. Las ventanas estaban hechas añicos, pero nada se movía adentro. Mara se acercó, el hacha levantada y la linterna enfundada en la mochila. Jules aseguraba la retaguardia, apuntando al lejano movimiento de una figura confundida, probablemente un infectado errante, a unos cien metros sobre la carretera.

El interior era una mezcolanza de suelo helado, sacos de fertilizante rotos y un puñado de latas vencidas. Mara buscó lo que les interesaba realmente: bolsas de semillas. El hambre era una condena para todos, pero la esperanza residía en el próximo ciclo de cultivo. Su abuelo había sobrevivido a la guerra civil en Guatemala sembrando en clandestinidad, y ahí estaba su herencia. Buscó entre el polvo hasta que encontró lo que buscaba: semillas de acelga, calabaza y repollo, aún viables si se conservaban secas. También halló unos sobres hinchados y viejos marcados como “maíz dulce híbrido”.

“Creo que esto servirá hasta la próxima primavera,” dijo Mara con una mueca de incredulidad. La posibilidad de pensar en el futuro era una extravagancia ante el invierno, pero no tenía intenciones de rendirse.

Al regreso, esquivaron dos infectados arrastrando pies sobre la acera. Jules no disparó. Bastó con alejarse en silencio, refugiados tras los arbustos cubiertos de escarcha. El plan era llegar al refugio antes del anochecer, cuando el aire se volvía tan helado que hasta los muertos charlaban en huesos.

De vuelta, la humeante fragua de la fogata era más que bienvenida. Los niños, tapados con mantas de lana que robaron del Museo de Oakland, escuchaban embelesados historias absurdas elaboradas por Rosario—cuentos de dragones y pollos que ponían huevos de oro en tiempos de crisis. Mara entregó el botín: bolsas de semillas, un kit de enlatados ya oxidados y medio bidón de parafina. Hicieron inventario de inmediato. Cualquier error en esas cuentas podía costarle la vida a alguien la semana siguiente.

Esa noche, cenaron una sopa aguada de frijoles y zanahorias. Rosario bendijo el alimento, como hacía siempre, agradeciendo “a todos los que vinieron antes de nosotros, aunque ya no estén”. La temperatura seguía bajando. Las paredes vibraban con el ulular del viento y el golpeteo de los dedos de los muertos a lo lejos, en las calles paralelas, buscando instintivamente calor, carne o simplemente movimiento.

En la madrugada, Mara estaba de guardia. Miraba los distantes restos de la bahía, recordando los ferris y los puentes atascados del “antes”. Había nacido en Monterrey pero llevaba una década en California; aquel lugar la había adoptado y ahora se sentía responsable por mantener vivo ese último retazo de su mundo. El frío era intenso, y se preguntó cuánto tardaría el invierno en llevárselos a todos; no a manos de los zombis, sino de la escasez, la tristeza y el agotamiento.

La radio chisporroteó. No era una transmisión de Rosario, sino una voz inesperada, quebrada, que balbuceaba en inglés y español. “¿Is anybody alive? ¿Alguien escucha? Red Hill market, survivors trapped inside, need help—por favor, hay niños enfermos. Estamos rodeados, tenemos comida para compartir. Radio—if you hear this, north—”

El mensaje se repetía fragmentado. Jules se acercó con rostro adusto. Todas las veces que alguien pidió ayuda terminaron mal: emboscadas, zombis merodeando, bandidos cazando carne fresca. Pero esa era la vida ahora, una moneda lanzada al aire en cada elección.

“A los niños les queda comida para tres días”, susurró Rosario después de escuchar la transmisión. Mara conocía ese cálculo de memoria. Los rostros implorantes a su alrededor no permitirían ignorar el mensaje, aunque la prudencia lo dictara. Decidieron enviar una delegación al amanecer siguiente.

Antes de partir, Mara se preparó mentalmente. La travesía hasta Red Hill Market suponía cruzar por lo menos seis kilómetros de calles abiertas—zonas sin cobertura, sin rutas de escape garantizadas. Tomó un jersey azul que había apartado de los escombros de una tienda universitaria, un recuerdo de su otra vida. A Jules se le marcaban los músculos tensos por el dolor de la pierna, pero iría de todos modos.

El aire cortaba la piel cuando salieron. Las calles parecían congeladas en el tiempo: una gasolinera cubierta de graffitis, escuelas cuyas pizarras aún tenían problemáticas de álgebra y anuncios de ferias canceladas. Casi no había zombis esa mañana, tal vez hibernando en los recovecos más cálidos de la podredumbre urbana.

Llegaron a Red Hill Market contra todo pronóstico vivos. La escena era dantesca. Cuerpos amontonados junto a la entrada, señales de disparos y un automóvil calcinado bloqueando el acceso lateral. Un trapo rojo asomaba por entre los ventanales, y alguien gritó en el interior al divisar a los forasteros.

“¡Venimos en paz! Traemos comida y medicinas,” gritó Mara, enseñando las manos desnudas.

Una niña pequeña abrió la puerta con los ojos hinchados de insomnio. Detrás, una madre exhausta al borde del colapso y un hombre herido en el brazo, seguramente inexperto en tiroteos. Habían resistido a una invasión de saqueadores hacía tres días. El hombre, llamado Rafael, explicó la situación mientras Mara le vendaba la herida: “Aguantamos gracias a la nevera y a latas saqueadas de una tienda de conveniencia pero… no tenemos fuerzas, ni energía para protegernos si vuelven.”

Jules patrulló el perímetro. Encontró cinco zombis congelados tirados en la acera, no representaban amenaza inmediata. Era una tregua facilitada por el frío, y debían aprovecharla. Mara negoció: compartirían las provisiones a cambio de refugio por una semana. Como ingeniera, podía ayudarlos a purificar agua de la lluvia y enseñarles a construir un pequeño invernadero improvisado con plásticos y botellas cortadas.

“El invierno da tregua,” les explicó. “En la primavera, los muertos vuelven a caminar más rápido. Para entonces, debemos haber cultivado, aprendido y armado defensas.”

La primera noche fue la más difícil. El temor a una traición era palpable tanto como el crujir lejano de las tablas heladas. Pero la humanidad sobrevive donde reina la compasión. Rosario y los niños, desde el antiguo refugio, contactaron por radio: “Os esperamos, y rezamos que regresen. Aquí hay lugar para más si logran traerlos.”

A la mañana siguiente, la supervivencia cobró forma de comunidad. Semillas fueron plantadas en macetas rotas expuestas al débil sol californiano. Rafael y Jules construyeron barricadas con estanterías y neumáticos, mientras las mujeres improvisaban un aula donde una niña enseñaba a otra los rudimentos de la escritura. Compartieron historias y risas tensas. El miedo persistía—al hambre, al frío, a la traición—pero también surgía una valentía teñida de cotidianidad. Juntos, tendrían una oportunidad.

En el crepúsculo, Mara salió al techo, contemplando la bahía. Un resplandor anaranjado iluminaba el horizonte: tal vez otro incendio en la ciudad, o una fogata demasiado grande. Recordó las palabras de su abuelo: “Donde hay vida, hay resistencia. Incluso la semilla más pequeña, bajo la escarcha, es capaz de romper el invierno.”

En la radio, una voz lejana declaró en inglés: “Red Hill, recibimos su mensaje. No están solos. Pronto, una caravana partirá rumbo a Castro Valley. Manténganse en contacto.”

Por primera vez en meses, Mara se permitió soñar con el futuro. Los muertos poblaban las autopistas, las estrellas seguían fijas en el cielo inmutable, pero el invierno cedía, poco a poco, frente a la naciente comunidad que se atrevía a plantar esperanza entre las ruinas congeladas de California.

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