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Portada del relato El Asedio de la Colina Dorada
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Fragmento:


Algunos dicen que nuestro refugio, la Colina Dorada –Golden Hill, lo llamábamos antes, como el barrio de Oakland, pero nosotros estamos a ochenta kilómetros más adentro, en las estribaciones de la Sierra Nevada– era fortaleza y cárcel al mismo tiempo. La ciudad abajo, antes conocida como Sacramento, desde hace años es sólo un murmullo en la niebla, un lugar prohibido lleno de huesos y cosas peores. Gente vieja solía bromear diciendo que la capital era indestructible por sus oficinas gubernamentales y su viejo capitolio blanco. Ahora, sólo quedan las ratas y las hordas.

Duración: 12:38

El Asedio de la Colina Dorada
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Texto de ajuste de pausa.

12 de enero de 2025

No me acuerdo de la última vez que dormí ocho horas seguidas. Aquí, en las colinas que alguna vez miraron la bahía de San Francisco, en un mundo donde las noches son demasiado silenciosas y el sonido más leve hace saltar corazones, los sueños se convirtieron en recuerdos difusos. Me llamo Dylan, y si estás leyendo estas hojas amarillentas –quién sabe cuándo, quién sabe cómo– es porque la humanidad sigue aferrándose al hilo que nos separa del olvido. Este es mi testimonio del invierno de 2025, en tierras altas de California, cuando incluso la neblina matinal olía a supervivencia.

Algunos dicen que nuestro refugio, la Colina Dorada –Golden Hill, lo llamábamos antes, como el barrio de Oakland, pero nosotros estamos a ochenta kilómetros más adentro, en las estribaciones de la Sierra Nevada– era fortaleza y cárcel al mismo tiempo. La ciudad abajo, antes conocida como Sacramento, desde hace años es sólo un murmullo en la niebla, un lugar prohibido lleno de huesos y cosas peores. Gente vieja solía bromear diciendo que la capital era indestructible por sus oficinas gubernamentales y su viejo capitolio blanco. Ahora, sólo quedan las ratas y las hordas.

La Colina Dorada empezó con treinta y seis personas: tres familias evangélicas, dos grupos de estudiantes de la Universidad de Davis y un puñado de solitarios –como yo–, rebotados de los campamentos costeros donde la competencia y el hambre nos expulsaron hacia el interior. Todos recordamos todavía, con incredulidad, lo mucho que duramos vivos en Berkeley y Oakland, cuando los primeros brotes arrasaron hospitales y barrios y nos convencimos, a fuerza de cadáveres errantes, de que nada sería igual nunca más.

En enero de 2025, ya teníamos reglas. Las noches estaban reservadas a los centinelas, seis en total, armados con rifles de caza, arcos compuestos y, en el mejor de los casos, esas lanzas caseras fabricadas con rejas de ventanas. Vigilábamos desde una garita hecha a partir de la estructura de un viejo autobús escolar. Habíamos despejado la colina entera: doble empalizada de maderas robadas a las casas de los suburbios, alambradas, trampas con clavos y un acceso único, bajo un cobertizo, donde sólo se podía entrar por turnos.

Mi tarea, desde el último solsticio, era cuidar los invernaderos: tres grandes lonas y plástico rescatados de viveros y centros de jardinería, ahora pintados de gris, para evitar brillos que delaten nuestra presencia a saqueadores o infectados. Sembrábamos papas, zanahorias, lechuga, y un poco de trigo. La cosecha a veces alcanzaba, a veces no. Por las tardes, hombres, mujeres y niños recogían leña, afilaban herramientas y, sobre todo, rezaban. Yo no rezaba, pero escuchaba. Las oraciones, más que dioses, invocaban el pasado.

Las hordas ya no son lo que fueron, decían los ancianos, pero, en los valles, cuando sopla el viento al atardecer, todavía se escucha el ulular de miles. O al menos eso creemos. Los zombis se hacinaban en las urbes y en los cañaverales junto al río Sacramento, hambrientos, deteriorados por el tiempo, pero aún capaces de destrozar una cerca si la horda era suficientemente grande.

Aquel invierno, el frío fue aliado y enemigo. Aliado, porque el clima ralentiza a los muertos, que se atascan en el barro y en las heladas. Enemigo, porque niños y ancianos tosen sin parar y la despensa se vacía con rapidez alarmante. Las semanas después del Año Nuevo trajeron la primera nevada en la colina en cuatro años. Era una celebración y una amenaza: durante días, no hubo movimiento allá abajo, ni vivo ni muerto. Aprovechamos para reforzar la empalizada, excavar zanjas, recolectar agua de deshielo.

Pero ese invierno fue distinto por otra razón. Llegaron extraños.

Al principio, los vimos a lo lejos: cuatro siluetas en la niebla, cargando mochilas y una carretilla de supermercado oxidada. Eran la excepción, no la regla. Desde hace meses, la gente aprendió a moverse de noche o en grupos grandes, si buscaba sobrevivir. Los llamábamos los caminantes diurnos y eran, casi siempre, desesperados o locos. Algunos entre nosotros decían que era mejor disparar primero y preguntar después. Pero en la asamblea del atardecer, la decisión fue otra: si no traían hordas detrás, los dejaríamos acercarse.

Los forasteros resultaron ser sobrevivientes de la ribera del Mokelumne; dos adultos y dos niños famélicos y asustados. Dicen que su refugio fue cercado por una horda, y cuando sus perros escaparon y mordieron a los infectados, todo terminó en una carnicería. Caminaban desde Lodi, tres días esquivando muertos y saqueadores. Estaban desarmados salvo por un cuchillo de cocina y una pistola herrumbrosa sin balas.

Aquí vino lo difícil: admitirlos. Las reglas eran claras: cualquier nuevo ingreso debía pasar cuarentena. Buscamos heridas frescas, fiebre, los ojos enrojecidos, y los mantuvimos en una cabaña apartada al menos una semana. Katie, nuestra enfermera (antes lo fue en Kaiser Permanente en Roseville), los vigilaba. No halló síntomas peligrosos. El tercero de los forasteros, una niña de siete años, tenía los dedos de los pies con heridas infectadas y tosía sangre. No sobrevivió. La enterramos en el pequeño cementerio que habíamos improvisado junto a los restos de un roble centenario.

Todos sentimos cada pérdida. Cada muerte es un eslabón menos en esa cadena humana de la esperanza, pero enterrarla nos dio la excusa de reunirnos, prender un fuego y recordar. Entre las llamas, otro miembro de los forasteros, una joven de unos veinte años llamada Iris, ofreció un trato: aún tenían escondidas algunas semillas de trigo resistente, conseguida de un agricultor cerca de Stockton cuando la plaga recién empezaba. Si los aceptábamos, podían ayudarnos a ampliar las siembras. La asamblea votó al día siguiente: nos quedábamos con las semillas, con Iris y con su padre, Ben. Era eso o dejarse morir de hambre, y en 2025, ya habíamos abrazado el pragmatismo.

En la colina, la rutina era ley y el orden, necesidad. Cada uno tenía tareas asignadas. Yo, además de cuidar los invernaderos, debía patrullar un tramo de la antigua carretera rural. A veces, hallaba señales frescas: cerillas quemadas, colillas, rastros de carretillas de saqueadores. En la última semana de enero, encontramos marcas de pintura roja en las piedras: flechas, mensajes en clave, probablemente otros grupos de sobrevivientes. Decidimos que era buen momento de cambiar nuestras rutas y quizás rutas de acceso.

En esa época, las noticias viajaban por viejas radios de baja frecuencia. Dos veces por semana, lográbamos captar la señal de la estación militar ubicada, se rumoreaba, en Chico. Eran transmisiones cortas, listas de coordenadas y advertencias: “Actividad zombi en Vallejo, rutas bloqueadas en la 80, movimiento de saqueadores en el delta del Sacramento.” Eso era todo. Pero escuchar voces, aunque fueran robotizadas, era suficiente para recordarnos que el mundo, fuera de la colina, aún existía.

La amenaza humana era tan constante como la de los zombis. En una de las noches álgidas de frío, una patrulla divisó fogatas en la ladera opuesta. Vimos sombras moverse entre los restos de un viejo viñedo. Saqueadores. Intentaron acercarse a una de nuestras trampas: un pozo cubierto de ramas. Los centinelas dispararon al aire; fue suficiente para ahuyentarlos… por esa noche. Al día siguiente, hallamos una advertencia en la linde del bosque: una cabeza de ciervo ensangrentada, clavada en una estaca. Era el código universal del “aléjate o muere”.

El consejo de la asamblea decidió entonces que debíamos enviar un mensaje, demostrar fortaleza. Elegimos a cuatro de los nuestros, armados y con el rostro cubierto, y avanzaron hasta el viñedo. Quemaron las tiendas vacías de los saqueadores y dejaron su propio mensaje: una bandera blanca manchada de hollín, una señal de advertencia. Así era la paz en 2025; un acuerdo tácito de terror.

Era en estos interludios de violencia y diplomacia forzada donde más duro pesaba la nostalgia. En la colina, los más viejos contaban a los niños historias de cuando California era tierra de ricos y pobres, de avenidas llenas de automóviles eléctricos, de cosechas abundantes en el Valle Central. Yo recordaba mi casa en Fremont, los largos paseos por Mission Peak, el sol dorado colándose entre secoyas. Eso parecía otro planeta. Ahora, el sol sólo dibujaba siluetas de alambre y madera, y la palabra “comunidad” tenía el peso de un juramento.

Había días serenos, en los que el peligro parecía sólo a una mala noche de distancia. En esos días, niños jugaban entre los surcos de las zanahorias, los adolescentes aprendían a usar arcos, los adultos trituraban trigo bajo el sol. Construimos molinos rústicos usando bicicletas viejas y poleas improvisadas; inventamos juegos con piedras y palos, hablamos de reconstruir una biblioteca con los pocos libros rescatados. La vida seguía, no tanto por resistencia, sino por terquedad.

La escasez de combustible nos llevó a depender de generadores solares rescatados de casas destruidas. No era mucho: suficiente para cargar radios y linternas LED, a veces para escuchar música una hora al caer el sol. La última canción que sonó fue “California Dreamin’”, y hubo quienes se echaron a llorar.

En medio de la crudeza y el frío, surgieron brotes de esperanza. El nacimiento de Ada, la primera bebé de la colina en meses, se celebró como el milagro que era. Su madre, Sara, sobrevivió a la fiebre posparto gracias a los antibióticos que, con suerte, extrajimos de una clínica saqueada dos veranos atrás. Ada era símbolo y advertencia: su vida dependía de la fortaleza de todos.

Hacia finales de enero, el clima se templó. Una mañana, las nieblas dejaron ver, por primera vez desde que llegué, la silueta de Sacramento en la distancia. Se alzaban las torres blancas, iluminadas de un modo extraño. Hubo quien propuso organizar una expedición. El debate fue feroz. Sabíamos que abajo, entre las estructuras hundidas y los viejos automóviles cubiertos de óxido, podría haber suministros, medicinas, libros… o trampas y horrores. Los más valientes –o desesperados– prepararon mochilas. Acordamos una expedición de cinco, con instrucciones precisas: evitar el centro, rodear por las viejas calles de dos carriles, buscar farmacias, no disparar salvo emergencia. El resto esperaba, con ansia y miedo.

Tres días después regresaron. Trajeron vendas, tres cajas de antibióticos polvorientos, varios libros de texto –uno de botánica, otro de literatura californiana–, algo de arroz y lo más valioso: una radio en relativo buen estado, con repuestos. Trajeron también dos historias: uno, la visión de una horda descomunal, atrapada en un cruce donde el asfalto se había hundido y los muertos, miles, se agolpaban sin lograr salir. Otra, la evidencia de otro grupo humano: hogueras encendidas en lo que fue el parque Capitolio; y voces a lo lejos, tal vez otras comunidades, tal vez saqueadores. Dejaron una bandera azul, señal de búsqueda de diálogo. Nadie respondió.

Así, transcurría enero de 2025 en Colina Dorada. Entre la amenaza doble de muertos y vivos, la supervivencia dependía de la alianza, la vigilancia y una dosis de buena suerte. Atrás, la California dorada era sólo un mito del que nos hablábamos antes de dormir. Adelante, el camino era corto y difuso, pero en cada niño que aprendía a plantar hortalizas, en cada anciano que enseñaba a afilar una lanza, en cada nota de música escuchada al atardecer, volvía a prenderse la chispa de la esperanza.

Quizás no seamos los arquitectos de un nuevo mundo, pero en esta colina, bajo el cielo frío y turbio, luchábamos para no ser los sepultureros del viejo.

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