Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Septiembre zombie
Brote
Apocalipsis Z. El principio del fin
Incubación
Portada del relato El precio de la carne en el Valle Central
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


No hay luz en Stockton, ni siquiera de día. Las nubes bajas han cubierto el cielo desde la primera semana de diciembre y el humo de los incendios en Sacramento y las Sierras baja cada noche, adueñándose del valle como una manta sucia. Alicia empuja la barricada de madera podrida contra la puerta trasera de lo que fue un taller mecánico y la asegura otra vez con un hierro oxidado. El frío se filtra igual. Su bufanda es un retazo de camiseta color salmón desteñida; huele a humedad atrapada, al sudor de semanas caminando sin refugio permanente y a un rastro indeleble de desinfectante barato. El taller ha sido su casa durante los últimos seis días: suficiente para llamar “hogar” a un sitio, ahora.

Duración: 11:56

El precio de la carne en el Valle Central
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

17 de Diciembre de 2020

No hay luz en Stockton, ni siquiera de día. Las nubes bajas han cubierto el cielo desde la primera semana de diciembre y el humo de los incendios en Sacramento y las Sierras baja cada noche, adueñándose del valle como una manta sucia. Alicia empuja la barricada de madera podrida contra la puerta trasera de lo que fue un taller mecánico y la asegura otra vez con un hierro oxidado. El frío se filtra igual. Su bufanda es un retazo de camiseta color salmón desteñida; huele a humedad atrapada, al sudor de semanas caminando sin refugio permanente y a un rastro indeleble de desinfectante barato. El taller ha sido su casa durante los últimos seis días: suficiente para llamar “hogar” a un sitio, ahora.

Las farolas de la autopista 5 están muertas desde agosto. El asfalto permanece, intacto entre la maleza, como una herida abierta y visible. A mediodía, el mundo es gris, húmedo y áspero; la niebla arrastra silencio y, mezclado con él, el rumor que más teme: el arrastre de pies descalzos y rotos sobre el hormigón, el jadeo lento y sin aliento de esos cuerpos en descomposición. Zombis, dice la radio militar antes de caer en estática, pero Alicia prefiere no pensar la palabra. La dice de forma mecánica cuando revisa la pistola, cuando trenza la trampa con clavos y botellas detrás del escaparate, cuando observa la silueta inmóvil de alguien en la distancia, pero en su mente el nombre pesa con ácido y vergüenza.

Fuera, la niebla hace de cada figura una amenaza potencial. Cuando empezó el invierno, la movilidad de los infectados cayó: la mayoría se desploma al frío, sus músculos entumecidos hasta convertirlos en obstáculos más que en depredadores. Pero no todos. Los recién caídos siguen activos. Algunos incluso corren al atardecer, cuando la temperatura sube apenas unos grados y el aire se llena del olor a los restos de cultivos de tomate podridos al otro lado de la carretera.

Antes del brote, Alicia era técnica de laboratorio en Modesto. Tenía una plaza corta, temporaria, en una empresa agrícola: analizaba semillas, calidad de agua, llegó a mapear brotes de hongos en envases de frutos secos. Era una vida de horas fijas, de cafetería y risas nerviosas. Ahora examina el taller cada día con la minuciosidad del oficio: ventila grietas, cierra rendijas, analiza el contenido de las latas saqueadas, establece la distancia entre el banco y la ventana por si debe saltar. Se refugia en esa rutina como quien traza una delgada línea entre el miedo y la supervivencia.

Lee estaba con ella hasta hace tres días. Lee tenía un pulmón perforado desde la noche que cayeron en una hondonada al sur de Manteca, huyendo de una jauría de cuerpos hambrientos que salieron de un centro comercial en ruinas. La herida se infectó. Alicia limpió la sangre, mezcló analgésicos y antibióticos en polvo, rezó para que la fiebre bajara. No sucedió. Lee murió a medianoche, temblando entre las mantas y la escarcha, con la mano de Alicia apretada alrededor de los nudillos manchados de barro. Después, ella esperó. Sabía lo que venía.

Sonó primero un murmullo interior, como una orden en la profundidad de sus huesos. El cuerpo se tensó. La piel amarilla, los ojos blancos. Levantó los brazos torpemente. Alicia disparó una vez, directo a la frente, porque ya lo había hecho antes. Ya no lloró.

Ahora está sola de nuevo, rodeada de cajas de herramientas, bidones con gasolina rancia y algunas trampas improvisadas de alambre. Extrañamente, el dolor agudo de la reciente pérdida es casi su compañía: mantiene una cierta claridad, la empuja a moverse despacio, a pensar en el siguiente paso. Porque si no planea, está muerta. Si se detiene demasiado en el pasado —todo el calor de su familia migrante que aún debe estar, según las últimas noticias de septiembre, en Fresno, el café y pastel de calabaza en la mesa de Acción de Gracias— se quiebra. Y si se quiebra, entonces sólo quedará otro cuerpo andante, esperando turno para arrastrar los pies por las calles de polvo y humo.

A mediodía, sale. Primero al tejado del taller: observa a través de la niebla por si hay movimiento. Hay tres figuras cerca del supermercado incendiado. No se mueven como humanos, no gritan ni corren, así que espera. Unos minutos después, las observa tambalearse hacia el oeste, rumbo a los campos. Solo entonces baja, con la escopeta de Lee colgando de su hombro y una mochila llena de latas medio abolladas, garbanzos duros y paquetes de carne seca (“Casi vencida”, decía el envoltorio blanco cuando la recogió).

Bordeando la acera se acerca a la estación de servicio. El interior huele a gasolina y suciedad vieja. Busca entre los mostradores: sólo encuentra un encendedor casi vacío, una bolsa de nueces rancias y un trapo sucio. En ese instante escucha un ruido tras el dispensador. Se inmoviliza. Siente que la sangre se le retrae en los dedos.

Una mujer, menuda, con piel oscura y pelo encrespado, emerge con una actitud tan nerviosa como la suya. La pistola tiembla entre ambas.

—¿Estás viva? —pregunta la recién llegada.

—Sí.

—¿Muchos por aquí?

—A veces se agrupan al norte —responde Alicia, bajando el arma apenas un milímetro.

El silencio pesa. La mujer también baja el arma. Intercambian nombres —Shonda— y unas pocas frases ásperas, cargadas de la diplomacia de los desterrados. Shonda busca gasolina y comida; dice que viene de Tracy, que su hermana quedó rezagada en un supermercado semanas atrás, pero que ella no puede volver atrás.

Alicia siente una chispa de algo parecido a compasión. Propone compartir lo poco que encuentran. Se sientan, espaldas a la pared, justo bajo un póster descolorido de una lotería navideña estatal. Mientras comen, miran alternativamente la puerta y sus corazones laten fuerte con la tensión del encuentro, con la certeza de que la confianza es la moneda rara de este fin de año.

Shonda le propone moverse al norte en la madrugada, rumbo a Lodi o a un asentamiento que, según rumores recogidos de la radio, se protege en los invernaderos hidroponicos abandonados. Alicia duda: ha aprendido que moverse es casi sinónimo de encontrarse con las peores criaturas que quedan —a menudo humanas, no tanto zombies—, pero también sabe que la soledad es lo opuesto a la supervivencia.

La noche cae rápido y el frío muerde. Sobre el tejado del taller, a buen resguardo de las puertas, encienden una pequeña fogata en una lata de pintura oxidada. Shonda cuenta de cuando era niña y venía a Stockton con su abuelo a ver carreras de caballos, de las uvas y del ruido de la feria que ahora es solo silencio. Alicia escucha e imagina la ciudad que nunca volverá a ser, los letreros de neón, la música de rancheras y hip hop que se mezclaban en los altavoces de los autos, los bares donde la vida era un problema con solución.

Un susurro asciende entre los matorrales. Unos pasos primero tímidos, luego arrastrados y persistentes. Ambas congelan la respiración. En la oscuridad, el rostro de una anciana asoma tras la cerca, a no más de veinte metros de la fogata. El rostro está lívido, las mejillas hundidas y brilla en los ojos una rabia rota. Alicia apunta. Shonda gira el cuello y observa que detrás de la anciana vienen dos más: una niña pequeña y un hombre alto, con la mandíbula desencajada, los ojos partidos en blanco. Familia, piensa Alicia. O lo que fue familia.

Disparan, rápido. La escopeta de Lee hace destrozos. El arma de Shonda, más pequeña, truena como un petardo sin fuerza. La niña cae primero, rebotando como si fuera de trapo. El hombre grande es el último: avanza torpemente, pero aún conserva fuerza en los brazos, lanza un golpe que rasga la manga de Alicia antes de que ella le entierre un cuchillo en la garganta. La sangre espesa, negruzca, mancha la nieve del tejado.

Cuando termina, la niebla lo cubre todo y las dos mujeres sienten el temblor recorrido los huesos. No hay llanto. Solo ese terror sin nombre que ya no es pánico, sino resignación. Registran los cuerpos —una manzana medio podrida, una billetera con fotos, una llave de auto, dos caramelos de menta— y anotan mentalmente los recuerdos que suman a la colección macabra del invierno zombie.

Con el primer rayo grísaceo del amanecer, ambas saben. Quedarse significa morir congeladas o devoradas. Juntas pueden tener una oportunidad. Empacan lo poco que tienen y, envueltas hasta los ojos en ropa oscura, echan a andar hacia el norte. La ruta está invadida de coches vacíos, esqueletos de vida pasada. De las ventanas cuelgan banderas de “Ayuda”; en los tejados, garabatos en spray rugen “Todavía vivos” o “No entres: infección”.

Por el camino, ven una granja con el portón aún entreabierto. Una vaca famélica mastica nieve helada. Las dos mujeres se aproximan. Hay un granero. La puerta está atrancada por dentro. Alicia llama, temerosa. Al otro lado, la voz de un anciano responde. No confía. Explica, con el nerviosismo trémulo del que ha visto morir a todos los suyos, que sólo deja pasar si muestran que no están infectadas.

Se levantan las mangas. Enseñan las pupilas bajo la linterna. El hombre —Sam, resulta llamarse— permite el ingreso sólo por algunas horas.

Adentro, el pesimismo y el cansancio compiten con el calor de la fogata central. Una mujer mayor y dos adolescentes huelen a paja y sopa de cebada. Comen en silencio, el miedo permeando por las grietas de la madera. Relatos se cruzan: noticias desde Sacramento donde ya no queda gobierno, rumores de Stockton convertido en una trampa, vislumbres de un grupo de agricultores armados que resisten cerca de Lodi.

De Sam, Alicia y Shonda aprenden la regla del nuevo mundo: confía rápido, desconfía más rápido, muévete antes de que el frío o el hambre te encuentren. Aprenden sobre la táctica de reunirse ahora en los graneros, construir barricadas rápidas de coches y buscar fortines improvisados sobre colinas que dominan el terreno.

Shonda les habla del asentamiento en los invernaderos. Las miradas dibujan esperanza y miedo a partes iguales: intentar llegar, bordeando a los muertos y al frío, significa arriesgarse a perder la poca seguridad obtenida. Pero quedarse, ya lo saben todos, es garantía de lenta desaparición.

Esa noche, antes de dormir, Alicia camina hasta la ventana y observa más allá de la carretera, donde las luces de la ciudad se apagaron para siempre, donde ni siquiera las casas parecen verdaderas y la niebla flota sobre calles que apenas recuerda de su infancia. No reza, pero murmura una promesa, un mantra de supervivencia: resistir un día más, buscar a otros vivos, recordar el precio de cada carne, de cada disparo, de cada noche en la Californiana bruma del apocalipsis.

Por la mañana, el grupo parte. Una hilera silenciosa de humanos envueltos en mantas, armas y miedo, cruzando el Valle Central ya sin rumbo fijo, pero con una fe sorda en que, en algún rincón de los invernaderos, baje la fiebre y regrese la esperanza.

Y tras ellos, entre el humo y los campos yertos, los arrastrados siguen arrastrándose, recordándole al mundo que el infierno, en diciembre de 2020, no es fuego ni castigo eterno, sino la certeza de que la vida —fría, sucia y hambrienta— es delgada como el alambre de una trampa, extendida entre dos postes de madera ante los ojos vacíos de todos los que ya no están.

Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Septiembre zombie
Brote
Apocalipsis Z. El principio del fin
Incubación

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.