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Fragmento:


—Nada en el horizonte, —dijo Sergio mientras rebuscaba la mira en unos binoculares militares cuyo lente derecho estaba un poco vidriado—. Un grupo moviéndose cerca del canal de riego, pero parecen vivos. Tres, tal vez cuatro. De esos nuevos vagabundos que van de camino al sur.

Duración: 12:16

El rancho en las colinas
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Texto de ajuste de pausa.

21 de diciembre de 2020

El viento cargaba el eco de un tiempo pasado, cuando los valles de California zumbaban con el bullicio de autopistas saturadas, los ajetreados aeropuertos y los interminables campos de cultivo reluciendo al sol de diciembre. Ahora, el aire olía a humo, a tierra removida y a la podredumbre inevitable de la muerte. En la pequeña comunidad improvisada de Willow Creek, a veinte kilómetros de Fresno, el sol apenas lograba calentar en ese último estirón del año. Era el primer invierno completo desde que la civilización se había venido abajo, y los huesos de la tierra parecían crujir bajo las botas de los pocos que quedaban.

Willow Creek era, en realidad, un rancho. En tiempos mejores perteneció a una familia de agricultores, pero la familia se esfumó con la primera oleada, como casi todos los que vivían cerca de la autopista 99. Ahora, el rancho era hogar para veinticuatro personas: familias, un médico, dos mecánicos y un puñado de jóvenes voluntarios armados. Casas rodantes, carpas de lona y tiendas de campaña formaban un conglomerado apretado entre los naranjales y almendros desatendidos. Las ramas se doblaban con el peso de las hojas secas por la escarcha, y por la noche el hielo cubría las canaletas y cubos de agua.

Los steps del generador portátil retumbaban cada noche, alimentando no más de dos horas de luz eléctrica que, como ritual, se usaba para cargar radios, linternas y una solitaria laptop cuyo uso era privilegio de todos y de nadie. El resto del tiempo, la comunidad dependía del fuego y de la disciplina.

Paulina Valdez, que fuera profesora de secundaria, había asumido el rol de coordinadora. Ahora, caminaba el perímetro pasando balance a las barricadas de pallets y autos volcados que rodeaban el rancho. Revisaba, con manos enguantadas, que las latas colgadas de alambre chirriaran con el más mínimo toque. La fatiga era evidente en sus ojos: ojeras profundas, cabello grisáceo recogido en un moño apresurado. Llevaba una escopeta de doble cañón colgada en la espalda, aunque hacía días que no se detectaba el paso de ningún zombi cerca del rancho. El invierno, al menos, ofrecía ese respiro: los muertos se movían lentos, congelados por las noches gélidas, pero nunca se podía confiar.

El día anterior, una caravana había regresado del viejo suburbio de Madera. Cuatro hombres y una mujer, todos voluntarios, traían una cosecha triste: una batería de coche recargable saqueada de un camión destrozado, seis bidones de gasolina, dos sacos de arroz y media docena de latas de alubias. Una noche antes, Simón, el mecánico, había contado en voz baja cómo, al avanzar entre los huesos calcinados de los automóviles, habían escuchado al menos una decena de zomis arrastrarse en los sótanos anegados de una tienda Albertsons. Por precaución, habían evitado hacer ruido y no abrieron puerta alguna: sabían que, incluso en este frío, una multitud podía levantarse de entre los muertos en cuestión de minutos.

Paulina llegó hasta la reja principal, donde Sergio, el único ex-policía del grupo, supervisaba el cambio de guardia. Sus hijos, Ana y Michael, no se apartaban nunca de él, aunque eran demasiado jóvenes para entender la amenaza real. Ambos, de no más de seis y nueve años, limpiaban flechas para las ballestas, labor que hacían con la seriedad de quienes ya sabían que jugar era un privilegio suspendido de manera indefinida.

—Nada en el horizonte, —dijo Sergio mientras rebuscaba la mira en unos binoculares militares cuyo lente derecho estaba un poco vidriado—. Un grupo moviéndose cerca del canal de riego, pero parecen vivos. Tres, tal vez cuatro. De esos nuevos vagabundos que van de camino al sur.

Paulina se asomó, escudriñando el polvo en la distancia mientras sentía el frío treparle por el cuello.

—¿Te respondieron la contraseña?

—Ni una palabra aún, —contestó Sergio—. Si siguen, les daremos algo de agua y pan. Si se detienen, los vigilamos.

El recelo era la norma. Las bandas de saqueadores, con los meses, se habían vuelto tan peligrosas como los muertos. Willow Creek, aunque fortificado, no podría resistir un verdadero asedio; por eso, la diplomacia era tan importante como la pólvora.

Al atardecer, el campamento se reunía cerca del viejo cobertizo a compartir la cena, un guiso simple de arroz y judías, acompañado del pan añejo que seguían horneando en un tambor oxidado. Allí, junto a la mesa improvisada de palets, Paulina hizo el único anuncio de la semana.

—El frío está matando la batería principal. Si no conseguimos otra—advirtió—el próximo corte de luz será el último este mes.

Hubo murmullos. Las noches a oscuras no solo eran largas, sino también aterradoras. Bajo el manto del silencio, cualquier sonido podía significar un ataque. Paula, la más anciana, temía más al hambre: las conservas escaseaban y el último ciervo cazado se había repartido hasta el hueso.

Tras la cena, Simón, el mecánico, pidió hablar en privado con Paulina y Sergio. Estuvieron casi una hora discutiendo los planes para el próximo saqueo al hospital de Madera. Había que conseguir antibióticos: la tos de Mark, uno de los niños, sonaba peor. Y aunque los muertos se movían poco, en el hospital, según los rumores, las cámaras frigoríficas habían fallado meses atrás y ahora era una trampa mortal repleta de zombis congelados y ambulantes.

En la oscuridad, Paulina revisó su cuaderno de guardia, el último vestigio de su vida docente, donde anotaba raciones, nombres y turnos de vigía. Ahí escribió: “Día 89. Temperatura: -3º. Raciones: 72 para arroz, 20 para frijoles. Tareas: buscar leña, revisar alambradas, Mark tosiendo.”

Al despuntar la mañana gris y brumosa, Willow Creek se activó. Sergio organizó a los jóvenes, enviando dos al canal a inspeccionar un puente destrozado. Paulina recorrió el almacén del cobertizo principal, comprobando la integridad de los sacos de harina y de dos bolsas de naranja seca, uno de los pocos lujos que aún quedaban.

Alrededor del mediodía, los tres viajeros avistados el día anterior llegaron al borde de la propiedad. Estaban helados, sucios, una mujer y dos hombres, uno de ellos evidentemente herido: llevaba una venda mal puesta y la sangre ennegrecida le manchaba la manga derecha. La barrera no se abrió de inmediato. Sergio, junto a dos de sus hijos más grandes —adolescentes ahora armados de ballestas—, supervisó el encuentro por encima de la barricada.

—¿Contraseña? —vociferó.

Uno de los hombres alzó la mano izquierda y, con un esfuerzo evidente, respondió la frase de la semana, aprendida por boca a boca entre todos los grupos de sobrevivientes decentes del valle: “Naranjos en flor”.

Sergio asintió, relajando apenas la postura. De inmediato, los avanzados de Willow Creek salieron a recibirlos, registrando sus paquetes en busca de armas ocultas o mordidas sospechosas. Traían poco, menos de lo que cualquier bandido podría querer: una libreta con mapas dibujados a mano, dos botellas de agua, un machete cubierto de cinta adhesiva y, curiosamente, un pequeño telecomunicador militar, sin batería.

Paulina revisó al herido. La herida era sucia pero superficial; ninguna mordedura. Le administraron un poco de ibuprofeno y, tras lavar la herida con agua oxigenada, uno de los viajeros —Raúl— explicó que venían de lo que quedaba de una comunidad en las afueras de Bakersfield. Dos noches atrás fueron atacados por una banda; cinco de los suyos murieron o desaparecieron. El sur, decían, estaba peor: más bandoleros que vivos, y menos asentamientos capaces de defenderse.

Lo que más sorprendió a Paulina fue la historia de la mujer, Camila. Dijo que en Delano habían formado un asentamiento cerca de una antigua escuela, pero que, con la llegada del invierno, los zombis dejaron de acechar, y ahora el verdadero peligro era el hambre y la desesperación. Compartieron información sobre rutas seguras, sobre pozos de agua aún potables y avisaron del rumor de que una horda se había visto al oeste, siguiendo la autopista, “como un rebaño ciego bajo la escarcha”.

Al aceptar a los viajeros, Paulina reunió a la comunidad. Era una apuesta arriesgada: más bocas que alimentar, pero también más manos. Para algunos, fue un acto de fe; para otros, una amenaza. La tarde transcurrió entre miradas desconfiadas y charlas en voz baja.

El invierno, como descubrieron pronto, era un aliado traicionero. La movilidad de los zombis caía, sí, pero la leña escaseaba, y el alimento se agotaba mucho más rápido de lo que nadie admitía en voz alta. Mark, el niño enfermo, empeoró esa noche: ardía en fiebre, el pulso le saltaba mientras deliraba sobre perros y cielos violetas. Su madre lloró en silencio, abrazando el cuerpo pequeño bajo las mantas donadas por los nuevos huéspedes.

Al amanecer, la niebla era tan densa que no se vislumbraban más allá de diez metros. El mundo parecía un útero antiguo, primitivo, en el que cada sonido era magnificado y cada silueta podía ser la última que vieras. Paulina caminó hasta la vieja acequia, allí donde antes pastaban los caballos, y donde ahora solo quedaban charcos helados y un par de huellas borrosas. Se preguntó, por enésima vez, si sobrevivir de esta manera merecía la pena, si alguna vez habría esperanza de algo más que la resistencia animal y endurecida que ofrecían las noches gélidas.

Estaba a punto de volver cuando un grito agudo quebró el aire. El sonido venía del borde sur, cerca del canal.

Dos jóvenes, Francisco y Anya, corrían. Francisco portaba una ballesta y sangraba de la pierna: una herida fresca, probablemente una mordida. Anya gritaba con la voz abrasada por el miedo: “¡Entre el maizal, vienen más!”

En cuestión de segundos, Willow Creek entró en alerta máxima. Las alarmas improvisadas –cazos y latas– retumbaban mientras los niños eran llevados al cobertizo y los adultos armaban el frente defensivo en la improvisada muralla de autos abandonados.

Paulina, con escopeta en mano, se apostó junto a Sergio. Sus miradas se cruzaron: el miedo era viejo amigo.

—Son lentos, pero si hay más de diez, no vamos a aguantar—masculló Sergio.

Las figuras emergieron entre la bruma: cinco, siete, diez. Hambre en la mirada vidriosa, piel marmórea y el andar errático propio de los monstruos.

Una flecha golpeó a uno de los zombis en la frente, derribándolo. Otro recibió un disparo de escopeta, esparciendo restos en el polvo helado. Era una batalla corta, ruidosa y violenta. Dos hombres del grupo –Simón y Rafael– lograron cerrar una de las brechas improvisadas del muro, mientras la mujer herida, Camila, recogió una tabla y se unió a la defensa.

Después de media hora el silencio regresó, salvo por el golpeteo del corazón de la comunidad entera.

Francisco fue atendido de inmediato. La herida, aunque fea, no era mordedura. Solo un golpe con un clavo oxidado al tropezar mientras corría. Se limpió, se vendó y se le puso en observación. Paulina sintió un alivio que la doblegó, como si hubiese soportado el peso del mundo en los hombros y, al quitarlo, no supiera si reír o llorar.

El día se consumió reparando los daños. Pero esa noche, tras la llegada de los viajeros y el ataque repelido, Willow Creek celebró algo parecido a la esperanza. Compartieron la poca fruta seca que quedaba, y uno de los jóvenes se atrevió a tocar una melodía en la guitarra rota que apenas sostenía dos cuerdas. Paulina escribía en su cuaderno: “Día 90. Hoy sobrevivimos por cuidar a los otros.”

Mientras las últimas brasas se consumían en la fogata, los niños dormían, ajenos al peso de una época que jamás deberían haber conocido. Los adultos montaban guardia, sabiendo que, cuando el hielo se derritiera y la primavera llegara, la amenaza volvería a moverse rápido. Pero quedaba todavía invierno, y quizás, entre las colinas y hectáreas en ruinas de California, la humanidad aprendía de nuevo que sobrevivir, a veces, era ya una forma de victoria.

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