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Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
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Septiembre zombie
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Portada del relato Ecos al Atardecer
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Fragmento:


Ahora, en septiembre, la rutina de la comunidad era tiempo de cosecha y vigilia. Julia, de 34 años, se despertó antes del amanecer para organizar a uno de los grupos de recolección. Era difícil creer que, hacía solo unos años, ella era profesora de biología en una escuela secundaria. Ahora, además de enseñar el funcionamiento de un generador eólico improvisado, debía liderar a los más jóvenes en la lenta resurrección de la agricultura. Muchos de los niños bajo su cuidado apenas recordaban las formas y los ruidos del viejo mundo. Lo que sí conocían era el arte de sobrevivir: la forma de cerrar bien una puerta, los puntos de vigilancia, el uso prudente de municiones, el cultivo paciente de trigo y frijoles junto a los viejos naranjos.

Duración: 11:31

Ecos al Atardecer
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Texto de ajuste de pausa.

14 de septiembre de 2027

Al principio, en los días del colapso, California parecía demasiado vasta y luminosa para sucumbir a la oscuridad. El sol aún bañaba las colinas doradas y las costas de espuma blanca. La vegetación, eterna y resistente, seguía brotando entre los escombros humeantes de los suburbios. Pero no eran los zombis, ni el miedo, lo que se sentía más ominoso en este final de verano de 2027: era el silencio en las noches profundas, interrumpido solo por el ulular lejano de algún cazador —vivo o muerto— en las tierras despobladas entre las ciudades en ruinas.

Julia Álvarez se había acostumbrado a ese silencio, aprendiendo a escuchar lo que otros no oían: el crepitar de una rama rota, el crujido de una chapa oxidada lejana, el suspiro de los naranjos movidos por un viento frío, que este año había llegado un poco antes. La comunidad San Gabriel, sobre una de las viejas colinas del valle homónimo, era una de esas nuevas aldeas fortificadas que resistían en una geografía familiar que ya no existía. Los valles, las autopistas, la silueta de Los Ángeles a lo lejos, todo eran recuerdos sepultados bajo la ceniza y el tiempo, pero la tierra —dura y generosa— seguía aferrada a la esperanza de sus sobrevivientes.

Ahora, en septiembre, la rutina de la comunidad era tiempo de cosecha y vigilia. Julia, de 34 años, se despertó antes del amanecer para organizar a uno de los grupos de recolección. Era difícil creer que, hacía solo unos años, ella era profesora de biología en una escuela secundaria. Ahora, además de enseñar el funcionamiento de un generador eólico improvisado, debía liderar a los más jóvenes en la lenta resurrección de la agricultura. Muchos de los niños bajo su cuidado apenas recordaban las formas y los ruidos del viejo mundo. Lo que sí conocían era el arte de sobrevivir: la forma de cerrar bien una puerta, los puntos de vigilancia, el uso prudente de municiones, el cultivo paciente de trigo y frijoles junto a los viejos naranjos.

San Gabriel era un asentamiento modesto comparado con las grandes ciudades amuralladas al norte, pero se había mantenido a salvo durante dos inviernos completos. Cuando, en la primavera pasada, los ingenieros y los zapateros se aliaron para reconstruir máquinas de riego, Julia supo que su grupo tenía futuro. Sin embargo, en las últimas semanas, el peligro había cambiado: las noticias por radio advertían de nuevas amenazas no-muertas vagando al sur, pero más temidos que los zombis eran los bandidos errantes escapados de asentamientos caídos en Riverside y Pomona. Cada tanto, se escuchaban disparos secos en la lejanía, señales de saqueadores probando fortificaciones, buscando alimento y armas bajo cualquier bandera de mentira, yendo de aldea en aldea con la violencia como único lenguaje.

Julia caminaba rápido por el antiguo sendero hacia el campo vecino. Un sol pálido asomaba detrás de las siluetas difusas del downtown angelino, cubiertas de una neblina gris. De vez en cuando, el viento traía los ecos de motores lejanos: quizá una de las caravanas blindadas rumbo a las ferias de intercambio que habían surgido, bajo acuerdo armado, entre las viejas localidades. Encendió su radio portátil, buscando alguna señal del consejo regional. Una voz apagada, distorsionada por la estática, recitaba los códigos de la alianza: “Alfa seis, seguro; Sierra ocho, no hay pase. Mantengan posiciones. Negativo en movimiento de hordas.” Era lo mejor que podían esperar.

El campo parecía en calma. Los cultivos —en hileras irregulares, con viejos carteles de autopista marcando los linderos— ya estaban casi listos para la recolección. En el extremo norte, por donde antiguamente pasaba el tren metropolitano, cinco niños removían la tierra, vigilados por la mirada severa de don Rafael, el jefe del grupo agrícola. Julia les saludó con la mano. Cada niño portaba un machete pequeño y una radio colgada al pecho: la cosecha no era solo trabajo, era entrenamiento para la supervivencia. Tras asegurarse de que nadie extraño rondaba los límites del campo, Julia preguntó a Rafael si habían recibido noticia de los exploradores sureños. La respuesta fue negativa. El silencio de los últimos días no auguraba nada bueno.

De pronto, un ladrido nervioso rompió la tranquilidad. Era Sombra, el perro mestizo que años atrás había adoptado la comunidad tras su irrupción, famélico y asustado, durante una noche de tormenta. Sombra ahora era ojos y oídos extra, siempre alerta. Julia, sintiendo la ansiedad del animal, ordenó a los niños replegarse hacia el punto seguro —una vieja furgoneta astillada reforzada con planchas de acero. Ella y Rafael avanzaron con cautela hacia el ohizonte, desde donde provenían ruidos.

Durante minutos infinitos, nada anómalo ocurrió, hasta que Julia captó una silueta tambaleante entre los matorrales al borde de la autopista 210. No era veloz, no era hábil. Parecía más sombra que amenaza, como envejecida por demasiados soles y noches a la intemperie. Rafael, con experiencia de antiguo caza-muertos, le susurró: “Son de los viejos, casi no pueden ni andar. Pero nunca vayas sola.” El problema con los zombis después de siete años de epidemia era la certeza de que seguían cayendo, reduciéndose a espectros de lo que fueron. Sin embargo, aún conservaban la capacidad de matar a un descuidado.

El zombi avanzó hacia un grupo de naranjos. Julia, siguiendo el protocolo, extrajo con firmeza la barra de acero de su cinturón y, en un movimiento preciso y carente de emoción, acabó silenciosamente con la criatura. Cuando terminó, inspeccionó los alrededores: ni una horda ni ningún otro peligro se asomaban. Solo un cuerpo, tan seco como una rama, rodando entre el polvo grisáceo. Rafael, con resignación, murmuró: “Mueren, pero siempre regresan en otros cuerpos.” Así de simple, así de brutal era la nueva realidad.

De vuelta al poblado, Julia reportó el incidente en la caseta de vigilancia. Allí la esperaba Evans, uno de los vigías nocturnos, con informes preocupantes: dos exploradores aún no habían regresado y, según un mensaje recibido la noche anterior, habían avistado luces a varios kilómetros al este, carretera a San Bernardino. Luces que, en estos días, casi nunca presagiaban nada bueno. Evans propuso doble guardia hasta nuevo aviso; la tensión en el aire podía cortarse con un cuchillo.

A pesar de todo, la vida dentro de San Gabriel mantenía una apariencia de normalidad. Por la tarde, Julia subió a la vieja escuela convertida en centro cívico, donde los niños recibían lecciones improvisadas: historia oral, defensa personal, nociones básicas de mecánica y botánica. Tomás —un adolescente alto, de mirada taciturna pero curiosa— presentó ante la “clase” un generador eólico artesanal que había reparado con piezas recuperadas de autos destrozados y partes de bicicletas. Cuando uno de los niños preguntó por el mundo antes de la plaga, Julia se sorprendió al descubrir que la mayoría no lo imaginaba: Internet, el bullicio, las neveras llenas, los parques. Ya eran leyenda.

La última tarea del día era revisar la muralla. Los muros, construidos con restos de camiones, rejas y hormigón rescatado de demolición, formaban un perímetro fuerte aunque improvisado. Torres de observación servían como dormideros para los vigías y refugio para las armas escasas. Desde las alturas, Julia divisó movimiento en la carretera: una caravana de mulas y caballos, acompañada de media docena de jinetes armados, avanzaba hacia el noroeste. Intercambios de este tipo se habían vuelto frecuentes gracias a los tratados con comunidades de Pasadena y Altadena. El comercio era la vida; los encuentros, riesgos calculados.

Julia bajó con rapidez a la plaza central, donde el consejo se reunía. Llevaban años perfeccionando las señales de alarma— una combinación de campanadas y bengalas. Nadie quería sorpresas, ni de muertos ni vivos. La caravana fue reconocida a distancia por uno de los comerciantes habituales, la sargento retirada Myrna Kepler, famosa por conducir su embarque de municiones y sal a través de tres condados infestados. El trueque fue rápido: herramientas viejas por semillas y tinta para las imprentas recuperadas. Entre el polvo y la emoción, Myrna trajo otra noticia: en Orange se rumoraba que alguien, al sur, había experimentado con nuevos métodos para eliminar a los zombis, sellando comunidades enteras con fuego y químicos extraídos de las viejas plantas industriales aún saqueables. Nadie sabía si era cierto, pero el rumor llenaba de inquietud a quienes aún soñaban con limpiar completamente el mundo de sus muertos.

La noche llegó, fresca y clara, y con ella el peligro invisible. Julia salió de su tienda tras la cena escasa —pan de maíz y frijoles— para hacer una ronda por las barracas. Mil pensamientos zumbaban en su mente: los niños, los campos, los ausentes, los peligros humanos. Recorría en silencio los recuerdos de su familia perdida, de la vida antes del 2020, de las calles de Los Ángeles, ahora convertidas en un laberinto prohibido y letal. En lo alto del muro, compartía el turno de vigilancia con Tomás y Evans, ambos en silencio, atentos al vaivén de las sombras a la luz de la luna.

A medianoche llegaron, por fin, los exploradores. Exhaustos, llenos de barro y polvo. Habían evitado a una horda dispersa cerca de Glendora, pero lo más preocupante era otra noticia: una banda armada, identificada como “los Híjoles”, saqueadores notoriamente violentos, estaba reuniendo gente para atacar comunidades que, como San Gabriel, habían mostrado señales de prosperidad. Venían por comida, herramientas, mujeres y armas. El siguiente paso era reunirse con el consejo y decidir: ¿fortalecer defensas, evacuar a los más débiles, pedir ayuda por radio a comunidades aliadas?

Durante toda la madrugada, el consejo debatió. Julia intervino, pidiendo calma y unidad. Nada se lograba abandonando la tierra, y San Gabriel, a diferencia de otros pueblos, no estaba sola. Estaban cerca las temidas colinas de San Dimas, llenas de rutas de escape. Además, confiaban en la solidaridad de los asentamientos vecinos. Acordaron turnos dobles, evacuación de niños a casa subterránea si llegaban los forasteros, y preparar trampas y barricadas.

Mientras se organizaba la defensa, un pensamiento persistente rondaba a Julia: el miedo era la enfermedad real, la que más rápidamente podía condenarlos. Pero luego, un viejo de barba blanca —don Roberto, su antiguo profesor universitario, ahora líder del consejo— la miró y le dijo: “No olvides mirar al mañana, Julia. Ya has hecho bastante por hoy. El sol saldrá y, con suerte, seguiremos cosechando juntos. Esta tierra ya ha sobrevivido mucho para morir ahora.”

Siguió su consejo: de regreso a su refugio, miró cómo la luna, enorme y blanca, caía tras las montañas. A pesar del peligro, a pesar del mundo hecho trizas, San Gabriel resistía. La esperanza, como el silbido del viento entre los naranjos, era pequeña, casi imperceptible, pero real. En el horizonte, la primera luz del alba perfilaba las siluetas de quienes harían posible un nuevo día sobre las ruinas del ayer.

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