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Portada del relato Polvo de Fortuna en el Valle
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Fragmento:


Observó al grupo que reposaba bajo el sombrajo improvisado —una lona anclada entre dos autobuses volcados. Eran cinco. Dos mujeres, tres hombres. La más joven, Sam, no tendría más de diecisiete años. Había crecido al margen del viejo mundo, y sus ojos eran alerta y desconfiados. El mayor del grupo, Héctor, se ocupaba de trazar en una libreta desgastada el mapa de la ruta norte hasta Redding, donde, decían, ya estaba por terminarse la reconstrucción de una red hidroeléctrica para abastecer una de las Nuevas Ciudades.

Duración: 13:30

Polvo de Fortuna en el Valle
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Texto de ajuste de pausa.

17 de septiembre de 2028

El sol de finales de verano perforaba con la persistencia de lo ineludible la polvareda que flotaba sobre la antigua Interestatal 5, a la altura de Stockton. Una brisa caliente, cargada de polvo y aroma a hierbas secas, cruzaba entre vehículos corroídos por ocho años de abandono y luchas. Sobre el capó de una vieja camioneta Dodge, oxidada y aún mostrando el logotipo borroso de una empresa de reparto extinta, descansaba Alex Vega. Tenía treinta y tres años, un cabello oscuro atado en una trenza desordenada y unos músculos tensos, marcados no por el ejercicio deliberado, sino por el trabajo inevitable de sobrevivir cuando el mundo ya no da tregua.

Mirar la carretera era como mirar un río de fantasmas; más allá del flequillo de maleza amarilla, a veces se alzaban osamentas limpias, ruinas de chasis retorcidos o, rara vez, el resplandor metálico de una caravana que no tardaría en desaparecer rumbo al norte. Pero el paisaje era, finalmente, el menos inquietante de los peligros. El tiempo había hecho de los zombis una amenaza marginal, según decían en los intercambios y ferias, pero Alex sabía que su mejor amigo era la incertidumbre, y la única ley la de la cautela.

Observó al grupo que reposaba bajo el sombrajo improvisado —una lona anclada entre dos autobuses volcados. Eran cinco. Dos mujeres, tres hombres. La más joven, Sam, no tendría más de diecisiete años. Había crecido al margen del viejo mundo, y sus ojos eran alerta y desconfiados. El mayor del grupo, Héctor, se ocupaba de trazar en una libreta desgastada el mapa de la ruta norte hasta Redding, donde, decían, ya estaba por terminarse la reconstrucción de una red hidroeléctrica para abastecer una de las Nuevas Ciudades.

—¿Crees que valga la pena ir? —preguntó Alex a su compañera más cercana, June, que en ese momento afilaba cuchillos con paciencia minuciosa.

Ella se encogió de hombros. Parecía cansada, aunque no cansada de caminar: cansada de esperar. De confiar en rumores. Casi toda California era ahora un país de señales, palabras cruzadas por radio, historias y pactos informales garabateados en tablones a la entrada de pueblos fortificados.

—Si la electricidad vuelve, aunque sea a un solo punto, vendrán de todo el estado. —June barrió con la piedra el filo, le brillaron los nudillos curtidos—. Eso puede ser bueno… o puede hacernos blanco de la próxima banda de saqueadores.

Unos metros adentro del arcén, junto a los restos calcinados de lo que fue una gasolinera, los gemelos Harris inspeccionaban las últimas adquisiciones de la feria de intercambio en Lathrop. Había algo solemne en el comercio de alimentos, herramientas y pólvora: las transacciones se hacían cara a cara, con la torpeza de quien todavía no aprende a confiar. Alex recordaba, cuando niños, la naturalidad con que sus padres iban al supermercado. ¿Habría alguien entre los Nuevos Californianos que pudiera imaginar algo así?

Les llevó meses organizar la expedición a Redding. Cecily, la líder oficiosa de Stockton, les había implorado esperar a que la siguiente ronda de patrulleros hiciera limpia en la zona, pero la necesidad vencía cualquier argumento. Ya no había almacenes secretos que saquear, los talleres reparaban lo que podían y la mayoría de la cosecha del verano había ido directo a alimentar el asentamiento amurallado. Las bandas nómadas, esa peste reincidente, había sido el gran motor para que por fin se levantaran señales entre comunidades, un código de banderas y silbidos conocido solo por los asentamientos aliados.

Cargaban consigo apenas lo necesario: rifles reconstruidos, herramientas, algo de pan seco y la esperanza de dar con semillas de trigo resistente o, mejor aún, algún generador que no estuviera canibalizado por piezas. Entre los tesoros mejor guardados, June prefiere llevar una radio de manivela. Alex, un cuaderno donde periódicamente anotaba relatos, nombres y fragmentos de historia. Podía parecer inútil —¿para qué escribir cuando la prioridad es subsistir?— pero para ella era imprescindible; sin un registro, temía, el nuevo mundo acabaría siendo solo una sucesión de días grises e indiferenciables.

El primer tramo, siguiendo la carretera, evidenciaba los cambios de la última década. Donde antes multitudes huían y las carreteras rebosaban de zombis, ahora bastaba caminar atento: a mediodía, los cuerpos residuales de los infectados eran como partes del mobiliario, esparcidos y resecos por el sol, siluetas hinchadas por la lluvia en invierno y el calor en verano. Sin embargo, una de las reglas sagradas de la ruta era no confiarse. Un zombi bañado por la oscuridad podía seguir resultando letal, cuando menos entre los más jóvenes —los “vivos frescos”, como los llamaban con macabra resignación—. Y donde había un muerto reciente, era señal de presencia humana, y el conflicto por el control del territorio era, como sabían todos, más mortal que la plaga misma.

La segunda noche, acampados cerca de Sacramento, los ruidos del crepúsculo se confundían con el murmullo del río y el ulular de alguna lechuza. Alex, a cargo de la guardia, anotaba recuerdos a la luz vacilante de una lámpara de aceite: “Hoy volvimos a cruzar el sendero de huellas frescas. Parecen humanas. No dejamos señal ni fuego. El aire huele a quemado y madera húmeda. Sam dice que escucha voces en la otra orilla del río, pero no insistimos”.

En Sacramento, la vida reclama lo que puede. Algunos edificios resistentes han sido reconquistados por grupos de comerciantes armados; los talleres de las viejas infraestructuras han vuelto a funcionar solo a pequeña escala, fabricando ollas, cuchillas y algún destilador improvisado para purificar agua. En la plaza del antiguo Capitolio, por ejemplo, se alza un mercadillo alimentado por bicicletas generadoras, donde un par de ingenieros recargan radios y venden paquetes de baterías reconstruidas. Es ahí donde el grupo consigue noticias de primera mano sobre Redding: la represa del Shasta fue parcialmente rehabilitada y grupos de técnicos intentan por turnos mantener el flujo eléctrico, a cambio de comida, protección y, sobre todo, lealtad.

Pero la seguridad nunca es absoluta ni definitiva. Tras una breve parada, prosiguen la marcha al norte. El aire es cada vez más polvoriento y la maleza invade los arcenes, el asfalto resquebrajado es ahora ruta de venados y mustangs salvajes. Por la mañana, una escena usual: las ruinas de una estación de servicio yacen saqueadas por completo, pero hay una señal encantada, una cuerda atada al poste y, ondeando, un trapo blanco con una cruz azul. Es un código: “zona neutral — tránsito seguro”, el tipo de pactos precarios de la California postapocalíptica.

Días más tarde, a la altura de Chico, ven la primera caravana a caballo. Llevan mulas con bultos cubiertos de lona; en sus bandoleras, conchas de escopeta y machetes colgados en la cintura. Se saludan con cautela, levantando las manos por encima de la cabeza y mostrando fragmentos de tela roja: la contraseña para identificar a los aliados de la Alianza del Valle—aunque la leyenda cuenta de impostores, siempre esperando la oportunidad de traicionar. Se intercambian noticias apresuradas, recomendaciones sobre fuentes de agua confiables y trayectos más seguros. Alguien menciona el incremento de ataques humanos cerca de Anderson y la reciente alarma por los “segadores”: una banda que captura vivos para el trabajo forzado, preferentemente en las obras de irrigación y molinos.

June intenta negociar un frasco de antibióticos a cambio de la radio, pero Alex la convence de esperar a Redding. Allí, dice un miembro de la caravana, están a punto de instalar la primera antena de onda corta con alcance suficiente para recuperar contacto con Oregon. Ellos no han visto zombis en semanas, salvo los momificados a la entrada de las grandes urbes, que parecen más estatuas que amenazas. Donde antes reinaba el terror, ahora habita el miedo racional: es más fácil calcular la naturaleza de los hombres que la de los muertos en movimiento.

Al anochecer, la expedición encuentra refugio en una granja abandonada cerca de Cottonwood. El grupo cena en silencio: pan duro, algo de carne seca, un sorbo de agua cada uno. Sam repara en los vestigios de lo que fue una familia, aún reconocibles en las marcas talladas en la puerta: “hijos — 2, perros — 1, reserva — suficiente”. Detrás del granero, descubren la tumba de los antiguos residentes —algo habitual en todas partes. El dolor por lo perdido no se discute: solo se aprende a dejarlo cubierto bajo la piel.

Por la mañana, recorren el último tramo. Las señales de civilización se hacen más visibles. En las colinas, columnas de humo delatan asentamientos. Y en la entrada sur de Redding, esperan dos patrulleros uniformados, con insignias improvisadas técnicamente sobre el lienzo de sus chaquetas. Identifican al grupo con un gesto rápido, analizan los rostros y revisan el número de acompañantes.

—¿Propósito de la visita? —pregunta el guardia de barba oscura, cansado pero serio.

—Intercambio. Noticias. Buscamos semillas, herramientas, medicinas. Tal vez quedarnos si hay sitio —dice Alex sin titubear.

El guardia asiente y, en un gesto ambiguo, ofrece agua. Ocho años atrás, los visitantes habrían recibido amenazas, registros y disparos de advertencia. Ahora, las reglas son estrictas pero más racionales: todos entienden el valor de la mano de obra y la importancia de la colaboración, aunque sea sólo temporal.

Dentro de la ciudad, Alex se maravilla al ver la actividad frenética, el bullicio de los nuevos pioneros. Descubre a niños de todas las edades arremolinándose en torno a mujeres que enseñan a leer con viejos libros rescatados; los hombres reparan generadores en talleres donde la chispa vuelve a ser símbolo de esperanza. En el centro, el puesto médico es el corazón de la urbe: tres camillas y un par de enfermeros, los restos de una antigua ambulancia como consultorio principal.

Al cabo de dos días, Redding revela sus problemas. Las bandas siguen al acecho en los perímetros y cada tanto hay que organizar “barridas” para espantar a los que buscan carronear las cosechas o raptar a nuevos trabajadores. Las alianzas, dicen algunos, podrían romperse de un soplo. Sin embargo, la voluntad colectiva triunfa, al menos en la superficie: el comercio de larga distancia prospera, y las caravanas a caballo mantienen la red de intercambios y noticias. Los zombis, aunque aún presentes en alguna esquina olvidada, ya solo existen como una sombra en la conciencia colectiva, una amenaza de la memoria más que del presente.

Alex recorre la pequeña plaza central y, junto a otra de las recién llegadas, ayuda en la plantación de nuevas semillas. La tierra polvorienta ya no es sólo tumba de lo anterior: con cada surco reabierto, la esperanza vuelve a brotar. June negocia con los técnicos, consigue promesas de un puesto de avanzada para Stockton a cambio de trabajo en la reparación de bombas de agua. Sam se queda absorta mirando a un grupo de niños que leen en voz alta, repitiendo palabras que para ellos casi son conjuros: “futuro”, “escuela”, “comunidad”.

Es la víspera del equinoccio. Por la noche, en torno a una fogata comunitaria, los recién llegados comparten historias de rutas, leyendas y promesas de un mundo imposible. Alguien canta, mal y fuerte, un viejo tema californiano; otro recita de memoria los nombres de quienes dejaron atrás. Un anciano alza la voz y, sin proponérselo, pronuncia lo que en otros tiempos habría sido trivial: “Estamos vivos. Volvemos a empezar”.

En el cuaderno de Alex, esa noche queda escrita la siguiente frase:

“El mundo viejo se ha perdido bajo el polvo y los huesos. Pero esta noche, en la orilla de los vivos, todavía hay canciones, todavía hay niños jugando y semillas surcando la tierra. California no ha muerto: sólo está aprendiendo a ser de nuevo”.

En los días siguientes, tras pactar el reparto de recursos y unas promesas que nadie puede asegurar que se cumplan, la expedición inicia el regreso a Stockton, llevando consigo semillas nuevas, un pequeño generador reconstruido y un nuevo sentido de posibilidad. No llevan oro, ni dólares, ni nada de lo que antes se hubiera considerado riqueza: pero llevan esperanza, y en la California de 2028, eso vale más que cualquier otra moneda.

De regreso por la carretera fantasmagórica, Alex se pregunta si será testigo del renacimiento de algo más grande, de esas Nuevas Ciudades que apenas empiezan a aparecer en los mapas a lápiz y en los relatos fervientes de los comerciantes. Tal vez, piensa al mirar el horizonte donde la tierra ardida apenas ensaya el verde, eso sea suficiente para seguir adelante: sentir, al menos por un día, que la vida insiste—y insiste fuerte—en ser vivida, incluso entre las ruinas.

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