Fragmento:
Avanzaron por calles desiertas. El sonido más común era el crujir del hielo bajo las botas y el lamento casi humano de los infectados arrastrándose entre coches. Cuando pasaron por la Plaza de Callao, Katia evitó mirar la acumulación de cuerpos en los setos donde, antes de la pandemia, la gente esperaba para entrar al cine Capitol. Ahora las marquesinas anunciaban una última película que nadie vería nunca.
Duración: 10:09
15 de diciembre de 2020.
El aire en Madrid era una cuchilla helada y seca ese 15 de diciembre de 2020. La neblina, mezcla de humo, ceniza y frío, abrazaba la ciudad como un sudario. Nadie sabía cuántos quedaban vivos entre los muros desconchados y los coches convertidos en chatarra que taponaban calles y avenidas. Nadie sabía cuántos monstruos quedaban hambrientos entre las sombras, ni cuántos cuerpos más se sumarían a los millones de cadáveres apilados en los parques.
Katia había olvidado el olor real del pan, del café tibio, de las castañas asadas en los quioscos de la Gran Vía. Ahora se movía como una sombra más entre historias de horror, esquivando escombros, charcos congelados y zombies encorvados por el frío. Llevaba una bufanda tapando el rostro y una chaqueta tres tallas más grande que había encontrado en un Zara saqueado donde los maniquíes caídos simulaban cuerpos caídos en una batalla perdida.
Vivía - si eso era vivir - atrincherada junto a otros nueve en la trastienda de una librería, a medio camino entre Callao y Plaza de España. El dueño había muerto el mes anterior por una mordedura, y su mujer se había tirado por la ventana en un ataque de pánico al oír los rugidos de las hordas en la calle. Ahora quedaban los supervivientes: una familia de ecuatorianos que apenas dormían, Javier, un abogado que ya sólo recordaba leyes inútiles, Manuel la Comadreja - un adolescente de Vallecas con cuchillas en las botas - y Katia, que cada noche leía páginas de “El guardián entre el centeno” a la luz de una linterna cada vez más débil.
Esa mañana, antes del amanecer, Katia había salido a buscar alimentos. El frío había ralentizado a los zombies y podía verlos moverse torpemente entre coches y bolsas de basura cuando el sol torturaba las aceras. La noche anterior, Javier había sugerido acercarse a los mercados de Mostenses, donde, según un rumor, había cajas de arroz protegidas bajo los cuerpos de los últimos empleados. Llevaron palos claveteados, una escopeta sin una bala, y el coraje de quien ya ha perdido todo.
Avanzaron por calles desiertas. El sonido más común era el crujir del hielo bajo las botas y el lamento casi humano de los infectados arrastrándose entre coches. Cuando pasaron por la Plaza de Callao, Katia evitó mirar la acumulación de cuerpos en los setos donde, antes de la pandemia, la gente esperaba para entrar al cine Capitol. Ahora las marquesinas anunciaban una última película que nadie vería nunca.
Fueron atacados por un zombi solo, flaco como una sombra y con la mandíbula partida. Era una anciana aún ataviada con pijama de hospital, la pulsera de identificación colgando de una muñeca como un grillete. Manuel la Comadreja la abatió a palos sin emitir palabra, bloqueando los desgarradores alaridos con un gorro deslizado hasta las cejas. Javier le cubría, palideciendo mientras veía el cráneo de la mujer partirse bajo los golpes helados del migrante adolescente.
En los aledaños del mercado, el hedor era casi insoportable. Bajo una luz gris, se distinguía la mezcla de putrefacción, escombros, papeles arrastrados por el viento, máscaras quirúrgicas empapadas de suciedad y sangre antigua. El mercado estaba cerrado a cal y canto, tapiado con tablones y cadenas que resistían los asaltos de vivos y muertos. Un grupo de seis zombies, entre ellos un vendedor de embutidos todavía con el delantal, deambulaba detrás de las verjas. Había huellas humanas recientes en la nieve y, en la acera, manchas secas de sangre como mapas de otro infierno.
Javier propuso irse. Los otros miraron en silencio. A pesar del hambre, del cansancio y del miedo, fue Katia quien tomó la decisión. Les quedaban seis latas de atún y tres botellas de agua en la librería. Debían intentar algo más.
Dieron la vuelta al mercado y encontraron una ventana trasera parcialmente abierta. Manuel trepó, cubriéndose el rostro con la manga del abrigo, y vio el interior desierto salvo por dos cuerpos encogidos. Al saltar, el suelo crujió, y los zombies detrás de las verjas notaron el ruido. Comenzaron a golpear el metal, sus dientes amarillos castañeando como castañuelas rotas por la violencia.
El grupo entró. En la penumbra del mercado, la humedad y el frío eran letales. Siguiendo una linterna sorda, encontraron tres cajas de arroz, una de garbanzos y dos botellas de aceite casi vacías. Manuel descubrió dos barras de pan mohoso entre moscas congeladas y varias ratas muertas. Parecían provisiones para un mes.
Comenzaron a cargar lo que pudieron y, justo cuando iban a salir, escucharon un ruido en el piso superior. Había alguien más allí, alguien que - al descubrirlos - dejó caer una linterna que rebotó en las escaleras, revelando su rostro famélico y lleno de terror. Era una mujer, joven, con el cabello sujeto en una coleta y la ropa raída, apuntando a Katia con un arma pequeña, quizás de fogueo.
—¿Quiénes sois? —graznó la voz, temblorosa—. ¡No me quitéis la comida!
—Tranquila... —Katia alzó las manos, dejando la barra de pan—. Solo cogemos un poco. Compartimos.
La mujer no bajó el arma. Detrás de ella, una sombra pequeña se aferraba a su pierna. Era un niño, quizás de cuatro años, al que la piel se le veía gris por el frío.
—Por favor —dijo Javier—. Compartir es la única forma de sobrevivir.
El ruido de la verja volvió, más violento. Los zombies, alertados por el alboroto, empujaban con tal fuerza que una cadena acabó soltándose y el grupo se vio obligado a decidir. Katia, sin pensarlo más, arrancó la caja de arroz del suelo y, junto con Javier y Manuel, corrió hacia la parte trasera del mercado. La madre y el niño, después de un dudo instante, los siguieron.
Salieron por la ventana justo a tiempo. Detrás de ellos, otros zombies se precipitaban, cayendo rompiéndose las extremidades al chocar contra el suelo helado, pero arrastrándose con un deseo que Katia pensaba ya imposible. Corrieron por las calles, la caja de arroz se rompió y los granos se esparcieron, perdiéndose en la suciedad y la mugre. Nadie se detuvo a recogerlos.
El regreso fue agotador, y ninguno podía hablar. El niño lloraba, pero la madre lo cubría con una manta raída, acercándolo a su pecho como único escudo contra el viento y la muerte. Cuando llegaron a la librería, la familia ecuatoriana abrió la puerta atrancada y los miró con mezcla de desconfianza y miedo. Cuando vieron la comida y a la madre con el niño, la tensión cedió un poco.
Esa noche, en el sótano de la librería convertido en refugio, compartieron una sopa sosa de arroz y restos de zanahorias. El aceite fue racionado a gotas, y el pan mohoso nadie se atrevió a comerlo. El abogado Javier leyó en voz alta los titulares viejos de un periódico del 10 de marzo, cuando las cuarentenas aún significaban algo y la policía todavía patrullaba las calles. El niño se durmió enseguida, la madre apoyó la cabeza en el saco de dormir y una de las ecuatorianas cosió una manta con hilos sacados de cortinas rotas.
Katia pensó en su madre, en ese viejo piso de Carabanchel donde seguro ya nadie respondía al teléfono. Recordó los escaparates de Navidad, las luces brillando en la Gran Vía, la música artificial en los pasillos del Corte Inglés.
Le dolía la garganta de tanto contener el llanto.
Al amanecer, la temperatura seguía bajando. Siguieron los murmullos de supervivientes entre las sombras. Las noticias de otros grupos llegaban distorsionadas, a veces a través de un viejo walkie-talkie militar. Había rumores de cadáveres apilados en los túneles de Metro, de saqueadores caníbales bajo el Viaducto, de un foco de fiebre y muerte en la zona de Cuatro Caminos. Aun así, resistían. Cada día que pasaban vivos era una victoria efímera contra la devastación que asolaba Madrid.
Una mañana, Katia subió a la azotea para ver el amanecer. Desde ahí, la devastación de la ciudad era absoluta: hileras de coches abandonados llenos de hielo; chimeneas sin humo, señal de que nadie en esos edificios quedaba vivo; miles de palomas picoteando cadáveres por plazas y avenidas. Aun así, desde allí se veía la punta dorada de la estatua sobre el Edificio Metrópolis, aún intacta, brillando tenazmente al sol débil de diciembre como si se negara a rendirse.
La vida había cambiado para siempre. Las leyes, el trabajo, los estudios, las amistades, todo era ahora una cuestión de supervivencia física: comer, protegerse, mantenerse caliente, compartir aunque solo fuese por instinto de manada.
Esa noche, Katia leyó de nuevo para los demás. La madre del niño rompió a llorar cuando la protagonista del libro escapaba de un edificio en ruinas y encontraba refugio junto a desconocidos. Los pequeños momentos de humanidad se habían vuelto tan raros como tesoros de otro tiempo.
El hambre era constante, el miedo nunca desaparecía. Afuera, bajo la fina escarcha, se oía a veces el arrastrar de pies inhumanos, siempre cerca, siempre acechando. A cada suspiro, el invierno avanzaba un poco más, dejando claro que la devastación no era solo la invasión zombi: era el hambre, el frío, la soledad y la certeza de que lo que quedaba de aquella ciudad, de aquel planeta, solo era polvo y recuerdos.
Pero mientras hubiera un niño dormido, una lata de arroz a repartir, un libro a media luz y unos pocos vivos capaces de no matarse entre sí, Madrid no estaría del todo muerta. A pesar del hielo, de los gritos en la noche y del persistente olor a muerte, esa chispa, esa frágil llama humana, seguía titilando entre las ruinas.
Y Katia, antes de dormir exhausta, juró ante el techo resquebrajado que seguiría luchando al menos un día más, por todos los fantasmas que habitaban la ciudad, y por los que, como ella, aún no se resignaban a dejar de ser humanos.
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