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Portada del relato Ciudad Fantasma, Navegante sin Rumbo
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Fragmento:


Las calles de Madrid, pensaba Yolanda cada vez que cruzaba el rellano para reunirse con el grupo, eran como el casco de un barco naufragado. Los supervivientes flotaban, apenas, a la deriva, arrastrados por una corriente invisible y poderosa. Cada día debía decidirse a buscar recursos en una ciudad hostil, como una marinera lanzada a cubierta en mitad de la tormenta, con miedo y determinación a partes iguales.

Duración: 10:16

Ciudad Fantasma, Navegante sin Rumbo
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Texto de ajuste de pausa.

7 de noviembre de 2020

La niebla caía sobre Madrid como un sudario, pero no era un fenómeno natural, sino la consecuencia de días y días de brumas generadas por los incendios menores, por los coches y motos varados, abandonados en esquinas y rotondas —algunos, todavía ardiendo tras saqueos y peleas— y quizás también porque el aire mismo parecía resistirse a moverse, como si la ciudad misma hubiese dejado de respirar.

Yolanda apenas distinguía las farolas de la calle Alcalá desde la barandilla del piso quinto donde se apostaba cada noche. Incluso ya caídas las primeras heladas del otoño, la ciudad era una llanura gris y vacía. No era un frío propio de Madrid, era otra cosa: el frío de la incertidumbre y el miedo, ese hielo que calaba los huesos más hondo que cualquier invierno.

El edificio inclinaba su silueta hacia la Plaza de Cibeles, aquel antiguo centro de celebraciones y protestas, ahora solo un espacio desierto, cubierto de papeles viejos, hojas y algún esqueleto de coche. Por la noche todavía se escuchaban gritos, disparos secos de armas que nadie habría imaginado en manos civiles, y, de vez en cuando, los jadeos y golpes sordos de los infectados golpeando escaparates, vagando erráticamente.

No era posible dormir. Soñar era un lujo reservado para quien tuviera la conciencia tranquila, y Yolanda la sentía poblada por fantasmas. Llevaba semanas organizando al grupo de vecinos que aún se mantenían: seis adultos y tres niños. Se habían dividido pisos y turnos, procurado comida y agua con una disciplina militar improvisada. Pero el cerco de la ciudad era cada vez más asfixiante. La comunicación digital se apagaba en pulsos intermitentes, dejando huecos de horas, luego de días, hasta que ya nada llegaba salvo interferencias y las explosiones lejanas de los transmisores siendo saboteados.

Las calles de Madrid, pensaba Yolanda cada vez que cruzaba el rellano para reunirse con el grupo, eran como el casco de un barco naufragado. Los supervivientes flotaban, apenas, a la deriva, arrastrados por una corriente invisible y poderosa. Cada día debía decidirse a buscar recursos en una ciudad hostil, como una marinera lanzada a cubierta en mitad de la tormenta, con miedo y determinación a partes iguales.

La mañana del 7 de noviembre, la ciudad amaneció encapotada, promesa de lluvia por fin. Yolanda bajó sigilosamente las escaleras de su bloque junto a Nacho, un exprofesor de historia que se había ido transformando en el improvisado cronista del grupo. Nacho llevaba una libreta repleta de anotaciones y siempre se ofrecía para las salidas cortas: “Si no escribo lo que veo, siento que no tiene sentido seguir viendo nada”, decía siempre en voz baja, como quien teme romper el fino cristal de la rutina con palabras demasiado ruidosas.

El plan del día era sencillo: adentrarse a pie por la antigua calle Goya hasta llegar a El Corte Inglés, intentando todavía suertes imposibles. Hacía semanas que los locales del centro estaban desvalijados, pero de vez en cuando encontraban víveres en un armario, un armario del personal o un sótano olvidado. Lo más preciado ya no era la comida, que día a día escaseaba más, ni siquiera las medicinas: lo más valioso era un poco de papel, cerillas o una radio de pilas con la que captar uno de los escasos boletines militares.

Salieron antes de las ocho, armados con cuchillos de cocina, un bate de béisbol y el viejo spray de defensa personal que alguna vez fue de la hermana de Nacho. Caminaban en fila, rozando los portales, atentos a los sonidos. Madrid estaba silenciosa, sí, pero de ese silencio peligroso que precede los estallidos. Un ladrido lejano, una pintura roja en la pared con una flecha y una palabra —“ZONA LIBRE”— tachada por una línea negra, los recibieron al cruzar el primero de los semáforos apagados.

“A veces parece que avanzamos sobre el fondo del mar, entre pecios rotos y algas”, susurró Nacho, y Yolanda pensó que de alguna manera tenía razón. Las aceras rotas, las tiendas cubiertas con planchas metálicas o tablones, los restos de algún cadáver semidevorado por infectados, todo eso formaba ya parte del paisaje. La Gran Vía, que solía brillar como un río de luz y ruido, era ahora el esqueleto de un leviatán sobre el que marchaban los últimos marineros de la ciudad.

Al doblar la esquina de la plaza Felipe II, la avanzadilla se detuvo. Un grupo de personas —o lo que quedaba de ellas, convertidas hace tiempo en reses rabiosas— se agolpaba tras los escaparates de una pastelería. Movían los hombros con una cadencia casi coreográfica, como si supieran que la vida, del otro lado del cristal, podía servirles un festín en cualquier momento.

Con el pulso acelerado, Yolanda y Nacho sortearon la manzana, refugiándose entre los portales medio cerrados hasta visualizar el coloso de El Corte Inglés. Ya no quedaba ni un solo letrero encendido, pero las cortinas metálicas de la entrada lateral seguían bajadas a medias. Desde detrás de las compuertas se colaba el óxido de las últimas horas del mundo antiguo. Nacho quiso anotar algo, pero Yolanda le detuvo: “Luego”, susurró, “si salimos”.

Accedieron al edificio por una grieta en el costado, entre dos persianas batidas por el viento. El interior olía a humedad, papel mojado y una pestilencia ácida más inquietante que el miedo: sangre seca y carne en descomposición. Las linternas apenas iluminaban la penumbra, pero sabían el camino hasta el sótano.

El antiguo supermercado era un cementerio de estanterías volcadas y bolsas abiertas. Ya no había ratas —ni siquiera los animales sobrevivían mucho en aquella nueva naturaleza invertida—, pero sí un sordo goteo que venía, irregular y casi hipnótico, de algún sitio al fondo. Yolanda avanzó, abriendo paso entre cajas de cereales abiertas y latas abolladas. El botín fue breve: tres latas de judías verdes, una garrafa de aceite que aún pesaba, dos botellas de agua mineral sin abrir y una caja de cerillas olvidada en un mostrador.

“Si esto sigue así, no volverá a quedar nada. Lo estamos limando todo, como si vaciáramos la sentina de un navío y arrojáramos hasta los remos”, murmuró Nacho, resignado.

Al regresar a la calle, la ciudad parecía todavía más apagada. Al enfilar de nuevo hacia Retiro, pasaron junto a los restos de un transporte militar calcinado. Yolanda se detuvo un instante frente a la Matrícula: había escrito alguien, con spray negro, la palabra NÁUFRAGOS. Sonrió, amarga. La referencia no podía ser más exacta.

Volvieron al edificio al caer la tarde, cargando las provisiones y la tensión de saber que la ciudad, a diferencia del mar, no ofrecía promesa de rescate. Desde el quinto piso, el mundo era una balsa precaria; cada vecino, un marinero al borde del abismo, con los ojos desorbitados y los gestos crispados.

A las siete, reunieron al grupo. Había que repartir la comida, decidir nuevas guardias y discutir el futuro cercano. Elsa, la enfermera jubilada del piso segundo, propuso intentar llegar al Manzanares, allí donde algunas bandas afirmaban haber montado campamentos más seguros —pero nadie sabía si era verdad o solo otro rumor lanzado para confundir a los desesperados.

Nacho contó lo que había anotado ese día: “El día 7 de noviembre cruzamos el casco de nuestro barco y comprobamos que el agua subía hasta las tablas. Pero seguimos fluyendo porque el instinto es más fuerte que el miedo. No lo sabemos, pero ya no queda capitán, ni brújula. Ahora todos somos timoneles de este naufragio”.

Camila, una de las madres jóvenes, preguntó si no habría modo de salir de Madrid. Yolanda explicó que las carreteras estaban tomadas por hordas —cada vez más grandes, según decían los que captaban fragmentos de radio militar— y, en cualquier caso, nadie sabía hacia dónde remar. Un viaje así era como internarse sin cartas de navegación, sin estrellas para guiarse.

Algún niño lloraba sin consuelo y Elsa les tapó los oídos mientras los adultos discutían. La noche entró de pronto, como lo hacían todos los peligros ahora: sin preámbulo, sin aviso, dejando a la ciudad flotando en una oscuridad absoluta.

A medianoche, tocaba el turno de guardia a Yolanda. Se apostó frente a la ventana, viendo las luces de algún incendio lejano y los destellos intermitentes de linternas. Le vino a la mente, en un destello, una vieja ilustración de un barco encallado sobre las rocas, faro encendido, en lucha eterna contra las olas y la noche. Madrid era ese barco, devastado y aún navegando a pesar de su quilla rota, sin saber si alguna vez volvería a tocar tierra o si el naufragio era ahora su única patria.

Pensó en escribir una carta a los ausentes, a los que habían muerto en las primeras semanas, a los que se habían marchado buscando un imposible, a los que tal vez sobrevivían en otros pisos, en otras ciudades, en otro mundo. Pero no tenía tinta, solo palabras dando vueltas en su cabeza como aves enloquecidas.

Cuando amaneció, los gritos habían cesado. El grupo recogió las últimas noticias de la radio militar: “Atención a todos los supervivientes en la zona de Madrid. No se recomienda intentar salir. Hordas en la M-30 y la A-5. Se sugiere buscar refugio hasta nuevo aviso. Repito: no intenten cruzar los puentes solitariamente”.

Por un momento, Yolanda pensó que quizás la ciudad acabaría por tragarse a todos, como hace el mar con los restos de los barcos. Pero luego miró a su grupo —hambreados, aterrados, resistiendo— y supo que la deriva era eso: aceptar la incertidumbre, no dejarse hundir.

Por encima de todo, la esperanza era flotar, aunque fuera a la deriva. Así terminaría el día 7 de noviembre: sin noticias del exterior, sin señales de rescate, pero con el juramento tácito de sobrevivir un día más, como marineros sin brújula, guiados solo por las constelaciones rotas de la ciudad hundida.

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