Fragmento:
De la caravana, lo más valioso eran las noticias. ¿Cómo estaba el asentamiento del hospital Gregorio Marañón? ¿Había aún supervivientes refugiados en el Palacio Real? ¿Los rebeldes de Tetuán habían conseguido expulsar a la última horda que asediaba sus paradas?
Duración: 11:39
La Ciudad de la Sombra y el Humo
Confesiones de un Sobreviviente en Vallecas
17 de diciembre de 2022
La niebla flotaba sobre los edificios abandonados de Madrid como una mortaja palpable, un recordatorio constante de que el invierno no había llegado solo. El frío era menos enemigo que la oscuridad. Había pasado el tiempo de las hordas incontenibles en las calles del centro, el tiempo de los Cementerios Andantes, como los llamábamos entre los viejos supervivientes de Carabanchel. Ahora Madrid era un campo de batalla dividido entre jirones de humanidad, hambre y restos aún letales de la plaga que casi exterminó el mundo.
Desperté esa mañana envuelto en una manta áspera, con los pies entumecidos y el sonido lejano de pasos en la escalera; no eran tropelías de zombis, no tan pronto —lo sabríamos— sino la ronda de Lucía, la encargada de la vigilancia. Llevaba días sin dormir bien. Siempre soñaba con el mismo escenario: la Gran Vía llena de niebla, cuerpos y dientes que rechinaban buscando una carne cada vez más escasa. Parpadeé, sin estar seguro de si lo recordaba o si era uno de esos sueños, cada vez más ambiguos.
Madrid, en diciembre de 2022, no se parecía ya nada a la ciudad que recordaban las guías turísticas o las fotos de Instagram. Hacía apenas dos años, sobrevivir significaba ocultarse; ahora, empezar a vivir era posible. Había pequeñas comunidades fortificadas —algunas casas blindadas en Vallecas, un mercado vigilado en Lavapiés, la antigua estación de Atocha sellada y convertida en puesto de intercambio. Los supervivientes, como nosotros, no nos movíamos mucho. En cada salida, uno podía acabar como carnaza o peor, con la sangre infectada y la mirada vacía de los que simplemente ya no estaban, aunque el cuerpo siguiera en pie.
Me senté al borde de la cama. Compartía una vieja aula de instituto reformada con dos niños, Elena y Juanito, y con Pablo —uno de los líderes de la resistencia local. Afuera, en la calle, no se oía nada más que algún cuervo solitario y, a veces, los propios ecos de nuestros pasos. Pero sabíamos que los peligros seguían ahí. Los zombis, si bien se habían debilitado —tal y como decían los exploradores— aún acechaban las sombras. Peor era encontrarse con los grupos nómadas que asaltaban comunidades, en busca de comida, armas o simplemente, algo de compañía, aunque fuese violenta.
Lucía golpeó la puerta con su rifle de caza.
—Arriba, reunid a todos. Vuelve la caravana del Puente de Vallecas.
Había esperanza en esa frase. Las caravanas eran eventos casi sagrados: el intercambio, la llegada de noticias, la posibilidad de conseguir penicilina, sal, semillas o algo tan preciado como papel higiénico o pilas. Por eso, aunque el cansancio tiraba de mis hombros, me levanté. Elena y Juanito, acostumbrados al frío, se movieron silenciosos. Pablo ya estaba vestido, ojos atentos.
Descendimos la escalera reforzada, cruzando tablones y barricadas caseras. El aula principal, donde se reunía el asentamiento, rezumaba un olor colectivo de cuerpos, sopa reciente, y miedo amortiguado por la costumbre. Los supervivientes ocupábamos antiguos pupitres, resignificados, y un par de bancos de iglesia traídos de alguna parroquia expoliada. Había unas cuarenta personas: ancianos, familias, alguno que otro herido y media docena de adolescentes curtidos antes de tiempo.
La llegada de la caravana era todo un ritual. El portón principal —una antigua reja de estación soldada sobre la fachada— se abría solo lo justo. Entraron primero los vigías: dos mujeres cubiertas con abrigos militares, apuntando en todas direcciones. Detrás, Tito conducía el carromato tirado por dos caballos maltrechos, perseverantes como todos nosotros. Tito era el hombre de los tratos imposibles, siempre con voz baja y una cicatriz en la garganta, recuerdo de un mordisco afortunadamente controlado y cauterizado a tiempo.
De la caravana, lo más valioso eran las noticias. ¿Cómo estaba el asentamiento del hospital Gregorio Marañón? ¿Había aún supervivientes refugiados en el Palacio Real? ¿Los rebeldes de Tetuán habían conseguido expulsar a la última horda que asediaba sus paradas?
Me acerqué a Tito tan pronto como supe que era seguro.
—¿Alguna novedad de Sol? —pregunté.
Hasta donde sabíamos, la vieja Plaza Mayor era parcialmente segura por ahora, aunque los subterráneos comunicaban con túneles infestados a diario. Tito bajó el rostro y negó, sin palabras: malos indicios. Sin embargo, sí traía algo importante: una bolsa con semillas de trigo y varias botellas de amoxicilina. El truque sería feroz.
Ese día no hubo negociación inmediata. Primero, cenas rápidas: un estofado pardo hecho de judías y lo que parecía ser zanahoria de un huerto urbano. Mientras comíamos, Pablo se acercó a mí, con su mirada oscura.
—Nos han llegado rumores —dijo— de una secta en el Retiro. Dicen que reclutan gente hambrienta, ofreciendo milagros. Pero cuando alguien se niega a “compartir la sangre”, simplemente... desaparecen.
No era la primera vez que escuchábamos algo así. El fin del mundo había traído lo mejor y lo peor: junto con la solidaridad, había emergido el fanatismo. Cada tanto, alguno de los nuestros se marchaba en busca de una salvación fácil, no volvía, y teníamos que añadir su nombre a la “tabla de los ausentes” que colgaba, a modo de altar laico, en la entrada del refugio.
El peligro humano asustaba más que los zombis. De hecho, ese mismo día, la caravana traía a dos heridos: Miguel y Sara, escoltas de Tito, habían sido emboscados —no por infectados, sino por un grupo armado con chaquetas de fútbol. Hinchas de origen oscuro, ahora criminales que buscaban munición y borrosas formas de poder.
Pero la reconstrucción seguía, paso a paso. Al día siguiente, como cada mañana, fui a hacer mi turno de guardia sobre la azotea. Desde allí, la panorámica de la ciudad era sobrecogedora, fantasmagórica. Los rascacielos de Azca lucían ennegrecidos, la mayoría sin cristales. En el barrio de Salamanca, apenas persistían algunos chalets fortificados; los ricos habían sido los primeros en huir, abandonando casas a merced de ambos horrores: zombi y humano. Solo en el sur —donde nos hallábamos— la gente había aprendido a resistir juntos, porque la opción de ser lobo solitario era un lujo suicida.
Colgado en la barandilla, un radiotransmisor chisporroteaba. De fondo, cada hora se difundía la misma señal:
"Comunidad de la Estación Sur, zona segura, trueque y refugio. Comuníquese en clave 11…"
No era casualidad. Los supervivientes más viejos, como Justo el carpintero, decían que esas transmisiones mantenían la cordura. Nos recordaban que no estábamos solos, que aún flotaba la esperanza de conectar algún día con otros.
Al anochecer, organizamos una asamblea. Aquella noche se decidiría si enviaríamos una expedición para buscar medicinas al hospital abandonado de La Paz. Yo era uno de los propuestos para la misión, aunque mi experiencia como médico de urgencias antes del apocalipsis me volcaba más hacia los cuidados internos.
Levanto la mano. Les hablo: “No podemos perder otro grupo solo por buscar antibióticos. Necesitamos un plan mejor, más información. Sabemos que hay corredores despejados por Manuel Becerra. He oído que un grupo del barrio de Hortaleza logró limpiar un bloque usando perros.”
El debate fue tenso pero sereno. Madrid después del caos era una ciudad de voces graves y miradas calculadoras. Habíamos aprendido que la democracia de antes no servía, pero la tiranía tampoco: nos gobernábamos por consenso duro, más por la necesidad que por ideales.
Al final, acordamos enviar una expedición mínima: dos exploradores que no serían los más fuertes ni los más jóvenes, sino los más meticulosos. Sabíamos que el secreto para sobrevivir —ahora más que nunca— era no tentar demasiado la suerte.
La noche siguiente, Helena —la ingeniera, pero también cazadora— y Jacobo —otro exmédico— partieron en dirección al hospital, pertrechados con lo poco que quedaba de las viejas farmacias: gasas, tres jeringuillas, dos revólveres medio oxidados y un mapa a mano alzada. Les despedimos en silencio, conscientes de que el regreso era siempre incierto.
Durante la espera, me dediqué a los niños. Elena y Juanito parecían haber crecido una década en dos años. No preguntaban por sus padres —los perdieron al inicio de la pandemia, y solo lloraron en privado una vez, bajo la escalera. Ahora sabía que podía confiarles tareas de vigilancia o riego. Les enseñé a aplicar torniquetes y distinguir comida en mal estado, como el abuelo enseñaba a sus nietos a montar bicicleta antes del fin.
El tercer día, la expedición regresó. Jacobo cojeaba, una herida cosida a toda prisa, pero vivos. Y vivos, sobre todo, cargados de lo esencial: penicilina, varios frascos de yodo, y lo más valioso de todo, una pequeña caja de filtros de gas. El hospital estaba infestado y casi les cuesta la vida, pero lograron acceder por pasadizos que ni ellos mismos sabían que existían.
La alegría fue contenida pero sentida. Organizamos, a escondidas, una pequeña celebración a base de pan duro y café recalentado con cáscaras de naranja. Cantamos canciones viejas —había quien aún recordaba letras de Sabina, quien prefería melodías improvisadas.
Los zombis, se discutía, ya no eran lo que fueron. Algunos grupos organizados lograban repeler pequeñas hordas armados con garrotes y lanzas improvisadas. El verdadero miedo eran las bandas organizadas: secuestradores, saqueadores, caníbales disfrazados de comerciantes. Sabíamos que en Anton Martín, una milicia había impuesto tributos a los que cruzaban el barrio, pero también que la policía local —disuelta y mezclada con civiles— se hacía fuerte cerca de la Casa de Campo.
En la radio, de tarde, llegó una noticia inaudita: en Aranjuez, un grupo había logrado poner en marcha un pequeño generador hidroeléctrico. Era apenas suficiente para cargar unas linternas, quizás una radio, pero nos hizo fantasear con la electricidad de nuevo, con encender de nuevo el alumbrado en Madrid.
Algunos escribían diarios: el mío era discreto, apenas dos hojas por semana. Más tarde o más temprano, alguien leería estas líneas, quisiera saber cómo se tejió la resistencia entre las ruinas. Quisiera saber cómo fue sobrevivir entre la amenaza invisible del contagio y la violencia humana; cómo, en medio de la oscuridad y la escasez, aún cabía un suspiro de esperanza cada vez que amanece, si amanece.
Porque en Madrid, diciembre de 2022, sobrevivir ya no era esconderse, era empezar a planificar, a reconstruir. Aprendíamos, uno tras otro, los nombres de los renacidos. Borrábamos de la pizarra los de los caídos. Trazábamos mapas en paredes desconchadas, marcando rutas seguras, nueva cartografía de un mundo que todavía, testarudo, se negaba a dejarse morir.
Y así, cada noche, ante las hogueras fabricadas con madera de bancos y libros sin valor, contábamos historias. Historias de un mundo antiguo, sí, pero también historias de un mañana donde Madrid sería de nuevo, si no la ciudad de la luz, al menos la ciudad de los resistentes que nunca se rindieron.
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