Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Portada del relato La última frontera al sur de la Castellana
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Fragmento:


La decisión de la asamblea fue casi unánime: mañana haremos una nueva incursión. Esta vez, no será para buscar conservas, sino para intentar llegar al centro de coordinación de la Cruz Roja en Plaza de Castilla, donde los rumores dicen que quedan reservas de medicamentos y algo de comida. El trayecto es peligroso, pero la alternativa es esperar a morir de hambre aquí abajo, atrapados por el frío y el silencio.

Duración: 11:06

La última frontera al sur de la Castellana
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Texto de ajuste de pausa.

3 de diciembre de 2020

El frío camina por Madrid como una criatura silenciosa, igual de hambrienta que los muertos que deambulan por sus avenidas desiertas. Han pasado ya nueve meses desde que la ciudad dejó de ser una metrópoli y se convirtió en un cementerio gigantesco, donde las huellas humanas se mezclan con la nieve y la pesadilla nunca descansa. Dicen por las radios de onda corta que el invierno ha ralentizado a los zombis, que los cuerpos, corrompidos y endurecidos, son ahora torpes y menos peligrosos. Pero para los que aún respiramos, la amenaza más letal acecha en las sombras de los portales, en la penumbra de las calles vacías y en el aliento congelado de la desesperanza.

Me llamo Raquel Martínez y solía enseñar historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Complutense. Ahora enseño supervivencia a niños de diez años en el refugio improvisado de la antigua estación de metro de Chamberí, apenas iluminada por velas y linternas de baja batería. Hace ya meses que el sol dejó de calentar este subsuelo blindado, meses desde que vimos el último rayo entrar a través de las rejillas del túnel. Aquí, bajo la tierra, el tiempo avanza al ritmo de los relojes que no se detienen, y solo el eco de los disparos lejanos nos recuerda que en superficie sigue la lucha por existir.

***

No puedo evitar recordar cómo empezó todo, la confusión inicial cuando las primeras noticias salían en los telediarios, confundiendo la nueva plaga con un rebrote más letal de coronavirus. En marzo, los hospitales colapsaron. En primavera, los militares disparaban a multitudes en Atocha para contener los primeros brotes. Madrid, tan orgullosa de su vida social, su gente y sus plazas, se fue encerrando cada vez más, hasta que la ciudad murió a la vez que su bullicio. Ahora, el silencio es tan denso que llega a doler.

Hoy hemos perdido a otro niño. El pequeño David, hijo de una enfermera y un conductor de autobús, no resistió la fiebre y la falta de alimentos. Murió casi en silencio, aunque su madre desgarró la quietud del refugio con los gritos más tristes que haya escuchado jamás. Aquí abajo, la muerte se vive de forma distinta, como si el espacio y la oscuridad contuviesen el dolor, y después lo devolvieran multiplicado.

No es el primero, ni será el último. El alimento escasea; las raciones de arroz y lentejas, que el grupo de exploradores trae del antiguo supermercado El Corte Inglés de Argüelles, se han terminado casi por completo. El invierno ha cerrado el acceso a muchas calles y las incursiones hacia la superficie son cada vez más peligrosas. Mientras los zombis se arrastran torpemente por el frío, las bandas de saqueadores se han vuelto mucho más audaces, y el hambre les obliga a todo.

***

No debería escribir. Nunca fui realmente una persona supersticiosa, pero aquí abajo, el papel guarda demasiados secretos. Sin embargo, mi diario es mi última conexión con una realidad anterior, un mundo que se desvaneció a la vez que las luces de la Gran Vía y la música en los bares de Malasaña. Es lo único que me queda para no olvidar quién era, para mantener algo humano en medio de las ruinas.

Hoy, después de la muerte de David, dimos una asamblea en la estación. Somos apenas cuarenta, la mayoría mujeres y niños, aunque quedan tres soldados que una vez formaron parte de una unidad desplazada a proteger hospitales. Raúl, uno de ellos, ahora es nuestro líder de facto, un hombre grande, de pocas palabras, cansado hasta los huesos. De vez en cuando, lo veo llorar en silencio cuando cree que nadie lo observa.

La decisión de la asamblea fue casi unánime: mañana haremos una nueva incursión. Esta vez, no será para buscar conservas, sino para intentar llegar al centro de coordinación de la Cruz Roja en Plaza de Castilla, donde los rumores dicen que quedan reservas de medicamentos y algo de comida. El trayecto es peligroso, pero la alternativa es esperar a morir de hambre aquí abajo, atrapados por el frío y el silencio.

***

Llevamos semanas entrenando a los niños más mayores para el silencio, la oscuridad y la resiliencia. Sobresalen Marco y Pilar, ambos de catorce años, hijos de profesores y viejos amigos. Les cuesta reprimir el miedo, pero entienden que el miedo es una herramienta valiosa: si lo dominas, sobrevives.

La noche anterior a la incursión dormimos poco. El viento suena como un monstruo en las rejillas del túnel. He colocado a los más pequeños cerca del centro, arropados entre mantas y cuerpos, intentando mantener algo de calor y esperanza. Antes de tumbarnos a dormir, Pilar me pregunta por las historias de Madrid antigua, de la plaza Mayor y los Reyes Magos, de los inviernos en el Retiro nevado. Le cuento que hace apenas un año la ciudad rugía de vida y orgullo, que aquí había fiesta cada noche y el aire olía a castañas asadas en diciembre. Ahora el invierno solo sabe a muerte.

Raúl pasa entre los colchones, comprobando que todas las linternas estén listas, que los cuchillos estén bien afilados y que las tres pistolas que aún funcionan tengan algo de munición. Yo reparto las tareas; intento no pensar en la posibilidad, real, de que no todos volvamos.

***

Subimos por los túneles hacia la superficie. El aire helado nos golpea nada más emergemos, y la escarcha cruje bajo las botas. Hemos cambiado nuestros abrigos de pluma por chaquetas acolchadas rellenas con periódicos y mantas viejas. Salimos al nivel de la calle Bravo Murillo, cerca de Chamberí, y avanzamos en fila, agachados, atentos a cada sombra. Las calles de Madrid amanecen con una claridad tibia, atravesada por un sol pálido.

Nada se mueve, salvo un par de cuervos que picotean los restos de un coche incendiado. Señal de esperanza: ningún infectado a la vista. Caminamos en silencio, y solo se escucha el crujido de la escarcha y, a lo lejos, el aullido de algún animal salvaje. Madrid se ha transformado en territorio de carroñeros: antes, reyes y vagabundos compartían espacio; ahora solo sobreviven los depredadores.

Media hora después, cuando llegamos a las cercanías de Nuevos Ministerios, vemos por fin el primer grupo de cuerpos: unos cinco zombis, apenas reconocibles bajo harapos y escarcha, arrastrándose por el asfalto. Los evitamos, bordeando las ruinas de un supermercado. Los niños de la expedición han aprendido a seguirnos en silencio absoluto, como si su vida dependiera de cada paso —y así es.

***

El trayecto hasta Plaza de Castilla se convierte en una pesadilla cuando descubrimos que un grupo humano nos sigue. No son zombis, sino cinco figuras encapuchadas, armadas con hachas y un par de pistolas. Saqueadores. Raúl nos indica que nos escondamos tras los escombros de una farmacia derruida.

No puedo evitar pensar en los relatos que circulan en el refugio: historias de bandas que secuestran mujeres y niños para traficarlos, de matanzas sin sentido por un mendrugo de pan. Madrid, en ruinas, es ahora más fiel a sus peores leyendas que a sus héroes antiguos. Mis manos tiemblan sobre el cuchillo, y descubro que rezar es inevitable, aun si no recuerdo a quién.

Raúl se enfrenta solo a los saqueadores, hablándoles a gritos desde la esquina. Les dice que somos solo mujeres y niños, que no tenemos nada que interese a brutalidad como la de ellos. Por un momento pienso que será el final; los gritos, la tensión, la espera. Al final, uno de los saqueadores se burla y dispara al aire. El eco atraviesa la ciudad como un fogonazo. Pero se marchan; quizás estamos demasiado famélicos incluso para ellos, o quizás temen atraer a los muertos.

Seguimos, temblando, hasta llegar al edificio de la Cruz Roja. Madrid, bajo el hielo, parece una tumba. Es entonces cuando nos damos cuenta: los zombis han salido de las sombras, atraídos por los disparos. Raúl nos apremia con señas a movernos rápido, y por un momento las ruinas cobran vida con esas criaturas que, aunque torpes por el frío, siguen siendo mortales en grupo. No queda tiempo para miedo ni lágrimas: solo correr, sortear escombros y abrirnos paso a cuchilladas si hace falta.

Accedemos al edificio de la Cruz Roja a través de un sótano, forzando la entrada con una palanca. El interior está tan devastado como el resto, pero encontramos algunas provisiones: cuatro latas de lentejas, dos cajas de antibióticos y un bidón con quince litros de agua limpia. Nos parece un tesoro, un milagro improbable en este invierno de cadáveres.

Antes de marcharnos, miramos hacia el exterior y vemos lo que parece una pequeña caravana de supervivientes atravesando la lejanía de la Castellana. Hay señales de que otros resisten, de que la ciudad no está del todo muerta. Por un momento, recupero algo de esperanza, algo tan frágil como la escarcha que cubre Madrid.

***

La vuelta al refugio se convierte en una carrera contrarreloj. Los niños cargan orgullosos con parte del botín, y Raúl se retrasa cerrando tras de sí todas las puertas que puede. A la altura de Ríos Rosas, tenemos que pasar por un túnel donde la oscuridad es densa y el silencio casi absoluto. Entonces escucho un quejido: Pilar ha tropezado y se ha abierto la pierna. El miedo se apodera de todos, porque cualquier herida, cualquier sangre, puede atraer a los muertos o servir de excusa para la desesperación humana.

La cargamos entre todos hasta llegar finalmente al acceso del metro de Chamberí, donde los centinelas nos reciben con expectación. Al ver que regresamos casi ilesos y con comida, el ánimo del refugio se enciende por un momento. Nunca olvidaré los abrazos, el temblor de las manos de los niños al contar su aventura, la forma en que la madre de David —huérfana ya, pero más fuerte de lo que nunca imaginé— les cubre a todos con una manta y les cuenta un cuento antes de dormir.

***

Esa noche, mientras la escarcha cubre la ciudad dorada y rota, pienso en cómo Madrid sobrevive dentro de las personas que aún recuerdan su historia. Cada rincón del refugio encierra relatos de un pasado distinto: las fiestas de San Isidro, los debates en la Facultad, la esperanza de primavera en el Retiro. Pero también nacen nuevas historias, más duras pero igual de nuestras: la supervivencia, el dolor, el calor humano en medio del invierno más letal.

Oigo, en la radio de onda corta, rumores de que en el sur de la ciudad, cerca de Legazpi, otra comunidad de supervivientes ha encontrado cómo hacer crecer patatas bajo tierra. Es posible, dicen, que el frío termine matando a la mayoría de los infectados antes de marzo. Pero no me hago ilusiones: sé que, sobreviviendo un día más, somos parte de un nuevo Madrid, imperfecto pero inquebrantable.

La noche termina mientras los muertos, en la superficie, se amontonan unos sobre otros, tan quietos como estatuas bajo la nieve. Espero que, cuando termine el invierno, podamos reclamar algún trozo de la ciudad perdida. Y mientras tanto, aquí abajo, entre el eco de las risas tímidas de los niños y el calor de una lata de lentejas recalentada, el corazón de Madrid sigue latiendo, tanda a tanda, golpe a golpe, resistiendo al olvido.

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