Fragmento:
Las murallas improvisadas que rodeaban el perímetro norte del hospital estaban hechas de todo lo que la ciudad había dejado atrás: coches empotrados entre sí, colchones hinchados y alambre de espino oxidado. Esta fortificación era una de las razones por las que el asentamiento Emergencia Chamartín todavía podía llamarse “asentamiento.” Si algún zombi o carroñero humano lograba entrar, era por error, astucia extrema o pura desesperación.
Duración: 13:00
18 de noviembre de 2022
Seis días atrás, la niebla del Manzanares era más espesa que de costumbre, como si la humedad invernal se colara entre los cimientos de las ruinas que habían sido Madrid. Desde la azotea del antiguo Hospital Clínico, Nora vigilaba los tejados a través de unos prismáticos recauchutados mientras la luz del atardecer arrancaba reflejos anaranjados en las ventanas rotas. Dejaba claro que el frío no era el único enemigo: el verdadero peligro seguía siendo el ruido, más en estas fechas en las que los zombis de los meses iniciales ya apenas caminaban. Pero los frescos no eran difíciles de distinguir. Se movían con saña, imparables, mientras que el resto apenas eran sombras encorvadas arrastrándose por el asfalto.
Las murallas improvisadas que rodeaban el perímetro norte del hospital estaban hechas de todo lo que la ciudad había dejado atrás: coches empotrados entre sí, colchones hinchados y alambre de espino oxidado. Esta fortificación era una de las razones por las que el asentamiento Emergencia Chamartín todavía podía llamarse “asentamiento.” Si algún zombi o carroñero humano lograba entrar, era por error, astucia extrema o pura desesperación.
Pero últimamente, el peligro ya no venía solo de los caminantes. Unas semanas antes, la noticia del nuevo asentamiento en la antigua Estación Sur, con su molino de viento y su pozo propio, había corrido como pólvora. Desde entonces, los grupos nómadas, bandas armadas y desertores de facciones mayores deambularon cada vez más cerca. El conflicto humano se estaba haciendo incluso más letal que la amenaza zombie.
Aquella mañana, Nora bajó desde la azotea con la radio emisora mal anudada al cinto. Oía estática, chirridos y, a ratos, voces troceadas en canales lejanos. Solo cuando se acercaba a la cocina común, improvisada en lo que antes fue el área de Urgencias, percibía verdadera calidez. A los supervivientes nos une el hierro y el fuego, solía decir su padre cuando cocinaba un potaje de legumbres con caldo oscuro y fuerte olor a cebolla de campo. Desde su muerte, Nora había repetido esa frase cada vez que compartía la olla comunitaria con el resto.
—¿Has visto algo raro, Norita? —preguntó Don Emilio, el anciano encargado del grupo de cocineros, arropado en capas de mantas y un ribete de chaleco reflectante.
Nora se apartó el flequillo de la frente, el vaho cubriéndole la boca y la nariz.
—Nada raro, pero he contado más movimientos por Conde Duque. Un grupo grande, cinco o seis, y dos llevaban chalecos militares.
Las cucharas dejaron de moverse en la olla. Había aprendido que cualquier mención al armamento profesional petrificaba de inmediato a los presentes.
—Quizás sean los de Torres Blancas, esos que te cambian un litro de agua por una bala usada —susurró Berta, una de las enfermeras, con ojos hundidos y sonrisa nerviosa.
Don Emilio negó.
—No. Los de Torres Blancas tienen sus rutas ya… Si son nuevos, podrían buscar sitio, o estar preparando otra redada.
Lo que nadie decía es que las redadas no eran ya solo para comida. Ahora también querían medicinas, herramientas, incluso personas: alguien que supiera arreglar radios, coser heridas profundas o leer mapas. El valor del conocimiento era, en esta época, casi tan alto como la pólvora o el pan.
Aquella tarde, la comunidad de Emergencia Chamartín se reunió como cada semana en el anfiteatro improvisado en el hall de entrada, que meses atrás sirvió de triaje para infecciones y heridas. Los líderes del asentamiento —Carmen, la jefa de seguridad; Rafita, el mejor supervisor de cultivos en la azotea, y el propio Don Emilio— subieron a la mesa de madera astillada.
—Tenemos que rodear mejor la entrada sur —dijo Carmen—. Los restos de la tapia cedieron después de la lluvia. Si entran, perdemos las reservas de agua y los paneles solares.
La lluvia era constante desde octubre. El Manzanares se desbordaba casi cada madrugada y hacía intransitables las viejas calles de Tetuán o Arguelles. Era como si la ciudad, inerte y cansada, expulsara de sí toda esperanza de reconstrucción.
—¿Y la radio? —preguntó Berta—. ¿Nada desde Entrevías ni Vallecas?
Don Emilio encogió los hombros. Sus ojos, aunque castigados por la edad, contenían la obstinación de los que han visto pasar muchos inviernos.
—Solo chirridos y números. Hoy a la una y cuarto sonó "4-7-12-9". Es una señal, seguro. Si los de Vallecas siguen ahí, es que necesitan ayuda.
Nadie sugirió salir. Las rutas estaban plagadas de bandidos y no había garantía de regresar si se emprendía viaje. Lo que sí surgió fue una corriente de miedo, una pregunta que todos callaban pero era evidente: ¿Cuánto más podría sostenerse el hospital como refugio cuando todo afuera era hostil?
Nora salió del hall y se dirigió a la sala de los niños. Había al menos catorce, de edades entre cuatro y once años. Jugaban a “monstruos y humanos”, una parodia cruel de los días finales de la civilización. Habían aprendido que el silencio era su mayor arma; sus risas apenas duraban segundos, siempre vigilando la puerta y las ventanas cubiertas con periódicos atrasados. Uno de los niños le tendió un dibujo: había representado la Torre Picasso como una fortaleza, con zombis y humanos peleando en la base y, en lo alto, una familia con banderas y fuegos encendidos.
—¿Tú crees que podríamos volver allí algún día? —le preguntó el niño, de pelo rizado y suéter lila, señalando el dibujo.
Nora suspiró. Sabía que mentir era una parte del ciclo de esperanza, pero los niños lo captaban todo.
—Quizá, si seguimos siendo listos y trabajando juntos. Quizá podamos vivir en lugares altos, donde llegue más sol —contestó, sin demasiada convicción.
Por la noche, la comunidad dividía las guardias entre la azotea, la sala de máquinas y el sótano. Nora compartió su turno con un joven llamado Jorge, antiguo estudiante de ingeniería informática que ahora era experto en trampas y sistemas de alarma con lo que rescataba de las antiguas tiendas del centro.
Mientras repasaban los sistemas de alerta, Nora vio destellos en la lejanía, hacia Ventas. Parecían flashes de linternas acompañados de disparos secos. Jorge frunció el ceño.
—Eso no es un simple ladrón —musitó—. Han salido tres destellos rojos seguidos, como la señal de entrada forzada.
En Chamartín todos los grupos usaban señales con linternas y linternas de colores, pero el rojo eran palabras mayores: ataque inminente.
—Vamos a la radio, rápido.
Corrieron por los pasillos a oscuras, guiados más por la memoria que por la vista. Durante un minuto, todo lo que se oía era el golpeteo de sus botas sobre baldosas resquebrajadas, el eco de la historia de una ciudad que sobrevivía pese a todo. Llegaron a la sala de comunicaciones. Jorge se ocupó de ajustar la frecuencia mientras Nora se ponía los cascos rudimentarios.
—“Ventas, aquí Chamartín. ¿Quién sois? Repito, ¿quién está ahí?”
Solo ruido blanco. Luego, de repente, una voz lejana y temblorosa:
—“...Grupo... nómadas... han caído... no entréis en..."
La transmisión se cortó en seco. Unos segundos después, solo fue posible escuchar una concatenación de pitidos y una arenga en ruso, señal de que los viejos equipos de soldados desertores de la antigua base de Torrejón habían interceptado la señal.
Esa noche, la vigilia fue interminable. Los zombis mostraban cada vez menos fuerzas, acurrucados en portales, pero la amenaza humana no perdía filo. Las patrullas internas doblaron su número. Un par de horas más tarde, una bandera improvisada roja apareció en las afueras de Chamartín, clavada sobre un carrito de supermercado. Era la señal inequívoca de que aquella zona ya era territorio en disputa.
Al amanecer, antes de que la luz gris atravesara las nubes bajas sobre Plaza Castilla, el consejo del asentamiento tomó una decisión: “Tenemos que revisar el perímetro y, si podemos, ofrecer cobijo temporal a los de Ventas, pero con condiciones. Si son perseguidos, nos pondrán en la diana." Las palabras de Carmen eran un eco del miedo común: los otros humanos eran, en muchos casos, más letales que los zombis.
De entre todas las tareas, a Nora le tocó liderar un pequeño grupo de observación hacia el antiguo Puente de Juan Bravo. Salieron cinco, incluyendo a Jorge, bien armados con ballestas artesanales y una sola pistola con apenas tres cartuchos.
Al salir al asfalto, el silencio era sobrecogedor solo perturbado por el gemido del viento chocando contra los edificios vacíos. Pasaron junto a las huellas de piras funerarias apagadas, grafitis con mensajes de “No pasar. Infección.” y carteles de propaganda de antiguas facciones: “La Liga por la Vida”, “Milicianos de Atocha”, “Valientes del Sur”. Cada letrero, una historia de intentos de civilización fracasada. En mitad del paseo, un cadáver reciente, semidesnudo, mostraba signos evidentes de asesinato humano: navajazos en el estómago, muñecas atadas. Entre sus dedos, una foto descolorida de una niña.
Al llegar al Puente de Juan Bravo, vieron que el grupo de Ventas les aguardaba, apenas cuatro personas con la ropa raída, dos heridos y una mujer muy joven, acurrucada contra un saco de dormir. Estaban rodeados por una nube fina de humo que ascendía desde una hoguera diminuta. Al ver acercarse a Nora y los suyos, la mujer levantó una bandera blanca hecha de un trozo de camiseta.
—Venimos de Ventas. Tenemos información. Por favor —dijo en tono trémulo—. No queremos problemas.
Nora bajó la ballesta, aunque sin apartar la mano del gatillo.
—Aquí tampoco queremos problemas —dijo—. Información vale tanto como pan o medicina. ¿Qué sabéis?
El hombre más mayor, de barba rojiza y aspecto agotado, se incorporó.
—La banda de los Cuadros Rojos asaltó nuestro asentamiento. Dijeron que vendrían a Chamartín la próxima semana. Han reunido un camión blindado, armas automáticas… Tienen una lista. Quieren todo lo que tenga valor: gente con conocimientos, comida… niños —su voz se quebró al decirlo.
Nora sintió el frío colarse bajo la ropa, como si la amenaza se hubiera materializado más allá de lo imaginable. Sabía que venderían a los niños si llegaban a atraparlos; el tráfico de personas era ahora una moneda de cambio tan cruel como incesante.
—No podemos dejaros entrar todos sin vigilancia. Aquí adentro tenemos normas. Vais a dejar las armas y os revisaréis antes de cruzar. Pero ayudaremos a los heridos y, si de verdad traéis información, tendréis un sitio junto al fuego —sentenció Nora con la fuerza de quien sabe que, si la compasión muere, la humanidad ya no vale la pena.
El intercambio fue tenso, pero fue posible. El grupo de Ventas, bajo vigilancia, fue conducido uno a uno hasta el hospital. Esa noche, por vez primera en mucho tiempo, más de treinta personas compartieron la misma olla de legumbres bajo la luz mortecina de faroles de queroseno. Nadie rió, pero los niños comieron pan y chocolate rescatados; los mayores apenas probaron bocado, atentos al silencio roto solo por los duelos y los planes.
Sabían que Chamartín, como el resto de Madrid, seguía siendo una tierra de frontera. Había respiros, momentos en los que la esperanza de recuperar algo parecido a la civilización asomaba, pero la neblina de la violencia y la amenaza nunca se disipaba por completo.
Cuando Nora regresó a la azotea la última noche de vigilancia de la semana, vio al sur las luces de una caravana lejana: una fila de faroles, escoltados por siluetas armadas, que se desplazaban hacia lo que un día fue la M-30. Eran otros como ellos, buscando un hueco en las ruinas, soñando con un refugio tan improbable como un amanecer cálido en pleno noviembre. Ella apretó el fusil de cerrojo que alguien le había regalado meses atrás y susurró para sí la vieja fórmula: “Nos une el hierro y el fuego,” convencida de que, si lograban sobrevivir al invierno, a la próxima redada y a la siguiente hambruna, tal vez Madrid no renacería… pero la vida —esa terquedad antigua— sí podría abrirse camino, incluso entre las espinas de la Gran Vía.
Y mientras una ráfaga en el canal de radio traía el eco de otras voces, otros asentamientos lejanos, Nora apretó los dientes, ya no solo por miedo, sino con una esperanza feroz: todavía quedaba gente capaz de resistir, conservar su humanidad y, algún día, tal vez, construir una ciudad entre las ruinas y la memoria.
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