Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Portada del relato Ruinas de Azúcar y Ceniza
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Fragmento:


El plan era sencillo y suicida a la vez. Entrarían por la calle O'Donnell al amanecer, picarían ollas y latas en los límites del parque para atraer la atención de la horda, la dirigirían a través del túnel de Menéndez Pelayo —que ya habían bloqueado por detrás—, y, una vez atrapados los no-muertos, prender fuego a la podredumbre hacinada y dejar que Madrid se tragase sus cenizas.

Duración: 11:18

Ruinas de Azúcar y Ceniza
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Texto de ajuste de pausa.

2 de julio de 2026

La calima rojiza del verano madrileño caía como un manto sobre los tejados desnudos. Donde antes se extendía el bullicio de Gran Vía y la vida rebosante del centro, ahora sólo quedaban grietas, ventanas tapiadas, muros ennegrecidos por incendios que nadie apagó y, aquí y allá, osamentas blanqueadas por el sol de seis años. Madrid había cambiado —ya no era ciudad, ni tampoco campo. Era territorio disputado, frontera y esperanza al mismo tiempo.

Guillermo Cabrera apretó entre las manos su fusil francés, oxidado como la verja de una escuela abandonada. Alrededor de él, una docena de figuras aguardaban encorvadas tras los restos de un coche patrulla volcado: la milicia del asentamiento de Arganda, a siete kilómetros al sureste, hombres y mujeres elevados al heroísmo por el puro hecho de no haber muerto todavía. O de no haberse abandonado.

El silencio pesaba. Era distinto al silencio de los primeros meses, cuando a falta de tráfico y gente sólo restaba el ruido de las sirenas y las alarmas lejanas. Ahora era profundo, acechante, como si la ciudad retuviese el aliento y espiara cada movimiento de los vivos.

—¿Lo ves, Guille? —preguntó Sara, la enana que les servía de exploradora por entre las ruinas—. Los rastros llegan hasta El Retiro… Quedan menos, pero todavía huelen.

Guillermo asintió. La expedición no era sólo una recomendación: era una necesidad acuciante. La horda —un grupo de más de doscientos zombis todavía activos— arrastraba sus andares erráticos por las avenidas, impidiendo a los colonos acercarse al mejor y más grande de los huertos urbanos recuperados tras la última primavera. Demasiado cerca de lo que antes fue el centro, demasiado arriesgado para los comerciantes de Asturianos y Carabanchel, demasiado valioso para dejarlo en manos de la putrefacción.

Los zombis ya no eran bestias implacables que corrían y desgarraban: la mayoría, tras seis años, apenas podía arrastrarse. Sin embargo, el peligro seguía siendo real. La infección, te recordaban todos con voz apremiante, no perdonaba errores. Un arañazo bastaba. Un diente astillado podía arruinar meses de esfuerzo.

El plan era sencillo y suicida a la vez. Entrarían por la calle O'Donnell al amanecer, picarían ollas y latas en los límites del parque para atraer la atención de la horda, la dirigirían a través del túnel de Menéndez Pelayo —que ya habían bloqueado por detrás—, y, una vez atrapados los no-muertos, prender fuego a la podredumbre hacinada y dejar que Madrid se tragase sus cenizas.

Pero nadie hablaba del fuego. Nadie quería mencionar la última vez que una operación así salió mal y uno de los suyos terminó mordido, la desesperada noche en que se vio obligado a suplicar por una muerte rápida antes de transformarse. Así era el fin de los héroes en el Madrid de 2026: no con una bala en la cabeza, sino con una mano amiga sujetando el cuchillo de matarife.

Sara sacó el espejo de repuesto de una moto y lo asomó hacia el cruce de Narváez.

—Se mueven, lento… pero juntos —susurró. Sabía que los zombis iban donde el ruido era mayor y que el verano, con su calor infernal, los volvía aún más letárgicos.

—Vamos, —dijo Guillermo— ahora o nunca.

Al avanzar por la acera aún se podían leer letreros torcidos: “Farmacia”, “Cerrado por cuarentena”, “Se busca a Ramón, llamar a…” Los testigos de la catástrofe y del dolor estaban por todas partes, en forma de fotos desvaídas pegadas en muros, carteles de “Desaparecido” colgando como lamentos que nadie había escuchado nunca. Los jóvenes que formaban la milicia —algunos sin recuerdos reales del mundo de antes— miraban estos restos extraños con un respeto supersticioso. Eran reliquias, avisos silenciosos de cómo la ciudad había caído.

Cruzando O'Donnell, vieron por fin El Retiro. El parque zoológico de los muertos vivientes. Donde antes las familias paseaban y los turistas charlaban sobre los museos, ahora sólo quedaba silencio y maleza: los zombis languidecían tallos arriba, algunos enredados en los troncos de plátanos y olmos. Había uno casi sumergido en el estanque, y otro de uniforme escolar (de algún verano lejano) colgado de las rejas como un espantajo.

Guillermo sacó su olla de metal y golpeó con una llave inglesa rescatada de un taller. Un eco metálico retumbó en el aire quieto, crispando hasta a los mismos pájaros. Lenta, laboriosamente, la horda despertó. No avivaban furia ni hambre. Solo persistencia, ese instinto hueco que les impulsaba a moverse hacia lo que ya no podrían saciar nunca.

El grupo de vivos zigzagueó entre los setos y senderos descuidados, atrapando la atención de los zombis. Sara cubría la retaguardia con su ballesta artesanal (sus flechas, construidas a partir de barrotes de cortinas viejas y plumas de gaviota), y un hombre fuerte, apodado Valentín, dirigía los movimientos como un pastor de ganado macabro.

Fueron minutos peligrosos: alguna figura se tambaleaba demasiado cerca y había que retroceder, a veces un cuerpo caía sobre el pavimento y requería cuchillo y firmeza para que no alertara a los demás. Pero la mayor parte del plan funcionó. Para los estándares de estos tiempos, era casi un milagro.

Al llegar al túnel, la horda —más de un centenar ya— entró en fila interminable. Del otro lado, un par de milicianos de Carabanchel cerraron la reja soldada, y el hedor convirtió el aire en venenoso.

Guillermo sacó el bidón de gasolina. Miró a Sara. Ella se inclinó y prendió el trapo en la boca de la botella. Las llamas se tragaron el pasadizo en segundos, y por un instante, la oscuridad se iluminó de espasmos, chillidos y materia quemada.

Nadie celebró. Sara, la mujer que nunca lloraba, apartó la vista cuando oyó los gemidos de lo que había sido gente. Guillermo apretó los dientes y respiró hondo: el coste era el precio de cosechar mañana.

Con la horda vencida por el fuego, los milicianos aprovecharon para acercarse al huerto, construido sobre antiguos campos de tenis. Allí, irrigados con agua de la vieja cisterna y protegidos por hileras de latas colgantes, crecían, francamente, las joyas del nuevo mundo: tomates, cebollas, pepinos, calabacines, y, en un rincón de sombra, una planta de tabaco plantada por uno de los viejos del asentamiento (para “no olvidar quiénes éramos”). Cuando el grupo regresó con los sacos llenos de alimentos rugosos, el silencio fue reemplazado por las risas nerviosas. Cargar algo más valioso que munición era excepción: las cosechas eran vida, era el futuro escrito en verde.

El regreso fue lento, la vigilancia incrementada. Ya no había zombis, pero los humanos eran igual de peligrosos. En Atocha, Guillermo divisó una bandera improvisada ondeando desde una torre: el símbolo de los Nómadas de Vallecas —una banda que saqueaba a sol y sombra—. Sara masculló una maldición y apretaron el paso. Nadie quería enfrentarse a una emboscada mientras cargaban comida.

De vuelta en Arganda, la llegada de la expedición fue recibida con júbilo genuino. Los niños corrían en círculo, los adultos compartían el escaso vino extraído de uvas salvajes ese año. El líder del asentamiento, Marta, una ex doctora ahora convertida en jueza y matrona, los esperó bajo el toldo donde funcionaba la asamblea y, tras inspeccionar los sacos, asintió.

—Esta semana, comemos todos. Bien hecho.

“Comer todos”, en 2026, era milagroso. Significaba postergar la hambruna. Significaba poder reservar semillas para la siembra de otoño. Guillermo se dejó caer en un banco improvisado y miró los restos del atardecer sobre el perfil roto de la ciudad, preguntándose cómo sería el Madrid que sus hijos conocerían. Un lugar ajeno al lujo, sí, pero con trozos de esperanza sembrados a pulso entre escombros.

Ya en la plaza central, los supervivientes encendieron un fuego pequeño y las historias fluyeron. Los más viejos relataban como, al principio, el peligro era el virus y la horda —el terror de toparse con decenas de cuerpos tambaleándose por Lavapiés o en la Puerta del Sol, cuando no había adonde huir. Los jóvenes, en cambio, sólo sabían del hambre, del trabajo infatigable, de crecer en una realidad de miedo, pero también de autonomía y descubrimiento.

Guillermo pensó en lo que había visto fuera, en las ruinas aún humeantes de antiguos supermercados, en los huertos improvisados en terrazas y rotondas, y en los grupos de milicianos, cansados pero enteros, danzando esa noche como si el mundo fuera a recomenzar justo mañana.

Marta subió sobre una silla. Hacía años que nadie utilizaba un micrófono: la energía se reservaba para los radios y las luces de emergencia.

—Hoy hemos limpiado un sector entero. Quizá pronto podamos expandir el mercado y atraer comerciantes de otras zonas —dijo. Su tono era austero, pero la esperanza brillaba en los rostros de los niños—. Madrid está renaciendo. Cada centímetro que ganamos es vida, y cada semilla, una promesa.

Guillermo escuchó en silencio. Miró a Sara, miró a Valentín y a la niña que, a escondidas, trataba de germinar granos de maíz en una maceta de zapatos viejos. En ese momento, entre las ruinas, no se sentían perdidos, sino parte de una reconstrucción. Un pacto tácito de no dejar que la memoria del pasado ahogase la lucha por el porvenir.

Al filo de la medianoche, mientras la mayoría dormía bajo mantas o miraba las estrellas que en otro tiempo no se veían por la contaminación, Guillermo no podía conciliar el sueño. Caminó hasta el puesto de observación formado por las vigas corroídas de un edificio en ruinas, donde Sara estaba de guardia.

—¿Crees que valga la pena todo esto? —le preguntó él, más por costumbre que por duda verdadera.

Sara miró el horizonte, donde la Gran Vía aún podía verse, oscura, rota, pero inexplicablemente majestuosa.

—Claro —contestó—. Tal vez no volvamos a ver Madrid como fue, pero lo que hagamos aquí será el hogar de los siguientes. Si cultivamos tierra y confianza, quien sobreviva recordará algo más que miedo.

Guillermo la miró a la luz de la luna, extrañamente agradecido por esa certeza. Lejos, en la noche, apenas audible desde la sierra, una campana resonó tres veces: la señal de otro asentamiento, quizá invitando a comerciar o pidiendo ayuda. Como un eco de vida sobre el silencio de los muertos.

Se quedó allí un rato más, viendo las primeras señales de humo sobre la vieja M-30, preguntándose cuánta vida cabía aún entre tanto polvo y escombro. Y en ese instante, tan breve y frágil como un aliento, Madrid le pareció menos una ciudad maldita y más una semilla en medio de la ceniza.

Cuando bajó por fin para dormir, llevaba consigo esperanza, una cosecha pequeña, pero capaz de florecer si tan solo sobrevivían un día más.

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