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Portada del relato Ecos en las Trincheras de Madrid
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Fragmento:


Amaneció con la luz dorada colándose por las rendijas de la persiana cortada de lo que antes fue una consulta dental junto a la Plaza de Callao. Durante mucho tiempo, Callao fue frontera, línea roja y madriguera para cientos de nosotros, cuando el monstruo era numeroso y fiero y cuando Madrid entera solo era ruina y eco de botas que corrían entre cadáveres animados y escombros. Ahora, mientras escribo, el asfalto está limpio a tramos y hasta algún niño se atreve a perseguir una pelota entre los coches oxidados, bajo la mirada recelosa de los vigías encaramados en la azotea del teatro.

Duración: 11:33

Ecos en las Trincheras de Madrid
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Texto de ajuste de pausa.

19 de septiembre de 2028

Cuando el fin llegó, nunca pensamos que duraría tanto. Hace años las órdenes eran claras: resistir, esconderse, sobrevivir a la marea sin rostro de muertos que arrastró todo lo que conocimos con la violencia de una riada. En Madrid el horror fue tan inmediato y ruidoso como en cualquier urbe grande, pero también único en su fragor, en su dignidad y en la forma en que quedó grabado en cada esquina de nuestra ciudad herida. Ahora, después de tantos inviernos de hambre, pérdida, miedo y lucha, parece increíble que vuelva a escribir con algo parecido a esperanza, aunque sea en este cuaderno manoseado y con la escasa tinta que me queda. Pero el aire es distinto hoy, hasta el silencio tiene un tono diferente.

Amaneció con la luz dorada colándose por las rendijas de la persiana cortada de lo que antes fue una consulta dental junto a la Plaza de Callao. Durante mucho tiempo, Callao fue frontera, línea roja y madriguera para cientos de nosotros, cuando el monstruo era numeroso y fiero y cuando Madrid entera solo era ruina y eco de botas que corrían entre cadáveres animados y escombros. Ahora, mientras escribo, el asfalto está limpio a tramos y hasta algún niño se atreve a perseguir una pelota entre los coches oxidados, bajo la mirada recelosa de los vigías encaramados en la azotea del teatro.

La ciudad ha cambiado. Sobrevivió. Sobrevivimos. Y las señales de esa supervivencia son tan evidentes como las cicatrices que llevamos todos: muros improvisados de ladrillo, metal y hormigón separan las calles más seguras del resto; los portales están tapiados salvo uno, que sirve de entrada y salida custodiada; la electricidad aún no ha vuelto de forma continua, pero los generadores alimentan zonas acotadas—los comercios de Gran Vía alojan ahora pequeñas herrerías y talleres donde martillean, soldan, reconstruyen armas y herramientas. El sonido lo cubre todo: el martillo, la sierra, el rumor de voces, los gritos de los niños que nunca conocieron los semáforos funcionando o el bullicio de antes. Madrid, mi ciudad, se está llenando de vida otra vez.

No fue fácil llegar hasta aquí. Recuerdo otros diarios, otros días, donde contar la noche anterior era, a veces, lo único que podía hacer entre temblores. Pero escribir ahora desde la Cibeles “liberada” es distinto: nuestras barricadas ya no se retiran cada amanecer, los puestos de guardia parecen permanentes, y las rutas hacia Atocha, Chamberí y Lavapiés—siempre tapizadas de cadáveres—han sido despejadas, aunque nunca dejamos de vigilar. Los zombis, como les llaman los niños pequeños, apenas son ya una amenaza real: sus huesos están secos, su carne es un residuo; se arrastran por las sombras, y solo uno o dos, demasiado recientes, pueden causar estragos si alguien baja la guardia. El peligro real ahora viene de bandas desplazadas, de saqueadores foráneos o de comunidades que no respetan nuestros acuerdos.

Hoy operan molinos eólicos en los techos de la Gran Vía y placas solares salvadas de tejados escolares. El corte de la energía hace años casi nos mata de frío, pero aprendimos. La navegación por los túneles del metro aún es peligrosa, infestado de esqueletos y restos, aunque poco a poco los túneles van siendo “reclamados”. Hace menos de un mes, un grupo de exploradores halló una sala de control intacta en Sol, y celebramos durante días: esa pequeña victoria significaba quizás agua y, con algo de suerte, una vía segura para el comercio con otros barrios.

El comercio, sí: es la palabra de moda entre los supervivientes. Madrid ha redescubierto el trueque y el valor de lo imprescindible. En la plaza de España, bajo el esqueleto oxidado de la estatua de Cervantes, se levanta todos los jueves una improvisada feria. Intercambiamos armas, ropa, medicinas, harina de los nuevos cultivos de trigo en los jardines verticales de las azoteas, queso, carne seca y cualquier objeto útil: relojes solares, cuchillos, repuestos, trapos limpios. Todo lo demás es accesorio. Los niños corretean entre los puestos, algunos recitando los nombres de lugares y personajes de un pasado extinto, aprendidos de boca de los viejos―a falta de escuela formal, los corrillos de abuelos en los parkings subterráneos se ocupan de recordarles la vieja ciudad: parques, cines, metro, museos.

Pero no vivimos en paz, aún. Las rutas fuera del centro siguen siendo peligrosas pese a las milicias y los acuerdos armados. Hoy escuchamos un disparo lejano desde el Retiro; dicen que fue una patrulla sorprendida por un grupo nómada que trató de saquear las reservas de agua. Aquí, aunque la peor parte del apocalipsis ha pasado, la cicatriz del miedo nunca se cierra del todo: cada adulto sabe que si baja la guardia un instante puede perderlo todo. Aún así, la cooperación ha sido la salvación: no solo entre familias o conocidos, sino entre antiguos desconocidos, entre barrios antaño rivales. Ahora compartimos murallas, armas y la vigilancia del sueño.

Mi puesto está junto al Palacio de Telecomunicaciones, reconvertido en núcleo central de defensa y comunicaciones. Las antiguas oficinas de correos y cuestiones administrativas han sido reemplazadas por despachos llenos de transmisores, mapas, tablas con registros de patrullas y comunicaciones por radio con las comunidades de las afueras: Vallecas, Aluche, Tetuán. Es extraño devolver sentido a viejos nombres. En mi pared cuelga una foto arrancada de una revista de antes—la Cibeles, llena de turistas, taxis y sonrisas. Bajo ella, los turnos de vigilancia, la lista de enferm@s y los reportes de avistamientos.

A veces, en las noches tranquilas, los vigías cuentan historias. Como la leyenda del “zombi plateado”—un cadáver que brilla en la noche por el reflejo de miles de fragmentos de cristal pegados aún a su cuerpo desde el derrumbe de un escaparate. Dicen que se pasea por Gran Vía y que casi nadie lo ha visto dos veces y sobrevivido. Son mentiras para asustar a los niños, lo sé, pero mientras veo a los chavales dormir abrazados junto a las armas y los sacos de dormir, no puedo evitar preguntarme si el miedo será, alguna vez, solo un recuerdo.

Hoy fue un día especialmente intenso. A primera hora, dos mensajeros llegaron desde un asentamiento de las afueras: José, un tipo enorme de Villaverde, y su acompañante, una mujer menuda pero con mirada fiera. Traían consigo pieles secas, semillas nuevas y, lo más valioso, fragmentos de pólvora y un plano de un molino hidráulico de antes. Las noticias que trajeron son mixtas: la ruta a Toledo parece haber sido abierta parcialmente—al menos a través de Arganda y Rivas—, aunque con grandes riesgos, pues los caminos son patrullados por saqueadores armados y, a veces, comunidades desconfiadas de todo el que viene de fuera. Madrid ha renegociado su papel: ya no es refugio improvisado, es el núcleo de resistencia que aglutina, intercambia, defiende y, en algunos aspectos, lidera la región.

Los acuerdos con los “extranjeros” (los de afuera de Madrid) son tenues, frágiles, basados en el interés mutuo por el comercio y la defensa. A veces llegan noticias de otras ciudades: Córdoba, dicen, está intentando reorganizar un consejo regional; Valencia ofrece sal y pescado a cambio de hierro y pólvora; incluso se rumorea que los vascos han logrado abrir un viejo tren desde Ávila. Todo es incierto, pero la esperanza se filtra como la luz matinal en un día después de tormenta.

Me senté largo rato a observar el horizonte desde la azotea del ayuntamiento. Bajo nosotros, los tejados quemados y los solares cubiertos de malas hierbas puntean el paisaje urbano. Más allá de la Almudena, un incendio levemente visible recuerda que el peligro nunca ha desaparecido del todo. Dentro del edificio, los niños se abrazan a sus mascotas—gatos, perros y hasta un par de gallinas que sobreviven milagrosamente. Oigo risas, veo dibujos hechos con tizas en las baldosas: nunca pensé que se podía volver a reír en el centro de Madrid.

El trabajo es duro y constante, pero la rutina se impone. Me encargo de registrar los recursos: una parte de lo que entra en la ciudad es almacenada, otra se reparte. Hay discusiones, claro: unos quieren más armas, otros más medicamentos, otros preferirían guardar comida para el invierno. Las asambleas son ruidosas y caóticas, pero aquí nadie duda de la necesidad de compartir y proteger. Los líderes han cambiado varias veces, pero la comunidad aprende: el poder absoluto ya no es tolerado, todo se debate y nada se impone por la fuerza. Aprendimos a las malas que la tiranía no resiste más que lo imprescindible.

Las noches siempre son lo más difícil. Hoy he compartido ronda con Isaac, uno de los supervivientes del grupo original de médicos que improvisaron un hospital de campaña en el Reina Sofía cuando todo colapsó. Cuenta historias de las primeras horas: el terror, el olor, el apremio de salvar al que aún vivía antes de que el infectado al lado mordiera, arañara, matara. Ahora Isaac es como un padre para muchos, y su autoridad pesa más que la de nadie: nadie olvida que debe su vida a sus manos temblorosas y su mirada severa.

A medianoche, un grupo pequeño entró corriendo por la calle de Alcalá, perseguidos por apenas dos cadáveres animados. Jorn, un chico joven, logró derribar a uno con un par de palos en llamas; es extraño ver cómo los niños han aprendido a transformar el miedo en rabia y destreza. El otro fue despachado de un disparo certero. No hubo heridos, solo nervios y una comida interrumpida, pero la lección perdura: Madrid aún no es segura del todo.

Recuerdo cuando, años atrás, la ciudad crujía bajo el estruendo y la sangre. A veces me despierto temblando, pensando en los días de la caída: la Puerta del Sol arrasada, el Palacio Real convertido en trampa mortal; los autobuses volcados como trincheras improvisadas; los gritos apagados entre sirenas y disparos. Ahora, al menos, la esperanza es más fuerte que el miedo.

He dedicado un rato de la tarde a escribir este diario, aunque sé que quizá nadie lo lea nunca fuera de los míos. Si algún día alguien escucha estos relatos, si estas palabras sobreviven en una lata oxidada o enterradas bajo una baldosas de Gran Vía, quiero que sepan que Madrid resistió: nunca se rindió del todo, que hay vida sobre la muerte y que, aunque el mundo de antes es solo un eco sordo entre ruinas, quedan manos dispuestas a reconstruir, a defender, a soñar de nuevo.

Oigo, mientras termino de escribir, que en Plaza Mayor organizan una pequeña feria con música: uno de los supervivientes ha restaurado un viejo saxofón y dicen que esta noche, bajo las estrellas y la atenta mirada de los vigías, bailaremos como antes, aunque sea solo un rato. El futuro aún es incierto, pero puedo sentir cómo, poco a poco, Madrid empieza a latir otra vez.

Hoy, por primera vez en muchos años, me permito tener esperanza.

FIN DEL DIARIO.

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