Capítulo 1: El último día normal
El 10 de marzo de 2020, Madrid despertó con la costumbre de revisar las cifras de la pandemia. Alicia apagó la alarma antes de que sonara y reposó un instante en la penumbra de la habitación, los ojos fijos en las sombras movidas sobre el techo por los faros de un coche. Desde la ventana entreabierta le llegó el murmullo lejano de la ciudad conteniéndose, como un animal herido apretando los dientes. Se escuchaba menos tráfico cada mañana: la pandemia del coronavirus se llevaba consigo tanto el bullicio como la certeza del mundo cotidiano.
Alicia vestía su uniforme azul claro, se colocaba el pelo en una coleta baja y de camino al hospital leía los titulares en el móvil. Había dejado de usar transporte público unos días antes, reservándose los pocos trayectos de metro para asuntos urgentes. Ahora caminaba entre aceras casi vacías, reconociendo los ojos atemorizados de otros transeúntes que evitaban mirarla. Los parques estaban cerrados, los bares ensombrecidos detrás de puertas de persiana bajada. Grupos de militares comenzaban a desplegarse en las plazas y los supermercados, balizando el miedo con uniformes.
El Hospital Gregorio Marañón, sin embargo, seguía vivo. Respiraba ansiedad, un rumor incesante de alarmas y pasos y llamadas por megafonía. El control de acceso para el personal sanitario era un hervidero de charlas a media voz y miradas que compartían algo más que cansancio. En las manos de Alicia, la mascarilla desechable era una línea difusa entre la seguridad y el peligro. Saludó a Martín con un empujón amable en el brazo. Él le devolvió una sonrisa torcida, la cara ojerosa y la determinación de quien ha estado conteniendo el pánico toda la noche.
—¿Has visto las noticias? —preguntó Martín mientras recogía su bata del perchero.
—Mejor no. Cada vez cuesta más distinguir los rumores de lo real —respondió ella, ajustándose los guantes quirúrgicos.
La planta de urgencias era un laberinto improvisado de aislamiento y protocolos cambiantes. Entraban pacientes tosiendo, con fiebre alta; las habitaciones temporales se llenaban de camas a ambos lados de los blancos cortinajes, monitores pitando como grillos histéricos. Pero esa mañana, el ambiente traía una vibración extraña, como si algo hubiera trastocado el ritmo invisible de las rutinas.
En la sala 12, una mujer de unos cuarenta años arrojaba la bandeja de alimentos contra la pared y balbuceaba palabras sin sentido. Dos auxiliares intentaban sujetarla sin éxito evidente, forcejeando para que no se hiciera daño. Alicia entró y, mientras la ayudaba, notó que la mujer tenía los labios agrietados y los ojos apagados, la piel fría y sudorosa. Cuando consiguieron apaciguarla, la enferma se dejó caer sobre la cama, perdió el sentido y, poco después, sus pulsaciones cesaron. Los médicos intentaron reanimarla. No hubo éxito.
No fue un caso aislado. En los pasillos, los enfermeros compartían historias de ataques de pánico y agitación incomprensible. Martín enseñó a Alicia el parte de ingresos de la noche anterior. Había un patrón: fiebre extrema, luego confusión y después parálisis.
—No encaja con el COVID —susurró Martín, mirando de reojo a los médicos al final del corredor.
—¿Y si es otra cosa? —Alicia preguntó en voz baja y por un momento los dos se miraron con la complicidad de quien presiente lo imposible.
La jornada siguió con sobresaltos. El jefe de planta arrastraba los pies por el pasillo repasando los ingresos. El cansancio era general. Las reuniones de urgencia y los cambios de protocolo se acumulaban sobre una base de incertidumbre cada vez más espesa. “Por precaución, doble guante, mascarilla FFP3 en aislamiento, no entrar solos en habitaciones con pacientes agitados.” Todo se recitaba como un mantra, sin entender bien por qué.
Por la tarde, Alicia se permitió mirar el móvil de nuevo. En uno de sus grupos de whatsapp apareció un video: grabado desde una ventana, mostraba a un hombre que se tambaleaba en medio de la calle Lavapiés. Vestía con pijama de hospital. Se acercó a una señora que paseaba un perro y la empujó, arrancándole mechones de cabello. La escena degeneró en gritos; el hombre la mordió y las imágenes se cortaron de golpe. En los comentarios, la palabra “zombi” apareció en broma, seguida de emoticonos horrorizados y risas nerviosas.
—La gente está perdiendo la cabeza —dijo Martín tras enseñar a Alicia un par de tweets parecidos.
Sin embargo, las bromas se deshicieron en el ambiente sofocado del atardecer. El hospital recibió un aviso inusual: una familia completa, traída por el SUMMA, todos con mordeduras y signos de violencia. Un niño lloraba desconsolado sobre el vientre ensangrentado de su madre. El padre, atado a una camilla, se retorcía con fuerza inhumana hasta romper las correas de sujeción. Un auxiliar resultó herido. La policía se limitó a interrogar desde la puerta, temiendo el contacto.
Alicia sintió un escalofrío recorrerle la espalda mientras ayudaba a sujetar al hombre. Observó sus ojos abiertos, nublados, y su boca entreabierta, manchada de sangre. El episodio dejó marcas invisibles en el personal. Los médicos sentaron a la familia en boxes individuales. El protocolo era nebuloso y nadie sabía cómo proceder. Martín murmuró:
—Esto no es COVID.
A última hora del turno, la jefa de urgencias reunió a los enfermeros.
—No sé qué está pasando. No sé por qué hay tanta gente en estado crítico y por qué algunos reaccionan de ese modo. Pero quiero pedir calma. Si algún paciente muestra pautas de violencia, doble llamada. No os arriesguéis solos.
Paralizados tras la reunión, Alicia y Martín se miraron en silencio. Ambos tenían los ojos enrojecidos. Salieron juntos del hospital. La noche madrileña se había vuelto irreal, las luces de la ciudad titilaban y los ruidos débiles del tráfico parecían fantasmales.
Mientras Alicia caminaba hacia casa, tiró el uniforme a la lavadora, se duchó dos veces y puso el móvil en silencio. Del otro lado de la ventana, Madrid zumbaba por debajo de una superficie de hielo. Era imposible dormir. Ladridos, sirenas lejanas y el eco de gritos le robaron el sueño. Justo antes del amanecer, cogió el teléfono, buscó el video de Lavapiés y lo analizó una vez más, pausa a pausa. Lo que vio le revolvió el estómago. No era histeria. Era depredación, una brutalidad extraña y ajena, como si el hombre ya no fuera plenamente humano.
Recibió un mensaje de voz de Martín:
—Alicia, ¿estás bien? Tengo la cabeza como un bombo. No sé si me estoy sugestionando, pero juraría que tres pacientes con síntomas hoy volvían a levantarse después del paro. No te asustes, pero si puedes no salgas mañana. Dicen que en varios hospitales también hay casos así. Hablamos en unas horas.
Alicia no respondió. Miró la ciudad a través de las cortinas, preguntándose cuántos otros ojos estarían abiertos a esa hora. En las redes, los rumores se multiplicaban. Videos de infecciones, testimonios de médicos asustados en varios idiomas, pero también bromas, desmentidos, memes. El gobierno publicó un comunicado asegurando que todos los casos estaban bajo control y pidiendo calma. No mencionó en ningún momento los ataques ni las muertes violentas.
A la mañana siguiente, exhausta, Alicia acudió de nuevo al hospital. El ambiente era aún más denso. Dos colegas no se presentaron a trabajar. El control de acceso era una trampa de tensión. Los técnicos del SAMUR comentaban entre susurros que la policía había acordonado el barrio de Malasaña tras varios ataques. Nadie sabía si era cierto. La frontera entre la información y la paranoia se hacía cada vez más difusa.
Al terminar el turno, Alicia se sentó sola en el banco de su portal. Recibió una llamada de su madre:
—Cielo, ¿todo bien? ¿Te quedas en casa, verdad?
Alicia no supo qué contestar. Miró las calles calladas, los coches aparcados, las persianas bajas. Olía a cloro y miedo. Una ambulancia pasó a toda velocidad, seguida de dos motos de policía. Todo le parecía un espejismo.
En ese momento, llegó la noticia que ya nadie podría ignorar. Un telediario de alcance nacional, forzado por la evidencia, mostró las imágenes capturadas desde un balcón en la Gran Vía: un cuerpo caído sobre el asfalto que de pronto se alza, tambaleante pero en pie, y ataca a los transeúntes con dentelladas furiosas. Los presentadores no sabían cómo comentarlo. Alicia sintió que una fisura se abría en la realidad: lo que había imaginado como un mal sueño tomaba cuerpo ante sus ojos.
Por la noche, Martín fue a buscarla. Caminaban en dirección contraria a la ciudad, cruzando aceras desiertas. Hablaban con voz contenida, temiendo despertar a algún monstruo invisible. Los mensajes en sus móviles ya no eran bromas; circulaban indicaciones de autodefensa, remedios caseros, mentiras, y también súplicas desesperadas de ayuda.
En el parque de El Retiro, los árboles parecían guardar silencio bajo el halo de los faroles. Martín, que siempre había sido el fuerte del grupo, le confesó a Alicia su miedo: —Tengo la impresión de que va a empezar todo de nuevo. Como una peste, pero diferente. Si te digo la verdad, preferiría que fuera solo un brote de histeria colectiva.
Al llegar a casa, Alicia no encendió la luz. Se envolvió en una manta en el sofá y trató de poner la mente en blanco. Ya no había rutina que la protegiera del terror creciente. El zumbido de la nevera y el rumor de voces en la televisión eran los únicos testimonios del mundo anterior.
A las tres de la madrugada, Alicia escuchó pasos en su escalera. Unos golpes irregulares, lejanos y después más cercanos. Cogió unas tijeras de cocina. Recordó una conversación banal de hace días en la sala de personal: "Basta con sobrevivir al turno". Ahora esas palabras significaban algo radicalmente distinto.
La noche transcurrió lentamente, cada hora un suplicio. Intentó dormir, pero despertó sobresaltada al caer la madrugada. En la pantalla de su móvil, cientos de mensajes, llamadas perdidas de Martín y noticias alarmantes. El gobierno declaraba el estado de emergencia. Un rumor se extendía: decían que en los hospitales los muertos se estaban levantando.
Apenas amanecía cuando Alicia comprendió que nunca volvería a haber un día normal. Aquella mañana, los zombis ya no eran chistes en un chat ni imágenes distorsionadas de un telediario. Eran la nueva realidad. Madrid, la ciudad de la vida bulliciosa, la alegría y la resistencia, se convertía poco a poco en un reino de ceniza y miedo. Algo indefinible moría en ese instante: la confianza en que todo mal tendría un final feliz y conocido.
Alicia, sentada en el alféizar de la ventana, vio cómo la luz del sol se filtraba sobre las calles casi vacías. Respiró hondo y supo, con una certeza amarga, que apenas comenzaba la pesadilla. A partir de ahora, sobrevivir sería lo único importante.
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