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Fragmento:


Martín le apretó el brazo. —No pienses, sólo camina. Si dudas, te quedas atrás y no volvemos.

Duración: 15:43

Libro Nuevos Reinos de Ceniza

Caos sobre el Manzanares
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 2: Caos sobre el Manzanares

Abril de 2020. En Madrid, la primavera llegó bajo un cielo gris, pesado, como una campana de plomo que aplastaba las calles. Pero nadie estaba pendiente de las estaciones: fuera, los anuncios de la radio y las alertas en el móvil repetían, con un tono cada vez más frenético, una sola consigna: “Permanecer en casa”. Alicia se acercó a la ventana de su dormitorio justo cuando la sirena de una ambulancia atravesaba el silencio del amanecer. Las persianas de los edificios vecinos estaban todas bajadas, y el parque de enfrente era una franja de tierra baldía, sin niños ni paseantes.

Apenas había dormido. La noche anterior, después de los golpes en la escalera y el mensaje de voz de Martín, había decidido no volver al hospital. Ahora, en la mesa de la cocina, la taza de café temblaba en su mano, y sentía en la garganta la misma quemazón que en los turnos más duros de urgencias. Se preguntó si volvería a ver a su madre. Si lograría despedirse de Martín alguna vez. Si sería posible, siquiera, sobrevivir otros días en esa ciudad que parecía desmoronarse piso a piso, ladrillo a ladrillo.

El primer mensaje del día fue de un grupo de WhatsApp de compañeros de enfermería. “El Gregorio está cerrado. No dejan entrar ni salir a nadie. Los de la UCI dicen que han sacado a la policía a la fuerza.” Luego otro: “Han acordonado medio barrio de Salamanca. Hay disparos. Mejor no salgáis.”

Alicia encendió la televisión justo a tiempo de ver las imágenes de Gran Vía. Se habían propagado como un incendio: turistas corriendo, cuerpos arrastrándose por el suelo, mordiscos, sangre, gente enloquecida intentando escapar entre coches parados en doble fila. Los presentadores ya no podían disfrazar la realidad: “Nos llegan noticias de altercados graves en varios hospitales y centros comerciales. Rogamos a la ciudadanía que permanezca en sus hogares.”

A media mañana, Martín la llamó. Su voz era un susurro: “Lo han cerrado todo, Ali. No podemos ni salir de la planta. Algunos han… bueno, han muerto y han vuelto. Literalmente. Hay una carnicería en Urgencias. No quédate sola. Cuando pueda, lo intentaré.”

Alicia recogió una mochila, metió lo básico —agua, algunas barritas, su vieja linterna y el llavero de su madre— y bajó sigilosamente por la escalera. El edificio parecía abandonado, aunque adivinaba rostros tras las mirillas. Apenas cruzó el portal, oyó a lo lejos el estrépito de cristales rotos. En la esquina opuesta, dos jóvenes salían corriendo, perseguidos por un hombre de bata ensangrentada.

El instinto la empujó a no correr: había aprendido a no llamar la atención. Deslizó la llave en la cerradura y salió al rellano despacio, con el corazón golpeándole en las costillas. Cuando llegó al cruce de la Avenida de Menéndez Pelayo, se encontró con una mujer llorando, abrazada a una niña pequeña.

—¿Dónde está tu madre? —preguntó Alicia, sin pararse a pensar.

—No quiere salir —gimoteó la niña—. Dice que es peor fuera.

La madre negó con la cabeza y tiró de la hija. Alicia sintió en ese gesto una mezcla de miedo y tristeza reconocible.

Los minutos siguientes ocurrieron en ráfagas de imágenes: un coche volcado, humo saliendo de una farmacia saqueada, un hombre gritando con la mano destrozada, y, en mitad de la calzada, varios cuerpos que a primera vista podrían ser gente desmayada, pero que, al fijarse mejor, se movían con espasmos antinaturales.

Al otro lado de la glorieta de Atocha, Martín aguardaba detrás de unas vallas de obras. Tenía la misma bata sucia de días anteriores y las manos manchadas de sangre. Se saludaron rápido, apenas un golpecito en los hombros, y sin decir una palabra, se unieron a otro grupo de personas que, como ellos, intentaba alejarse del centro.

En la ciudad, toda referencia de orden se había desmoronado. La policía regulaba el tráfico con barreras improvisadas y disparaba a las piernas de los que, en estado agudo, se les acercaban con movimientos erráticos. El destino era incierto, pero Alicia y Martín siguieron el flujo de supervivientes: una masa silenciosa, desorganizada, que avanzaba hacia el Manzanares, buscando el amparo de los parques y las viviendas bajas.

En Legazpi, el grupo que lideraban Alicia y Martín —tres enfermeros, un celador y dos adolescentes que dijeron haber saltado desde la ventana del colegio— se topó con una barricada de cubos de basura y muebles. Un hombre armado con un bate les pidió contraseñas y no bajó el arma ni cuando reconoció las insignias del hospital.

—No se fía ni de su sombra —dijo Esther, la más joven de las enfermeras, con voz rota—. ¿Tú habrías pensado alguna vez que llegaríamos a esto?

Martín le apretó el brazo. —No pienses, sólo camina. Si dudas, te quedas atrás y no volvemos.

Se oyeron disparos a lo lejos y gritos intermitentes. En Twitter, los mensajes se multiplicaban:

“Alerta en Paseo del Prado. Si podéis, huid a las afueras.”

“En Retiro hay gente armada defendiéndose de los zombis.”

“Nadie va a venir. Nadie.”

Llegando al río, Alicia se detuvo un momento. El Manzanares era, en circunstancias normales, un hilo de agua marrón entre pasarelas; ahora, su ribera estaba anegada de coches, bicicletas abandonadas y, aquí y allá, manchas imposibles de distinguir: quizá ropa, quizá cadáveres. Una familia entera cruzaba a pie, los niños encaramados a los hombros del padre, sorteando obstáculos. Vieron a una mujer caer de rodillas, ser asaltada por una figura que salió de los matorrales. Gritos, dentelladas, caos.

Algunos querían volver atrás. Martín gritó: —¡Adelante! ¡Por la pasarela! ¡No paréis!

A la carrera, pisando charcos oscuros y escalando sobre carros de supermercado, atravesaron el río. Hasta Alicia, que nunca había corrido tan rápido en su vida, estuvo a punto de resbalar. Al otro lado, un pequeño grupo —civiles armados con cuchillos y lo que parecían palos de golf— bloqueaba el paso. Alicia dejó ver su uniforme, levantó los brazos, y rogó: —Venimos del hospital, traigo medicinas, no estamos infectados.

El líder, un hombre calvo, la dejó pasar, aunque sus ojos flotaban en un pozo de paranoia y agotamiento. Les advirtió: —Algunas zonas están tomadas. Mejor seguid el río hasta Príncipe Pío. Por Arganzuela sólo quedan muertos y perros sueltos.

No hubo tiempo de despedidas. El miedo los arrastraba hacia el oeste, hasta la zona industrial. A media tarde, la luz se filtraba a través de un cielo plomizo. Desde un bloque de viviendas, alguien arrojó una televisión encendida a la calle. El aparato se rompió sobre el asfalto, esparciendo chispas y estática. A cada esquina, las huellas de la violencia multiplicaban el pulso de la ciudad: alcantarillas abiertas, cadáveres ocultos tras contenedores, puertas destrozadas.

Martín y Alicia, agotados, decidieron esconderse en un garaje subterráneo junto a otros seis supervivientes. Durante unas horas, se turnaron para mantener la puerta de hierro cerrada y escuchar a escondidas lo que ocurría afuera. Se oían disparos, motores acelerando y, en ocasiones, gruñidos imposibles de reproducir con voz humana. Alicia temblaba sin frío. Marta, la celadora, recitaba oraciones en voz baja mientras un adolescente rebuscaba entre las mochilas buscando algo de comer.

Fue en ese encierro donde vieron los videos de la destrucción de Plaza España: columnas de humo, explosiones, hordas de infectados abalanzándose sobre barricadas de policía. Los locutores ya no fingían control. La radio militar, captada en un viejo transistor, repetía en bucle tres palabras: “Refugios—Sur—Manzanares”. Entonces supieron que debían moverse de nuevo antes de que oscureciera.

Cuando salieron del garaje, la tarde había caído, las sombras cubrían los portales y sólo el sonido lejano de alarmas rompía el letargo. Decidieron moverse en parejas. Alicia y Martín guiaban a Esther y a los adolescentes, atravesando patios cerrados y trasteros. El hedor a basura y muerte llenaba el aire. A mitad del trayecto, oyeron el retumbar de un altavoz: “A las 20:00 h. comienza el toque de queda. Todo civil encontrado en la calle será arrestado.” El mensaje se repetía, ya inútil.

Al rodear un edificio cercano a Puerta del Ángel, se toparon con un grupo de saqueadores armados, que antes de reconocerlos como sanitarios, les exigieron sus mochilas. Hubo forcejeo. Martín empuñó la linterna como arma; Alicia recibió un puñetazo en el costado, pero logró arrastrar a Esther y a la chica adolescente lejos del grupo.

En la huida, saltaron a un descampado y se escondieron tras un seto al lado de la vía del tren. Desde allí, observaron: a lo lejos, una caravana de coches avanzaba lentamente, con los faros apagados. Los gritos que venían del centro eran aterradores. Alicia escuchó disparos secos, y vio, a la luz temblorosa de un contenedor quemándose, cómo dos zombis atrapaban a una pareja desprevenida.

El horror era absoluto, pero el instinto de supervivencia lo cubría todo de una extraña calma. El grupo se mantuvo en silencio largo rato, compartiendo agua y tapándose bocas y narices para no atraer a los infectados. A ratos, Alicia sentía la tentación de rendirse, de tirarse en la hierba y dejar de luchar, pero entonces Martín le apretaba el hombro o Esther le susurraba que había que seguir.

Al anochecer, reemprendieron la marcha por la ribera del Manzanares, con la esperanza de encontrar algún refugio. Fue entonces cuando vieron, al otro lado del río, un campamento improvisado: hogueras, colchones y, lo más importante, una verja protegida por una docena de adultos con máscaras. Se acercaron con cautela.

—No tenemos sitio para más —gruñó un hombre mayor en la entrada, blandiendo una pala.

Una mujer salió del grupo y, al ver los uniformes, cedió: —Son enfermeros. Les necesitamos.

Las puertas de la verja se abrieron. Alicia, Martín, Esther y los dos adolescentes se acurrucaron cerca del fuego, sin tremendismos ni preguntas. Alguien les pasó cuencos con arroz y una botella de agua. El silencio sólo se rompía cuando alguien preguntaba por familiares desaparecidos o relataba las historias estremecedoras del día.

La noche fue un carrusel de insomnio, estrategias de supervivencia y pactos improvisados. Alicia no dejaba de notar el temblor en sus manos, no por el frío, sino por el peso invisible de haber dejado atrás a tantos muertos—y a tantos vivos. Martín sacó un pequeño bloc y garabateó un plan para la mañana siguiente: “Buscar medicinas. Salir al amanecer. Reconocer el barrio de Cascorro.”

Antes de dormir, Alicia oyó a Esther rezar. Le pareció un gesto de otra era, casi irónico en aquel mundo devorado por el absurdo. Sin embargo, se permitió creer, por un instante, que aún podía haber un lugar seguro. Cerró los ojos y recordó la última vez que subió la cuesta de Claudio Moyano para ir a la feria del libro. Madrid era irreconocible.

Corazones apretados, historias rotas, futuro incierto. Alicia sabía que sobrevivir otra noche ya era en sí una victoria.

A la mañana siguiente, el campo de refugiados improvisado fue despertado por una serie de detonaciones cercanas. A lo lejos, columnas de humo se alzaban sobre los tejados del barrio de Marqués de Vadillo. El rumor era constante: “Han caído los hospitales”—“El ejército se ha retirado”—“Nadie viene.”

El grupo de Alicia, aún tambaleante, se organizó por turnos para buscar agua y alimentos en los supermercados cercanos. Los más mayores se turnaban en las guardias. De vez en cuando pasaban pequeñas hordas de zombis por la carretera, atraídas por ruidos breves, y era necesario guardar silencio absoluto. Los adolescentes estaban petrificados, apenas respondían a las consignas.

Por la radio, las noticias seguían lloviendo: “Se han perdido las comunicaciones con Londres, Roma y París.” “En Madrid, la situación es crítica. Se ruega a la población que busque refugio o intente salir por el anillo sur.” Los teléfonos ya servían sólo con señales de emergencia. Alicia intentó escribirle a su madre, pero la señal se cortó antes de poder enviar el mensaje.

El día transcurrió en un presente eterno: buscar comida, atender a los heridos, enterrar a los que no sobrevivieron la noche. Alicia cuidó de una anciana con fiebre alta y, durante un breve rato, se permitió llorar a solas. Martín se ocupó de repeler un intento de saqueo de un grupo armado, y Esther improvisó un pequeño botiquín con toallas y alcohol robado de una farmacia arrasada.

Por la tarde, la tregua se rompió cuando los gritos de alerta advirtieron de la llegada de una horda. Nadie sabía exactamente cómo funcionaba la infección, pero bastó un solo mordisco visto de cerca para sembrar el pánico. Se organizó una defensa torpe: tablones de los bancos del parque, cuchillos de cocina, palos y piedras. Martín y otro hombre derrotaron al primer infectado que llegó a la verja. Las mujeres y los niños huyeron al fondo del solar, buscando alguna salida trasera. Alicia sentía la garganta seca, los nudillos rotos de apretar una barra de metal.

Las horas siguientes fueron confusas: un asalto tras otro, cuerpos bregando en la penumbra, gritos y el estrépito del miedo. Lograron sobrevivir a duras penas, pero dos personas del grupo murieron y, mientras caía la noche, Alicia tuvo que colaborar en su "último encierro"—atar los cuerpos, vigilar si volvían a ponerse en pie y, cuando ocurrió, reunir el valor para ayudar a destruirlos. No pudieron llorarles. El ritual era rápido, impersonal, obligatorio. Martín guardó un momento de silencio y después siguió reforzando la barricada sin dejar de sudar.

En el refugio, la noche se llenó de debates susurrados: ¿debían intentar unirse a otros campamentos? ¿Arriesgarse a abandonar la ciudad al amanecer? ¿Permanecer en el sur del río, donde las hordas parecían menos densas? Algunos hablaban de un convoy que se preparaba para salir hacia la Sierra. Otros confiaban en que el ejército recuperaría Madrid.

Algunas parejas se abrazaron. Otros discutían entre ellos, culpándose unos a otros por la situación. Alicia, exhausta, se sentó apartada junto a Esther. Le costaba encajar lo vivido. Miró el fuego, sintió el peso del metal entre las manos y la calidez del cuerpo de una niña dormida a su lado. Martín se sentó cerca, y juntos compartieron, en silencio, la certeza de que el mundo había cambiado para siempre.

El alba trajo consigo la misma incertidumbre. En los muros del refugio, alguien había pintado con spray: “No somos zombis. Somos supervivientes.” Alicia leyó el mensaje antes de salir al exterior a buscar agua. En la distancia, los sonidos de la ciudad se habían transformado. Ya no eran motores ni conversaciones. Ahora eran gruñidos, disparos, y de vez en cuando el aullido de un perro solitario.

Era oficial: Madrid se había desangrado. Alicia, con la mochila al hombro y la mirada cansada, supo que ya no quedaba lugar al que regresar. Ahora sólo cabía huir hacia el exilio o construir, entre escombros y fuego, una nueva vida. Pero al menos, pensó, habían sobrevivido otra noche. Y mientras quedara un grupo, una chispa de humanidad, había un mínimo de esperanza. Aunque fuera desesperada, aunque se apagara con la llegada del próximo atardecer sobre el río, mientras hubiera alguien junto a ella para compartir la noche, no todo estaría perdido.

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