Fragmento:
Entro por la Calle Alcalá, sorteando las bicicletas rotas y los carros de transporte pesados. Me recibe el bullicio controlado de una ciudad en reconstrucción: herreros martillando, niños aprendiendo a leer en la escalinata de lo que a medias fue una oficina de correos, mulas con fardos de grano, mujeres mezclando tierra y cal en cubetas para reparar muros.
Duración: 10:23
17 de noviembre de 2026
La mañana llega, en lo que quedó de Madrid, como una delgada línea azul tinta apenas visible entre los girones de niebla y hollín que cubren la ciudad. El otoño ha hecho su regreso con un asomo de viento cruel sobre las fachadas devastadas, esas masas de ladrillo y vidrio que en otro tiempo formaban el colmillo orgulloso de la capital y que, ahora, son mausoleos de los millones que una vez fueron.
Camino por el lateral del Retiro, hasta donde la maleza se ha tragado lo que quedaba de adoquines. Los robles y pinos crecen retorcidos, y los restos oxidados de una glorieta infantil emergen como huesos a medio enterrar. El silencio sólo se rompe por algún pájaro o por el crujido de mis botas hechas de retazos de cuero y tela de tapicerías viejas.
Llevo una mochila con judías secas, un termo con agua filtrada, dos lámparas de aceite y una vieja Luger alemana, herencia de mi abuelo. No soy un soldado, ni un explorador. Me llamo Andrea Silva, tengo treinta y nueve años y soy una de los delegados del Círculo de Lavapiés, la comunidad amurallada que sobrevive rodeada por las avenidas del viejo Madrid centro.
Debería ir directo al Palacio de Cibeles, donde hoy celebraríamos la reunión con el destacamento de Vallecas y la caravana comercial venida del oeste, pero mis pensamientos me han llevado hasta aquí, por esa costumbre de buscar en el parque alguna señal del pasado, cuando aun había familias, risas y cisnes en el estanque.
Soy la cronista designada del Círculo. El cargo es reciente: hace apenas seis meses que, por orden del Consejo, existe la figura. Nos tomamos en serio registrar la vida, las muertes, los pactos y las rupturas. Lo que sucedió en los primeros años del apocalipsis nos enseñó que la memoria es nuestra única defensa contra el olvido y, quizá, el reinicio de los mismos errores.
Cuando llego a la Puerta de Alcalá, veo el primer puesto avanzado del día: una garita de metal y madera, custodiada por dos miembros de la milicia del Círculo. Reconozco a Consuelo, siempre callada y curtida, quien levanta la mano en saludo. Sigo adelante hasta que se abre ante mí la vista de la Gran Vía, ahora despejada de zombis después de interminables meses de operaciones de limpieza. Las barricadas siguen ahí, en los cruces, con sus sacos de arena y cacharros metálicos brillando al sol.
Entro por la Calle Alcalá, sorteando las bicicletas rotas y los carros de transporte pesados. Me recibe el bullicio controlado de una ciudad en reconstrucción: herreros martillando, niños aprendiendo a leer en la escalinata de lo que a medias fue una oficina de correos, mulas con fardos de grano, mujeres mezclando tierra y cal en cubetas para reparar muros.
La vida ha cambiado, claro. No es el caos sangriento de los primeros años ni la desesperanza de los tiempos de hambruna cuando los zombis reinaban. Ahora el miedo es distinto: no viene de los devoradores de carne, sino de los vivos, de los humanos capaces de matarte por una bolsa de trigo; pero la cooperación también ha resurgido, de manera tosca y a veces implacable.
En la sede del Consejo —los antiguos sótanos del Círculo de Bellas Artes, hoy convertidos en sala de deliberación y refugio de emergencia— me esperan los representantes de los barrios periféricos. Al llegar, la reunión ya ha empezado:
—Tenemos informes de una horda aproximándose de Usera —dice Manolo, el líder rugoso de Carabanchel, su voz como una piedra molida—. Pero están lentos, casi arrastrándose. No deberían llegar antes de la primera nieve.
—Deberíamos mandar un equipo para terminar de limpiar el sur —propone Lucía, la ingeniera de Puente de Vallecas, que jamás deja de ver la vida como una suma de problemas mecánicos—. Si los dejamos, en un mes serán el doble.
—No tenemos suficiente pólvora —respondo—, ni balas. A menos que convenzamos a los del oeste para que nos vendan.
El tema ocupa toda la mañana. Las alianzas regionales empiezan a ser fluidas pero frágiles, atadas a cada cargamento, cada polvo químico, cada caja de municiones fabricada en los talleres de Boadilla. Acordamos enviar una embajada con medicinas y algo de grano seco, a cambio de pólvora y herramientas. La conversación se mueve entre mapas garabateados y libretas repletas de cifras.
Durante la pausa, salgo al tejado y miro la ciudad desde arriba. Madrid parece una cicatriz enorme y vital, surcada de barrios amurallados, chimeneas humeantes y algunas banderas. Hay zonas verdes y limpias, pero a lo lejos, hacia el norte y el este, veo las ruinas de lo que fueron barrios densos, ahora sólo habitados por el eco hueco de las hordas. El silencio sigue fluyendo entre las calles, denso y espeso.
Por la tarde, me reúno con Mirko, un chaval que nació en 2021 y sólo ha conocido este mundo. Él lidera la patrulla de exploradores adolescentes que rastrean la Castellana y el Barrio de Salamanca, cartografiando lo que queda y marcando rutas seguras.
—Ayer encontramos a unos del grupo de Tetuán, Andrea —me cuenta, apenas conteniendo la emoción y el miedo—. No llevaban marcas y llevaban uniformes improvisados, pero bien armados. Se nos quedaron mirando, pero no nos dispararon.
—¿Seguro que no eran de los saqueadores?
—Llevaban escudos con una franja azul, como la de la vieja policía.
—Anótalo en el registro. Que la patrulla próxima vaya con cuidado.
Los apuntes en los viejos cuadernos son la memoria de nuestra guerra civil encubierta, silenciosa: pequeñas bandas armadas, facciones sin dueño, milicias que a veces protegen y otras veces sólo amedrentan en nombre de algún caudillo local.
Al atardecer, vuelvo a cruzar la Plaza de Cibeles. Una de las nuevas campanas —fundida en la herrería de Atocha usando metal de coches quemados— llama al cierre de las puertas. La neblina se levanta desde el río Manzanares y la temperatura baja rápidamente. La ciudad se encierra consigo misma, con las puertas de hierro aseguradas desde el interior y los perros de patrulla, mestizos maltratados y escuálidos, haciendo guardia entre las sombras.
Subo a la azotea de un edificio bajo para escribir en mi diario. Es el mismo cuaderno donde llevo la crónica de estos últimos dos años; la tinta y el papel son tesoros, pero no puedo evitar gastarlos en estas líneas que, espero, algún día alguien leerá y comprenderá.
17 de noviembre de 2026
Crónica de Lavapiés, día 2292 del brote.
El comercio regular de alimentos y municiones es la noticia más importante. Las alianzas regionales parecen estabilizarse, pero la amenaza de saqueadores persiste, especialmente desde el norte. Los zombis ya sólo representan peligro en pequeños grupos y apenas salen de las grandes urbes. Sin embargo, la tensión humana crece a la par que los recursos menguan. El invierno será duro pero quizás no letal. Los rumores sobre nuevas milicias en Tetuán preocupan al Consejo.
Dos horas después, una alarma resuena por toda la zona: tres sonidos metálicos seguidos de un largo tañido. Es la señal acordada: actividad hostil en la frontera norte, cerca de Tribunal.
Bajo corriendo la escalera hasta el patio central, donde decenas ya se han armado y organizado. Los líderes reparten puestos de vigilancia y ordenan a la mayoría de la población que regrese a refugios subterráneos.
Me uno a un grupo que sube hasta la azotea de un hotel antiguo, con vista directa a uno de los accesos usados por viajeros y comerciantes. Tardamos minutos en distinguir la silueta de un grupo moviéndose en la penumbra: unas diez figuras marchan en formación compacta.
No son zombis.
Caminan erguidos, alineados y armados. Cuando se acercan, distinguimos los brazaletes azules que mencionó Mirko y las chaquetas remendadas con insignias policiales antiguas. El jefe de guardia, un hombre canoso y imponente llamado Jorge, da la orden:
—¡Esperad señal! No disparéis salvo que ataquen.
El grupo se detiene a unos cincuenta metros de las barricadas y alza dos banderas improvisadas. Una es blanca y la otra lleva el mismo símbolo en azul.
Tras un breve intercambio de señales, el Consejo desciende a parlamentar con ellos. Los observamos desde arriba, tensos y en silencio, cada uno apretando su arma, la cabeza llena de escenarios posibles: ¿buscan una tregua? ¿O vienen a exigir tributo bajo amenaza?
Una hora después, la delegación regresa. Nos informan que el grupo pertenece a una nueva alianza surgida en el norte de Madrid, el Protectorado de la Castellana, quieren negociar reglas claras para el comercio y el paso seguro hasta los talleres metalúrgicos del sur. Aceptan no adentrarse en nuestras rutas si a cambio pueden obtener víveres y pólvora pagando con piezas mecánicas recuperadas de Chamartín.
No es la paz, pero es, después de tantos años, algo parecido a la normalidad.
Regreso a mi refugio mientras la ciudad recupera su ritmo de noche, con los vigías patrullando y los más vulnerables acurrucados lejos de las ventanas. La tensión baja; algunos respiran, otros murmuran plegarias a dioses nuevos y viejos, unos cuantos ríen por primera vez en días.
En la oscuridad de mi cuarto, con la lámpara de aceite titilando, me sorprendo pensando en lo que llevábamos siglos sin nombrar: esperanza.
Quizá, en la próxima primavera, cuando las hordas terminen de disiparse y los vivos por fin aprendan a vivir juntos, Madrid vuelva a ser una ciudad de historias y no solo de supervivientes.
Quizá, ya no tengamos que temer tanto a los que acechan en las sombras, sean vivos u muertos, y podamos empezar a pensar, otra vez, en el futuro.
Apago la lámpara. Al otro lado del cristal, escucho el viento del otoño arrastrar murmullos y recuerdos en las ruinas de la Gran Vía. Afuera, las campanas de las zonas vecinas suenan, dispersas y firmes. Llaman a la guardia, pero en su eco resuena también la promesa de una nueva vida, aún incierta pero cada vez más real.
Cierro los ojos y decido que, pase lo que pase mañana, la memoria y la voluntad no han sido devoradas: aún somos nosotros, aún es Madrid.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.