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Fragmento:


Fue una mañana cuando, tras debatirlo durante horas, el grupo decidió huir. Martín había contactado con otros supervivientes a través de señales luminosas y notas dejadas en los portales. Había rumores sobre un convoy que se preparaba para salir dirección Guadarrama y la Sierra, atravesando barrios periféricos y la M-30.

Duración: 15:03

Libro Nuevos Reinos de Ceniza

El éxodo y la caída
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 3: El éxodo y la caída

Verano de 2020. No hubo estación ese año en Madrid: solo una secuencia de días calcinados por el miedo, noches interminables y horas suprimidas por el pánico. Para Alicia, el calendario se fragmentó en fragmentos: el minuto en que escuchó disparos en la puerta del refugio, la tarde en que vio arder la gasolinera de Marques de Vadillo, la mañana en que apoyó una mano temblorosa en la mejilla de Esther, que deliraba de fiebre.

Habían pasado semanas desde el colapso. En el refugio improvisado al sur del Manzanares, apenas quedaban recursos. Las barricadas construidas con mesas, somieres y láminas de metal habían resistido sucesivos asaltos de infectados y saqueadores, pero los suministros menguaban. El agua era un lujo; la electricidad, un recuerdo. Alicia y Martín, junto a un puñado de supervivientes—Esther, los dos adolescentes, Olga la anciana y un hombre de nombre Germán—, se debatían entre permanecer en la fortaleza improvisada o arriesgarlo todo y escapar.

La radio militar, intermitente y con interferencias, repetía apenas instrucciones ambiguas: “Evacuación por la A5—Salida hacia Móstoles—Aglomeraciones—Peligro extremo—Formen grupos pequeños”. Pero todos sabían que nada era seguro. Los zombis merodeaban, day y noche, y las bandas humanas saqueaban sin distinciones. El gobierno, en una de sus últimas emisiones, había aconsejado a los ciudadanos “permanecer protegidos y no iniciar migraciones peligrosas”. La práctica contradijo la teoría: los barrios vacíos eran trampas mortales, y en el refugio sólo quedaba la certeza de que, si no salían pronto, morirían de hambre o sed.

El calor lo llenaba todo. Alicia sentía siempre el sudor entre los omóplatos, la ropa pegada a la piel abrasada, el hedor a basura y cadáveres fermentados por el bochorno. Nadie dormía más de dos horas seguidas. Al amanecer, los turnos de guardia eran rituales de resignación: juntos, compartiendo silencio; solitarios, mirando a través de rendijas oxidadas para alertar del movimiento de cualquier cosa que no debiera moverse.

Fue una mañana cuando, tras debatirlo durante horas, el grupo decidió huir. Martín había contactado con otros supervivientes a través de señales luminosas y notas dejadas en los portales. Había rumores sobre un convoy que se preparaba para salir dirección Guadarrama y la Sierra, atravesando barrios periféricos y la M-30.

—No podemos sobrevivir aquí. Ni una semana más. Vamos a intentarlo —dijo Martín. Nadie discutió.

El plan era sencillo: salir al amanecer, avanzar en grupos de cuatro, moverse entre portales y solares vacíos, evitar avenidas anchas, retirarse siempre ante cualquier ruido fuera de lugar. Cargaron lo imprescindible: comida enlatada, alguna botella de agua, vendas y paracetamol. Alicia llevó consigo el llavero de su madre y unas tijeras de cocina. Nadie tenía armas, solo objetos improvisados: una barra de hierro, un bate astillado, un cuchillo de pan. Olga, a pesar de la edad, se empecinó en cargar una radio pequeña. —Si alguien sobrevive, tendrá noticias — fue lo único que dijo.

Salieron cuando el sol apenas comenzaba a dorar los tejados. El aire olía a hierro y ceniza. Avenida tras avenida, el grupo serpenteó por calles desiertas, siempre atento a los movimientos en ventanas y portales. Los primeros kilómetros fueron extrañamente silenciosos, como si Madrid contuviera la respiración. Solo los pájaros y algún ladrido distante recordaban que quedaba vida.

No tardaron en descubrir los estragos de la ciudad caída. Coches volcados formaban barricadas inútiles. Por las aceras, los cadáveres atados de pies y manos mostraban cómo, antes de caer, algunos habían intentado protegerse entre sí o evitar el contagio. Entre la suciedad y la sangre seca, brotaban hierbajos donde antes hubo césped. En las terrazas, la ropa colgada ondeaba en un viento seco, ajena al desastre.

La primera confrontación no fue con zombis, sino con humanos. En la calle General Ricardos, una banda armada les interceptó al salir de una ferretería saqueada. Eran seis hombres y dos mujeres, trastornados por la desesperación y el hambre, desaliñados y armados con machetes y pistolas oxidadas. Les ordenaron entregar mochilas y alimentos. Martín, erguido y sereno, intentó negociar:

—No tenemos casi nada. Sólo queremos cruzar por el Puente de Toledo, ir al norte. Podemos compartir medicinas.

La líder de la banda, una mujer de rostro marcado por cicatrices, se rió con crueldad.

—¿Al norte? Allí no queda nada. Mejor venís con nosotros.

Hubo un forcejeo breve. Uno de los adolescentes fue golpeado. Esther, valiente, se interpuso y mostró el poco botiquín que llevaban: gasas, paracetamol, vendas sucias.

Al final, tras amenazas y empujones, lograron que les dejaran ir, a cambio de la mitad de sus provisiones. Para el grupo, la experiencia selló una advertencia: los vivos eran más peligrosos que los muertos.

Al llegar a los alrededores de Príncipe Pío, el caos era absoluto. Puentes y túneles bloqueados, columnas de humo alzándose en la distancia. Grupos armados protegían los accesos de las vías ferroviarias. Alicia notó el temblor en sus propios labios: comprendía que no había un plan, solo improvisación y miedo compartido.

Cruzaron la M-30 a pie, avanzando entre vehículos detenidos a la fuerza, muchos todavía con maletas en el asiento de copiloto, puertas abiertas y, a veces, rastros de sangre o muñecas de niños olvidadas. El hedor era insoportable. Olga vomitó y tuvo que apoyarse un rato bajo el parasol deformado de un autobús.

El puente estaba cubierto de manchas negruzcas y huellas de pisadas grotescas. En mitad de su trayecto, una pequeña horda de infectados detectó al grupo. Los movimientos eran torpes, los cuerpos ya deteriorados por semanas sin alimento, pero la brutalidad del ataque seguía intacta. Corrieron. Alicia sintió el pulso de la muerte justo tras ella: un zombi, encorvado, logró agarrarle la pernera y ella, instintivamente, le hundió las tijeras en la sien. El cuerpo cayó sin ruido. Hubo gritos, carreras, pero lograron atravesar la M-30, perdiendo a uno de los adolescentes, que resbaló y fue engullido por la horda. Nadie pudo socorrerle.

El dolor por la pérdida fue inmediato y feroz, pero tuvieron que seguir. Esther, destrozada, insitía en querer volver a ayudarle; Martín la retuvo a la fuerza.

—No podemos. Ya no.

Siguieron camino, cruzando descampados y avenidas. Todo era desierto. Solo en la distancia se adivinaban columnas de personas, migrando en busca de una salvación improbable. Casi todos, como ellos, avanzaban a pie, en grupos pequeños. El éxodo era delirante: familias empujando carros de supermercado, ancianos cargados de mantas, niños apoyados en perros callejeros. La masa migratoria se desplazaba lenta, mermada por ataques repentinos o la aparición de bandas hostiles que robaban cuanto podían y desaparecían tras los coches calcinados.

En el barrio de Aluche encontraron una fila de camiones militares. Los vehículos estaban atravesados en la calle, con las puertas abiertas de par en par: un improvisado hospital de campaña, abandonado a toda prisa. Allí, Alicia atendió a un joven con una mordedura en el hombro. Sabía cómo terminaba aquello. El chico, sabedor de su destino, le suplicó que le diera una navaja. En lugar de ello, Alicia le ofreció agua y lo dejó morir en paz, sabiendo que ya no podía cargar con más muerte súbita en sus manos. Nadie pudo enterrarle de inmediato. Sólo, cuando cayó la tarde, taparon su cuerpo con una lona militar y siguieron andando.

Rumores recorrían la caravana: que el ejército se había replegado hacia el norte, que había convoyes saliendo de la capital, que algunos pueblos de la sierra aún resistían. Por la radio de Olga, apenas una voz: “Refugio en Las Rozas—Peligro en A6—Evacuación prioritaria para personal sanitario”.

Martín, desgastado y dolido por la marcha forzada, propuso desviar la ruta. Alicia sabía que daban vueltas sobre sí mismos, que no había dirección clara. Cuando la noche cayó, se refugiaron en el vestíbulo de un bloque abandonado. Allí, Germán sufrió una crisis mental, llorando porque no podía dejar de oír los gritos de quienes quedaban atrás. El grupo se encerró tras una puerta blindada, escuchó los golpes de pasos fuera y sostuvo la respiración mientras pasaba una horda de infectados por la calle, atraídos por los lamentos de algún otro grupo desafortunado.

Así transcurrieron varios días, en marcha entre barrios, apenas comiendo, apenas durmiendo. Las fuerzas mermaban. Esther cayó enferma de fiebre. Alicia quemó la última venda limpiando una herida en la pierna de Martín, que había caído saltando una valla. Había momentos en los que estuvieron a punto de rendirse—cuando, al salir de madrugada, distinguieron a una familia entera devorada en una rotonda; cuando les negaron acceso a otro refugio porque “ya no hay sitio”; cuando tuvieron que presenciar, sin poder intervenir, la ejecución sumaria de un grupo de saqueadores apresados por una milicia improvisada.

El éxodo de Madrid era un espectáculo de pesadilla: abuelos empujados en sillas de ruedas chirriantes, niños embutidos en chaquetas de adultos, jóvenes con armas improvisadas y miradas huecas. La ciudad era un cementerio de vehículos y sueños rotos, de promesas truncadas y cadáveres sin número. El sol abrasaba la piel y, al caer la noche, ninguno podía dormir sin soñar con la cercanía de los muertos.

En la M-40 se sumaron a un grupo mayor, intentando protegerse por la cantidad. Allí conocieron a Tomás, antiguo funcionario, que hablaba de “organización” y “resistencia” con frases sacadas de discursos oficiales. Fue él quien propuso avanzar hacia la A6, buscando enlaces con convoyes militares. Alicia no creía en milagros, pero la determinación de Tomás era contagiosa. Los días formaban una única jornada hecha de sed, caminata, huidas súbitas y horror contenido.

Las peleas entre supervivientes comenzaron con los recursos escaseando. Un intento de asalto a una tienda de alimentación degeneró en una batalla a cuchillo entre dos facciones rivales. Tomás resultó herido defendiendo a una mujer y Alicia, empapando gasas en agua sucia, intentó frenéticamente esterilizar la herida. Se dio cuenta de la futilidad, pero no dejó de intentarlo.

El avance final hacia la sierra fue el tramo más aterrador. Las carreteras estaban saturadas de vehículos abandonados: familias enteras convertidas en cadáveres que apestaban los arcenes. Hogueras señalaban campamentos improvisados, muchas veces controlados por bandas armadas. Intentaron unirse a uno cerca de Las Rozas, pero les exigieron armas y víveres. Martín se enfrentó al líder y estuvieron a punto de matarle. Fue Alicia quien, mostrando su credencial de enfermera, logró que les permitieran dormir a la intemperie junto al fuego, vigilados por guardias hoscos.

En el campamento conocieron a supervivientes que hablaban de la caída de Londres, de París, de cómo Roma había desaparecido en un infierno de fuego y violencia. Una mujer, recién llegada desde Villalba, contó que había visto a un grupo de militares disparar a civiles para contener una estampida. Olga, que siempre había sido la más fuerte, desfalleció de la impresión y murió esa noche, en silencio, entre las mantas prestadas del grupo. Al amanecer, Alicia la cubrió con una sábana y pronunció una oración seca.

Fueron días de avances y retrocesos. Entre los incendios a lo lejos y la letanía incesante de disparos por la noche, el grupo perdió la cuenta de los kilómetros transitados. Estaban agotados, siempre hambrientos, siempre alertas. Martín, cada vez más pálido y silencioso, apenas hablaba ya. Esther deliraba, soñando en voz alta con su familia perdida y la vuelta a una normalidad imposible.

Hubo momentos, incluso, de pequeña esperanza: al cruzar una finca en Torrelodones, encontraron un pozo cubierto, agua limpia y frutos en una higuera. Durante una jornada, comieron, se lavaron y enterraron a los muertos con algo de dignidad. Alicia recordó el sabor de un higo fresco, aún cubierto de polvo: por un instante, el apocalipsis pareció una pesadilla lejana.

Pero la tregua fue breve. Una horda, atraída por sus voces, asaltó el campamento al anochecer. Hubo carreras, gritos, forcejeos. Martín fue mordido en la mano; tuvieron que amputarle dos dedos con un cuchillo calentado en la hoguera. Alicia lo hizo a ciegas, guiada por la desesperación y el instinto. El dolor y la infección obligaron al grupo a ocultarse durante dos días en un cobertizo, donde apenas quedaba más que aliento y miedo.

Por la radio, una última señal anunció: “Gobierno reubicado en Zaragoza—Madrid, zona cero, evacuación imposible—Autogestión recomendada”. Fue lo último que escucharon antes de que la radio muriera definitivamente.

El grupo continuó perdiendo miembros: al tratar de cruzar una autopista, uno de los adolescentes murió aplastado entre dos camiones movidos por el viento y los infectados; Esther desapareció una noche, dejando solo una nota escueta: “No quiero arrastraros más. Idos sin mí”.

Al final, solo quedaban Alicia, Martín, y Tomás. Llegaron a la falda de la sierra con la ropa desgarrada, los pies ensangrentados, la dignidad hecha jirones. Se refugiaron en lo que quedaba de una casa de campo abandonada, la que una vez fue casa rural. Allí, entre el olor a madera vieja y mantas carcomidas, se permitieron llorar, abrazarse, compartir los pedazos que quedaban de cada uno.

En el horizonte, la ciudad ardía. Madrid era un mausoleo de ceniza y ruinas. Por la noche, los gritos de los últimos que huían resonaban como ecos prehistóricos en el valle. Acurrucados bajo la techumbre rota, con la certeza de que no quedaba nada atrás, Alicia comprendió que el éxodo había terminado, y que el precio de sobrevivir era haber dejado demasiado por el camino. Martín, febril y adolorido, sonrió por primera vez en días.

—Hemos llegado, Ali. No sé dónde es esto, pero estamos vivos.

Al día siguiente, la sierra les recibió con lluvia fría. Caminando entre el barro y el sonido de los pájaros, Alicia vislumbró, por primera vez desde el inicio del desastre, una posibilidad de futuro. El mundo anterior había muerto, pero en el crisol del dolor nacía una sociedad nueva: desconfiada, rota, pero viva. El éxodo había sido su prueba. Ahora comenzaba la siguiente etapa: la reconstrucción, entre las cenizas.

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