Fragmento:
Asentí. El invierno complicaba los asuntos de todos: menos incursiones desde fuera pero también menos envíos, menos comercio, menos noticias. Sin embargo, algo diferente flotaba en ese atardecer. Había rumores que recorrían las calles y plazas internas de Chamberí: sobre un convoy de alimentos que había sido atacado cerca de la Castellana, sobre bandidos agrupándose en lo que fue Nuevos Ministerios, sobre negociaciones con los líderes de otros asentamientos en la sierra.
Duración: 12:28
16 de noviembre de 2026
Era pleno otoño, pero la ciudad de Madrid no conocía ya el paso de las estaciones como antes. La realidad se había compactado, distorsionado por la rutina desesperada de la supervivencia. Más allá de los antiguos límites del tercer anillo, la civilización solo existía en rastros: edificios en ruinas invadidos de maleza, coches oxidados medio volcados en la calzada, fachadas ennegrecidas por fuegos abandonados tiempo atrás. Pero aquí, detrás de los muros levantados en Chamberí, quedaba una chispa de vida y organización. Lo sabíamos porque la defendíamos entre todos, día tras día, contra los rezagos del horror que, desde hacía más de seis años, nos había arrebatado el mundo.
El calendario decía “16/11/2026”, aunque muchos habíamos olvidado la cuenta exacta. Para nosotros ese era el día sesenta y dos desde la última horda y el día once desde la primera nevada, un invierno precoz que traía consigo recuerdos de hambruna. Los cuerpos de los zombis fuera de los muros se desmoronaban por el frío, pero nadie se confiaba del todo. Aún eran peligrosos en grupo, y más aún los nuevos cadáveres, esos que la infección seguía transformando con fiereza. Había aprendido a reconocerlos en la distancia: los viejos, con gestos casi erráticos, como autómatas al borde del colapso; los recién convertidos, impredecibles, ágiles, atrapados en un paroxismo de rabia y dolor inmanente.
Mi nombre es Irene Flores Vasco. No fui nadie especial antes del colapso. Fotógrafa de bodas, hija única de padres divorciados. Ahora soy parte de la guarnición de Chamberí, un puesto ganado a base de terror, sudor y decisiones imposibles. Madrid, por entonces, era una urbe dividida: Retiro, Latina, Vallecas y parte de Chamartín permanecían dominados por hordas o grupos de bandidos. Solo algunas manzanas fortificadas resistían, como el núcleo de Chamberí, convertido en una ciudadela de ladrillo, acero y voluntad obstinada.
La escena desde lo alto del mirador improvisado —la terraza amurallada de lo que fue un hotel boutique de la calle Eloy Gonzalo— era un cuadro de contrastes lúgubres. A la luz tenue del atardecer, el horizonte se difuminaba bajo una niebla espesa, consecuencia del frío y de las fogatas dispersas. Donde antes latía la vida de cafés, tiendas, terrazas al sol y tráfico constante, ahora solo quedaban las sombras de los vivos y los rezagos de los muertos. Por los altavoces, un sistema rudimentario de megafonía conectaba los diferentes sectores fortificados para emitir alertas, consignas o, las nuevas noches de luna llena, incluso algo de música.
—Relevo, Irene —susurró Jorge, uno de los vigías que había entrado en la ronda de patrulla conmigo.
Me froté las manos, tupidas por unos guantes agujereados y los puntos de sangre seca de la última escaramuza. Tenía el fusil apoyado en la rodilla y la linterna de dinamo colgada al cuello. Que nadie se engañe, les decíamos a los recién llegados: aquí no hay héroes, hay supervivientes.
—¿Movimiento? —pregunté sin levantar la voz, acostumbrada a la disciplina de los turnos.
Jorge negó con la cabeza y miró hacía el sur.
—Solo animales, zorros y un par de perros. Ni rastro de humanos. Por Palos de la Frontera dicen que esta noche habrá truene.
Asentí. El invierno complicaba los asuntos de todos: menos incursiones desde fuera pero también menos envíos, menos comercio, menos noticias. Sin embargo, algo diferente flotaba en ese atardecer. Había rumores que recorrían las calles y plazas internas de Chamberí: sobre un convoy de alimentos que había sido atacado cerca de la Castellana, sobre bandidos agrupándose en lo que fue Nuevos Ministerios, sobre negociaciones con los líderes de otros asentamientos en la sierra.
Yo, como responsable de una de las patrullas, tenía además la tarea de ayudar en la organización de las torres de señales. Las alianzas regionales estaban en proceso de consolidarse, y solo un sistema eficaz de comunicación permitiría responder a los peligros. Códigos de luces, hogueras en terrazas, reflejos con espejos durante el día: cada mensaje era crucial. Aquella tarde tocaba ensayo general; esperaba a Felipe, el hombre que se sabía todos los códigos, desde los de los inicios hasta los secretos de esta última era.
—¿No echas de menos el mundo de antes? —me preguntó Jorge, ahogando un bostezo.
Me detuve. A veces las preguntas más simples son las que más dolían.
—A veces sí —respondí—. Pero cuando lo pienso… No sé si era para nosotros. Ya no. Ahora solo tenemos esto. Debemos protegerlo.
Mientras hablábamos, las primeras luces de las señales comenzaron a titilar en el sector oeste. Dos destellos pausados, uno rápido. Era el código de alerta menor: avistamiento de un grupo de no-muertos, pero no suficiente para llamar a la milicia organizada. Bajamos rápidamente al puesto de guardia. La rutina era inmutable: reunión de patrulla, comprobación de armas, reparto de tareas.
Allí estaba Ana, la médica que hacía las veces de líder informal del sector. Una joven de rostro serio, nunca sin su mascarilla, aprendida por pura costumbre a lo largo de los años.
—Cinco unidades aparecieron cerca de la glorieta de Quevedo —resumió, consultando su cuaderno de notas—. Mandaremos a la patrulla dos para contenerlos. Irene, guíalos tú esta vez.
Sabía lo que significaba: habría que hacer una escaramuza rápida, silenciosa y eficiente para que ningún grupo mayor captara la atención. Mejor evitar disparos, mejor no atraer a bandidos, mejor que todo siguiera en calma. Salimos al silencio de la noche congelada, cinco figuras envueltas en abrigos reforzados y armados con lanzas, machetes y apenas dos rifles con cinco balas cada uno.
La ciudad, a esas horas, se convertía en un escenario espectral. El ruido de nuestros pasos absorbido por la nieve. Pasamos junto a murales decorados de consignas (“RESISTIR, ABRIGAR, RECONSTRUIR”, “LA VIDA SOLO ES VIDA JUNTOS”). Los zombis acechaban en los recovecos, atraídos ya ni siquiera por el olor sino por una memoria ciega, una especie de reflejo atávico hacia las voces humanas.
Al llegar a Quevedo, los encontramos: cinco cuerpos en distintos grados de putrefacción, todavía peligrosos. Ejecutamos la maniobra en silencio. Lancé la señal, tres de los míos se adelantaron: dos con lanzas, uno con mazo, el otro cubriéndonos con linterna. Cada batalla con zombis era como mirar a la muerte cara a cara, pero nunca igual a la anterior.
El primero —lo reconocí de inmediato— fue mi antiguo profesor de matemáticas. Aún conservaba el gabán azul marino, aunque la cabeza colgaba ladeada y las manos estaban hinchadas, deformes. Sentía una culpa terrible cada vez que me veía obligada a terminar con uno de esos seres. No culpaba a la humanidad de lo ocurrido, pero sí al descuido, la arrogancia, la creencia de que nunca podría pasar aquí, en nuestra ciudad inexpugnable.
Acabada la tarea, reunimos los cuerpos y los arrastramos a un antiguo contenedor para quemarlos en el incinerador improvisado. Esas fogatas nocturnas, dicen, mantienen alejados a los rezagados. Regresamos a paso rápido, revisando cada esquina, esquivando placas de hielo y montones de nieve sucia. Era fácil caer presa de la paranoia: ¿Era esa sombra un zombi o un carro volcado? ¿Ese sonido, un gato herido o la señal de un saqueador? Todo dependía de la vigilancia y la suerte.
De vuelta en la sede, la plaza oculta entre edificios arruinados a la que llamábamos “la fortaleza”, se respiraba cierta calma. Guille, el responsable de la despensa, colocaba la ración diaria: 150 gramos de pan duro, una taza de sopa de raíces y un huevo cocido por cabeza. Un banquete en los tiempos actuales.
—Mañana llegan los de la caravana —susurró Guille en voz baja, solo para mí—. Traen algo de aceite y quizá arroz, si los bandidos los han dejado pasar.
Las caravanas eran la línea entre la vida y la muerte en el “nuevo Madrid”: organizadas por alianzas, escoltadas por hombres y mujeres armados, recorrían cientos de kilómetros desde Castilla o Andalucía, trayendo a cambio de munición, herramientas, medicinas o cualquier cosa útil. Pero no siempre regresaban: los caminos seguían infestados o dominados por los grupos nómadas, esos saqueadores que preferían sobrevivir al margen de cualquier nuevo orden.
Esa noche me tocó el turno de guardia en la torre sureste. El frío calaba los huesos y, a lo lejos, aún podía verse el humo de una hoguera encendida en la antigua glorieta de Cuatro Caminos. Desde allí, era fácil sumirse en recuerdos: la última vez que caminé por la Gran Vía con mi hermana, cuando los escaparates aún rebosaban de color y promesas. Ahora aquellos lugares eran fantasmas, campos de batalla o guaridas para los desesperados.
Fran, el jefe de comunicaciones, me encontró mientras revisaba la linterna de señales.
—Mañana necesitaremos un mensaje para los de Hortaleza. Quieren intercambiar semillas por medicinas, pero no se fían —explicó.
—Nada es fácil —admití, dándole un sorbo a mi taza de café rancio, más agua que café en realidad.
—Dijo el consejo que estudies una nueva señal de alerta —insistió—. En caso de que vuelvan a organizar un ataque humano, debemos estar prevenidos.
Eso lo decía todo. No sólo los zombis eran la amenaza. Habíamos aprendido a temer a los vivos quizá incluso más. No todos los bandidos eran monstruos, pero la desesperación convertía a cualquiera en verdugo en el momento menos esperado. Sabíamos de saqueos en barrios lejanos, plazas desalojadas por milicias, niños vendidos como mano de obra forzada a cambio de una caja de antibióticos.
Durante mi guardia observaba el lento fluir de la vida en la fortaleza: una madre calmando a su hija con la promesa de historias nocturnas, dos ancianos uniéndose a la cuadrilla encargada de confeccionar mantas de retales viejos, un puñado de adolescentes aferrados a sus tablets viejas, sin batería pero convertidas en tableros de juego improvisados.
Lo que mantenía unida a Chamberí no era la muralla ni los rifles, sino la certeza de que, pese a todo, la humanidad podía avanzar. Habíamos comenzado a registrar nacimientos, a hablar de escuelas, a planificar un pequeño jardín en el antiguo patio de Conde Duque. Ana, la médica, preparaba clases rudimentarias para las nuevas generaciones, enseñando a sumar, a leer, a identificar hierbas curativas. Era tan poco… y a la vez, era todo. Un paso hacia la reconstrucción, hacia el futuro.
Al alba, el aire era aún más frío, pero el ánimo de la población estaba en calma por primera vez en mucho tiempo. Hicimos el relevo de guardia, saludando a los que llegaban a sustituirnos con una mezcla de fatiga y complicidad. Me permití un pequeño lujo: subí al tejado de la biblioteca municipal, aún en pie aunque sin libros valiosos. Desde aquella altura, miré hacia el este. La luz grisácea rompía sobre los escombros y las cúpulas de iglesias, sobre el esqueleto oxidado de los antiguos edificios corporativos.
Vi, acercándose por la carretera, las antorchas de la caravana. El futuro llegaba así: a pie, despacio, temiendo siempre lo peor, pero avanzando igual. No había promesas de salvación ni certezas de seguridad para nadie. Pero, al menos esa mañana, Chamberí resistía. Madrid resistía. Y mientras hubiera quien encendiese una señal o quien escribiese un nuevo código, aún habría esperanza entre las ruinas.
Así vivimos aquel noviembre, peleando no solo contra los muertos sino, sobre todo, por las nuevas formas de vivir, de confiar y de empezar de nuevo. Porque no era solo Madrid la que se defendía de las sombras: también la memoria, la dignidad y la obstinación de la humanidad frente al incesante invierno.
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