22 de julio de 2024.
El humo se elevaba basto y perezoso sobre el perfil quebrado de la ciudad. Madrid, una sombra de sí misma, aguardaba cada amanecer con el temor de haber perdido durante la noche un pedazo más de los que luchaban aún por sí mismos y por un porvenir. Desde la azotea de lo que antaño fuera un restaurante turístico en la Plaza Mayor, Esteban respiró hondo, aspirando el aroma a heno húmedo y sudor animal que, por un pequeño milagro, tapaba el hedor dulzón de muerte que hace años parecía inerme a cualquier viento.
A su lado, Furia, un caballo manchego tordo, mordisqueaba el pasto fresco recibido en el último trueque con una caravana venida desde Ávila. Era una bestia grande, resistente, marcada por antiguas cicatrices que surcaban su lomo como las viejas grietas de la ciudad misma. Para Esteban, Furia era no solo un compañero de viaje y tarea, sino símbolo también de aquel Madrid que, a casi ningún precio, se doblegaba.
Las campanas improvisadas repicaron con insistencia desde la vieja cúpula de San Isidro. Esteban ajustó la bota de montar, se colgó el viejo mosquetón a la espalda y descendió los escalones con prisa, notando bajo sus botas el crujido de madera reseca. El enclave no tenía tiempo para bucólicas contemplaciones: una nueva caravana, cruzando la distancia entre lo que fue Getafe y las puertas del Retiro, precisaba escolta.
La Comuna de Madrid Sur, como la llamaban ahora, era una frágil alianza nacida de acuerdos clandestinos y sangre derramada. Su núcleo eran los viejos barrios del centro: Austrias, Chamberí, Lavapiés, cada cual amurallado a su modo, conectados con rutas protegidas a fuerza de coraje, astucia y, sobre todo, caballos y mulas. El petróleo era un recuerdo; donde los autos no servían más que de barricada, la caballería había reclamado las calles polvorientas.
Esteban cruzó la Plaza, ahora sembrado en su centro un huerto donde los tomates luchaban contra los insectos y el calor. Saludó a Dulce, la panadera, que ensillaba con destreza a su burro Rojo, y a Mateo, el herrero del grupo, curtido en trueques y con las manos tan poderosas como tiernas al templar un clavo o un bocado. A lo lejos, relinchaban otros caballos, tensos por la inminencia del viaje.
En la base del antiguo Museo Reina Sofía —ahora tinglado de herramientas, médicos y biblioteca de supervivencia— esperaban los miembros más experimentados de la caballería. Camila, la líder de la tropa, consultaba un mapa tosco, tachonado de tiritas donde habían caído compañeros y de líneas rojas donde no se recomendaba cruzar ni a la luz del día. Sus cabellos, recogidos en un moño polvoriento, se agitaban suavemente bajo la brisa que lechaba rutas de polvo desde la Castellana.
“¿Listos?” preguntó, su tono seco pero vibrante.
Esteban asintió, acariciando la crin de Furia. Los demás —un joven post-adolescente con ojos de fiera llamado Iván; Lucía, la única que sabía manejar bien tanto el lazo como la escopeta, y Santos, el forastero callado que llegó montando un potro extenuado— hicieron lo propio. Las armas relucían oscuras, desgastadas pero limpias; algunos llevaban lanzas improvisadas, otros viejas pistolas recargadas con pólvora reciente.
“No se detengan por ningún cadáver. Las rutas hacia Cortijo Viejo están tranquilas desde hace una semana, pero bastan cinco minutos y todo se jode. Eviten La Prospe y Chueca, movimientos raros, algunas bandas carroñeras cerca.”
Dicho esto, la caravana avanzó. Jinetes y cargas —carros ligeros cargados de grano, cañas de azúcar y agua potable, junto a sacos de forraje— alineados en dos columnas. Avanzaron por Atocha, ahora un canal de sombras donde los cadáveres secos asomaban entre hierros retorcidos y grafitis de advertencia. El sonido de los cascos, grave, profundo, se confundía con silbidos de las palomas y un incesante rumor de grillos.
A los costados, los callejones rezumaban amenaza: de vez en cuando, el cráneo rojizo de un zombi asomaba entre cortinas hechas jirones, arrastrando pies desnudos y podridos. Pero la caballería avanzaba rápido, casi sin mirar. Era regla vieja: el movimiento y el ruido desconcertaban a los “caminantes” —los más viejos, descarnados, casi ciegos, deambulaban en círculos hasta quedar atrapados. Los más frescos, menos numerosos, les seguían el olor de lejos, torpes, como si la furia del primer contagio se hubiera diluido.
Furia relinchó junto a la boca de metro de Pacífico. Esteban lo contuvo, apretando con suavidad las riendas. Por el rabillo del ojo vio cómo Iván tensaba una lanza, apuntando a un trío de infectados que forcejeaban en la penumbra alrededor de un cadáver reciente. Lucía se apartó lo justo para desviar la columna y evitar el conflicto. El grupo pasó, los infectados demasiado tardos o saciados para reaccionar.
Para Esteban, cada salida era distinta: a veces, lo normal era el silencio, la sospecha de ser observado. Otras, la violencia asomaba de repente, un estallido de garra y fauces que reclamaba sangre. Los zombis habían aprendido el olor del caballo; sabían que perseguir a un jinete era inútil. Pero en las calles merodeaban aún humanos, y de ellos sí había que temer lo imprevisible.
Pasado el Retiro, los arcos improvisados señalaban la frontera segura. Allí, dos adolescentes armados con ballestas saludaron la caravana y dieron aviso a los cuidadores. Las rutas de pasto alto servían de escondite al ganado. En aquel enclave, cada animal era más valioso que todo el oro antiguo de Madrid.
El intercambio era rápido, casi ceremonial: trigo por carne de cabra, cigarrillos torcidos de menta y salvia por herramientas de hierro, agua límpida por medicinas conseguidas en los antiguos hospitales saqueados. Esteban desensilló a Furia, frotó su lomo sudoroso y permitió que se revolcara en un claro de heno, bajo la vigilancia atenta de dos niños. El grupo descansó apenas, mascando raíces secas, compartiendo bromas breves pero sinceras.
Al cabo de una hora, Camila dio la orden de regresar. El calor apretaba y la ciudad parecía, a aquella hora, una caldera reventada, peligrosa en cada sombra. Las rutas de vuelta eran distintas: costearían la antigua M-30, evitando la Plaza de España, convertida en mercado negro de humanos y animales. Ya el rumor de saqueos planeaba en el aire.
No habían avanzado ni un kilómetro cuando el primer disparo quebró la tarde. Un ladrido breve, lejano, y acto seguido el relincho de un caballo ajeno. Los jinetes de la Comuna se reagruparon por instinto. Esteban, con el mosquetón preparado, buscó la fuente. Entre los escombros de la vieja gasolinera, vio un grupo de cinco figuras, armadas de escopetas y machetes. Guerrilleros de las bandas del norte, quizás, o bandidos autónomos. No había tiempo para dialogar.
La primera carga fue fulminante. Lucía disparó, abatiendo al más adelantado. Furia giró, agazapándose bajo Esteban, que espoleó con fuerza, cortando por la derecha. Iván y Santos formaron un muro, lanzas al frente. El choque fue brutal; el estallido de la pólvora resonó sobre el asfalto cuarteado y solo el miedo evitó una masacre.
En medio de la refriega, un zombi atraído por el fragor se lanzó entre las piernas de uno de los bandidos. El hombre cayó, aullando, y fue de inmediato devorado. Los jinetes aprovecharon el caos, reagruparon y avanzaron, dejando atrás tanto a vivos como a muertos.
Solo cuando alcanzaron la muralla de Lavapiés y la improvisada puerta de metal se abrió para ellos, respiraron aliviados. Contaron los daños: una herida leve en Iván, ningún robo, dos caballos desbocados pero a salvo, y los víveres intactos. Camila murmuró una oración breve y, solo entonces, permitieron al grupo descansar.
Esteban llevó a Furia hasta el improvisado establo, entre paredes de coches aplastados y lonas de plástico. La yegua resopló, bebiendo hondo de un balde desvencijado, luego apoyó la frente en su lomo, escuchó los latidos profundos. “Tranquilo, amiga”, murmuró, “otro día está hecho.”
En la penumbra de la tarde ya caída, la vida se reorganizaba. En la azotea, un par de mujeres leían cuentos a niños, junto al fuego mecido por el viento. Los ancianos compartían historias del tiempo de antes: de cuando Madrid era todo ruido, gente y coches, de cuando los caballos eran vistos solo en la Feria de San Isidro o la policía montada.
Ahora, el caballo era el símbolo de la obstinación, de la esperanza y la supervivencia; un lazo indestructible con la tierra de Castilla y la memoria tozuda de un pueblo acostumbrado a caer y a levantarse. Esteban tomó papel y lápiz, y escribió en el Libro de Guardia:
22 de julio de 2024. Retorno de Cortijo Viejo. Éxito.
Se sorprendió al notar la letra segura, el trazo firme; no temblaba como antes. Alzó la vista, contemplando la ciudad. Las luces tímidas de los fuegos de campamento, los recortes de los equinos sobre las ruinas, la sinfonía de cascos y rezos nocturnos. Madrid vivía todavía, cabalgando.
Le costó dormir esa noche. Imágenes de la carga, del bandido cayendo ante el zombi, de las ruinas ardiendo al otro extremo del valle, todo saltaba en su mente. Sin embargo, al acariciar la cálida presencia de Furia, sintió que el miedo era más chico que hacía un año. Quizás, pensó, la verdadera fortaleza era la terquedad de no rendirse incluso cuando nada prometía esperanza.
Fuera como fuese, en la ciudad domada por el relincho, Madrid resistía. Y mientras hubiera caballos, habría posibilidad de regreso. Posibilidad de futuro.
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