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Portada del relato El último refugio en Atocha
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Fragmento:


El campamento apenas se movía. En un rincón, Carla, una profesora de historia con mirada triste, me saludó con un gesto leve. Había dormido poco, como todos. En el subsuelo sólo escuchábamos el desconcertante runrún de las criaturas arriba y, de vez en cuando, gritos ahogados en alguna avenida cercana, síntomas de que Madrid seguía tragándose a los pocos desafortunados que quedaban fuera.

Duración: 11:34

El último refugio en Atocha
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Texto de ajuste de pausa.

4 de diciembre de 2020

El frío de diciembre caía sobre Madrid como una mortaja helada. Ya no quedaban turistas haciéndose selfies frente a la Puerta del Sol. Nadie paseaba por la Gran Vía, salvo las esporádicas formas tambaleantes en busca de carne fresca. Era apenas un murmullo sordo, lejano, el eco del mundo que habíamos perdido. El invierno ofrecía un respiro fugaz; muchos de los zombies —esa palabra que antes sólo habitaba películas de serie B— se arrastraban con lentitud cerca de los charcos congelados de Cibeles, entorpecidos por la temperatura que descendía noche tras noche.

La ciudad estaba muerta, pero no del todo. Algunos, como nosotros, aún resistían. Nuestra base era una antigua estación de cercanías subterránea cerca de Atocha, fortificada con chatarra, carros volcados y barricadas improvisadas con paneles publicitarios. El grupo lo formábamos doce almas heridas y asustadas: ocho adultos, dos niños y los dos ancianos que sobrevivieron al caos inicial.

Esa mañana abrí los ojos antes que el resto, un olor acre, mezcla de humedad, miedo y restos humanos, me devolvió a la realidad rápidamente. Mi nombre es Lucía y solía trabajar como enfermera en el Gregorio Marañón. Ahora, sólo curaba moretones, amputaba lo que podía mientras el horror acechaba en los pasillos superiores.

El campamento apenas se movía. En un rincón, Carla, una profesora de historia con mirada triste, me saludó con un gesto leve. Había dormido poco, como todos. En el subsuelo sólo escuchábamos el desconcertante runrún de las criaturas arriba y, de vez en cuando, gritos ahogados en alguna avenida cercana, síntomas de que Madrid seguía tragándose a los pocos desafortunados que quedaban fuera.

La comida era un asunto precario. Apenas una vez a la semana salíamos a buscar provisiones. Desde el verano, los supermercados habían sido saqueados y lo poco que quedaba era disputado por los grupos rivales o por las propias hordas. Había que ser sigilosos, moverse como gatos bajo la sombra y, sobre todo, evitar disparar un arma de fuego: el ruido no sólo atraía a los caminantes, sino también a los bandidos humanos tan peligrosos como los infectados.

En las últimas semanas, la comida escaseaba tanto como la esperanza. Nos alimentábamos de latas viejas rescatadas en las ruinas de algún colmado chino, pero el pan se había convertido en un recuerdo y el agua, un tesoro procedente de antiguos lavabos filtrados y bidones recogidos en las lluvias de otoño. El frío era un enemigo silencioso y, paradójicamente, el mejor aliado: ralentizaba a los zombies, pero también podía matarnos a nosotros si la leña se terminaba.

Esa mañana notamos que faltaba algo más que comida: uno de los niños, Pablo, no estaba en su saco de dormir. El pequeño, robusto y con apenas siete años, nunca se alejaba demasiado del grupo. Su madre, Alba, despertó sobresaltada al notar la ausencia. Su grito fue un látigo de electricidad por todo el refugio. De inmediato, nos levantamos.

El pánico se apoderó de nosotros. Era sabido que, si alguno de los nuestros caía en manos de los caminantes, el resto podía perder todo. No sólo por el riesgo de ser atacados, sino por la moral ya destrozada tras meses de encierro, hambre y frío.

Raúl, el ex policía que vigilaba las entradas, revisó el improvisado cierre de la única compuerta de metal que daba al exterior. Había sido forzada por dentro. Pablo, quizás empujado por el hambre o el deseo de encontrar a su padre —un hombre que salió en busca de medicinas dos semanas atrás y jamás regresó—, había decidido salir. No era la primera vez que un niño cometía una locura en la nueva era.

Nos armamos con lo poco que teníamos: un par de cuchillos de cocina, un bate de béisbol, un cuchillo de monte, una barra de hierro oxidada y un arma de fuego que siempre apuntábamos al suelo, para no delatar nuestra posición. Acordamos que sólo tres iríamos en busca del niño: Raúl, yo y Andrés, el compañero de Alba. El resto se quedaría protegiendo la puerta, con órdenes claras de no abrir salvo que escuchasen nuestra contraseña: dos golpes cortos y uno largo.

Subir a la superficie era como salir a la luna. El frío inmediato te cortaba la cara. Pisa fuerte, suelen decir, para mantener alejados a los monstruos, pero pisar fuerte era sinónimo de muerte; debíamos deslizarnos. En el vestíbulo agrietado de la estación veíamos ya los primeros cuerpos amontonados, algunos cubiertos por escarcha, otros, apenas huesos en pantalones ajados y camisas deshilachadas.

—¿Veis algo? —susurró Andrés, aferrando la barra de hierro.

—Nada... sólo huellas pequeñas en el polvo —repliqué al ver las pisadas diminutas que se dirigían hacia la boca del metro.

Seguimos el rastro tanto como pudimos. Un par de zombies tropezaban por allí, gimiendo, arrastrando los pies. El frío los hacía lentos, pero su instinto seguía intacto. Evitábamos mirarlos a la cara; si alguna vez fueron personas, ya no lo eran. Antes de la plaga, hubiera dado cualquier cosa por no tener que enfrentarme a algo así. Ahora, matar uno de ellos —si era necesario— se había vuelto parte de la rutina de supervivencia.

Emergimos en las inmediaciones del Paseo del Prado. El Museo Reina Sofía, desventrado por los saqueos, era apenas una sombra negra. De las ventanas rajadas colgaban lonas rotas, ondeando como banderas derrotadas. Andrés quería avanzar por la acera, pero Raúl lo detuvo.

—Allí —murmuró, señalando hacia un contenedor de basura volcado y una silueta infantil acurrucada tras un coche calcinado.

No corrimos, por miedo a atraer a más infectados. Caminamos en silencio, cuchillos en mano, rodeando a dos cadáveres congelados. Se escuchaba sólo el viento. Pablo sollozaba, abrazando algo. Cuando nos reconoció, alzó la mano.

—¡Mamá! —gritó, y de inmediato, el sonido rebotó por la avenida vacía.

Raúl corrió y lo tomó en brazos. Quise regañarlo, pero al acercarme vi su expresión: una mezcla de terror, frío y hambre. El chico tenía una lata vacía en la mano; probablemente había salido buscando comida, siguiendo algún recuerdo infantil de registros recientes.

De repente, un quejido profundo detuvo nuestra alegría. Detrás de un quiosco derrumbado, aparecieron dos zombies. Uno era un hombre en bata blanca; puede que fuera un médico o un enfermero de alguno de los hospitales de la zona, ahora sólo un espectro hambriento. El otro, una anciana envuelta en mantas.

No dudamos. Andrés, con una decisión fría nacida del instinto y no del valor, se adelantó y los enfrentó. Golpeó primero al hombre, hundiéndole la barra en el cráneo. La mujer se abalanzó sobre Raúl, y yo, cuchillo en mano, la derribé de una patada seguida de un tajo descendente. Cayó en silencio.

El griterío debió atraer a más, así que, apresurados y temblorosos, volvimos sobre nuestros pasos. Raúl cargó con Pablo, que no dejó de sollozar ni un momento hasta regresar a la relativa seguridad del subterráneo. El reencuentro fue entre lágrimas y abrazos contenidos: Alba apretó tanto a su hijo que pensé que el niño se rompería.

La vida no tenía margen para el duelo; sólo para la resistencia. Aquella tarde, sentados al calor de una fogata que apestaba a plástico quemado, revisamos nuestras reservas: tres latas de habichuelas, una de melocotón en almíbar, un tarro de café y media caja de galletas mojadas por la humedad. El consejo de supervivencia —mezcla de vecinos y desconocidos que el destino había arrojado juntos— decidió que debíamos planear una expedición mayor.

Madrid se había convertido en una urbe de asedios. Las antiguas normas —leyes, policía, hospitales— se habían disuelto como la nieve en los charcos del Retiro. Lo único que mantenía a flote la idea de comunidad era la necesidad. Algunos querían buscar ayuda en otros asentamientos; otros, entre ellos yo, pensábamos que debíamos consolidar la fortaleza y quizás preparar un huerto en los terrenos baldíos junto al museo, de donde podíamos recolectar tierra fértil.

A eso de las nueve de la noche, mientras todos dormitaban, un eco lejano rompió el silencio: la frecuencia de una radio militar, quizás proveniente de fuera de la ciudad. Era la primera señal de vida —organizada, racional y humana— que escuchábamos desde semanas atrás. Un código repetitivo, rítmico, que logramos descifrar como una invitación a formar parte de un convoy de ayuda en la estación de Chamartín.

La idea de desplazarse a través de Madrid, cruzando avenidas infestadas de muertos y bandas armadas, parecía una locura, pero la posibilidad de encontrar más sobrevivientes, comida y quizá alguna esperanza de futuro, desató un debate acalorado.

Mientras los adultos discutían, los niños dormían, abrazados bajo mantas raídas, y los ancianos murmuraban oraciones casi olvidadas. Yo, sentada en una esquina, repasaba en mi memoria los mapas mentales de la ciudad. Recordaba el Madrid anterior: las luces de la Plaza Mayor, el bullicio de la Latina los domingos, el aroma a castañas en invierno. Ahora todo era humo, frío y miedo.

A la mañana siguiente, la decisión estaba tomada. Se formaría un pequeño grupo para intentar llegar a Chamartín. El resto reforzaría el campamento, vigilando día y noche. Yo formaría parte del equipo. En la noche previa a la partida, se hicieron inventarios, se repasaron rutas y se encomendaron las últimas plegarias. Me acerqué a Pablo y le entregué mi bufanda roja. “Para que recuerdes no volver a salir solo”, le dije, y él me regaló una débil sonrisa.

La travesía por Madrid fue una odisea bajo cero. Atravesamos la Castellana casi a gatas, evitando a los grupos de zombies que quedaban atrapados contra coches, bancos y trozos de mobiliario urbano. Dos veces tuvimos que escondernos al escuchar disparos en la lejanía: otras bandas aún más desesperadas buscaban el mismo refugio o, peor aún, a quien robar.

El grupo llegó a Chamartín con los nervios destrozados y las piernas entumecidas por el frío. Lo que encontramos no era un ejército organizado, sino apenas una decena de supervivientes tan atenazados por el miedo y el hambre como nosotros. Compartimos historias, comida y esperanzas en torno a una estufa improvisada.

Los días siguientes fueron una sucesión de momentos congelados: el invierno ralentizaba todo, los muertos y los vivos por igual. Aprendimos a compartir hasta la última miga, a defendernos con uñas y dientes, y, sobre todo, a mantener vivo el relato del mundo anterior. Tal vez, cuando llegara la primavera, los caminantes serían sólo eso, un mal recuerdo, y Madrid podría volver a ser algo más que un mausoleo helado.

Hasta entonces, resistíamos. Y, cada noche, en la oscuridad del refugio, nos susurrábamos cuentos sobre el sol, la música y los paseos en el Retiro para asegurarnos de que, en algún lugar más allá del miedo, la esperanza seguía viva.

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