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Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Portada del relato Ecos de la Gran Horda
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Fragmento:


El Retiro. Ese asentamiento, situado en el barrio del mismo nombre, era uno de los pocos con los que mantenían comercio regular. Ellos cultivaban hortalizas en los antiguos jardines y tenían ganado suficiente para el trueque de carne. Al llegar al viejo salón de actos del hospital, Javier y Lucía buscaron asiento. Las paredes estaban decoradas con mapas y tablones de anuncios; por las ventanas se colaban copos de nieve que el aire arrastraba hasta formar pequeños charcos en el suelo.

Duración: 12:47

Ecos de la Gran Horda
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Texto de ajuste de pausa.

14 de Diciembre de 2026

El invierno había vuelto a caer sobre Madrid, y aunque la costumbre de mirar el cielo gris no se perdía, ya nada era como antes. Las antiguas calles, alguna vez llenas de turistas y oficinistas apresurados, ahora se veían cubiertas de una lenta y densa nevada. Ruinas y esqueletos de edificios medio colapsados dibujaban la silueta de una ciudad recobrada a medias, invadida por un silencio casi ceremonial. El olor a humo húmedo provenía de las hogueras encendidas en patios amurallados, mientras los puestos fortificados apenas se distinguían tras las improvisadas murallas de ladrillo y chatarra que protegían barrios enteros de lo que quedaba afuera: el frío, la incertidumbre, y, aunque ya menos frecuentes, aquellas bestias lentas que alguna vez dominaron la ciudad.

El barrio de Chamberí era uno de los nuevos bastiones. Construido en torno a lo que había sido un hospital, varios supermercados y un puñado de escuelas, el asentamiento se extendía desde la Plaza de Olavide hasta los alrededores de Cuatro Caminos. El hospital, antaño epicentro del desastre, era ahora la ciudadela, y el mercadillo improvisado que brotaba en la calle Fuencarral los martes y jueves bullía con la vida de doscientos supervivientes, reconstruyendo sociedad a base de trueques, reglamentos estrictos y mucha desconfianza.

Era media tarde cuando Javier, de veintiocho años y manos curtidas por el trabajo y la guerra, ascendía una azotea cercana a la calle Luchana. Cumplía el turno de vigilancia junto a Lucía, su compañera de patrulla y, desde hacía meses, la persona en la que más confiaba del mundo. Llevaban abrigos gruesos y bufandas trenzadas por las tejedoras del asentamiento, pero el frío igual se colaba por todos lados.

—¿Ves algo? —preguntó Lucía, arrimándose a la pequeña rendija creada entre dos planchas de metal oxidado que les servía de parapeto.

Javier ajustó sus binoculares, explorando la perspectiva que se abría, blanca y desértica, sobre la glorieta de Bilbao.

—Nada. Algún bulto lejos, quizás carroñeros. Desde la última purga, ya no se ven casi —respondió, sin quitar la vista—. Hay un grupo en la esquina, parece que buscan leña o restos. ¿Los conoces?

Lucía observó. Asintió tras unos segundos.

—Son de la gente de Malasaña. No se nos acercan, pero no me fío. Ramón dice que la semana pasada se llevaron unas mantas que no eran suyas.

—Quizá sólo las encontraron… pero sí, hay que estar alerta.

El frío invitaba a callar y a pensar. Javier observó, recordando cuando apenas eran cinco los que resistían en edificios aislados, y el peligro no eran las disputas por comida sino esas criaturas que, si los oían, desencadenaban estampidas mortales. Ahora, casi siete años después del primer brote, la ciudad era menos hostil pero igual de incierta. Los zombis, decían las abuelas del refugio, morían o se pudrían al punto de arrastrarse, quedando tan solo los nuevos brotes que alguna desgracia provocaba entre los incautos. Pero la amenaza mayor, sabían todos, era el hombre.

Un rasguido en la puerta metálica que daba a la azotea los sacó de su vigilia. Era Sergio, el jefe de patrulla. Siempre entraba con una voz grave y pasos firmes.

—¡Os releva el equipo azul! Bajad a la sala, hay reunión de consejo. Han llegado noticias de los del Retiro.

El Retiro. Ese asentamiento, situado en el barrio del mismo nombre, era uno de los pocos con los que mantenían comercio regular. Ellos cultivaban hortalizas en los antiguos jardines y tenían ganado suficiente para el trueque de carne. Al llegar al viejo salón de actos del hospital, Javier y Lucía buscaron asiento. Las paredes estaban decoradas con mapas y tablones de anuncios; por las ventanas se colaban copos de nieve que el aire arrastraba hasta formar pequeños charcos en el suelo.

Estaban todos los miembros del consejo: Antonia, la anciana y legendaria exenfermera que regía el asentamiento desde la caída del último coordinador; Marcos, exbombero y responsable de aprovisionamientos; Yusef, el mecánico que mantenía en funcionamiento los generadores; y un puñado de jóvenes portadores de armas caseras, decididos y valientes. En el centro de la mesa, un hombre delgado y envuelto en una capa de lana esperaba de pie. Era Esteban, emisario del Retiro, conocido por sus recorridos arriesgados atravessando barrios infestados.

—Es grave —determinó Antonia, apenas se hizo el silencio—. Cuéntanos, Esteban.

El hombre asintió.

—Esta noche, una horda cruzó la Atocha. Eran al menos treinta, quizá más. Se movían lento, pero uno de los nuestros, Javier Palomo, fue mordido cuando intentaba rescatar a una niña. Logramos repelerlos pero perdimos dos más en la confusión y el fuego casi se lleva la mitad de los invernaderos.

Marcos maldijo en voz baja. Antonia mantuvo la serenidad.

—¿Sobrevivieron los cultivos?

—La mayoría. Pero esto no es lo peor. Vimos señales de saqueadores en el barrio de Lavapiés. Robaron nuestras reservas de medicinas. Son violentos, disparan primero y se llevan lo que quieren. Creemos que no son nómadas: están organizados, tienen jerarquía y hasta un código de señales.

Javier sintió un escalofrío que no debía al frío. La violencia humana eclipsaba cualquier temor por los zombis antiguos.

—¿Cuántos son? —preguntó Lucía.

—No lo sabemos, pero vimos al menos ocho. Tienen rifles y alguna que otra granada de las antiguas.

Un silencio osciló entre los presentes. Finalmente, Antonia se aclaró la garganta.

—Debemos decidir: si reforzamos nuestro perímetro o intentamos aliar a otras comunidades en una defensa conjunta.

Yusef frunció el ceño.

—Hace solo dos meses defendimos la enfermería del último ataque. No tenemos recursos para una guerra abierta. Pero aislados, caeremos uno a uno.

Entre murmullos, los líderes deliberaron. La tensión era palpable. Javier, sin ser aún del consejo, alzó la voz por primera vez.

—Quizá debamos apostar por resguardar lo esencial: los niños, los víveres, las semillas. El que controle el agua y la comida controlará Madrid. Fortificar está bien, pero necesitamos rutas de escape y un punto seguro si el muro cae.

Marcos asintió, sorprendido.

—Eres joven, pero tienes razón. No somos suficientes para defendernos siempre. Hay que pensar en el día después.

Se estableció así una ronda de propuestas: construir un túnel de escape hacia el metro, negociar con los de Tetuán por apoyo mutuo y, sobre todo, mantener patrullas dobles toda la noche. Al terminar la reunión, el emisario del Retiro se llevó varias dosis de antibióticos y la promesa de ayuda, además de un valioso mapa con rutas seguras, redactado en papel amarillento con letra temblorosa.

Esa noche, el vigilante nocturno, un exprofesor de historia, relataba historias para apaciguar el miedo de los niños. Hablaba de un Madrid preapocalíptico, donde el Palacio Real se iluminaba en fiestas de Navidad y los Reyes Magos cruzaban Gran Vía en camello. Embozados en mantas, los frailes improvisados de la resistencia compartían pan recién hecho y caldo de huesos mientras las radios, generadas con dinamos artesanales, emitían débiles transmisiones en clave Morse: "Zona segura. Horda avistada. Ayuda solicitada...".

Cuando Javier se tumbó en su esquina junto a Lucía, el sueño le eludió. Imaginaba el Retiro bajo asedio, el humo de sus invernaderos arrastrado por el viento y las hordas acechando en la niebla. Repasó mentalmente la ruta de escape por las antiguas vías del Metro de Chamberí, conocida solo por él, su hermano y dos exploradores de confianza. Sombras de recuerdos y pesadillas se mezclaban: su madre, perdida en la primera oleada, la niña salvada por Esteban, la esperanza precaria de tener un lugar seguro en un mundo rehecho de piedras y cicatrices.

Al amanecer, el barrio bullía en actividad. Los niños, arropados hasta la cabeza, ayudaban en tareas sencillas, aprendiendo a identificar semillas de cebolla y zanahoria, aprendiendo la canción que servía de contraseña para cuando los exploradores retornaban: "Luz y agua, pan y fuego, luchamos juntos, nunca hay miedo". Un burro flaco, único animal de carga, era guiado hacia el punto de intercambio del Retiro: portaba sacos de carbón vegetal y harinas cosechadas a mano, destino urgente para quienes temían el hambre más que a los zombis apáticos de las afueras.

Lucía se dirigió a Javier mientras cogían herramientas y bolsas de mimbre para la ronda.

—¿Te das cuenta? Hace apenas dos inviernos nos preguntábamos si sobreviviríamos a una semana. Ahora hay niños riendo y mapas en las paredes.

—Ojalá dure, respondió Javier. Cualquier día puede cambiarlo todo.

—Por eso sonrío —dijo ella, guiñándole un ojo—. Para mantenerme viva.

El recorrido los llevó hasta la antigua glorieta de Quevedo. Entre los escombros, se topaban con testigos implacables del pasado: coches oxidados, esqueletos de vallas publicitarias aún mostrando un trozo de actor famoso, un árbol retorcido que, milagrosamente, seguía floreciendo cada primavera. Javier llevaba su lanza de acero, Lucía una ballesta artesanal; eran testimonio del ingenio y la desesperación.

En el cruce de calles, surgió un problema: un niño llegaba corriendo, respirando entrecortadamente. Era hijo de una de las tejedoras, su cara tiznada y los ojos fuera de órbita de quien ve algo que no debería.

—¡Saqueadores! —jadeó—. ¡Están justo detrás del cruce! Los vi robando a Carmen, la de los huevos.

Lucía no dudó. Tomó al niño y lo escondió tras un muro derribado. Javier se asomó: tres figuras armadas recorrían los antiguos portales, rostros cubiertos y armas brillando bajo el sol pálido de diciembre. Gritaban órdenes y apuntaban a quien se cruzaba. Un estallido: uno disparó al aire para intimidar. Los supervivientes retrocedían, algunos se dispersaban, pero ninguno tenía armas de fuego a la vista.

Javier midió la distancia. Si intentaba un ataque directo, los matarían a todos. Volvió sobre sus pasos, cogiendo al niño del brazo.

—Tenemos que avisar al consejo. Si bloquean la ruta de escape por San Bernardo, separarán el barrio. Es ahora o nunca.

Corrieron por entre ruinas y hojas húmedas. Por el camino, Lucía paró a los más cercanos, gesticulando en clave: "Desvíen. Ruta dos. Amenaza armada". Las señales aprendidas no hacía tanto, se activaban al fin para algo más que practicar la defensa con palos de escoba.

En apenas diez minutos, el consejo estaba informado. El sonido de la campana improvisada, hecha con un bidón de gas, resonó tres veces: peligro humano, no infeccioso. Siguió la reacción en cadena: barricadas en las calles principales, patrullas con hondas y piedras, los vigías tomando posiciones en las alturas.

No eran soldados, pero sí supervivientes. La resistencia no radicaba en la fuerza sino en el ingenio, la memoria del dolor, y el deseo de que el invierno madrileño fuera testigo de otro renacimiento.

Pasadas unas horas, los saqueadores, tal vez por ver la preparación del barrio, desistieron del asalto frontal. Se llevaron algunas cajas robadas y dos gallinas, disparando al aire antes de huir en dirección a Argüelles.

Horas más tarde, cuando la alarma pasó, la comunidad se reunió en torno al fuego central. Antonia dirigió unas palabras breves y firmes: "Hoy hemos resistido. Y mañana resembramos".

Javier miró a su alrededor: vio a los niños con sus instrumentos musicales caseros, mujeres trenzando ropa y hombres remendando armas. Nadie aplaudió ni festejó la victoria, pero tampoco lloraron la amenaza. Cansados, sí; derrotados, aún no. Quizá la única revolución posible sería perdurar un día más, sobrevivir al siguiente invierno y, tal vez, algún día, volver a llamar Madrid por su antiguo nombre: hogar.

Así terminó aquel 14 de diciembre. Un día más robado al infierno de la historia, un día más conquistado sobre las cenizas y la nieve. Como cada noche, la voz clandestina de Radio Esperanza susurró en los aparatos dinamo: "Para los que quedan, al este y al oeste, en Chamberí y en Sol, resistid. El invierno pasará, y la tierra volverá a dar cosecha. Madrid aguanta; como vosotros, siempre aguanta".

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