Fragmento:
La noche del 21 de diciembre trae consigo un silencio diferente. El viento barre las calles con una furia glacial. De vez en cuando, una ventisca se cuela por los marcos del ventanuco donde guardamos la luz. Sara intenta contarle un cuento a Leo, pero él se cubre los oídos. “Si te duermes, mañana tendrás un regalo”, le susurra. Nadie se atreve a reír.
Duración: 10:41
21 de diciembre de 2020
El reloj de la Puerta del Sol ya no marca la hora. Unas líneas de humo gris dibujan cicatrices en el cielo de Madrid, fundiéndose con la niebla invernal que envuelve la ciudad en penumbra. A veces, tras la quietud, a lo lejos, se oye el eco gutural de los muertos caminando, arrastrando pies y recuerdos bajo la nieve que cubre los charcos de sangre. Es diciembre, y el frío –prometido salvador contra la plaga– desciende helado sobre los edificios, barrios y parques del centro, encogiendo los huesos de vivos y muertos por igual.
La Gran Vía, en otro tiempo bulliciosa, se extiende frente a mí como un río congelado. Casi puedo oír, bajo el silencio, los murmullos fantasmales de conversaciones pasadas, el murmullo de turistas y músicos, los cláxones melódicos de los autobuses nocturnos. Ahora sólo quedan ruinas, coches volcados y maniquíes rotos en los escaparates saqueados. Mi grupo y yo llevamos semanas resistiendo en la azotea de un antiguo hostal, justo a la altura del cartel de Schweppes. Hace meses que las luces de neón dejaron de iluminar el cielo, pero ahí está colgado, desafiante y mudo, como un testigo del Madrid que fue.
—Beltrán, ¿cuánta agua queda? —pregunta Sara, envuelta en una manta tan raída como sus esperanzas.
Me acerco a la esquina del tejado y consulto la garrafa. Entre los siete que quedamos, apenas tenemos para otra semana. El grifo murió en octubre y la plaza de Callao está tan infestada que cualquier intento de acercarse a los comercios o cafeterías es un suicidio.
—Poca. Nos queda casi nada —respondo, tratando de no dejar asomar el miedo en mi voz. Sara asiente y aprieta más a su hijo, Leo, un niño de apenas nueve años. Lo mira dormir pese al frío y los ruidos de cada noche.
El invierno llegó como señal premonitoria: la temperatura descendió súbitamente a finales de noviembre y la ciudad entera empezó a callar. Primero fueron los aullidos lejanos de los zombis atrapados por el hielo, que se volvieron más lentos, más torpes, estropeados como juguetes viejos. Pero, al mismo tiempo, las sombras humanas se hicieron más osadas. Pandillas de saqueadores, armados y hambrientos, deambulan por los distritos centrales, dispuestos a asaltar cualquier refugio al menor descuido.
La mayor parte de los zombis se han estacionado en los grandes parques y bulevares, inmóviles bajo las heladas. Solo uno que otro, quizá arrastrado por un destello, un ruido o un olor, deambula cerca de las fachadas. Los edificios del centro se han convertido en fosas verticales. Desde nuestra azotea, podemos ver los restos de barricadas quemadas, tiendas improvisadas en los balcones, cadáveres congelados apoyados contra las puertas. La radio militar lleva semanas sin transmitir, y el último mensaje que recibimos venía de algún cuartel al otro lado del Manzanares: “Resistid, el frío es nuestro aliado. Evitad grupos grandes. No salgáis mientras no sea seguro”.
Durante el día, el grupo apenas se mueve. Daniel, el médico, revisa las vendas de Julia, quien sufrió una herida en la pierna tras caer por una escalera la semana pasada. Aguantó a gritos, mordiendo un trozo de cuero para no alertar a los depredadores. La herida sana lento: no hay antibióticos y apenas jabones. Usamos agua hervida y unas hojas de salvia que recogí en uno de mis breves descensos a los portalones de Gran Vía, en un tiesto aún resistente al invierno.
Por las noches, el frío actúa como escudo. Los zombis se inmovilizan, pero el hambre nos despierta a todos. No me acuerdo de cuándo comí algo caliente, o si aún sé el sabor de un café madrileño. Cada dos o tres días, nos turnamos para bajar al sótano del hostal y raspar con un cuchillo viejo los pedazos de pan cementados por el tiempo, los restos de latas aún comestibles, algún tarro de aceitunas o garbanzos. Nos ponemos de acuerdo para repartir, con cierta vergüenza, las últimas reservas de lo que fue un botín notorio, ahora convertido en miseria.
La noche del 21 de diciembre trae consigo un silencio diferente. El viento barre las calles con una furia glacial. De vez en cuando, una ventisca se cuela por los marcos del ventanuco donde guardamos la luz. Sara intenta contarle un cuento a Leo, pero él se cubre los oídos. “Si te duermes, mañana tendrás un regalo”, le susurra. Nadie se atreve a reír.
Alrededor de las dos de la madrugada, oímos un sonido que no esperábamos: campanadas. Tres golpes metálicos, tal vez de una tubería golpeada a lo lejos, o, como quiere creer Sara, de alguna iglesia aún habitada por vivos. Los ojos se nos iluminan, y acto seguido, todos tenemos la misma idea: hay alguien ahí fuera.
—¿Y si hay agua en la iglesia? —dice Julia, mirando su herida y el cuchillo que usamos de muleta improvisada.
—¿Y si ha caído gente de fuera? —musita Daniel.
Y entonces, como si la conversación hubiese autorizado la acción, planificamos en susurros una expedición. Quizá sea locura, quizá desesperación. La iglesia más cercana está en San Martín, a catorce minutos a pie si fuéramos en línea recta, pero sabemos que las calles están bloqueadas.
Vuelvo a mirar al horizonte mientras el grupo discute detalles. Desde esta azotea, la línea de edificios recortados por la nieve y los destellos de las hogueras lejanas compone una imagen casi bíblica: el mundo, reducido a islotes de calor y vida rodeados por el Mar Muerto del invierno. Recuerdo –no sé por qué, pero la nostalgia ataca cuando menos lo esperas– la última Navidad “normal” en Madrid, con el mercado de la Plaza Mayor, los turrones y las luces. Y ahora, apenas unas horas antes de lo que un calendario diría es el “solsticio”, el reparto del tiempo se reduce a si sobreviviremos un día más.
Decidimos intentarlo al amanecer, cuando el frío sea aún suficiente para mantener a raya a los podridos. Tomamos nuestras armas: una barra de hierro, un cuchillo de cocina, un martillo oxidado. Sara carga con el niño a la espalda, bien envuelto y dormido, y Julia camina apoyada en mi hombro. Daniel cierra la marcha, revisando de reojo cada esquina con una linterna que sobrevivió de milagro.
El descenso por la escalera interior del hostal es tenso. El aire huele a moho y muerte. Evitamos mirar las puertas acuchilladas y las huellas secas pegadas a las paredes. A la salida, el portón está lleno de carámbanos. Empujo con fuerza; la madera cruje y por fin cede. El frío nos azota la cara.
Callao está a oscuras, completamente. No hay zombis a la vista: los que merodeaban por aquí hace días están convertidos en montones de carne congelada. Pasamos junto a un camión del Samur volcado, con los cristales cubiertos de escarcha y una mancha marrón que fue sangre. Bordeamos una tienda Zara saqueada, y evitamos los cuerpos amontonados cerca del Metro.
El sonido de las campanadas resuena de nuevo, esta vez más cerca. Nos paramos en seco. A la vuelta de la esquina, frente a los cines, hay un grupo de figuras encapuchadas junto a una gran hoguera improvisada. De inmediato, nos ocultamos tras la entrada de un portal. Sara cubre a Leo y Daniel me mira, preguntando en silencio qué hacer.
—Podrían ser saqueadores —susurró Daniel.
—O supervivientes como nosotros —digo, sin poder reprimir una esperanza irracional.
La tensión dura minutos hasta que una de las figuras, una mujer, se separa del grupo, avanzando hacia el edificio donde nos ocultamos. Lleva las manos en alto y grita con voz fuerte y firme:
—¡No somos saqueadores! Buscamos a gente viva. ¡Traemos comida!
Parecemos estatuas, petrificados entre instinto y necesidad. Finalmente, dejando que el hambre venza al miedo, me acerco con la barra de hierro levantada.
La mujer se detiene a dos metros. Tiene el pelo canoso, la cara llena de arrugas pero los ojos brillan de inteligencia y cansancio. Detrás de ella, un joven sostiene una caja de madera.
—Encontramos un almacén en la calle Toledo —dice rápido—. Llevamos días repartiendo entre los que quedan. El frío nos ayuda: los zombis no se mueven por ahora. Pero lo difícil es la comida y el calor.
Es imposible describir el alivio y la confusión. Lentamente salimos del portal y, tras cruzar unas palabras de reconocimiento –un pequeño gesto, una contraseña improvisada (“el oso y el madroño sigue en pie”, decimos, riéndonos entre dientes)–, nos reunimos con su grupo junto a la hoguera, donde reparten pan, unas pocas judías y media botella de vino.
El vino sabe a esperanza más que a uvas.
Nos dicen que han establecido una especie de red de ayuda entre edificios, que han logrado, por el momento, repeler a los saqueadores en los barrios cercanos. Que hay una iglesia, en la de San Gines, donde han refugiado a más familias y donde algunos rezan y otros duermen en paz. Que, a cambio de trabajo compartido –vigías en las azoteas, fortificación de accesos, turnos de cocina y costura–, todos comen algo al final del día.
Todo parece posible, por un instante, bajo la nieve y la protección del frío. Sara rompe a llorar; Daniel le entrega la manta a la mujer argentina que lidera el grupo, y Leo, que ha despertado, mira el fuego con los ojos muy abiertos, viendo, quizás, las luces de Navidad que nunca volverán.
Los zombis merodean lejos, sin fuerzas para acercarse. El humo de las hogueras dibuja una frontera entre este pequeño reducto de humanidad y el mundo exterior, helado y asesino. Alguien, junto a la hoguera, murmura una canción de Sabina que flota sobre la niebla: “Ahora, que ya no tengo miedo…”.
Al despuntar el alba, caminamos juntos hacia la iglesia de San Gines. Por el camino, la ciudad, tan herida, muestra señales de haber resistido lo indecible: pintadas llamando a la solidaridad, puertas reforzadas con estanterías y colchones, mensajes grabados en la piedra: “No estamos solos. Aguanta.”
Llegamos justo cuando suenan nuevas campanadas desde el interior del templo, y con cada golpe, el miedo se va disipando, barrido por la fuerza inusitada de los que se niegan a dejarse derrotar. El invierno azota Madrid, pero bajo el hielo y las ruinas, una chispa de vida arde, escondida, testaruda.
La humanidad, moribunda, se atrinchera una vez más, y sueña con la primavera.
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