Fragmento:
En la planta baja, Andrés, el médico del grupo, se debatía con el dolor de cabeza que casi no le permitía concentrarse. Faltaban antibióticos y el frío empeoraba las infecciones; algunos ya comenzaban a mostrar fiebre, y no toda la fiebre era humana. Con el poco material que halló en una farmacia saqueada, logró mantener a rayas la gangrena de uno de los niños, pero sabía que era cuestión de tiempo antes de que una herida infectada volviera a traer la muerte —la otra muerte— al refugio.
Duración: 11:11
18 de diciembre de 2020
La nieve caía sobre Madrid con una parsimonia cruel, tapizando de blanco los restos de una ciudad que ya no era ciudad, sino un cementerio abierto y palpitante. Desde el ventanal roto del antiguo instituto en la calle Bravo Murillo, Lucía ajustaba los prismáticos para divisar cualquier movimiento entre los coches abandonados y las sombras errantes que deambulaban al filo de la madrugada.
Era el sexto día en que se ausentó el último grupo de supervivientes que ocupó el ala norte del edificio; decían que bajarían hasta la estación de Chamartín buscando provisiones, pero nadie los había vuelto a ver. Ahora, en pleno diciembre, Madrid era la ciudad de los fantasmas: algunos caminaban con pasos titubeantes y miradas extraviadas, otros, muchos más, carecían ya de los alientos básicos que diferencian al hombre de la carroña.
Un viento gélido arremetía por los pasillos desnudos de pintura y calor. Lucía, arropada con mantas y un jersey de lana raído, anotaba en su cuaderno fechas y sucesos, como si conservar la memoria fuese un acto de protección frente al olvido y a la locura. No quedaban más de quince personas en el instituto: cuatro niños, una pareja de ancianos, dos enfermos graves y el resto, adultos marcados a fuego por el hambre y el miedo.
Mientras el mundo exterior avanzaba hacia la descomposición, dentro de aquellas paredes reforzadas por pupitres apilados y tablones de madera, se recitaban turnos de guardia, se racionaban conservas y, a veces, se compartían historias al calor de una lámpara de aceite. Lucía se encargaba de la vigilancia, Raúl era el encargado del generador —que apenas podía usarse dos horas al día—, y Carmen, la ex bibliotecaria, organizaba juegos con los niños para ocultarles la gravedad de los días.
El asedio había comenzado en primavera, pero diciembre trajo la peor cara del desastre. Las hordas de muertos apenas fluían cuando el frío calaba hasta el tuétano y la nieve cubría de silencio sus gemidos. Lucía aprendió que los zombis reducían su movilidad entre el hielo, y por eso mismo las salidas rápidas para buscar comida se hacían en estos días, aun a riesgo de perderse en los ventisqueros y las trampas de las calles arrasadas.
Al anochecer, Raúl utilizó el último bidón de gasolina del mes para poner en marcha el generador. La chispa mínima iluminó la sala de profesores, donde se repartieron una sopa aguada, el último eco de arroz mezclado con un chorro de salsa enlatada. Carmen leyó en voz baja uno de los pocos cuentos infantiles salvados del saqueo. Afuera, el silencio pesaba como un muro.
Cuando el motor falló y la oscuridad lo cubrió todo, Lucía rozó el mango de la escopeta, su amuleto y su condena. Pensó en los que nunca volvieron: padres, hermanos, amigos. No lloraba, hacía tiempo que las lágrimas se le habían secado como la sangre de las heridas viejas. Afuera, la nieve seguía cayendo, y el lamento de los muertos era la canción de cuna de la nueva Madrid.
En la planta baja, Andrés, el médico del grupo, se debatía con el dolor de cabeza que casi no le permitía concentrarse. Faltaban antibióticos y el frío empeoraba las infecciones; algunos ya comenzaban a mostrar fiebre, y no toda la fiebre era humana. Con el poco material que halló en una farmacia saqueada, logró mantener a rayas la gangrena de uno de los niños, pero sabía que era cuestión de tiempo antes de que una herida infectada volviera a traer la muerte —la otra muerte— al refugio.
Al tercer día de la nevada, tras una larga vigilancia nocturna, Lucía notó algo inesperado: una columna de humo se alzaba, fina y constante, desde la altura de Plaza Castilla. Anotó la hora: 06:42. Aporreó la puerta del aula donde dormía Raúl y le mostró el fenómeno. Decidieron formar un pequeño grupo explorador. Era una apuesta peligrosa: toda salida podía ser la última, y no había margen para errores.
Fueron tres: Lucía, Raúl y Carmen, esta última por su memoria prodigiosa de las calles interiores y rutas menos transitadas. Salieron al amanecer, armados con una escopeta, un cuchillo de cocina y una linterna de dinamo. Sacaron a hurtadillas los trineos improvisados y una mochila con vendas, vendas que Carmen volvió a revisar tres veces antes de partir.
La ciudad, bajo la nevada, era reconocible y terriblemente ajena. Las tiendas saquedas se sucedían una tras otra, sus escaparates cubiertos de escarcha y espejos rotos. Bajo algunos portales, montículos de cadáveres humanos y zombis formaban siluetas grotescas. Los hedor de la descomposición era menor por la mordaza del frío, suficiente para recordar a los vivos lo delgada que era la línea entre ellos y el resto.
Al pasar cerca de la antigua Glorieta de Cuatro Caminos, oyeron un disparo seco entre el ulular del viento. Lucía detuvo a sus compañeros. Esperaron en tensión. Vieron pasar, encorvada y arrastrando una pierna, una figura que sabían no les atacaría a menos que los viera o los oliera: el zombi vestía ropas de policía, enmugrecidas, y en su frente un agujero flotaba como una marca de exilio.
Cruzaron la avenida a trompicones y, siguiendo el rastro del humo, llegaron hasta el portal de un edificio semiderruido justo detrás de la Plaza de Castilla. Allí, se encontraron con otros cinco supervivientes. Se miraron largo rato, desconfiando como animales salvajes. Todos sabían de saqueos, traiciones, y —peor aún— del hambre brutal que lleva a los hombres a atacar a otros hombres antes incluso que los muertos lo hagan.
El líder del nuevo grupo era un tipo mayor, piel curtida y voz de fumador. Se llamaba Tomás. Les dejó claro que sólo compartían refugio, no comida. Aún así, Carmen, con la gentileza que podía reunir, propuso intercambiar medicinas por algo de leña, y después de un breve regateo, lograron una magra docena de pastillas a cambio de dos gruesos troncos secos.
La conversación giró en torno a los rumores: algunos decían que al sur, más allá de Usera, quedaban comunidades aisladas con acceso a pozo, o que en el Retiro se habían formado barricadas y surgían, a media luz, mercados improvisados en los túneles del metro. Otros juraban que militares resistían en la base aérea de Torrejón. Nadie podía confirmarlo. Nadie ya confiaba en nada que no fuera lo que sus propios ojos podían ver.
Al salir, Lucía sintió que el humo era, después de todo, solo madera ardiendo. Y en ese acto de supervivencia —el fuego, la química antigua que precede a la historia— hubo algo de redención. Al volver al instituto, Caía la tarde y el cielo se teñía de rosa sucio; cargaban las mochilas más pesadas, los músculos doloridos, pero la esperanza vital de sumar un día más defendía sus corazones de la desesperación.
Esa noche, mientras los niños dormían con una manta más y Carmen tarareaba “Noche de paz”, Lucía garabateó en su cuaderno: “Día 273. Madrid resiste, al filo de la hambruna, al filo del olvido, pero resiste. La nieve es nuestro aliado y nuestro verdugo. Mañana buscaremos por la zona de Chamberí. Dicen que un camión de la Cruz Roja fue visto allí antes de la gran nevada. Que la noche nos sea leve.”
De madrugada, la alarma hecha de trozos de metal y cuerdas rechinó en la entrada. Lucía y Raúl se lanzaron escopeta en mano hacia la puerta. Era uno de los menores, temblando y cubierto de escarcha, los pies desnudos. Había ido al antiguo baño buscando agua y vio tras las ventanas, entre la cortina de copos, una horda de al menos treinta muertos que avanzaba resbalando despacio.
Por instinto, sellaron todas las entradas, apagaron cualquier luz visible y ordenaron silencio absoluto. Durante horas, el eco sordo de los cuerpos chocando contra puertas y vallas improvisadas se mezcló con oraciones, hipos de miedo y cuchicheos desesperados. En algún momento, un estallido de cristales se produjo en la segunda planta; cuatro adultos, con Raúl a la cabeza, sellaron la escalera y cortaron un colchón viejo para crear un muro.
Los gemidos se multiplicaban en la noche y los niños lloraban bajito buscando no llamar la atención de quienes ahora ocupaban el instituto por asalto. Uno de los ancianos, don Lorenzo, se sentó junto a Lucía y, mientras apuntaba con sus viejas manos temblorosas la linterna al suelo, recitó una nana que suucede a las guerras: “Duérmete niño, no temas los monstruos. Duérmete niña que el frío es amigo…”
El asedio duró hasta el amanecer. La mayoría de los zombis se retiró cuando la temperatura cayó tan bajo que los dejó casi inertes. Durante esa noche, en la que temieron quedar atrapados como ratas hasta morir de hambre o ser devorados, algo esencial cambió en el grupo: ya no eran simplemente sobrevivientes al azar, sino una pequeña comunidad dispuesta a arriesgarse los unos por los otros.
Al despejarse el alba, revisaron daños: una ventana rota, dos barricadas forzadas, y la pérdida de la última botella de agua apta para beber. Pero seguían vivos, y eso era, en diciembre de 2020 en Madrid, todo lo que se necesitaba para seguir adelante.
El día empezó con inventario. Quedaban nueve latas de judías, cinco pastillas, tres garrafas de agua con algo de nieve derretida, siete armas improvisadas y muchos, muchísimos, miedos por conservar.
La ciudad, al otro lado de las paredes carcomidas, era un animal de piel rota, lanzando aullidos que sólo el viento descifraba. Pero, en ese rincón recalentado por la resistencia y la fe escasa, el pequeño grupo volvió a reír cuando Carmen contó la historia de un viejo perro que —dijo ella— logró cruzar todo el Manzanares para reunirse con sus amos.
Por la noche, después de reforzar las barricadas, Lucía salió al tejado, fusil al hombro, y miró hacia el sur. A lo lejos, en la oscuridad moteada por la nevada, una pequeña luz parpadeaba en lo que debía ser Embajadores. Tal vez otra comunidad, tal vez solo un incendio, tal vez esperanza.
Mientras la ciudad seguía muriendo, ellos encontraron, en cada día ganado al hambre, al frío y a los muertos, una razón para seguir escribiendo la crónica de la resistencia. Aferrados a los recuerdos y a la llama temblorosa de su humanidad, los últimos madrileños sobrevivientes aguardaban que el invierno, implacable y purificador, les diese una nueva oportunidad al alba.
Cuando Lucía cerró su cuaderno esa noche, escribió: “Madrid no cae. Madrid resiste, aunque sólo quedemos para recordarlo. A veces el mundo retoma la luz más allá del fin de todos los días.” Y así, mientras la nieve seguía cubriendo la ciudad y el eco de los muertos se confundía con el viento, resistir era el verdadero milagro de la Navidad.
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