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Fragmento:


Enfilan la calle Princesa, entre edificios amputados por la metralla de explosivos caseros y de tiroteos nocturnos. En las fachadas, aún sobreviven muros pintados con leyendas de los primeros años: “El futuro somos nosotros”, “Aquí vive la resistencia”, “Muertos que caminan: no paséis”. Hay árboles brotando por entre las baldosas rotas y, en un gesto que a Clara siempre le da esperanza, algunos pájaros cantan en la distancia. Pero la calma es solo aparente. El peligro humano sigue acechando en cada esquina, y aunque los zombis aparecen rara vez —deteriorados, flotando a veces en el río o atrapados en sótanos oscuros—, nadie olvida que una sola mordida, una sola herida infectada, puede costar un sector entero.

Duración: 10:46

Las sombras de la Puerta del Sol
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Texto de ajuste de pausa.

25 de noviembre de 2026

La neblina, espesa y densa, se posa cada mañana sobre los bloques destruidos y cubiertos de maleza del Madrid amurallado. Entre las ruinas, el sonido de las campanas no es religioso: es la señal acordada por la Alianza del Manzanares para avisar de la llegada de una caravana, de un peligro humano o, en los más funestos días, del avistamiento de una horda residual de zombis. Ya nadie reza al amanecer; si acaso, agradecen estar vivos en los silencios compartidos, mientras la ciudad reconstruida se despereza tras su sexto invierno de supervivencia.

Desde las murallas improvisadas en torno a Chamberí y la Gran Vía, Madrid se ha convertido en una ciudad poblada por menos de quince mil almas, y su corazón late, más que en los viejos tiempos, en el trueque, la vigilancia y la organización férrea. La Plaza Mayor es ahora una explanada de cajas fuertes de alimentos deshidratados, almacenes de semillas, bidones de agua, y de vez en cuando, fardos de azúcar. Nadie olvida cuántos han muerto por los saqueadores atraídos por una poca miel.

Aquel 25 de noviembre de 2026, el frío anuncia que será más implacable que el anterior. Los viveros urbanos, instalados en patios traseros y terrazas rehabilitadas, apenas han dado calabazas y patatas suficientes y la leche, oro líquido, se reparte racionada tres veces por semana entre las familias registradas en la plaza de Cibeles. Las hileras de niños y de ancianos, envueltos en mantas, parecen salidos de un grabado de Goya. Pero hay un aire distinto en la ciudad: hace semanas que la Alianza ha establecido códigos de señales con las comunidades de Alcalá, Móstoles y Pozuelo; la amenaza diaria de bandas de saqueadores, aunque no extinta, parece más controlada. El enemigo común, los zombis, se ha convertido casi en una plaga residual, aunque siguen imponiendo respeto, miedo, y muerte ocasional.

El relato de ese día comienza poco después del alba, cuando Clara se enfunda las botas forradas de lana y toma su fusil. Es una de las líderes de su cuadrilla de vigilancia, mujeres y hombres entrenados más por la experiencia que por la disciplina militar. A sus treinta y cinco años, Clara ha visto el declive de la capital, la caída de las instituciones, el hambre y los pactos frágiles por la mera supervivencia. Lleva un año al frente de los vigías de los sectores de Argüelles y Moncloa, y fueron ellos quienes, meses atrás, repelieron el asalto de una horda que se alimentaba aún de los despojos de la antigua Universidad Complutense.

“La señal viene de Príncipe Pío”, le anuncia Teresa, la más joven de la patrulla, mientras ajustan en sus hombros las mochilas, cargadas con mantas y algo de pan duro. El sonido: dos campanadas cortas, dos largas, una corta. “Caravana de aliados, protección parcial”. Los códigos han sido consensuados a fuego y sangre, después de semanas de ataques traicioneros disfrazados de ayuda. Clara asiente; sabe que el día será largo.

Enfilan la calle Princesa, entre edificios amputados por la metralla de explosivos caseros y de tiroteos nocturnos. En las fachadas, aún sobreviven muros pintados con leyendas de los primeros años: “El futuro somos nosotros”, “Aquí vive la resistencia”, “Muertos que caminan: no paséis”. Hay árboles brotando por entre las baldosas rotas y, en un gesto que a Clara siempre le da esperanza, algunos pájaros cantan en la distancia. Pero la calma es solo aparente. El peligro humano sigue acechando en cada esquina, y aunque los zombis aparecen rara vez —deteriorados, flotando a veces en el río o atrapados en sótanos oscuros—, nadie olvida que una sola mordida, una sola herida infectada, puede costar un sector entero.

La caravana llega con sigilo, flanqueada por dos caballeros montados en mulas, y a pie, cargando arrastrando un pequeño carro mecánico impulsado a mano. Desprenden cansancio, y el miedo se adivina en las miradas huidizas y en el pulso con el que sujetan lanzas de madera. Clara espera en el extremo de la plaza de España, en la sombra de lo que fue un edificio de oficinas, con su equipo atento y armas listas pero bajas. Cuando se reconocen los colores de la Alianza de Móstoles —un trozo de tela naranja con tres rayas negras— y el sutil silbido de saludo, baja el fusil y se acerca.

Los extranjeros relatan a toda prisa lo sucedido en su travesía: han perdido tres hombres la madrugada anterior, no por una horda —dicen que ya no aparecen más que en las ciudades muertas de la periferia— sino por un enfrentamiento con asaltantes, desertores de algún grupo quebrado hace meses. Han traído garbanzos secos, sal y una caja pequeña de antibióticos que encontraron en un centro de salud ruinoso de Leganés. A cambio, buscan aguja fina —para coser zapatos y heridas— y salitre. Los comerciantes profesionales, aquellos que sobrevivieron del mercado negro en los peores años, aparecen desde los portales como ratas bien alimentadas, y en pocos minutos, se organiza el intercambio según las reglas de la Alianza: vigías con armas supervisan; nada cambia de manos hasta que ambas partes cuentan y revisan. No es que confíen; es que la desconfianza es el cemento de la nueva civilización.

Clara y Teresa supervisan la caravana cuando un disparo retumba desde la dirección de Plaza de España. Los cuerpos automáticamente se agachan, las armas listas. Dos vigías ascendentes mandan la señal por banderas y silbidos. La tensión huele a sudor ácido y leña quemada. Un hombre, con chaqueta militar y barba desordenada, aparece corriendo, gritando palabras ininteligibles. Cuando se acerca, su sangre habla antes que su boca: trae la pierna desgarrada, ojos de pánico, y un rastro casi místico de desesperación.

—¡Del túnel! ¡Hay gente dentro, y no son nuestros!

Clara actúa sin dudar. Ordena dividirse: dos para el herido, cinco para los reforzamientos, otros dos vuelven a la muralla a dar la alerta. Las antiguas entradas al metro están tapiadas, pero saben que algunas bandas las han reabierto, usándolas para atacar por sorpresa o huir de patrullas. Avanzan en formación entre los escombros, cruzando la plaza hacia la boca negra del túnel de metro, uno de los pocos que no se ha inundado totalmente tras las lluvias torrenciales del año anterior.

El hedor en la oscuridad es brutal: mezcla de basura, muerte y el omnipresente olor de cuerpos sin enterrar. Teresa, que nunca había bajado tan profundo, siente el pulso en la garganta, pero Clara le indica el modo de avanzar, linterna tenue y mirada fija al otro lado. El túnel resuena con crujidos sordos, y de pronto, el eco de pasos descalzos y una respiración gutural. Zombis, sí, pero deteriorados, apenas sombras tambaleantes que caen cuando un disparo certero los derriba. Clara experimenta una mezcla de asco y compasión por estos restos del apocalipsis; no son el verdadero peligro hoy.

Los saqueadores, ocultos tras bloques de cemento, disparan sin mucha puntería. El fuego se responde con fuerza y eficacia: han convertido a los supervivientes en soldados por necesidad, en guardianes por deber. Tras varios minutos de tiroteo y gritos, todo termina con dos muertos y un prisionero sanguinolento, joven y famélico. Registran los bolsos: encuentran algo de queso mohoso y un puñado de viejas tarjetas de metro, reliquias que ya solo sirven para limpiar la sangre.

El prisionero, un muchacho de poco más de veinte años, no ruega clemencia. Cuando Clara le pregunta de dónde viene, responde con rabia contenida:

—De Cobo Calleja. De los que sobrevivieron allí.

Clara duda. Sabe que Cobo Calleja, antaño polígono repleto de almacenes chinos, es ahora tierra de nadie, donde bandas nómadas y grupos de zombis se cruzan y donde raras veces sobrevive alguien más de un mes. Decide entregarlo al consejo de ancianos de Chamberí; no ejecutan a nadie sin deliberación, otra de las reglas nuevas. El joven baja la cabeza, resignado.

El resto de la jornada transcurre entre patrullas y rumores. En la Plaza Mayor, los vigías instruyen a niñas y adolescentes en el mantenimiento de armas y trampas para ratas; el hambre sigue siendo el mayor enemigo. Al atardecer, la caravana de Móstoles, aprovisionada y descansada, parte hacia el oeste escoltada por un grupo de quince hombres y mujeres armados. La última luz del día ilumina los nuevos murales, pintados sobre viejas pancartas electorales: “El futuro se construye con verdad y balas”, reza uno, junto al dibujo tosco de una planta de patatas y tres manos enlazadas.

Por la noche, en el interior de la sede fortificada del antiguo Banco de España, Clara se sienta junto a otros miembros del consejo. Se discuten cosas que hace una década habrían parecido de ciencia ficción: cómo mejorar las fortificaciones sin cemento; cómo fabricar pólvora con nitrato de potasio de las cuevas; cómo organizar turnos de vigilancia para cubrir rutas hacia Getafe y Alcorcón. El invierno aprieta, los recursos menguan, pero la esperanza —esa palabra tabú en los primeros años— empieza a colarse en las conversaciones, aunque aún con cautela.

Esa misma noche, una anciana doctora rompe el silencio contando algo visto en la tarde: una pareja joven, con un niño, plantando semillas en una maceta a la vista de todos, justo enfrente del Teatro Real. “Antes, eso lo habríamos hecho a escondidas”, comenta, y la frase queda flotando en el aire. Alguien más responde: “Ahora lo hacemos como acto de fe”.

La ciudad, reducida y destrozada, pero aún con pulso, avanza hacia su séptimo invierno aferrada a una rutina de toque de queda, trueques y vigilancia obsesiva. Pero entre las viejas ruinas, brotan jardines salvajes y en los rincones menos pensados, libros rescatados de la Biblioteca Nacional circulan clandestinamente entre manos sucias y ávidas.

Al final del día, Clara sube a la muralla de la Castellana. Desde allí, el horizonte es una sucesión de torres fantasmas, parpadeos de hogueras lejanas y, en la noche, el eco apagado de los disparos. Madrid, envuelta en frío y amenaza, sigue siendo un hogar. No el de antes, pero uno en el que valía la pena seguir resistiendo, sembrando, y, por qué no, empezar muy despacio a reconstruir algo parecido al futuro.

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