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Fragmento:


Alicia se detuvo, levantó las manos. Rubén hizo lo mismo. Aprendieron rápido que la vida dependía de mostrar las palmas abiertas, ajenas de armas o malas intenciones.

Duración: 12:55

La última frontera de Gran Vía
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Texto de ajuste de pausa.

22 de diciembre de 2020.

La nieve yacía sucia sobre el asfalto, una manta rota y húmeda en las aceras del viejo Madrid. Los copos caían con parsimonia, aumentando el silencio profundo que cada día cubría un poco más a la ciudad. Desde hacía semanas, el frío parecía congelar tanto la sangre de los supervivientes como el movimiento de los cadáveres ambulantes. Quizá fuera cierto lo que algunos decían por la radio de onda corta: que el invierno era lo único se interponía entre el colapso total y ese respiro invernal que la naturaleza, irónicamente, concedía a los vivos.

Alicia apretó el fusil oxidado que se había agenciado en una comisaría vacía, allá por los primeros días del verano, cuando aún era posible entrar y salir, aunque costara las uñas y la cordura. Ahora, admirando desde una ventana rota de lo que solía ser una sede bancaria en la plaza de Callao, consideró el laberinto de calles nevadas que se extendía hasta donde la vista alcanzaba. Sabía que no estaba sola; el silencio solo era aparente. Había movimientos: figuras solitarias o grupos, arrastrando pies o cubiertos de abrigos raídos, moviéndose como sombras indecisas entre peligro y esperanza. Era un Madrid que nadie hubiera querido imaginar.

Junto a ella, respirando en bocanadas pequeñas para evitar empañar los cristales, se hallaba Rubén. Era poco mayor que Alicia, el pelo lleno de polvo y la mirada aún capaz de sonreír a pesar de todo. Habían llegado hasta allí tras un éxodo absurdo desde el barrio de Moratalaz, cuando uno a uno los refugios se vieron invadidos y los depósitos de comida comenzaron a vaciarse más rápido que las esperanzas de los que se apiñaban en sótanos, oficinas y garajes.

—¿Ves algo? —susurró Rubén, las manos metidas en los bolsillos de una parka invernal que en otro tiempo habría valido más de lo que ahora costaba su propia vida—. No deberíamos quedarnos mucho aquí, hace frío y, con la nieve, el silencio se rompe fácil.

Alicia asintió. Nunca se acostumbraba al frío. Quizá, pensó, era la última defensa contra el horror: sentir el frío, conservar la sensibilidad, recordar que la vida aún dolía.

—Todavía hay movimiento en Gran Vía. Vi salir a uno, parecía de los nuestros —respondió.

—¿Con mochila?

—Sí. Grande.

Rubén arrugó la frente. Los supervivientes con mochilas grandes solían ser el objetivo tanto de asaltantes humanos como de los muertos hambrientos. Allí, en pleno corazón de la ciudad, la comida era el oro del nuevo mundo, y la violencia, la única moneda segura.

—¿Vamos? —preguntó Rubén.

Alicia dudó un instante. No había dormido bien. El recuerdo de los días pasados en el polideportivo de Retiro, de las escenas de gente delirando hasta caer muerta, de los primeros gritos y los posteriores disparos, la despertaba aún de madrugada. Habían pasado solo unos meses, pero aquel viejo Madrid era un eco lejano bajo capas de nieve y ceniza.

Salieron del edificio al amparo del doble crepúsculo —el del cielo gris y el de la ciudad sin luz. Las calles olían a papel mojado, basura y desinfectante antiguo. Subieron la calle Preciados, contaban los pasos en voz baja y medían a quienes se cruzaban como quien descubre a animales hostiles en una sabana. A lo lejos, una alarma saltó de improviso: la señal, quizá, de otra puerta forzada, un supermercado siendo saqueado, o una trampa destinada a cazar incautos. Nada en la ciudad significaba lo de siempre, ni siquiera los ruidos reconocibles.

De pronto, una sombra emergió de un portal. No caminaba con la torpeza de los infectados ni susurros de muerte; llevaba un abrigo azul largo, una mascarilla quirúrgica sucia, y las manos apretadas sobre una pistola corta. Movía los ojos rápidamente. Era joven, no más de veinte años.

—¡Alto! —la voz resonó como un disparo en el vacío.

Alicia se detuvo, levantó las manos. Rubén hizo lo mismo. Aprendieron rápido que la vida dependía de mostrar las palmas abiertas, ajenas de armas o malas intenciones.

—Solo buscamos comida —explicó Alicia—. ¿Eres de aquí?

El joven la miraba con desconfianza feroz.

—¿De aquí? —rió, y el sonido era nervioso, quebrado—. Nadie es de ningún sitio ya. Estoy buscando a mi hermano. Iba hacia la estación de Príncipe Pío.

Un instante de silencio. Alicia bajó despacio las manos.

—Por Príncipe Pío hay muchos de ellos. Y bandas. No conviene moverse solo.

El muchacho titubeó. Revisó con la mirada los bolsillos de Rubén, la mochila de Alicia. Pero eran tres, y, consciente o inconscientemente, eso los convertía en un equipo más fuerte que cada uno solo.

Caminaron juntos, sin fiarse del todo, hacia una de las bocas del metro. En la entrada, una vieja pintada rezaba: “QUÉDATE EN CASA”. Alicia se permitió una ironía amarga. Quién tuviera una casa, pensó.

La bajada al metro era un descenso a lo desconocido. No había alumbrado ni señal que sirviera. Rubén desenrolló un par de linternas acopladas a tubos de PVC. Bajaron peldaño a peldaño, guiados por la tenue luz.

Aquí, la nieve quedaba atrás, pero el frío persistía, húmedo y cortante. El eco de sus pasos reverberaba largo en los pasillos. Alicia pensó en los días en que bajar al metro era una rutina anodina, y no una incursión al infierno.

El muchacho —que, dijeron luego, se llamaba Darío— iba un poco delante, la pistola sostenida con la desesperación de quien nunca aprendió a disparar. De vez en cuando, rubén murmuraba estadísticas: había menos muertos activos en el subterráneo llegado el invierno, pero podían toparse con bandas. Los seres humanos estaban igual de famélicos.

La primera señal visual de que no estaban solos fue un murmullo en la oscuridad, seguido del brillo intermitente de una linterna más allá del límite de su propio haz. Se detuvieron. Alicia contuvo el aliento. Escuchaban palabras entrecortadas: órdenes, risas. De repente, un estrépito: una puerta metálica golpeada. Alicia señaló hacia un lateral, y los tres pegaron la espalda a una pared.

Dos hombres y una mujer emergieron de la penumbra, cargados con cajas de alimentos y abrigos. No llevaban mascarillas, las caras descubiertas, sucias pero vivas, ojos inyectados y encías marcadas por la desnutrición. Los nuevos venían armados: cuchillos de cocina, una escopeta que parecía de caza más que de guerra. Se cruzaron las miradas. Un silencio largo se tensó.

—No tenemos problemas —dijo uno de los hombres. Llevaba la voz ronca, gastada por el frío y el miedo—. Si vais a por comida, por arriba ya no queda nada.

—¿Dónde la encontrasteis? —preguntó Rubén, con una mezcla de envidia y desesperación.

—En las oficinas de Metro, al fondo de la línea. Todavía quedan máquinas de café a medio vaciar. Y la basura de los primeros días. No es mucho, pero…

La mujer los interrumpió:

—Por allí hay menos muertos. El frío los atonta. ¿Vais hacia el río?

Alicia intercambió una rápida mirada con Darío. Era evidente lo poco que sabían unos de otros, y lo fácil que era ahora confiar mal y morir por un error de cálculo. Tras un breve intercambio, decidieron acompañar al grupo hasta la salida de la estación de Ópera. El trayecto, entre ruinas y vías cubiertas de suciedad, fue lento, pero la conversación ayudó a aliviar nervios.

Los recién conocidos contaban sus historias con la franqueza de los náufragos. Se llamaban Inma, Ernesto y Ramón. Habían llegado desde Carabanchel, cruzando barrios fantasma bajo la protección puntual de un cura armado y algunos antiguos policías. Todos sabían de milagros y muertes al filo de unas horas, pero lo más sobrecogedor para Alicia fue el relato de niños muriendo de frío en el Matadero, abandonados porque nadie podía cargar con ellos. Ramón, el más mayor, aseguraba que el invierno era lo mejor que podía pasar; los zombis se apilaban en las esquinas y apenas respondían a estímulos, pero la hambruna perseguía a los vivos con una saña peor que la de los muertos.

Al llegar a la boca de Ópera, una sensación de esperanza momentánea se apoderó del grupo. Desde la calle, pese al aire cortante, llegaba un eco de voces humanas. En la vieja plaza, varias familias se agrupaban en torno a fogatas, protegidas por barricadas improvisadas con bancos y mesas arrancadas de cafeterías. Un hombre uniformado —resto de algún escuadrón antidisturbios— dirigía el control de acceso al campamento. Sus botas tenían la suela comida por el uso, pero la voz mantenía autoridad suficiente para imponer respeto.

El trueque era la ley aquí, y enseguida comenzaron las negociaciones: sopa por balas, mantas por medicinas, información por horas de protección en el círculo de calor. Rubén cambió con Inma una linterna por un par de latas. Alicia intercambió unas vendas por una dosis mínima de insulina, que necesitaba para Darío, diabético desde niño. El improvisado mercado era bullicioso, como una parodia grotesca de aquellas Navidades pasadas donde, en estas mismas fechas, familias de todo el país se reunían para cantar villancicos y tomar churros humeantes.

La noche cayó, y los miedos crecieron en la penumbra. Turnos de guardia protegiendo el campamento, historias contadas en voz baja junto al fuego. Un viejo de acento del sur, custodio evocador de la sabiduría perdida, contó cómo los zombis, cuando el frío entraba bajo la piel putrefacta, quedaban como estatuas, y que por cada diez de ellos, había un humano dispuesto a traicionar por un mendrugo de pan.

En un rincón de la plaza, Alicia sintió de pronto el temblor inconfundible de un frío diferente: el de una fiebre. Darío se acurrucaba en una manta, la cara blanca y las manos entumecidas. Era la diabetes, la falta de comida y la certeza de que, de seguir así, el invierno sería su última estación. Rubén buscó entre los restos de su mochila y halló dos caramelos, obsequio de una abuela muerta hacía semanas. Alicia los disolvió en agua y, junto al resto de la insulina, intentó animar al muchacho.

No muy lejos, un grupo de adolescentes daba vueltas en patinete eléctrico, el temporal suspendido, haciendo rechinar los neumáticos sobre la losa congelada en la plaza. Se reían con un humor adolescente y oscuro; de vez en cuando, uno lanzaba una piedra hacia la calle para ahuyentar a algún merodeador. El contraste entre el pasado y el presente era feroz, casi insoportable. Madrid era, a la vez, una ciudad muerta y una urbe renaciendo cada noche, entre la amenaza y la esperanza.

En la segunda guardia, cuando la luna apenas se insinúa tras una nube de hollín, un aullido distorsionó la quietud. Era humano, al principio, y después degeneró en un rugido, preludio inequívoco del hambre. La horda no era tan numerosa como antaño, pero ni uno solo de los que quedaban allí olvidaba el peligro: bastan tres o cuatro zombis activos para destruir una barricada mal defendida.

La alarma corrió como una descarga desde el fondo de la plaza hasta cada rincón. Alicia, Rubén e Inma formaron parte de los que cargaron palos, mesas y una vieja nevera para reforzar la puerta. El combate fue breve, brutal y sucio: los gritos, el olor a pólvora antigua y sangre, el eco de los martillazos al cráneo de los infectados. El uniforme del policía quedó empapado en su propia sangre, pero alcanzó a salvar a dos chicos antes de desaparecer tras una cortina de mordiscos y disparos.

Al amanecer, cuando el frío ya no cortaba sino que devoraba, Madrid volvió a quedar en silencio. El campamento de Ópera había resistido —por esa vez. Alicia, con los ojos secos de tanto mirar a la muerte, apretó la mano de Rubén, que temblaba pero no de fiebre. Darío vivió, al menos aquella mañana, y pudo arreglar un generador para el siguiente turno de café rancio.

En la cima de Gran Vía, donde la nieve decoraba las estatuas del Edificio Telefónica y el reloj de la Puerta del Sol marcaba una hora intrascendente, los supervivientes recordaron por un instante que el tiempo seguía transcurriendo, implacable, y que quizá la esperanza, como el invierno, era algo que nunca terminaba de morir.

En algún lugar del Retiro, el viento arrastraba ecos de villancicos y el rumor de campanas lejanas. No había Navidad, pero aún quedaba vida entre los escombros. Y mientras el sol teñía de sangre las cúpulas de la ciudad herida, Madrid, la imparable, seguía adelante, defensa última y refugio de quienes se negaban a aceptar el final.

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