Fragmento:
Ben asintió. El comercio había regresado en los últimos tres años, y con él una frágil red de cooperación, vigilada por milicianos casi tan hostiles como los primeros señores de la guerra. Pero la llegada de las caravanas era siempre inquietante, porque traía tanto bienes como noticias y, a menudo, problemas.
Duración: 12:02
20 de Marzo de 2029.
El sol se elevaba lentamente sobre las murallas de Cedar City, un círculo de acero, hormigón y madera que había crecido en medio del estado de Utah durante los últimos años. Desde sus torres más altas, un grupo de centinelas observaba el horizonte, atentos a cualquier movimiento sospechoso. A esas alturas, en marzo de 2029, los zombis ya no dominaban el continente, y en los últimos meses, los ataques se limitaban a incursiones esporádicas de pequeños grupos desorientados. Sin embargo, nadie se confiaba. Los centinelas sabían que el peligro podía presentarse en cualquier momento, ya fuera en la forma de una horda extraviada o de alguna banda de saqueadores.
Ben Thomas, comandante de la milicia local desde hacía casi tres años, recorría la muralla al despuntar el día, con su uniforme de tela gruesa y botas de cuero hechas a mano. La escopeta colgaba de su hombro, más por costumbre que por verdadera necesidad. Desde el interior, Cedar City bullía desde temprano: niños corriendo a la nueva escuela junto a la iglesia improvisada; ancianos ocupados en huertas cuadradas; mujeres y hombres abriendo las puertas de los talleres, de los puestos del mercado, de la pequeña herrería donde volvían a forjar herramientas, clavos y piezas para fusiles restaurados.
Este era el nuevo mundo de Ben —fragilmente más estable, pero marcado a fuego por lo que había sucedido—, y Cedar City era un ejemplo de esa lenta recuperación. Casi mil quinientas personas vivían entre sus muros y los del distrito anexo de Northgate, una cifra impensable cinco años atrás; todos habían perdido algo, y casi todos habían matado al menos una vez, ya fuera para defenderse de los muertos o de los vivos.
Mientras recorría el perímetro, Ben se encontró con Natalie, la hija de la curandera del pueblo y una de las más jóvenes emisarias del Concejo. Natalie —delgada, astuta, con una sonrisa tan tensa como esperanzada— le extendió un mensaje atado con hilo rojo.
—Noticias del sur, jefe. Parece que la caravana de St. George se acerca —dijo, con esa mezcla de profesionalismo y nerviosismo que siempre la acompañaba—. Vienen escoltados por los hombres de Flagstaff, y dicen que llevan medicinas y semillas de ida, hierro y pólvora de vuelta.
Ben asintió. El comercio había regresado en los últimos tres años, y con él una frágil red de cooperación, vigilada por milicianos casi tan hostiles como los primeros señores de la guerra. Pero la llegada de las caravanas era siempre inquietante, porque traía tanto bienes como noticias y, a menudo, problemas.
—¿Sabemos cómo está el camino? —preguntó Ben, mientras echaba un vistazo al mapa trazado con tinta sobre cuero grueso.
—Limpio de hordas —respondió Natalie—. Solo han reportado algunos zombies aislados cerca de las viejas casas, pero los despacharon fácil. Dicen que la nieve del desierto acelera el deterioro.
Quizá, pensó Ben, por fin estamos viendo el final de esto. Sin embargo, la historia reciente le había enseñado a no confiar en ningún signo; los zombis eran solo una amenaza entre tantas.
Cuando la caravana entró por las puertas de Cedar City, dos horas más tarde, el ambiente en la plaza central era de expectación. Los niños se asomaban desde detrás de los puestos del mercado, las mujeres cargaban sacos de patatas secas y los hombres observaban desde los techos con binoculares y arcos improvisados. La caravana era impresionante: cinco carromatos de ruedas reforzadas, tirados por mulas y bueyes, el menor lujo posible, arropados por media docena de carros menores escoltados por soldados armados con rifles restaurados y ballestas. Los nuevos ricos del mundo —los que traían comida, medicinas y munición— vestían ropas de colores vivos, fajas de cuero, botas de piel de cabra, y exhibían orgullosos las insignias de sus ciudades.
El líder del grupo, un hombre de unos cincuenta años, bajo, robusto y bien afeitado, se presentó como el capitán Mills. Traía consigo una caja fuerte protegida por dos escoltas, un símbolo claro: los tiempos de confianza ciega, aunque lejanos, todavía no llegaban.
—Esperamos una buena feria comercial, comandante Thomas —dijo Mills, ofreciendo la mano enguantada—. Tenemos lo que pidieron: antibióticos, hilo, semillas de repollo y zanahoria, hierro en lingotes y unas cuantas botellas de whisky real.
Ben le palmoteó el hombro y le ofreció un asiento junto al fuego de bienvenida en el centro de la plaza.
—Nuestra gente ha preparado harina y carne seca para el banquete. Celebrar el comercio, aquí, es celebrar la vida, capitán.
Ambos sonrieron con esa mezcla de orgullo y cansancio propio de los supervivientes. El trato estaba hecho y, durante las siguientes horas, Cedar City se vio envuelta en el bullicio de la feria: cambalaches, regateos, abrazos viejos, noticias frescas. Los pequeños puestos de venta improvisados con tablones y restos de plástico se llenaban de manzanas secas, puntillas, cerámica, trozos de cuero curtido. Las armas, el bien más codiciado, pasaban por las manos de los guardianes del Concejo, que certificaban la calidad antes de entregar cualquier grano de pólvora.
Para Ben, ese día era una postal de victoria efímera: los niños aprendían a leer nombres escritos en los tablones; un joven ciego de un ojo enseñaba a dos chicos a encender carbones en una fragua nueva; en el fondo, los ancianos cantaban viejos himnos en las ruinas de la iglesia, agradeciendo a algún dios la esquiva paz.
Pero la rutina de la caravana trajo consigo, como cada vez, rumores. En uno de los puestos, Ben escuchó a dos forasteros discutir en voz baja:
—… dicen que en Kansas recuperaron un tren.
—Imposible, ni tienen vías limpias.
—Lo juran por la vida de su madre.
—Y que en Nueva Orleans hay médicos que logran curar la fiebre antes de que convierta a uno.
—Eso seguro es cuento; cuando la peste ataca, da igual quién seas.
Las historias cambiaban constantemente, igual que las expectativas. Al ponerse el sol, después de los festejos, el Concejo de Cedar City se reunió en la cámara del ayuntamiento: siete hombres y mujeres, la mayoría vestidos con ropas remendadas pero limpias, todos con miradas ásperas y manos marcadas por el trabajo.
—Debemos decidir —dijo la presidenta, una mujer negra de voz firme llamada Martha Walker— si abrimos el comercio con las nuevas ciudades de Wyoming. Los emisarios ofrecen gasolina y radios, pero piden acceso a nuestras aguas.
Ben cruzó los brazos. Los recursos eran el nuevo oro, y compartir agua, con el deshielo de primavera a la vuelta, era un gesto arriesgado que podía fortalecer alianzas o abrir la puerta al saqueo.
—Propongo enviar a Natalie y dos milicianos de confianza a hacer inspección —sugirió—. Si tienen lo que dicen, negociaremos, pero no daremos una gota sin asegurarnos.
La discusión fue larga y acalorada; al final, acordaron enviar una avanzada, bajo custodia militar.
Esa noche, Ben volvió a pasear por la muralla, observando el cielo estrellado sobre las montañas y los campos de cultivos en marcha. Una década había pasado desde el fin del mundo, y sin embargo, las noches aún olían a peligro. Desde la torre este, uno de los jóvenes centinelas —Eli, de apenas diecisiete años— le contó que durante el cambio de guardia habían divisado dos siluetas cerca de la vieja estación de gasolina.
—Zombies, jefe, o carroñeros —dijo el muchacho, tenso—. No pudimos distinguir bien.
Ben asintió y ordenó una patrulla nocturna. Por experiencia, sabía que no era buena idea dejar pasar ningún indicio de actividad en la periferia. Reunió a cuatro voluntarios de la milicia, armados con ballestas, cuchillos y una antorcha de aceite, y se dirigieron al perímetro.
La estación de gasolina era un caparazón oxidado y cubierto de maleza. Avanzaron en silencio, con la precaución marcada a fuego en los huesos. No tardaron en distinguir dos figuras; una, tambaleante, con el brazo izquierdo colgando roto, los ojos blancos como lechugas podridas. La otra, humana, joven, harapienta, con un rifle al hombro.
—¡Alto ahí! —Ben gritó, apuntando con la escopeta.
El chico levantó las manos, dejando que la escopeta cayera a tierra.
—No disparen. No estoy armado. No soy uno de ellos.
Ben, acompañado por la milicia, se acercó despacio—la criatura muerta ya no representaba casi peligro, el paso era torpe y la piel, casi destruida.
El joven —tal vez dieciséis años— tenía la mirada herida, la ropa hecha jirones, y una mordida seca en el antebrazo, con costra ennegrecida.
—¿Vienes a pedir refugio? —preguntó Ben—. ¿Hace cuánto te mordieron?
—Días. Pero no me convertí —respondió el muchacho, apenas audible—. He estado escondido, corriendo… No sé cómo, pero sigo aquí.
Ben intercambió una mirada tensa con los demás. No era la primera vez que escuchaba historias así. Desde el año anterior circulaban reportes de personas que sobrevivían a mordidas, con suerte o alguna mutación rara. Cauto, ordenó a uno de sus hombres revisar al joven. Lo cubrieron hasta la clínica improvisada de Cedar City, donde fue examinado por la curandera y el médico. Su pulso era normal, la mirada lúcida, aunque la fiebre subía y bajaba en oleadas.
A la mañana siguiente, la feria seguía, pero la noticia del chico mordido que no se había convertido voló entre los puestos y las casas. Algunos lo miraban como portador milagroso; otros, con rencor y miedo, temerosos de una nueva mutación más peligrosa. El Concejo decidió aislarlo en una celda de madera, con atención médica constante, hasta estar seguros.
Ben, cansado pero curioso, fue a visitarlo al mediodía. El chico estaba sentado, envuelto en mantas.
—¿Cómo es tu nombre? —preguntó.
—Reed. Jacob Reed. Vengo de Denver. O eso era, hace años —respondió.
Ben asintió, dándole agua y pan.
—No eres el primero que sobrevive a la mordida, pero tampoco podemos correr riesgos. Si de verdad eres inmune, puede que cambie el futuro de todos. Pero tendrás que esperar, demostrarlo.
La vida seguía en Cedar City. La feria terminó con bailes y trueques, la caravana partió al tercer día rumbo norte, cargada de hierro y harina. Los talleres llenaron de vapor y ruido, los niños corrieron entre los talleres, las madres colgaron ropa limpia al sol de la tarde.
Ben pasaba cada noche revisando el perímetro, escoltando a los suyos, pensando en Reed y en el incipiente giro del mundo. Después de tantos años de sobrevivir, la esperanza era un lujo que pocos podían permitirse, pero la mera posibilidad de una inmunidad real le hizo soñar, por primera vez en mucho tiempo, con algo más que la mera supervivencia.
El mundo, pensaba, era duro y ajado, pero sobre las ruinas aún podía crecer una ciudad, incluso con mil heridas abiertas.
Una generación de niños jugaba frente a la escuela, riendo, sin conocer el terror puro de los primeros años, y eso, para Ben Thomas, valía la pena cada día de lucha.
El relato termina mientras, al oeste, los centinelas avistaban otra caravana acercándose, cargada de hombres, semillas y sueños. El ciclo del nuevo mundo continuaba, duro, pero cargado de la promesa de resistencia y reconstrucción bajo el sol y la amenaza que, aunque menguante, nunca abandonaba del todo las fronteras de la humanidad.
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